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Cristina García Rodero, entre dioses, hombres y espíritus, en El Rinconete


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Cuando en 2009 la fotógrafa Cristina García Rodero (Puertollano —Ciudad Real—, 1949) se convirtió en miembro de pleno derecho de la mítica agencia Magnum, la noticia causó generalizada satisfacción entre sus colegas, de los más diversos estilos, y el número creciente de aficionados a la fotografía. Las ventajas aducidas por la propia Cristina García Rodero, al margen del evidente prestigio, eran la garantía de que su archivo, su legado, iba a ser gestionado por las mejores manos, dialogar con fotógrafos de la calidad y diversidad de los que integran Magnum y mantener su independencia. Naturalmente, ser la cuarta mujer en incorporarse a la agencia fundada en París por Robert Capa en 1947 significa abrir una senda en un territorio de recorrido más difícil para las mujeres, según declara la fotógrafa española.

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España oculta

Cuidar del legado ha de ser una preocupación imperativa y natural tratándose de una obra que abarca ya cuatro décadas y del interés y calidad que define el trabajo de García Rodero. Ella ha explicado en numerosas ocasiones sus inicios: una joven profesora, licenciada en Bellas Artes, recorriendo en su tiempo libre, al volante de un 600, los pueblos de España para retratar sus tradiciones, cultos, ritos, la devoción de sus habitantes, convencida de que el período histórico que vivían —los primeros años de la Transición a la democracia— implicaba la desaparición más o menos rápida de esa particular expresión de la espiritualidad del «pueblo». El resultado de su paciente documentación fue, como sabemos, mucho más que un reportaje antropológico: España oculta (1989) revelaba una mirada original que aunaba sensibilidad por el detalle, empatía con los retratados pero no sentimentalismo, proximidad al asunto o personaje que retratar. Emergió con sus imágenes en blanco y negro el sustrato pagano de muchas tradiciones religiosas —Baco anda siempre cerca de una romería— y la influencia de la pintura surrealista, motivo por el que tantas veces esa España oculta suya es también una España mágica. El libro, prologado por Julio Caro Baroja, fue premiado en el Festival de Arlés y convirtió a su autora en un nombre ya imprescindible.

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Serie “Haití”

Cristina García Rodero se define como paciente, perfeccionista, tímida, por lo que nunca avasalla a las personas que retrata, aunque a veces advertimos —como en La confesión— que el retratado es consciente de ser el centro de interés, lo cual provoca diferentes reacciones, más exhibicionistas y jocosas en las fiestas tradicionales, o de complicidad y aceptación, como la madre de Georgia fotografiada consolando a su hija, o los lugareños curiosos subidos a un banco. Cuando se refiere a su estilo de trabajo, a la necesidad de rigor, de no improvisar, de acercarse para transmitir la emoción de la situación o la vivencia de los sujetos, la fotógrafa manifiesta su experiencia pedagógica, hasta el punto de que sus entrevistas y conferencias pueden leerse también como una colección de consejos para fotógrafos que tratan de desarrollar un estilo.

El suyo ha evolucionado sin brusquedades en su recorrido por varios continentes, acompañado por la técnica analógica hasta la incorporación paulatina de la digital. Utiliza el color ocasionalmente, desde el reportaje de María Lionza, la diosa de los ojos de agua, culto que se celebra en Venezuela, en que la iluminación con velas crea una tonalidad que se perdería en blanco y negro; y naturalmente en la India, en el festival de Holi, donde la llegada del buen tiempo se celebra con una explosión de color en forma de polvos que se arrojan los participantes. En los últimos años afloran en sus reportajes destellos de erotismo; así, en el muy imitado Rituales en Haití, las expresiones demoníacas del trance coexisten con posturas y miradas espontáneamente eróticas, más deliberadas en The Burning Man, festival celebrado en el desierto de Nevada, en Estados Unidos, y un erotismo obvio en ese otro tipo de procesión que son los festivales eróticos, el proyecto que la ocupa en los últimos años.

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The Burning Man
Instituto Cervantes – El Rinconete
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Entrevista a Cristina García Rodero


Quizá porque hoy se celebra la fiesta de Sant Medir en Gracia, me ha apetecido recordar a Cristina García Rodero, de la que hace demasiado tiempo que no tengo noticia de exposiciones nuevas suyas o de libros publicados.

