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Mi nombre es impostura, im-postura (I) Amy Martin


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Ese vestido, ese anillo, esa manicura: estamos en la Feria de las Vanidades

Regreso de la playa y estoy preocupada… no encuentro a mi gato. Pero oigo su voz que llega de un lugar indeterminado recitando lo que a mis oídos –acariciados durante una semana por las olas del mar valenciano ;-) — suena a un mantra: “Mi nombre es impostura, im-postura, im-pos-tu-ra”… Es terrorífico.

Te-rro-rí-fi-co…

“Mi nombre es impostura, im-postura, im-pos-tu-ra. Mi  nombre es impostura, im-postura, im-pos-tu-ra”.
Ay, esta mente joven aún sin formar no debería leer los periódicos, que van llenos de desfalcos, muerte y corrupción (en orden aleatorio).

Puedo explicarle lo de Bárcenas (codicia y avaricia), lo de Aznar (envidia y vanidad), lo de Urdangarín (codicia, avaricia, vanidad, lujuria, pereza, soberbia)… pues tengo toda la obra de Shakespeare de mi lado… y a Balzac, y a Proust, y a los rusos (los escritores, digo). Y el código penal.

pero ¿cómo cojones le explico lo de Amy Martin?
¿cómo le explico la entrevista que ha dado y ha publicado el Vanity Fair España?
¿cómo le explico a esta tierna criatura el conjunto de conceptos incluidos en la expresión “declive y caída del periodismo de investigación”? Kapuscinsky no me sirve (dicen que se inventó y aderezó con ficción de su cosecha buena parte de sus estupendas y admirables crónicas).
¿Cómo alerto a este gato, permeable a todas las  influencias, de lo tramposo que resulta el fenómeno “Auge y caída de una femme fatale”, subtitulado: “Españolas en Manhattan”? ¿Cómo le explico la estrategia “la mejor defensa es un buen ataque” (sin que la lección se vuelva contra mí)?

¿Cómo?

¡Cómo!

Por Dios, decidme: ¿Cómo se lo explico?

Porque esto ha de tener una -¡UNA! ¡SIQUIERA UNA!– explicación…

Continuará…

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De las Verdades no decibles


Richard Nixon y el papa Pablo VI, 1970

La verdad no decible es Nefas,
Fas, la verdad decible: así dicen los Autores.
En el mundo no sólo están vigentes las Verdades no decibles,§
naturalmente, escritas con mayúscula;
como no se puede hablar de la Verdad, se chismorrea,
qué tal, buen tiempo, un poco fresco,
ya sé que estas aguas superficiales están algo sucias.
La verdad con v minúscula, el Fas,
contempla las dos opuestas Verdades con V mayúscula
y sus representantes que hablan de otra cosa:
Nixon y un grupo de estudiantes.
Es el alba, en los alrededores de la Casa Blanca;
Nixon bajó como un papa entre sus enemigos;
¿Para qué? Ni él ni esos enemigos suyos
fueron capaces de decir una sola palabra:
hablaron de esto y de lo otro.
Pero a ver si nos entendemos: la verdad con v minúscula
que los condena y se apiada de ellos.

§: ¡Mundo nefasto!

Pier Paolo Pasolini, «Resumen para un “Digest” del “Poema político”», en
Transhumanar y organizar, trad. de  Á. Sánchez-Gijón, Visor, 1981.

Contra la censura, ensayos sobre la pasión de silenciar, de J.M. Coetzee


Foto: Sebeka Wines South Africa Press Trip (May 12-21)


Hay una escena en Manhattan donde Woody Allen da un romántico paseo nocturno en calesa por Central Park con su novia adolescente y dice con arrobo: «Tú eres la respuesta de Dios a Job cuando le acusaba de todos los desastres del mundo. ‘Sí, he hecho cosas horribles, dijo Dios, pero también la he hecho a ella’. Y Job dijo: ‘Está bien. Tú ganas’» Me imagino llegado el Día del Juicio Final a todos esos escritores y críticos hispanoamericanos y españoles con fama probada de carnales, dicharacheros, izquierdosos de quita y pon, clasistas, falderos o sodomitas, arbitrarios, desfalcadores, delante de san Pedro, que tras leerles la cartilla preguntará: «Bueno, ¿y tú qué alegas? ¿Por qué crees que mereces el Paraíso?». A lo que ellos responderán como un solo hombre: «Vale, vale. La carne es débil. Pero tengo el cerebro de acero blindado. En resumen, ¡me gusta John Maxwell Coetzee!».

