Round Nina – Tributo a Nina Simone


Artist: Varios
Album: Round Nina – A Tribute To Nina Simone
Label: Verve
Genre: Jazz, Jazz Vocals
Year: 2014
Tracks:
1. Lianne La Havas – Baltimore 00:00
2. Keziah Jones – Sinnerman 05:05
3. Hindi Zahra – Just Say I Love Him 11:12
4. Gregory Porter – Black Is The Color (Of My True Love’s Hair) 17:27
5. Olivia Ruiz – My Baby Just Cares For Me 22:12
6. Ben L’Oncle Soul – Feeling Good 25:06
7. Melody Gardot – Four Women 29:18
8. Youn Sun Nah – Plain Gold Ring 35:41
9. Sophie Hunger – I Put A Spell On You 41:01
10. Camille – Lilac Wine 46:24

Atín Aya en Photobolsillo


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La página de La Fábrica  Editorial nos dice de Atín Aya Abaurre (Sevilla, 1955- 2007) que «fue reportero gráfico de ABC de Sevilla y Diario 16 Andalucía. Su mirada captaba juegos callejeros, equilibrios de sombras, paisajes y, sobre todo, gentes, formas de vida.»

Quizá los periódicos ya no vuelvan a publicar este tipo de fotografía, y quizá tampoco las agencias de stock las consideren interesantes, de modo que la gestión privada de los archivos fotográficos de la gran época de la foto analógica, como la que representa Atín Aya y el elenco de fotógrafos que La Fábrica tiene el buen tino de mostrar en el asequible formato de bolsillo, ha de quedar en manos de los allegados de los fotógrafos. La hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros  de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida, la de la España de la posguerra en el paso al desarrollismo de los sesenta. Sus imágenes tienen encanto, dignidad  y una mirada demorada en el tiempo que hace de ellas estampas con una clara evocación pictórica -las bellas sevillanas con mantilla recuerdan la pintura del valenciano Sorolla–

Junto a series de la Andalucía típica, con sus procesiones y sus mujeres enlutadas, o su público de toreo y los ritos de la matanza del cerdo, conforme a la tradición neorrealista que ya puso de moda el italiano  Ferdinando Scianna, en su trabajo dedicado a Palermo, Atín Aya realizó reportajes de corte documentalista como el de las Marismas de Cádiz (1991-1996). Se trata del enfoque que agrada al National Geographic, es decir, zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono. Se percibe en sus fotografías la influencia de los fotógrafos de la Depresión, Walker Evans, Dorothea Lange, pero también del Richard Avedon  de la extraordinaria serie In the American West, a los que su mirada, la del hombre que conoce el terreno, dota de una tonalidad poética que vuelve las imágenes en elegía.

Cristina García Rodero, entre dioses, hombres y espíritus, en El Rinconete


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Cuando en 2009 la fotógrafa Cristina García Rodero (Puertollano —Ciudad Real—, 1949) se convirtió en miembro de pleno derecho de la mítica agencia Magnum, la noticia causó generalizada satisfacción entre sus colegas, de los más diversos estilos, y el número creciente de aficionados a la fotografía. Las ventajas aducidas por la propia Cristina García Rodero, al margen del evidente prestigio, eran la garantía de que su archivo, su legado, iba a ser gestionado por las mejores manos, dialogar con fotógrafos de la calidad y diversidad de los que integran Magnum y mantener su independencia. Naturalmente, ser la cuarta mujer en incorporarse a la agencia fundada en París por Robert Capa en 1947 significa abrir una senda en un territorio de recorrido más difícil para las mujeres, según declara la fotógrafa española.

