MSF alerta de las brutales condiciones en que miles de somalíes y etíopes huyen en patera hacia Yemen


© MSF

Este es el tipo de noticia del que apenas se hacen eco los diarios españoles porque habitualmente se ciñen a las áreas de interés estratégico de nuestro país. Médicos Sin Fronteras relata en su informe que el fenómeno de las pateras no se limita al área mediterránea y europea. Colaboré y trabajé con MSF desde 1994 a 1998 y su trabajo me parece el más defendible todavía.

“Miles de somalíes y etíopes arriesgan la vida cada año al cruzar el Golfo de Adén, huyendo del conflicto y la extrema pobreza en sus países. Realizan el viaje en condiciones brutales, expuestos a la violencia de los traficantes y sin recibir apenas auxilio a su llegada a Yemen. Con la presentación del informe Sin otra opción, en el que se documenta las dramáticas condiciones del viaje, Médicos sin Fronteras (MSF) reclama un incremento de la asistencia a los miles de refugiados, solicitantes de asilo y migrantes que se ven abocados a esta salida desesperada. “
Anuncios

Como hámsters rabiosos en una jaula demasiado pequeña


Así estarán los catalanes cuando el ínclito Carod-Rovira proclame la independencia del països catalans.

Vale la pena ver cómo los catalanes despotrican de otros catalanes.

Un antídoto para el veneno en forma de versos:
éstos:

si fos Amor substança rahonable
e que.s trobàs de senyoria ceptre,
béns guardonant e punint los demèrits,
entre.ells mellors sols me trobara fènix.

Ausiàs March, XVIII

Viaje relámpago a Madrid


 

En en viejo ensayo Hampa afrocubana, de Fernando Ortiz, se lee: «Algunos brujos acostumbran a tender boca arriba a los que tienen el santo y les colocan en la boca un cirio encendido». p. 139, capítulo «Los negros brujos».



todas las fotografías: © Cristina García Rodero

Un viaje relámpago a Madrid. En la imposibilidad de enseñar Madrid en primavera y ver además todas las exposiciones de PhotoEspaña con su increíble cartelera de este año, hubo que picotear hasta donde dieran los dos días y mis pies. Goya en el Museo del Prado, breve y estimulante en sus Caprichos y en sus retratos. El Retiro, el Círculo de Bellas Artes, los paseos, las terrazas, Chueca de noche para los ojos de un sudafricano, un hotel en Atocha encontrado en internet desde Jo’burg, la plaza Santa Ana y los acordeonistas argentinos frente a la durísima competencia de un beodo de tetrabrik sentado en un pollo de columna con los pies colgando, que sólo cantaba algún que otro verso, cuando le venía un aire, turistas a un nivel soportable, rumanas embarazadas abriéndote el bolso para pillarte la cartera y los madrileños, tan simpáticos y llanos como de costumbre.

Así que fotos lo que se dice ver fotos, poco que ver con las maratonianas jornadas de los años anteriores; nos perdimos también las fiestas de inauguración de las exposiciones de la primera semana. Pero algo vi: y lo que me gustó de veras fue María Lionza, La diosa de los ojos de agua, de la gran Cristina García Rodero. Foto documental y magia de la paciencia, pues son imágenes acumuladas a lo largo de diez años. Mejor en blanco y negro que en color. Había rostros muy bellos en sus retratos. García Rodero ha sabido pasar por encima de dos tentaciones: del esteticismo hueco y del efectismo del mirón sobre los ritos ancestrales. Pero, bueno, ya sabíamos que Cristina está más cerca de la etnografía que del Telediario, de la emoción que de la depredación.

Sala Alcalá 31
Consejería de Cultura y Deportes
C/. Alcalá 31, Madrid 28014, España
Tel: +91 720 82 12
Venta de entradas: Entrada gratuita
Horario: Martes a sábado de 11 a 14 horas y de 17 a 20:30 horas Domingos y festivos de 11 a 14 horas

Fuente: Gabinete de Prensa, Consejería de Cultura y Turismo
www.madrid.org

Antes de bajar a la playa…


Primer día de playa, bajaré por la tarde, no es cuestión de inaugurar el verano con la piel quemada.
Una miscelánea de revistas y cosas interesantes. Como la revista Trama y Texturas, en su número 5. En el consejo editorial hay nombres, Manuel Ortuño y García Ureta, que conozco de otra revista no menos solvente, Letra Internacional. Texturas está enfocada al mundo del libro como objeto y como soporte de la escritura, y al mundo de la edición como espacio creador de cultura. Aunque no escamotea las dificultades de la realidad, tampoco se dejan ganar sus editores por las leyendas tétricas que convierten en un virus devastador todo lo relativo al mercado y sus leyes (o mejor dicho, a la desregulación del mercado) .

El hilo conductor de mayo es la luz o lo que la permite. En el capítulo 4, Potencia, me han gustado las imágenes de Carrió Sánchez Lacasta de su exposición “Desde que soy libro”. En el 7, Filamento, Hugo Vargas publica Morir tocando el ukelele o de cómo Lowry conoció el mezcal. Los alcohólicos, y Lowry es uno de los más famosos, tienen muy buena prensa en literatura. Remedando a Queneau: Siempre somos muy buenos con los borrachos. Bajo el volcán es una novela fantástica, pero encuentro pueril la mitificación de la dipsomanía. Tal vez lo más interesante de Lowry sea que no pedía comprensión, que estaba inserto en su aventura novelesca, en su desventura real, sin billete de recambio.

