Crear una atmósfera: Charla con Fernando Moleres


Casanova es una empresa de fotografía de Barcelona, una de las pocas que ha sobrevivido a la gran crisis económica y de la fotografía analógica. Periódicamente imparte cursos o charlas tanto para dar a conocer nuevo material como proyectos relacionados con la fotografía. Entre las charlas de contenido técnico prefiero destacar aquí esta de Fernando Moleres que habla de cómo construye un reportaje con marca de autor. La “marca” es aquí la atmósfera que define buen número de sus mejores reportajes.

El video necesitaría una edición para abreviar algunos momentos muertos, de búsqueda de fotos, y las siempre impredecibles circunstancias que acompañan a una charla en vivo.

Moleres ha conseguido mantenerse navegando entre temas de contenido social dramático y otros más festivos. Para quienes no conozcáis su obra, este video es una entrada y para quienes estéis al tanto de su trayectoria, seguramente os interesarán las reflexiones en torno a la doble construcción del reportaje: las que el fotógrafo elige y descarta y, de estas últimas, las que el editor decidirá incluir buscando completar la historia con imágenes más explicativas.

Round Nina – Tributo a Nina Simone


Artist: Varios
Album: Round Nina – A Tribute To Nina Simone
Label: Verve
Genre: Jazz, Jazz Vocals
Year: 2014
Tracks:
1. Lianne La Havas – Baltimore 00:00
2. Keziah Jones – Sinnerman 05:05
3. Hindi Zahra – Just Say I Love Him 11:12
4. Gregory Porter – Black Is The Color (Of My True Love’s Hair) 17:27
5. Olivia Ruiz – My Baby Just Cares For Me 22:12
6. Ben L’Oncle Soul – Feeling Good 25:06
7. Melody Gardot – Four Women 29:18
8. Youn Sun Nah – Plain Gold Ring 35:41
9. Sophie Hunger – I Put A Spell On You 41:01
10. Camille – Lilac Wine 46:24

Atín Aya en Photobolsillo


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La página de La Fábrica  Editorial nos dice de Atín Aya Abaurre (Sevilla, 1955- 2007) que «fue reportero gráfico de ABC de Sevilla y Diario 16 Andalucía. Su mirada captaba juegos callejeros, equilibrios de sombras, paisajes y, sobre todo, gentes, formas de vida.»

Quizá los periódicos ya no vuelvan a publicar este tipo de fotografía, y quizá tampoco las agencias de stock las consideren interesantes, de modo que la gestión privada de los archivos fotográficos de la gran época de la foto analógica, como la que representa Atín Aya y el elenco de fotógrafos que La Fábrica tiene el buen tino de mostrar en el asequible formato de bolsillo, ha de quedar en manos de los allegados de los fotógrafos. La hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros  de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida, la de la España de la posguerra en el paso al desarrollismo de los sesenta. Sus imágenes tienen encanto, dignidad  y una mirada demorada en el tiempo que hace de ellas estampas con una clara evocación pictórica -las bellas sevillanas con mantilla recuerdan la pintura del valenciano Sorolla–

Junto a series de la Andalucía típica, con sus procesiones y sus mujeres enlutadas, o su público de toreo y los ritos de la matanza del cerdo, conforme a la tradición neorrealista que ya puso de moda el italiano  Ferdinando Scianna, en su trabajo dedicado a Palermo, Atín Aya realizó reportajes de corte documentalista como el de las Marismas de Cádiz (1991-1996). Se trata del enfoque que agrada al National Geographic, es decir, zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono. Se percibe en sus fotografías la influencia de los fotógrafos de la Depresión, Walker Evans, Dorothea Lange, pero también del Richard Avedon  de la extraordinaria serie In the American West, a los que su mirada, la del hombre que conoce el terreno, dota de una tonalidad poética que vuelve las imágenes en elegía.

Cristina García Rodero, entre dioses, hombres y espíritus, en El Rinconete


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Cuando en 2009 la fotógrafa Cristina García Rodero (Puertollano —Ciudad Real—, 1949) se convirtió en miembro de pleno derecho de la mítica agencia Magnum, la noticia causó generalizada satisfacción entre sus colegas, de los más diversos estilos, y el número creciente de aficionados a la fotografía. Las ventajas aducidas por la propia Cristina García Rodero, al margen del evidente prestigio, eran la garantía de que su archivo, su legado, iba a ser gestionado por las mejores manos, dialogar con fotógrafos de la calidad y diversidad de los que integran Magnum y mantener su independencia. Naturalmente, ser la cuarta mujer en incorporarse a la agencia fundada en París por Robert Capa en 1947 significa abrir una senda en un territorio de recorrido más difícil para las mujeres, según declara la fotógrafa española.

