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Recordando al profesor Antoni Vilanova


El profesor Antoni Vilanova, en una pose extraordinariamente tópica

Se nota que es domingo de primavera fingida y así no dan ganas de salir a la calle porque aquí estoy con mis relecturas. Releo, pues, algunos capítulos, los finales, de La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España, XXXII Premio Anagrama de Ensayo de 2004, obra de Jordi Gracia. A veces me da por preguntarme quién de mi generación o inmediatamente anterior o posterior ha hecho “carrera” en el campo de la Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. Y la respuesta es que nadie, salvo Jordi Gracia, que yo sepa. El trabajo de Gracia es un rescate de una de las tantas causas perdidas de la literatura española desde que el estado se ha parcelado en autonomías: rescate de una memoria común. Como no soy experta en este tema, la resistencia cultural en tiempos del fascismo, todo lo que cuenta Gracia me sirve y me informa. Hay una pretensión de estilo y de amenidad, ruidosamente saboteada por un castellano dolorosamente lleno de catalanismos, pero vale la pena seguirlo y recordar los aires broncos y chulescos del fascismo triunfal para no incurrir en absurdas nostalgias (contra Franco vivíamos mejor, etc.). Con un escalofrío, trae el recuerdo de esos mismos aires broncos en Míster Aznar y sus alféreces cachiporristas.

Sin embargo, lo más importante es que estas lecturas siempre me llevan atrás, a los últimos años de la universidad, cuando por fin pudimos leer a autores “modernos y contemporáneos”. La carrera de Filología Hispánica era algo de narices, pues en cinco años ni tocamos ni se mencionó el Quijote. Es una proeza, visto la de veces que leímos a los poetas del Barroco y la Edad Media.

Una de las cosas más asombrosas –entre el millón de cosas que me asombraron y decepcionaron en la universidad– fue que prácticamente ninguno de mis compañeros leía literatura extranjera, así que no habían leído a Scott Fitzgerald ni a Nabokov, ni sabían de novela negra norteamericana ni de Simone de Beauvoir, etc. Por eso disfrutaban enormemente con Unamuno o con el Clarín de La Regenta, que a mí me parecían casposos y machistas. De esos recuerdos despertados por la lectura de La resistencia silenciosa destaca de golpe la figura de Antonio Vilanova, un profesor a la antigua, vagamente autoritario pero capaz de escuchar, que ofrecía una bibliografía interesante porque nos llevaba hasta los hispanistas instalados en las universidades norteamericanas –cuando los hispanistas americanos eran la elite de nuestra literatura y la referencia más moderna del exilio. Vilanova tenía la rara costumbre de leer a fondo los exámenes y comentarlos. Llevaba chaleco y parecía un hombre en blanco y negro.

A diferencia de lo que ocurrió en el doctorado en la Pompeu, cuando Claudio Guillén se presentó con todos los galones de Harvard –para dejarnos plantados en el primer curso y librados a un programa que no ofrecía ni rumores de narrativa castellana–, Vilanova nunca hablaba de su trayectoria, ni de sus trabajos, ni se jactaba de nada. Sin embargo, creo que algunos fuimos inconscientemente conscientes de que él era la figura-bisagra entre los viejos grandes profesores que habían dado renombre a la crítica literaria española (como Blecua, que se paseaba feliz y sordo por los pasillos de la facultad sonriendo plácidamente a todo el mundo, incluidos los desmelenados ficus), dando cuerpo a la filología, arrancándola penosamente del fascismo, para entregar algo válido a las nuevas generaciones educadas en la democracia…

Que han enviado todo eso a la mierda y sólo quieren saber de John Cheever y los cuentistas americanos.