El vídeo es apenas un aperitivo de presentación, que puede tomarse como punto de lanzamiento para buscar otros trabajos suyos. Interesante lo que cuenta de su paso a la técnica digital siendo como es una fotógrafa de sales de plata de toda la vida.

Y, aquí, faltaría más, enlace a su página en la AGENCIA MAGNUM.

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500th Anniversary of Baracoa, the first village in Cuba.

Cristina García Rodero y las imágenes de Leticia Ortiz / Casa Real


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Ya he comentado en otros momentos mi admiración por Cristina García Rodero y lo mucho que me alegré al ver que su entrada en la mítica agencia Magnum fue acogida con entusiasmo unánime por el mundillo fotográfico.

El mérito de CGR que para mí tiene mayor interés no es el de haber conservado para el futuro una panorámica de las tradiciones ancestrales de España sino haber sacado a la luz la pervivencia de la España mágica en el siglo XX. No como imagen de atraso –aunque ésta pueda persistir mejor en circunstancias de menor desarrollo económico– sino de la espiritualidad popular. Estoy convencida de que la obra de CGR haría las delicias de C.J. Jung, el psicoanalista, sí, que fue también un muy importante estudioso de las religiones en el mundo y, por lo tanto, de la pervivencia de lo mágico en lo que llamó “inconsciente colectivo”.

Otras imágenes célebres de C. García Rodero son las dedicadas a la guerra de los Balcanes o de Georgia –imágenes de la maternidad en las condiciones  de vida estragada por el conflicto–, la serie de rituales en Haití, Venezuela (María Lionza) y el espectacular Burning Man que todos los años se celebra en el desierto de Nevada (EUA):

Así que no he llegado a unirme al “estupor” que provocó hace unas semanas el reportaje que realizó por encargo de la Casa Real española festejando los cuarenta años de Leticia Ortiz.  Aunque sólo la fotógrafa puede decir lo que pasó o dejó de pasar y el por qué del tipo de imágenes que se publicaron en lugar de un reportaje según los códigos de la foto documental, al primer golpe de vista pensé que la fotógrafa, metida en un imposible jardín real, tenía que salir con bien sin poner en juego su estilo que, quién lo negaría, no pega nada con el reportaje de colorines a lo País-Semanal, Telva, etc. Esos reportajes, lo sabemos, venden estatus y venden el espejo de un poder adquisitivo.

En términos prácticos o informativos ya se ha dicho todo, me parece -siempre sin conocer la versión de CGR–. En cierto momento pensé que recurrió a su memoria fotográfica, a su cultura visual, y que probablemente tuvo en mente el estilo que estuvo de moda en los años setenta -y por el que llegó a ser tan popular– para la familia real británica cuando tuvieron la suerte de introducir en la tribu al fotógrafo Anthony Amstrong-Jones, o Lord Snowdon. La foto de la princesa Margarita en blanco y negro muestra de entrada ciertas similitudes con la que CGR hizo de Letizia Ortiz y las niñas. Supongo que el entorno años 70 favorecía un toque algo “transgresor” acercando a los personajes sin restarles el glamour que por entonces compartían con los cantantes de rock, modelos, actores, etc.

Quizá el detalle irónico de este reportaje está en que la monarquía ha justificado siempre su origen en el designio divino y la fotógrafa especializada en documentar la religiosidad popular los muestra, por encargo de los propios príncipes, en su imagen más burguesa, más despojada de trascendencia y, por eso mismo, menos justificada que nunca su razón de ser.

Cristina García Rodero – Burning Man Festival, 2000

Cristina García Rodero entra en la agencia Magnum


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Le robo al diario ABC este autorretrato que Cristina García Rodero se hizo en 1972, para celebrar en mi fotoblog la entrada de una de mis fotógrafas favoritas en la agencia Magnum.  Toda la liturgia de su entrada como socia de pleno derecho me parece ridícula y hasta ofensiva. En su momento me extrañó que no le exigieran que hiciera el camino de Santiago a pie (ir y volver) o que hiciera todos los ochomil de la Tierra. Imagino que no se les ocurrió.

Vi la última gran exposición de C.G.R. en Madrid el año pasado (algo comenté por aquí) y era para ovacionarla un buen rato.

Vamos, que puede decirse, que tanto para las mujeres como para la fotografía española, es verdad que LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO para bien.