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España oculta

Cuidar del legado ha de ser una preocupación imperativa y natural tratándose de una obra que abarca ya cuatro décadas y del interés y calidad que define el trabajo de García Rodero. Ella ha explicado en numerosas ocasiones sus inicios: una joven profesora, licenciada en Bellas Artes, recorriendo en su tiempo libre, al volante de un 600, los pueblos de España para retratar sus tradiciones, cultos, ritos, la devoción de sus habitantes, convencida de que el período histórico que vivían —los primeros años de la Transición a la democracia— implicaba la desaparición más o menos rápida de esa particular expresión de la espiritualidad del «pueblo». El resultado de su paciente documentación fue, como sabemos, mucho más que un reportaje antropológico: España oculta (1989) revelaba una mirada original que aunaba sensibilidad por el detalle, empatía con los retratados pero no sentimentalismo, proximidad al asunto o personaje que retratar. Emergió con sus imágenes en blanco y negro el sustrato pagano de muchas tradiciones religiosas —Baco anda siempre cerca de una romería— y la influencia de la pintura surrealista, motivo por el que tantas veces esa España oculta suya es también una España mágica. El libro, prologado por Julio Caro Baroja, fue premiado en el Festival de Arlés y convirtió a su autora en un nombre ya imprescindible.

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Serie “Haití”

Cristina García Rodero se define como paciente, perfeccionista, tímida, por lo que nunca avasalla a las personas que retrata, aunque a veces advertimos —como en La confesión— que el retratado es consciente de ser el centro de interés, lo cual provoca diferentes reacciones, más exhibicionistas y jocosas en las fiestas tradicionales, o de complicidad y aceptación, como la madre de Georgia fotografiada consolando a su hija, o los lugareños curiosos subidos a un banco. Cuando se refiere a su estilo de trabajo, a la necesidad de rigor, de no improvisar, de acercarse para transmitir la emoción de la situación o la vivencia de los sujetos, la fotógrafa manifiesta su experiencia pedagógica, hasta el punto de que sus entrevistas y conferencias pueden leerse también como una colección de consejos para fotógrafos que tratan de desarrollar un estilo.

El suyo ha evolucionado sin brusquedades en su recorrido por varios continentes, acompañado por la técnica analógica hasta la incorporación paulatina de la digital. Utiliza el color ocasionalmente, desde el reportaje de María Lionza, la diosa de los ojos de agua, culto que se celebra en Venezuela, en que la iluminación con velas crea una tonalidad que se perdería en blanco y negro; y naturalmente en la India, en el festival de Holi, donde la llegada del buen tiempo se celebra con una explosión de color en forma de polvos que se arrojan los participantes. En los últimos años afloran en sus reportajes destellos de erotismo; así, en el muy imitado Rituales en Haití, las expresiones demoníacas del trance coexisten con posturas y miradas espontáneamente eróticas, más deliberadas en The Burning Man, festival celebrado en el desierto de Nevada, en Estados Unidos, y un erotismo obvio en ese otro tipo de procesión que son los festivales eróticos, el proyecto que la ocupa en los últimos años.

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The Burning Man
Instituto Cervantes – El Rinconete

La sal de la tierra, Sebastiao Salgado por Wim Wenders


Dudaba si subir este video, pues no sé cómo funciona el asunto del copyright, pero viendo que ya está por casi todas partes, me atrevo a hacerlo. Subtítulos en español

Poco que añadir a lo que se ha dicho de este excelente documental sobre uno de los más interesantes y logrados fotoperiodistas contemporáneos.Hay que conocer el contexto de cada reportaje para valorar adecuadamente el resultado. Una suerte haber podido asistir a alguna de sus conferencias –muchos años ha en la vieja sede de la Caixa-, y ahora entender el trasfondo de algunos de sus reportajes, tanto el de los buscadores de oro, en que los hombres se esclavizan a sí mismos por arrancar algo de esperanza económica de la tierra, o el efecto que tuvo en su ánimo y en su salud el genocidio de Rwanda. Su manera de renacer es un ejemplo, sin olvidar el detalle, en el que Wenders se detiene poco, probablemente por no alargar el metraje, de la investigación previa a cada gran reportaje llevada a cabo con su mujer.

La suya fue, ay, una maravillosa época para arrancar y darle al fotorreportaje el peso que hoy tiene y que, por muchos agoreros que se manifiesten en otro sentido, no va a desaparecer.