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TODAS LAS VENTANAS, de Jorge Cela Trulock


Paisaje de Cercedilla (Madrid)
Fuente:
cercedilla-net.blogspot.com/

“Se trata de hablar sin que te llamen loco, sin llamarte tú mismo loco”, afirma la voz que desorganiza la percepción de la vida que pasa ante sus ojos -ventanas igual a miradas; miradas igual a una introspección en el caos. El libro de Jorge Cela Trulock constituye una experiencia para el lector en la medida exacta en que su autor, con la sinceridad (¿honestidad?) que define a los verdaderos escritores, se libra a la escritura teniéndola no por una forma de experimento lingüístico –palabras, meramente–, de juego que exhibir ante quien le lee, sino una lectura fiel de lo que ocurre. En esta caso, de lo que ocurre ante los ojos y en el interior (“no existe el recuerdo si no se sabe contarlo”) de ese hombre que martillea sus obsesiones: un túnel en cuyo extremo encontrará una luz, precedida por un escalón, preparado para tropezar en él y descubrir algo al fin; un niño cogido de la mano de su madre, listos para cruzar cuando el semáforo lo permita; la recurrente alusión a los políticos, a su lenguaje degradado, en un año ’92 de anillos y de chanchullos. Además, envolviendo el caos, un paisaje –Cercedilla, Valladolid, dice– y personajes como Salustio, como el rey moro expulsado. El lenguaje es en esta novela un delirio asumido. ¿Palabras de loco? En su expresión más lograda, la voz de un loco es un poema sin rima, arbitrario, que reúne los hitos de la emoción sin períodos intermedios de descanso: el túnel de nuevo, el vuelo del águila, los políticos, todas las nieves posibles.

En
Todas las ventanas, el personaje que habla, que escribe lo que leemos, se quiere fiel al lenguaje; todas las palabras están conectadas: “luego se juntan palabras y túnel. Al final del túnel están todas juntas, amontonadas”, “La palabra es inimaginable, no responde a nada bastardo”.

Con su libro, Jorge Cela impone a su lector un recorrido arduo que exige primero confianza: dentro del caos, del sinsentido, la voz expone un orden original. Cela ha escrito un poema de 245 páginas, hipnotizante. 

Alfaguara, Madrid, 1994, 245 págs.

María José Furió
publicado en Lateral, 1994

"MATRIMONIOS" en REVISTA GALERNA


Photograph by Walter Bibikow/Taxi/Getty Images
“Cape Town’s waterfront occupies a scenic strip of land between the Atlantic Ocean
and the sandstone heights of Table Mountain, known in Afrikaans as Tafelberg”

La revista de Literatura Internacional Galerna, dirigida por la poeta Marta López de Luaces, que desde 1998 es también profesora de Literatura española y latinoamericana en Montclair State University (Nueva York, USA), publica su cuarto número.

En el apartado de Relatos incluye uno mío: “Matrimonios”. Inspirado muy libremente en personajes y situaciones reales, es un retrato de las turbulencias amorosas de mi generación. El impulso de escribir el relato surgió de la necesidad de presentar a personajes más interesantes que los que suelen aparecer en las novelas españolas, siempre cortados por el mismo patrón. Conseguir personajes interesantes no era difícil: bastaba con tomarlos de la vida real.

Este es el principio:

«Todo su proyecto de vida con PW había saltado por los aires quince días antes de conocer a Alberto. Corría el mes de julio de 1994. PW había llamado desde Bélgica para avisarla de que los planes del mes de agosto habían cambiado y que no podría volver a Barcelona. Por el tono de su voz, ella entendió que no iba a añadir que, a pesar de todo, a pesar de ese contratiempo que no había empezado a explicarle, en mayo estaría de regreso en Europa, como cada año al terminar sus cursos en la universidad de Ciudad de El Cabo, y que podrían encontrarse otra vez y escaparse unos días juntos. Una alternativa ligera a la medida de su corazón ligero. Apenas oyó con claridad las palabras con que él se explicaba en su francés de acento flamenco sin vocalizar. Pero entendió claramente que, como no podía ser menos tratándose de PW, había varios aviones, varias ciudades de distintos países y varias mujeres de razas distintas.»