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EL MUNDO, EL TEXTO, EL CRÍTICO, de Edward W. Said


Edward W. Said. Foto Justin McIntosh, August 2004.

A Edward W. Said (Jerusalén, 1935 – Nueva York, 2003) le dio fama mediática su actividad política en relación al conflicto palestino-israelí, refrendada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2002. Sus Crónicas palestinas son, sin duda, el plato más ligero de una actividad literaria muy homogénea que ha girado siempre en torno a lo que se conoce como “crítica postcolonial“. Sus libros clásicos son Orientalismo y Cultura e imperialismo. Como no podía ser de otra manera, toda teoría encierra una autobiografía y en el caso de Said es coherente incluso cuando lo parece menos. Nacido en Jerusalén, su familia tuvo que abandonar su país por razones políticas y marchar a Líbano y luego a El Cairo. Especializado en Literatura Comparada, Said dio clases en la neoyorquina universidad de Columbia. Lo que otro pudiera entender como la culminación de una carrera profesional, se convierte en Said en un hito para la reflexión sobre el exilio, y el descentramiento que ello supone con respecto al discurso dominante. Porque en Estados Unidos Said se encuentra con la presión del lobbyjudío bajo todas sus formas, pero de modo patente en los medios de comunicación y en su forma de representar al mundo árabe, del que él, como palestino, forma parte. Arranca entonces un estudio, con el rigor característico de los estudios culturales, dedicado a la presentación de lo que se conoce como Oriente. Las conclusiones son transgresoras en la medida que, una vez aceptamos que compartimos esa visión tópica elaborada desde Occidente, se nos fuerza a buscar al Otro y a descubrir entonces algo que no somos nosotros mismos. De ahí deriva también la posibilidad del diálogo, al que apeló con contundencia incansable Said y de ahí también su denuncia de la siempre perversa actitud estadounidense en todo lo referente al Estado Palestino, a la reivindicación de una ley de retorno para su pueblo, etc.

Las herramientas de análisis del tema oriental son las mismas que las utilizadas en su crítica de la teoría literaria contemporánea (la primera publicación de estos artículos se remonta a 1983). Dos teóricos son su fuente de inspiración y punto de partida: Michel Foucault y Jacques Derrida. Si bien los artículos de El mundo, el texto y el crítico no son precisamente fáciles, lo cierto es que cuando el lector, al hilo de esa obligada lectura de desciframiento que impone la teoría literaria, llega a entender que mientras Derrida le proporciona básicamente la noción de indecidibilidad y diseminación del discurso literario (una metafísica) y Foucault unas herramientas afiladísimas para descubrir cómo el discurso de cualquiera está encerrado en unas coordenadas concretas de tal modo que el sentido (y el sinsentido) de lo que se dice o escribe reproduce, lo quiera o no su autor, el modelo de poder imperante, uno se da cuenta, digo, de cómo Said conquista su propia libertad para teorizar y emitir juicios y de cómo su propia coordenada de poder (de la que parece ingenuamente ignorante) le faculta para expresar un pensamiento político que puede convertirse en acción.

Bajo esa luz política deben entenderse los artículos “Caminos seguidos y no seguidos por la crítica contemporánea”, el muy veladamente mordaz “Reflexiones sobre la crítica estadounidense ´de izquierda´” y su “Introducción: Crítica secular”, en donde apela a que el “mundo” entre en la crítica literaria y deje de considerar el texto como un objeto sagrado autosuficiente. En este sentido, una de las mejores definiciones que contiene este ensayo dice “El crítico, en igual medida que el novelista, es un escritor que persigue la escritura escribiendo”. Lo malo, podría añadir, es que muy a menudo el crítico no entiende qué significa la intención de ponerse a escribir y se limita a cumplir una parte de esta premisa buscando con vanidad sólo su propio reflejo y al dejar de situar al autor que lee en el mundo lo que hace es encoger el mundo.

traducción de Ricardo García Pérez
Editorial Debate, Barcelona, 2004, 431 páginas

María José Furió
Publicado en La Vanguardia- Culturas

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Contra la censura, ensayos sobre la pasión de silenciar, de J.M. Coetzee


Foto: Sebeka Wines South Africa Press Trip (May 12-21)


Hay una escena en Manhattan donde Woody Allen da un romántico paseo nocturno en calesa por Central Park con su novia adolescente y dice con arrobo: «Tú eres la respuesta de Dios a Job cuando le acusaba de todos los desastres del mundo. ‘Sí, he hecho cosas horribles, dijo Dios, pero también la he hecho a ella’. Y Job dijo: ‘Está bien. Tú ganas’» Me imagino llegado el Día del Juicio Final a todos esos escritores y críticos hispanoamericanos y españoles con fama probada de carnales, dicharacheros, izquierdosos de quita y pon, clasistas, falderos o sodomitas, arbitrarios, desfalcadores, delante de san Pedro, que tras leerles la cartilla preguntará: «Bueno, ¿y tú qué alegas? ¿Por qué crees que mereces el Paraíso?». A lo que ellos responderán como un solo hombre: «Vale, vale. La carne es débil. Pero tengo el cerebro de acero blindado. En resumen, ¡me gusta John Maxwell Coetzee!».