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España oculta

Cuidar del legado ha de ser una preocupación imperativa y natural tratándose de una obra que abarca ya cuatro décadas y del interés y calidad que define el trabajo de García Rodero. Ella ha explicado en numerosas ocasiones sus inicios: una joven profesora, licenciada en Bellas Artes, recorriendo en su tiempo libre, al volante de un 600, los pueblos de España para retratar sus tradiciones, cultos, ritos, la devoción de sus habitantes, convencida de que el período histórico que vivían —los primeros años de la Transición a la democracia— implicaba la desaparición más o menos rápida de esa particular expresión de la espiritualidad del «pueblo». El resultado de su paciente documentación fue, como sabemos, mucho más que un reportaje antropológico: España oculta (1989) revelaba una mirada original que aunaba sensibilidad por el detalle, empatía con los retratados pero no sentimentalismo, proximidad al asunto o personaje que retratar. Emergió con sus imágenes en blanco y negro el sustrato pagano de muchas tradiciones religiosas —Baco anda siempre cerca de una romería— y la influencia de la pintura surrealista, motivo por el que tantas veces esa España oculta suya es también una España mágica. El libro, prologado por Julio Caro Baroja, fue premiado en el Festival de Arlés y convirtió a su autora en un nombre ya imprescindible.

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Serie “Haití”

Cristina García Rodero se define como paciente, perfeccionista, tímida, por lo que nunca avasalla a las personas que retrata, aunque a veces advertimos —como en La confesión— que el retratado es consciente de ser el centro de interés, lo cual provoca diferentes reacciones, más exhibicionistas y jocosas en las fiestas tradicionales, o de complicidad y aceptación, como la madre de Georgia fotografiada consolando a su hija, o los lugareños curiosos subidos a un banco. Cuando se refiere a su estilo de trabajo, a la necesidad de rigor, de no improvisar, de acercarse para transmitir la emoción de la situación o la vivencia de los sujetos, la fotógrafa manifiesta su experiencia pedagógica, hasta el punto de que sus entrevistas y conferencias pueden leerse también como una colección de consejos para fotógrafos que tratan de desarrollar un estilo.

El suyo ha evolucionado sin brusquedades en su recorrido por varios continentes, acompañado por la técnica analógica hasta la incorporación paulatina de la digital. Utiliza el color ocasionalmente, desde el reportaje de María Lionza, la diosa de los ojos de agua, culto que se celebra en Venezuela, en que la iluminación con velas crea una tonalidad que se perdería en blanco y negro; y naturalmente en la India, en el festival de Holi, donde la llegada del buen tiempo se celebra con una explosión de color en forma de polvos que se arrojan los participantes. En los últimos años afloran en sus reportajes destellos de erotismo; así, en el muy imitado Rituales en Haití, las expresiones demoníacas del trance coexisten con posturas y miradas espontáneamente eróticas, más deliberadas en The Burning Man, festival celebrado en el desierto de Nevada, en Estados Unidos, y un erotismo obvio en ese otro tipo de procesión que son los festivales eróticos, el proyecto que la ocupa en los últimos años.

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The Burning Man
Instituto Cervantes – El Rinconete

La sal de la tierra, Sebastiao Salgado por Wim Wenders


Dudaba si subir este video, pues no sé cómo funciona el asunto del copyright, pero viendo que ya está por casi todas partes, me atrevo a hacerlo. Subtítulos en español

Poco que añadir a lo que se ha dicho de este excelente documental sobre uno de los más interesantes y logrados fotoperiodistas contemporáneos.Hay que conocer el contexto de cada reportaje para valorar adecuadamente el resultado. Una suerte haber podido asistir a alguna de sus conferencias –muchos años ha en la vieja sede de la Caixa-, y ahora entender el trasfondo de algunos de sus reportajes, tanto el de los buscadores de oro, en que los hombres se esclavizan a sí mismos por arrancar algo de esperanza económica de la tierra, o el efecto que tuvo en su ánimo y en su salud el genocidio de Rwanda. Su manera de renacer es un ejemplo, sin olvidar el detalle, en el que Wenders se detiene poco, probablemente por no alargar el metraje, de la investigación previa a cada gran reportaje llevada a cabo con su mujer.

La suya fue, ay, una maravillosa época para arrancar y darle al fotorreportaje el peso que hoy tiene y que, por muchos agoreros que se manifiesten en otro sentido, no va a desaparecer.

5 fotógrafos sudafricanos: Cómo influye en su fotografía acceder al mercado del arte


Tenía curiosidad por saber más de un fotógrafo que trabaja en Sudáfrica, Guy Tellin, que descubrí hace no mucho y cuya obra me parece que merece más repercusión. En Youtube he encontrado este reportaje que precisamente entrevista a Tellin, junto a otros cuatro fotógrafos: Santu Mofokeng, Jo Ratcliffe, Mack Magagane y Paul Samuels— de estilos diferentes pero que tienen en común haber obtenido cierto acceso al mercado del arte. Es sabido que en los últimos años se ha producido una cierta eclosión del coleccionismo de la fotografía. La cuestión tiene aquí su miga por el estilo de estos fotógrafos –dos negros y tres blancos–, que no practican una imagen ombliguista, sino todo lo contrario indagan en el presente y buscan rebasar los clichés consolidados con la época previa a Mandela. Sus declaraciones se combinan con las de los galeristas que ejercen de mediadores y en ocasiones de mentores de los más jóvenes. Me llama la atención que varios de ellos trabajan aún con carrete… y es que parece imposible renunciar del todo a trabajar el material con tus propias manos y a cierta idea del tiempo.

