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“El legado de Joana Biarnés, fotoperiodista”, en El Rinconete


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Joana Biarnés

El fotoperiodista Cristóbal Castro estaba buscando fotos de la riada de Tarrasa —de donde él es originario— para conmemorar el 50.º aniversario de la catástrofe que afectó a la comarca del Vallés, cuando vio por vez primera las fotografías de Joana Biarnés (Tarrasa, 1935). Era un reportaje en blanco y negro, realizado con la cámara Leica del padre, también fotógrafo, que recogía con intensa empatía y precisión el alcance del diluvio sobre bienes y vidas. Al poco, Castro tuvo acceso al resto del archivo de la fotoperiodista, pionera en la España de las postrimerías del franquismo. Como relatan Castro y la propia fotógrafa en el excelente documental Joana Biarnés. Una entre todos, Biarnés, que llevaba treinta años retirada de la fotografía, no era consciente del valor de su trabajo. Castro comprendió el alcance de ese desconocimiento cuando un día ella lo recibió en su casa anunciándole alegre que estaba destruyendo copias «viejas» —es decir, copias originales, copias de época, esos vintages tan valorados por museos, galerías y coleccionistas— en una flamante trituradora. En ese punto —«¡No creí nunca en mi trabajo!», declara Biarnés— arranca la historia de la recuperación de una fotoperiodista carismática, de un archivo que recoge su buen hacer en varios géneros y la construcción de un diálogo intergeneracional muy fecundo.

Para su primera exposición, Castro seleccionó entre las treinta y cinco mil fotografías que pasaron bajo su lupa. El resultado ha merecido una calurosa acogida de profesionales y público, lo que ha propiciado, además, que Joana Biarnés recupere la ilusión de hacer fotos.

Estos rasgos definen la personalidad de Joana Biarnés, según sus colegas periodistas del vespertino Pueblo, de fotógrafos como Ramón Masats, Colita y Gervasio Sánchez, de sus íntimos, como Natalia Figueroa, la esposa del cantante Raphael, de quien llegó a ser fotógrafa personal: «simpatía y dignidad cautivadoras», arrojo —«se metía en todos los fregaos, era una lanzada»—, excelente presencia y humildad.

Joana Biarnés no entró en fotografía por vocación, sino por contentar a su padre, fotógrafo y laboratorista, quien la inició en su técnica. Con Ramón Masats, cliente del laboratorio de Joan Biarnés, compartió salidas fotográficas en las que refinó técnica y mirada. Las inundaciones del Vallés de 1962 fueron la temprana prueba de fuego de trabajar bajo presión. Y, cursada la primera edición de la Escuela Oficial de Periodismo, se convirtió en profesional. Aunque los azares afortunados puntúan su carrera, como el que en 1963 la llevó con su primer reportaje de moda al diario madrileño Pueblo, sus inicios no fueron fáciles; según cuenta esta pionera, cuando cubría los partidos de fútbol, espectadores y árbitros la recibían con improperios cavernícolas, que ella resistió respaldada por su carnet profesional y sus imágenes.

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Joana Biarnés y el bailarín ruso Nureyev

Pueblo, el diario más vendido de España, tenía a los mejores reporteros de la época, buen reflejo del incipiente aperturismo que iba de la mano del famoso desarrollismo económico y del boom turístico. Joana Biarnés encarna bien esa época estimulante, donde en materia de cultura moderna todo estaba por hacer, incluida una tradición fotográfica. Cultivó la foto de deportes, el reportaje, el retrato y la moda, atenta a las publicaciones extranjeras innovadoras. Una incipiente jet-set cañí, a imitación de la de países con una industria cinematográfica y de la canción modernas como Francia, Italia o Estados Unidos, alimentaba las páginas de vida social y espectáculos, y Biarnés en ocasiones utilizó artimañas picarescas como la que le permitió colarse en el avión que traía a los Beatles en su célebre primer viaje a España, en 1965. La exclusiva que realizó en la suite del hotel y que tuvo que regalar a la revista Ondas, porque la censura había impuesto que se publicitara solo la llegada de los cantantes, es hoy pieza de mitómanos y muestra de la pasión con que encaraba su trabajo para conseguir «la foto» que, según le enseñó su padre, debe regir un buen reportaje.

En sus declaraciones a cámara, Biarnés desgrana un anecdotario maravilloso con Dalí, Tom Jones, Orson Welles, Sammy Davis Jr., Nuréyev, Polanski, etc., de protagonistas, retratados durante sus estancias en España, a veces invitados por estrellas del entretenimiento español del momento: folclóricas, actrices, cantantes pop, bailarines de flamenco y toreros, desde Lola Flores y Carmen Sevilla, Raphael y Massiel, Serrat, hasta el bailarín Antonio y los toreros el Cordobés, Palomo Linares y Dominguín, que veían en la fotógrafa a una cómplice, una igual.