Mientras San Pedro medita si Coetzee es suficiente coartada moral para una vida de soberbia, lujuria y disipación, bien podemos cuestionar aquí en la Tierra ese tópico que ha convertido al nobel sudafricano en una especie de beato de la literatura, propiciando que se lean sus novelas como unas Nuevas Vidas de Santos bajo la mirada de los clásicos (Beckett, Musil, Defoe, Dostoyevski, etc.). No es que Coetzee no los haya leído, no es que no le hayan aprovechado,  –, lo que ocurre es que su lectura de los clásicos se inscribe espontáneamente dentro de una corriente de reapropiación de la literatura occidental practicada por los (mejores) autores de los países de las antiguas colonias, tanto anglófonos como francófonos, con objeto de subvertir la lectura que se hace de su condición; en definitiva, para neutralizar una mirada que sigue colonizándolos. Y en ese sentido es acción, es disidencia.

Ya Costas extrañas (Debate, 2004), que en Francia se tradujo como Doubler le cap haciendo un juego de palabras evidente con el abandono de su país para instalarse en Australia, incide en este tema: el de formar parte y ser simultáneamente extraño a la tradición occidental y, desde esa costa extraña que es África, rescatar el valor de su voz periférica.

En ese volumen de conferencias y ensayos ya está el genuino Coetzee inscrito con los dos pies en la corriente de análisis de la crítica literaria poscolonial. Sólo desde ese prisma cobra auténtico sentido el conjunto de su obra, con su interés por el silenciamiento de los subalternos, la “contraescritura” de los clásicos de la cultura europea y anglosajona en la voz de las víctimas de la colonización, y la problematización de la lengua utilizada –y todo eso es Foe, Desgracia, En medio de ninguna parte y Hombre lento.

Coincidiendo naturalmente con la efervescencia de los movimientos de liberación nacional y la elaboración de la llamada crítica literaria poscolonial, sin duda una de las corrientes de pensamiento más sagaces y aprovechables de los últimos años, Sudáfrica vivió en las décadas de los 60 y 70 la mayor represión cultural y política ejercida por los prebostes del apartheid. Contra la censura explora esa coincidencia y sus resultados en los cuatro capítulos finales dedicados al “pensamiento” del apartheid, al trabajo del censor en su país, y a dos grandes emblemas de la contestación al régimen, que son Breyten Breytenbach y André Brink. Breytenbach tuvo que pedir disculpas por su Carta a un carnicero en el juicio que le acusaba de «entrar ilegalmente en Sudáfrica para reclutar saboteadores para una organización militante clandestina». Coetzee va mucho más lejos de subrayar la vergüenza o la humillación y concluye que las siempre resbaladizas relaciones de poetas y escritores con la censura suelen saldarse con la interiorización de la figura del censor en la propia creación. Sólo que si poetas como Breytenbach fueron tan lejos en su denuncia de las torturas policiales o del silencio cómplice de los apolíticos, disculparse ante el primer ministro asumiendo que «no tenía justificación» es, como ocurre con cualquier tiranía, una forma distinta de denuncia, pues el perdón que pide una persona coaccionada carece de valor, y sólo su rebeldía lo tiene. Breytenbach es un tipo de lo más interesante y tiene su figura simétrica en Zbigniew Herbert, polaco, que también encuentra en la figura de los clásicos la manera de vacilarle a la censura, no porque al evocar a los romanos que aguardan la llegada de los bárbaros lleve a todo el mundo a hacer entre líneas una lectura política, sino porque en esa lectura subordinada late por fuerza la añoranza de una lectura inocente, de tal modo que los clásicos, como ya sucede en la obra de Coetzee, «proporcionan modelos de respuesta al infortunio» pero sobre todo, traídos a destiempo, delatan ese infortunio.

Y aunque parecen como para huir por piernas títulos como “Erasmo, locura y rivalidad” y “Los daños de la pornografía: Catherine MacKinnon” y un topicazo hablar de “El estigma de lo pornográfico” en relación a D.H. Lawrence, en realidad el dedicado a Erasmo es el plato fuerte del ensayo, porque leído a la luz de Foucault y de Lacan logra traerlos a nuestro presente, cuando es tan habitual desacreditar al rival ideológico o de profesión tachándolo de loco, de inconstitucional, de ego desmedido, a lo que Coetzee responde que el silenciamiento consiguiente de lo que así se tacha de ajeno a lo que la comunidad tolera es «una estrategia que no se conoce a sí misma y por lo tanto es, según sus propios términos, demente». Y por supuesto, no podía faltar una de las pullas de Coetzee al discurso feminista, que es a su juicio no sólo miope sino superficial y, después de acompañar la reflexión de MacKinnon en la idea de «pérdida de integridad irremplazable» que pueden sentir las actrices del porno, viene a concluir que hay un más allá de la mirada pornográfica que le escapa al feminismo radical y que, lisa y llanamente, si no te gustan los hombres jamás comprenderás qué buscan y encuentran ellos en la pornografía. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto.

© María José Furió.

Publicado en Letra Internacional, 2007

Debate, Barcelona, 2007.
trad. de R. Martínez Muntada