5 fotógrafos sudafricanos: Cómo influye en su fotografía acceder al mercado del arte


Tenía curiosidad por saber más de un fotógrafo que trabaja en Sudáfrica, Guy Tellin, que descubrí hace no mucho y cuya obra me parece que merece más repercusión. En Youtube he encontrado este reportaje que precisamente entrevista a Tellin, junto a otros cuatro fotógrafos: Santu Mofokeng, Jo Ratcliffe, Mack Magagane y Paul Samuels— de estilos diferentes pero que tienen en común haber obtenido cierto acceso al mercado del arte. Es sabido que en los últimos años se ha producido una cierta eclosión del coleccionismo de la fotografía. La cuestión tiene aquí su miga por el estilo de estos fotógrafos –dos negros y tres blancos–, que no practican una imagen ombliguista, sino todo lo contrario indagan en el presente y buscan rebasar los clichés consolidados con la época previa a Mandela. Sus declaraciones se combinan con las de los galeristas que ejercen de mediadores y en ocasiones de mentores de los más jóvenes. Me llama la atención que varios de ellos trabajan aún con carrete… y es que parece imposible renunciar del todo a trabajar el material con tus propias manos y a cierta idea del tiempo.

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Paul Samuels – Jo’

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Mack Magagane
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Magagane – nuevas clases medias

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Atín Aya, más que marismas, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© El Rinconete & MJ Furió /Liu

Atín Aya Abaurre (1955-2007) era conocido por los amantes de la fotografía como fotógrafo documental desde los años noventa por sus series de las Marismas del Guadalquivir (1991-1996), la dedicada a la plaza de toros de Sevilla, la Real Maestranza, o por Sevillanos (2001); pero su obra y su nombre rebasó las fronteras de la profesión cuando el director de La isla mínima (2014), Alberto Rodríguez, señaló que fue una exposición dedicada al fotógrafo sevillano la fuente de inspiración de esta intensa intriga policiaca que entiende el paisaje como un personaje vivo.

A casi diez años de la temprana muerte de Atín Aya, vale la pena recordar sus reportajes de un estilo clásico en un blanco y negro que reelabora muy personalmente las influencias del documentalismo social norteamericano de los años de la Depresión representado por Walker Adams, Dorothea Lange, Robert Frank, el neorrealismo italiano y español de los cincuenta y sesenta, los retratos de August Sander y el Richard Avedon de In the American West (1979-1984).

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Aya por Pedro Albornoz

Documentalismo fotográfico es el género que desde los años treinta registró cómo repercutían las circunstancias económico-políticas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras y subalternas. También llamada «fotografía humanista», en España creó una escuela que ha dado grandes nombres. Profesionalmente, Aya fue reportero gráfico en prensa y para varios organismos culturales, aunque fue su producción personal —que abarca especialmente las dos últimas décadas del xx— la que atrajo la atención proporcionándole, entre otros encargos, el que culminaría en Imágenes de la Real Maestranza. Trabajó exclusivamente en blanco y negro y con técnica analógica. A los curiosos de la técnica les apetecerá saber que usaba una cámara Leica para el formato de 35 mm y las Mamiya y Linhof para el medio formato (6 x 7 mm y 9 x 12 mm).

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De la serie dedicada a La Maestranza de Sevilla

Tuvo una trayectoria breve, intensa y, por fortuna, pronto reconocida. Obtuvo la beca Fotopress de La Caixa para culminar el proyecto de las Marismas del Guadalquivir cuyo resultado Francisco Correal calificaba de «antropológico» retrato de «unas Hurdes andaluzas».

Al presentar Paisanos en 2010, Pablo Martínez Cosinou definía a Aya «tanto por los aspectos formales, la temática abordada y la poética desarrollada» como «una suerte de epígono del género documental entendido según los parámetros clásicos del género». Por su parte, la hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida o en trance de cambiar. Sus imágenes tienen encanto, sus personajes, una dignidad natural, y con su mirada demorada en el tiempo logra estampas de clara evocación pictórica; así las de las jóvenes sevillanas con mantilla en la plaza, que recuerdan la pintura del valenciano Sorolla, o las de la familia durante la matanza, el orden compositivo de Velázquez.

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El rito de la matanza. Lucena, Córdoba, 2002

Lola Garrido detectaba la influencia de la pintura de bodegones de Zurbarán; como estos, «son sobrios y senequistas, no hay en ellos ni ironía ni regodeos estéticos, sino una especie de minimalismo andaluz de casas esenciales, cubos habitables perfectamente integrados en el paisaje, blancos luminosos y negros vestidos».