En sus imágenes destaca un sentido de la composición elegante, un instinto natural para comprender al personaje, para sacar esa luz que hacía de ellos figuras del momento, al captar un erotismo pícaro (Carmen Sevilla) o salvaje (Tom Jones). Pero fue un reportaje de índole social sobre los logros de la cirugía del corazón —tema maravilla de los setenta—, que fue despreciado para indicarle los nuevos derroteros de la prensa que derivarían en el sensacionalismo, los paparazzi y las noticias «construidas», el que selló su carrera profesional.

La recuperación de su obra y su difusión ha sido posible por la existencia de una nueva generación de fotógrafos que no solo tienen una cultura visual y una destreza técnica, sino una formación teórica que les permite historizar el relato de la fotografía española y asignar valor a un periodo de incipiente modernidad como el que representa Joana Biarnés.

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Roger Moore por Joana Biarnés
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Una entre todos, portada del documental que relata la peripecia profesional de Joana Biarnés

Cristina García Rodero, entre dioses, hombres y espíritus, en El Rinconete


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Cuando en 2009 la fotógrafa Cristina García Rodero (Puertollano —Ciudad Real—, 1949) se convirtió en miembro de pleno derecho de la mítica agencia Magnum, la noticia causó generalizada satisfacción entre sus colegas, de los más diversos estilos, y el número creciente de aficionados a la fotografía. Las ventajas aducidas por la propia Cristina García Rodero, al margen del evidente prestigio, eran la garantía de que su archivo, su legado, iba a ser gestionado por las mejores manos, dialogar con fotógrafos de la calidad y diversidad de los que integran Magnum y mantener su independencia. Naturalmente, ser la cuarta mujer en incorporarse a la agencia fundada en París por Robert Capa en 1947 significa abrir una senda en un territorio de recorrido más difícil para las mujeres, según declara la fotógrafa española.

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España oculta

Cuidar del legado ha de ser una preocupación imperativa y natural tratándose de una obra que abarca ya cuatro décadas y del interés y calidad que define el trabajo de García Rodero. Ella ha explicado en numerosas ocasiones sus inicios: una joven profesora, licenciada en Bellas Artes, recorriendo en su tiempo libre, al volante de un 600, los pueblos de España para retratar sus tradiciones, cultos, ritos, la devoción de sus habitantes, convencida de que el período histórico que vivían —los primeros años de la Transición a la democracia— implicaba la desaparición más o menos rápida de esa particular expresión de la espiritualidad del «pueblo». El resultado de su paciente documentación fue, como sabemos, mucho más que un reportaje antropológico: España oculta (1989) revelaba una mirada original que aunaba sensibilidad por el detalle, empatía con los retratados pero no sentimentalismo, proximidad al asunto o personaje que retratar. Emergió con sus imágenes en blanco y negro el sustrato pagano de muchas tradiciones religiosas —Baco anda siempre cerca de una romería— y la influencia de la pintura surrealista, motivo por el que tantas veces esa España oculta suya es también una España mágica. El libro, prologado por Julio Caro Baroja, fue premiado en el Festival de Arlés y convirtió a su autora en un nombre ya imprescindible.

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Serie “Haití”

Cristina García Rodero se define como paciente, perfeccionista, tímida, por lo que nunca avasalla a las personas que retrata, aunque a veces advertimos —como en La confesión— que el retratado es consciente de ser el centro de interés, lo cual provoca diferentes reacciones, más exhibicionistas y jocosas en las fiestas tradicionales, o de complicidad y aceptación, como la madre de Georgia fotografiada consolando a su hija, o los lugareños curiosos subidos a un banco. Cuando se refiere a su estilo de trabajo, a la necesidad de rigor, de no improvisar, de acercarse para transmitir la emoción de la situación o la vivencia de los sujetos, la fotógrafa manifiesta su experiencia pedagógica, hasta el punto de que sus entrevistas y conferencias pueden leerse también como una colección de consejos para fotógrafos que tratan de desarrollar un estilo.

El suyo ha evolucionado sin brusquedades en su recorrido por varios continentes, acompañado por la técnica analógica hasta la incorporación paulatina de la digital. Utiliza el color ocasionalmente, desde el reportaje de María Lionza, la diosa de los ojos de agua, culto que se celebra en Venezuela, en que la iluminación con velas crea una tonalidad que se perdería en blanco y negro; y naturalmente en la India, en el festival de Holi, donde la llegada del buen tiempo se celebra con una explosión de color en forma de polvos que se arrojan los participantes. En los últimos años afloran en sus reportajes destellos de erotismo; así, en el muy imitado Rituales en Haití, las expresiones demoníacas del trance coexisten con posturas y miradas espontáneamente eróticas, más deliberadas en The Burning Man, festival celebrado en el desierto de Nevada, en Estados Unidos, y un erotismo obvio en ese otro tipo de procesión que son los festivales eróticos, el proyecto que la ocupa en los últimos años.

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The Burning Man
Instituto Cervantes – El Rinconete