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Mi nombre es impostura, im-postura (I) Amy Martin


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Ese vestido, ese anillo, esa manicura: estamos en la Feria de las Vanidades

Regreso de la playa y estoy preocupada… no encuentro a mi gato. Pero oigo su voz que llega de un lugar indeterminado recitando lo que a mis oídos –acariciados durante una semana por las olas del mar valenciano ;-) — suena a un mantra: “Mi nombre es impostura, im-postura, im-pos-tu-ra”… Es terrorífico.

Te-rro-rí-fi-co…

“Mi nombre es impostura, im-postura, im-pos-tu-ra. Mi  nombre es impostura, im-postura, im-pos-tu-ra”.
Ay, esta mente joven aún sin formar no debería leer los periódicos, que van llenos de desfalcos, muerte y corrupción (en orden aleatorio).

Puedo explicarle lo de Bárcenas (codicia y avaricia), lo de Aznar (envidia y vanidad), lo de Urdangarín (codicia, avaricia, vanidad, lujuria, pereza, soberbia)… pues tengo toda la obra de Shakespeare de mi lado… y a Balzac, y a Proust, y a los rusos (los escritores, digo). Y el código penal.

pero ¿cómo cojones le explico lo de Amy Martin?
¿cómo le explico la entrevista que ha dado y ha publicado el Vanity Fair España?
¿cómo le explico a esta tierna criatura el conjunto de conceptos incluidos en la expresión “declive y caída del periodismo de investigación”? Kapuscinsky no me sirve (dicen que se inventó y aderezó con ficción de su cosecha buena parte de sus estupendas y admirables crónicas).
¿Cómo alerto a este gato, permeable a todas las  influencias, de lo tramposo que resulta el fenómeno “Auge y caída de una femme fatale”, subtitulado: “Españolas en Manhattan”? ¿Cómo le explico la estrategia “la mejor defensa es un buen ataque” (sin que la lección se vuelva contra mí)?

¿Cómo?

¡Cómo!

Por Dios, decidme: ¿Cómo se lo explico?

Porque esto ha de tener una -¡UNA! ¡SIQUIERA UNA!– explicación…

Continuará…

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ALGO SE HA ROTO, de Eugenia Kléber


Achille Mauzan
Dificultades de la posguerra española

A propósito de cómo debía ser la escritura femenina si su sintaxis fuese la otra cara en que se mirara la anatomía de la mujer decía Virginia Woolf que «carecería de principio o fin, se extendería dejando en suspensión leves partículas, divagaría hasta el infinito para luego volver y retomar, jugaría con las ideas enlazándolas en caprichosas formas circulares, oblicuas, serpenteantes.» Así justamente es la escritura de Eugenia Kléber (Barcelona, 1960) en esta narración a dos voces, espejo una de otra, de una madre y su hija unidas por una experiencia común de frustración y desaliento vital. A punto de entrar en la cuarentena, Irene, que debe cuidar de su madre enferma, repasa sus vidas a través de un diálogo impresionista, de sobreentendidos que reflejan su relación, amniótica, también asfixiante. A los 18 años Irene escapa de casa, dejando a su familia sin casi nada que decirse, para repetir el fracaso vital de su madre con hombres extravagantes o desnortados a los que dibuja como siluetas y gestos.

Algo se ha roto plasma un universo femenino encerrado en sí mismo que parece reclamar a través de la locura, las amenazas de suicidio, la apatía, los gestos e imágenes estrambóticos, la atención del hombre para llegar a ser algo más que instrumentos del orden doméstico. El placer es el valor ausente, mientras la incapacidad para comunicarse con el marido, encerrado a su vez en su estrecho mundo de rutinas y necesidades y menoscabado por un padre tiránico, dejan un aliento de impotencia ante la vida.

A ratos inverosímil y falta de color, Algo se ha roto se suma al abanico de novelas que retratan desde dentro el fracaso vital de una parte de la generación de la posguerra española, que ahora asoma a nuestra narrativa reivindicada por sus (sufridos) hijos.

Tusquets, Barcelona, 1998, 165 páginas

ALGUNOS MUCHACHOS, de Ana María Matute


Ana María Matute en su juventud

La Biblioteca Salvat publicó hace años un conjunto de relatos de Ana María Matute bajo el mismo título que ahora presenta Destino. Entre ambas ediciones hay diferencias, pero todos ellos comparten la misma atmósfera inquietante con su estallido de misterio al final y la refinada crueldad propia de una narración como la de Matute, que desgrana su talento en cuentos y leyendas aparentemente, pero sólo aparentemente, cortados por el mismo patrón: las consecuencias de ser un niño mimado, o de ser todo lo contrario, y el ansia irreprimible de acelerar el destino. Los muchachos de Ana María Matute creen en la acción y se consideran capaces de hacer girar la llave del destino que abre a un futuro del que los adultos suelen hablar solapadamente. A menudo son hijos de la fatalidad y actúan haciéndose eco de ese destino desatinado que se nutre de habladurías y de cuentos. El campo, los amores ocultos, los hijos naturales y las supersticiones traman los actos que al sumarse dan como resultado el fin de la infancia como territorio franco. Excepto en “Muy contento” y “No tocar”, protagonizados respectivamente por un rebelde apocalíptico y una muchacha alucinada de insensibilidad, Ana María Matute deja oír las voces de unos muchachos que ven confrontados el bien y el mal y eligen una salida perentoria que, en algunos casos, comprende la muerte. Así, en “Noticias del joven K”, trata el tema del doble y el desplome simultáneo de las dos partes de una personalidad escindida pero unida por un hilo invisible, el mismo al que precisamente se refiere el guardián de “Una estrella en la piel”, que deriva, siguiendo la lógica infantil, en la conclusión más cruel. “El rey de los zennos” gustará a aquellos que se deleitan con las leyendas que podrían no terminar nunca.

Destino, Barcelona, 1998, 167 páginas

María José Furió publicado en Lateral 1998