María Aya, en la esclarecedora presentación del volumen panorámico que le dedicó Photobolsillo, lo definía como un cazador tranquilo y también un maestro de la edición fotográfica, capaz de hilar un relato tan personal como elocuente con las imágenes seleccionadas con rigor.

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José Manuel Lara González cazando liebres en la Isla Menor. Serie Marismas del Guadalquivir, 1991-1996.

En Marismas del Guadalquivir el espacio físico aparece definido en el fotograma por líneas que dibujan un paisaje abstracto, o la sequedad de la tierra quebrada, o la uniforme superficie del agua que se rompe aquí y allá con redes o pequeñas estructuras; el conjunto transmite tanto la dureza y la parquedad del paisaje como su hipnótico atractivo. Aya consigue transmitir así la fuerza latente del paisaje andaluz y la dureza del trabajo realizado por sus habitantes. En sus retratos, bien se aproxime a la figura humana o aparezca ésta acompañada de sus instrumentos de trabajo o de animales, capta el esfuerzo físico, la rutina, la sabiduría de los oficios ancestrales. Cabría recordar que, en las décadas en que realizaba estos reportajes, muchos oficios artesanales, y en general el trabajo manual y el vinculado con la naturaleza, incluidas las labores del campo, se consideraban en vías de extinción. Aya fotografía zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono.

El resultado es la mirada del hombre que conoce a fondo el terreno y dota a las imágenes de una tonalidad poética que se vuelven elegía del lugar y del momento.

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María Aya cuida del archivo de su padre

Ferran Freixa, la materia y el tiempo, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© fotos: Ferran Freixa

La primera fotografía que vi de Ferran Freixa (Barcelona, 1950) era la de un perfil de mujer abocetado en la arena por las olas al morir en la playa. Una imagen poética en blanco y negro evocadora de una presencia latente que se forma y se deshace en segundos. Podría creerse que Freixa es un fotógrafo del «momento decisivo» a lo Cartier Bresson, pero el conjunto de su obra, fruto de ya cuatro décadas en activo, desmiente esta suposición.

Fotógrafo autodidacta, en su hacer se percibe su formación en diseño y pintura artística: el gusto por la composición nítida, el protagonismo de los objetos y las formas, el subrayado de atmósferas, texturas y volúmenes. Profesionalmente, es un reconocido fotógrafo especializado en interiorismo y arquitectura; su obra personal establece una simetría con el quehacer profesional, pues sus temas versan sobre lo que ha resistido a la usura del tiempo y a las modas.

Ferran Freixa pertenece a esa generación excepcional de fotógrafos españoles, surgida en los años setenta, que modernizó el panorama artístico y documental español al abrirse a corrientes interna-cionales en una época especialmente dinámica también en cuestión de avances técnicos, con mejores cámaras, variedad de películas y posibilidad de exponer y publicar en el extranjero. Esta generación, que ha cultivado estilos muy diferentes, es única porque ha desarrollado la porción más significativa de su obra con la técnica analógica —película, laboratorio, soporte papel, exposición en galería, obra impresa en catálogos o libros, oficio, técnica, forja de memoria— y se ha incorporado a la tecnología digital tanto por razones de supervivencia profesional como por curiosidad cultural. Para su obra propia, Ferran Freixa se mantiene fiel a la técnica analógica con cámara de medio formato, pues su filosofía artística se corresponde con los valores propios de ésta: control del tiempo, dominio de la luz, trabajo a largo plazo, calidad del detalle.