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Paul Samuels – Jo’

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Mack Magagane
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Magagane – nuevas clases medias

Guardar

Atín Aya, más que marismas, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© El Rinconete & MJ Furió /Liu

Atín Aya Abaurre (1955-2007) era conocido por los amantes de la fotografía como fotógrafo documental desde los años noventa por sus series de las Marismas del Guadalquivir (1991-1996), la dedicada a la plaza de toros de Sevilla, la Real Maestranza, o por Sevillanos (2001); pero su obra y su nombre rebasó las fronteras de la profesión cuando el director de La isla mínima (2014), Alberto Rodríguez, señaló que fue una exposición dedicada al fotógrafo sevillano la fuente de inspiración de esta intensa intriga policiaca que entiende el paisaje como un personaje vivo.

A casi diez años de la temprana muerte de Atín Aya, vale la pena recordar sus reportajes de un estilo clásico en un blanco y negro que reelabora muy personalmente las influencias del documentalismo social norteamericano de los años de la Depresión representado por Walker Adams, Dorothea Lange, Robert Frank, el neorrealismo italiano y español de los cincuenta y sesenta, los retratos de August Sander y el Richard Avedon de In the American West (1979-1984).

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Aya por Pedro Albornoz

Documentalismo fotográfico es el género que desde los años treinta registró cómo repercutían las circunstancias económico-políticas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras y subalternas. También llamada «fotografía humanista», en España creó una escuela que ha dado grandes nombres. Profesionalmente, Aya fue reportero gráfico en prensa y para varios organismos culturales, aunque fue su producción personal —que abarca especialmente las dos últimas décadas del xx— la que atrajo la atención proporcionándole, entre otros encargos, el que culminaría en Imágenes de la Real Maestranza. Trabajó exclusivamente en blanco y negro y con técnica analógica. A los curiosos de la técnica les apetecerá saber que usaba una cámara Leica para el formato de 35 mm y las Mamiya y Linhof para el medio formato (6 x 7 mm y 9 x 12 mm).

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De la serie dedicada a La Maestranza de Sevilla

Tuvo una trayectoria breve, intensa y, por fortuna, pronto reconocida. Obtuvo la beca Fotopress de La Caixa para culminar el proyecto de las Marismas del Guadalquivir cuyo resultado Francisco Correal calificaba de «antropológico» retrato de «unas Hurdes andaluzas».

Al presentar Paisanos en 2010, Pablo Martínez Cosinou definía a Aya «tanto por los aspectos formales, la temática abordada y la poética desarrollada» como «una suerte de epígono del género documental entendido según los parámetros clásicos del género». Por su parte, la hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida o en trance de cambiar. Sus imágenes tienen encanto, sus personajes, una dignidad natural, y con su mirada demorada en el tiempo logra estampas de clara evocación pictórica; así las de las jóvenes sevillanas con mantilla en la plaza, que recuerdan la pintura del valenciano Sorolla, o las de la familia durante la matanza, el orden compositivo de Velázquez.

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El rito de la matanza. Lucena, Córdoba, 2002

Lola Garrido detectaba la influencia de la pintura de bodegones de Zurbarán; como estos, «son sobrios y senequistas, no hay en ellos ni ironía ni regodeos estéticos, sino una especie de minimalismo andaluz de casas esenciales, cubos habitables perfectamente integrados en el paisaje, blancos luminosos y negros vestidos».

María Aya, en la esclarecedora presentación del volumen panorámico que le dedicó Photobolsillo, lo definía como un cazador tranquilo y también un maestro de la edición fotográfica, capaz de hilar un relato tan personal como elocuente con las imágenes seleccionadas con rigor.

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José Manuel Lara González cazando liebres en la Isla Menor. Serie Marismas del Guadalquivir, 1991-1996.

En Marismas del Guadalquivir el espacio físico aparece definido en el fotograma por líneas que dibujan un paisaje abstracto, o la sequedad de la tierra quebrada, o la uniforme superficie del agua que se rompe aquí y allá con redes o pequeñas estructuras; el conjunto transmite tanto la dureza y la parquedad del paisaje como su hipnótico atractivo. Aya consigue transmitir así la fuerza latente del paisaje andaluz y la dureza del trabajo realizado por sus habitantes. En sus retratos, bien se aproxime a la figura humana o aparezca ésta acompañada de sus instrumentos de trabajo o de animales, capta el esfuerzo físico, la rutina, la sabiduría de los oficios ancestrales. Cabría recordar que, en las décadas en que realizaba estos reportajes, muchos oficios artesanales, y en general el trabajo manual y el vinculado con la naturaleza, incluidas las labores del campo, se consideraban en vías de extinción. Aya fotografía zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono.

El resultado es la mirada del hombre que conoce a fondo el terreno y dota a las imágenes de una tonalidad poética que se vuelven elegía del lugar y del momento.

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María Aya cuida del archivo de su padre

De fotografía y otros entusiasmos / Islas Georgia del Sur y Sandwich del Sur