Mientras San Pedro medita si Coetzee es suficiente coartada moral para una vida de soberbia, lujuria y disipación, bien podemos cuestionar aquí en la Tierra ese tópico que ha convertido al nobel sudafricano en una especie de beato de la literatura, propiciando que se lean sus novelas como unas Nuevas Vidas de Santos bajo la mirada de los clásicos (Beckett, Musil, Defoe, Dostoyevski, etc.). No es que Coetzee no los haya leído, no es que no le hayan aprovechado,  –, lo que ocurre es que su lectura de los clásicos se inscribe espontáneamente dentro de una corriente de reapropiación de la literatura occidental practicada por los (mejores) autores de los países de las antiguas colonias, tanto anglófonos como francófonos, con objeto de subvertir la lectura que se hace de su condición; en definitiva, para neutralizar una mirada que sigue colonizándolos. Y en ese sentido es acción, es disidencia.

Ya Costas extrañas (Debate, 2004), que en Francia se tradujo como Doubler le cap haciendo un juego de palabras evidente con el abandono de su país para instalarse en Australia, incide en este tema: el de formar parte y ser simultáneamente extraño a la tradición occidental y, desde esa costa extraña que es África, rescatar el valor de su voz periférica.

En ese volumen de conferencias y ensayos ya está el genuino Coetzee inscrito con los dos pies en la corriente de análisis de la crítica literaria poscolonial. Sólo desde ese prisma cobra auténtico sentido el conjunto de su obra, con su interés por el silenciamiento de los subalternos, la “contraescritura” de los clásicos de la cultura europea y anglosajona en la voz de las víctimas de la colonización, y la problematización de la lengua utilizada –y todo eso es Foe, Desgracia, En medio de ninguna parte y Hombre lento.

Coincidiendo naturalmente con la efervescencia de los movimientos de liberación nacional y la elaboración de la llamada crítica literaria poscolonial, sin duda una de las corrientes de pensamiento más sagaces y aprovechables de los últimos años, Sudáfrica vivió en las décadas de los 60 y 70 la mayor represión cultural y política ejercida por los prebostes del apartheid. Contra la censura explora esa coincidencia y sus resultados en los cuatro capítulos finales dedicados al “pensamiento” del apartheid, al trabajo del censor en su país, y a dos grandes emblemas de la contestación al régimen, que son Breyten Breytenbach y André Brink. Breytenbach tuvo que pedir disculpas por su Carta a un carnicero en el juicio que le acusaba de «entrar ilegalmente en Sudáfrica para reclutar saboteadores para una organización militante clandestina». Coetzee va mucho más lejos de subrayar la vergüenza o la humillación y concluye que las siempre resbaladizas relaciones de poetas y escritores con la censura suelen saldarse con la interiorización de la figura del censor en la propia creación. Sólo que si poetas como Breytenbach fueron tan lejos en su denuncia de las torturas policiales o del silencio cómplice de los apolíticos, disculparse ante el primer ministro asumiendo que «no tenía justificación» es, como ocurre con cualquier tiranía, una forma distinta de denuncia, pues el perdón que pide una persona coaccionada carece de valor, y sólo su rebeldía lo tiene. Breytenbach es un tipo de lo más interesante y tiene su figura simétrica en Zbigniew Herbert, polaco, que también encuentra en la figura de los clásicos la manera de vacilarle a la censura, no porque al evocar a los romanos que aguardan la llegada de los bárbaros lleve a todo el mundo a hacer entre líneas una lectura política, sino porque en esa lectura subordinada late por fuerza la añoranza de una lectura inocente, de tal modo que los clásicos, como ya sucede en la obra de Coetzee, «proporcionan modelos de respuesta al infortunio» pero sobre todo, traídos a destiempo, delatan ese infortunio.

Y aunque parecen como para huir por piernas títulos como “Erasmo, locura y rivalidad” y “Los daños de la pornografía: Catherine MacKinnon” y un topicazo hablar de “El estigma de lo pornográfico” en relación a D.H. Lawrence, en realidad el dedicado a Erasmo es el plato fuerte del ensayo, porque leído a la luz de Foucault y de Lacan logra traerlos a nuestro presente, cuando es tan habitual desacreditar al rival ideológico o de profesión tachándolo de loco, de inconstitucional, de ego desmedido, a lo que Coetzee responde que el silenciamiento consiguiente de lo que así se tacha de ajeno a lo que la comunidad tolera es «una estrategia que no se conoce a sí misma y por lo tanto es, según sus propios términos, demente». Y por supuesto, no podía faltar una de las pullas de Coetzee al discurso feminista, que es a su juicio no sólo miope sino superficial y, después de acompañar la reflexión de MacKinnon en la idea de «pérdida de integridad irremplazable» que pueden sentir las actrices del porno, viene a concluir que hay un más allá de la mirada pornográfica que le escapa al feminismo radical y que, lisa y llanamente, si no te gustan los hombres jamás comprenderás qué buscan y encuentran ellos en la pornografía. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto.

© María José Furió.

Publicado en Letra Internacional, 2007

Debate, Barcelona, 2007.
trad. de R. Martínez Muntada