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La obra de Freixa, objeto de exposiciones personales en España y en el extranjero y de una amplia retrospectiva en 2013 (Tecla Sala, Hospitalet), se divide en series temáticas. El concepto unificador es la huella del pasado en la materia: los residuos, las ruinas, los rastros de otras épocas históricas que ocupan espacios apenas percibidos por el apresurado hombre de ciudad, que quizá los desdeña como reliquias obsoletas que se oponen al progreso. Sería esa una interpretación torpe, pues en sus primeras series (1979), las de escaparates, vitrinas e interiores de comercios con solera —guantes, sombreros, maniquíes— o de hoteles elegantes de principios del xx con sus salones, cuartos de baño con paredes de mármol, mesas dispuestas para la comida o para un breve encuentro, la mirada del fotógrafo rescata y subraya nuestra necesidad de una ceremonia, de un ritual, de un escenario como marco para el encuentro: intuimos las acciones de antes y después de esos bodegones. Hay una poesía en el detalle y belleza en un rastro de luz que realza la textura de la materia.
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Los objetos desde la mirada de Ferran Freixa hablan menos de una jerarquía de clases que del trabajo bien hecho —el oficio—, de la ceremonia y el ritual —la civilización—, del tiempo para el encuentro. Estas series primeras tienen un carácter biográfico antes que nostálgico: el artista reconoce escenarios familiares, los de una Barcelona a caballo entre el oficio artesano y la producción industrial en serie. Los objetos parecen tener vida propia antes de prestarse al uso que les dará el hombre. La autonomía del objeto, la bella combinación de texturas —telas, azulejos, mármoles— delata la mirada del diseñador, del pintor.

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Portugal

Cada espectador decidirá qué series prefiere: las canteras de mármol de Macael; las colonias textiles y los balnearios, que conforman su trabajo más reciente, o la serie de faros, el emblemático bar Marsella en el barrio del Raval, las ruinas de Belchite enfrentadas a esa otra ruina instantánea que fue el Gran Teatro del Liceo de Barcelona tras el incendio de 1994, con las magníficas composiciones surrealistas creadas por el fuego: dalinianos teléfonos derretidos, instrumentos hechos ceniza, chicas de calendario ignífugas y el esqueleto del edificio abierto al cielo.

Mis series favoritas son las dedicadas a paisajes del sur: Sicilia, Cabo de Gata (1999), Marruecos (1987), Portugal o Menorca… En una obra donde la figura humana es una excepción, cuando aparece suele estar integrada en el paisaje: no será un retrato frontal sino un gesto, un escorzo, un movimiento a lo Bernard Plossu, fotógrafo al que Freixa admira. Vemos al hombre o a la mujer indeterminados, los enmarca un paisaje o el entorno arquitectónico con carácter que define el lugar y a sus habitantes. Así sucede en la hermosa serie de Marrakech (1987): el volumen de las telas que cubren el cuerpo —chilabas, capuchas, manta que envuelve al niño que una mujer carga en la espalda— repite los volúmenes abstractos de los manteles de los restaurantes, de las fundas que cubren los palcos y la platea del Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Los paisajes de Cabo de Gata no están compuestos solo según los elementos esenciales que permiten identificar al instante el lugar sino que nos muestran el diseño de la naturaleza en la planta del agave irguiéndose hacia el cielo, la armonía de las formas curvas de unos soportales procurando sombras en el desierto, o frente al mar (L’Alguer, Cerdeña).

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Roma

La arquitectura es, en su forma de ruina devorada por la naturaleza, la transposición, el símbolo de los cuerpos transformadas, deshechos por el tiempo. Ferran Freixa detiene su mirada en las arquitecturas creadas por el hombre cuando están siendo recuperadas por la naturaleza.

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serie de Colonias textiles en Cataluña

El Rinconete del Instituto Cervantes

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Bernard Plossu -le Mexique


 

Mexican Journey

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Podríamos preguntarnos por qué hay tantos fotógrafos franceses estupendos. Hace unos días murió Marc Riboud, miembro de esta generación extraordinaria que prácticamente recorrió todo el siglo XX.
Bernard Plossu (nacido en 1945 en Vietnam; recordemos que Indochina, luego Vietnam, era colonia francesa) es fotógrafo del movimiento flou sin empachosas sensiblerías, pero también de clásicos reportajes en blanco y negro como apuntan estas fotos de México.

El vídeo es muy de aficionado, pero se percibe la juventud dorada de la época, que no necesitaba ser, además, maldita, para sentir que vivía plenamente.

De fotografía y otros entusiasmos / Islas Georgia del Sur y Sandwich del Sur