La orgía pública de Roberto Bolaño


Ilustración de Alen Lauzan Falcon

Creo que lo peor que le puede pasar a Roberto Bolaño es hablar de él como si estuviese muerto. Que lo hagan su familia y sus conocidos, se entiende, pues su ausencia ha de ser flagrante, pero para quienes sólo hemos accedido a él a través de sus libros, y nunca tuvimos la pretensión de conocerlo, la distinción vida-muerte es irrelevante (está vivo en sus novelas) y un equívoco que da pie a una malversación de su memoria. Me fastidia esa condición de buitres que algunos lectores incondicionales suyos se han arrogado, empeñados en llevar una especie de notaría y tasación de sus restos, y de su memoria. Lo último es lo que leo en el blog de Iván Thays, Moleskine, donde se cuenta que ni Vargas Llosa ni Carlos Fuentes han leído a Bolaño. Que dos de las vacas sagradas (aunque discutidas en muchos frentes) de la literatura latinoamericana, dos de las figuras literarias más imitadas y envidiadas por todo aspirante a escritor latinoamericano, manifiesten expresamente no haber leído a Roberto Bolaño, que es para la nueva generación de aspirantes a escritor la única e indiscutible figura mítica, supone que reniegan de él. Ipso-facto, Vargas Llosa y Fuentes se desacreditan por no haber leído al Mesías de la literatura moderna. Esta actitud es arrogante y niñata, pues detengámonos unos segundos: la pregunta es ¿qué pueden aprender Vargas Llosa y Fuentes de Bolaño? ¿Descubrirían si lo leyeran que se equivocaron y que su obra literaria no vale nada, que ha sido arrasada por la riada del verbo-Bolaño? Más bien creo algo que no están dispuestos a aceptar los que ensalzan a Bolaño: que no lo leen y no les apetece leerlo porque creen, porque temen, porque saben que van a encontrarse reflejados, utilizados bien o muy mal, pasticheados y, en definitiva, convertidos en utillería para la escritura posmoderna que también es Roberto Bolaño.
Leí Los detectives salvajes disfrutándolo, pero sabiendo que muchas referencias se me escapaban porque no he estado en México, porque nunca seré una experta en México, y me pareció que inauguraba una línea de narración nueva, la novela sin narrador, la que deja la omnisciencia en la estructura del relato. Y luego, cuando Roberto Bolaño ya estaba santificado y era aplaudido obscenamente, leí 2666, sin querer leerlo (quería dejarlo para más adelante, porque con sólo hojearlo vi que era una prosa contagiosa, fácil de mimetizar, que fácilmente entonces intoxicaría el tono de lo que estuviera escribiendo yo, cuando me encontraba en las antípodas de su exploración angustiada de una posteridad inminente y más a gusto en Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y Lispector).
Así que leí 2666 alargando la lectura, una lectura que no admite intercambios, que no es una transacción de nada (¡si hasta me enviaron el libro desde Anagrama cuando lo pedí!), ni se parece a esa orgía pública en que la han convertido tantos lectores de Bolaño que escriben en Moleskine o en casi cualquier lugar, donde todos han leído lo mismo y celebran lo mismo y lo usan para lo mismo, para vampirizarlo.
Lo que me gusta de Bolaño es que me es completamente ajeno, las argucias de la identificación no son un cebo para leerlo, de modo que lo leí descubriendo su búsqueda, dramática por inconfesada, de una posteridad. Esa última novela no es un estanque narcisista, lo que él mira y busca no es su imagen sino el mundo sin él. Es un ejemplo para los lectores que escriben, no para los que “quieren” escribir porque incluso cuando se equivoca –y se equivoca mucho, por no hablar de lo mal que escribe a veces– acierta.

Roberto Bolaño es el asesino

Enseguida, a cada página mientras leía 2666 Roberto Bolaño me recordaba una estupenda y vieja novela de Agatha Christie en la que un pintor ha muerto y queda un cuadro con el retrato de una bella joven cuya sonrisa despierta los recelos de Poirot. La muchacha, que también está muerta, sufría una enfermedad incurable así que el sensato belga se pregunta a qué viene tanta risa, por más hermoso que sea el paisaje que la enmarca. Tras sus concienzudas investigaciones, el detective descubre que la muchacha fue quien envenenó poco a poco al pintor, de manera que el retrato refleja la alegría de ella mientras ve consumirse poco a poco a su víctima. Pues esa es la imagen que yo veía a cada página, veía la novela de Roberto Bolaño no sólo como un testamento íntimo y como un inventario alucinatorio del siglo XX, sobre todo como una larga risa porque con esa novela él sabía que estaba matando a todos sus rivales.

Y seguramente por eso Vargas Llosa no quiere leerlo, y por eso Carlos Fuentes tampoco.

Aquí hay un artículo interesante firmado por Damián Tabarovski: http://www.nacionapache.com.ar/archives/335

Muchos me envidiarán


copyright imagen: Café, Jazz, Caricias y Ángeles (blog)

Porque estoy leyendo Rayuela, de Julio Cortázar. El libro está viejo, se me despegan las hojas, cuando lo terminé estará suelto. Lo compré siendo una cría, en la librería Documenta de Barcelona, lleva fecha del 5 de julio de 1980. Nada menos. Costó 300 pesetas, supongo que era un dineral. Supongo también que pensé que lo merecía. Con Rayuela estoy entrando, o seguramente volviendo, en el París donde vivieron mis padres, y mucha de mi familia, el París de principios de los sesenta.

Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo. (p. 36)

Entre 1980 y los siguientes dos o tres veranos me zampé todo todo todo Cortázar, pero Rayuela me pareció demasiado, me faltaba experiencia para disfrutarlo como merecía, así que lo aparqué. ¡Hasta ahora! ¿Por qué ahora? Porque estoy releyendo El pasado, de Alan Pauls –que no me gustó, o solo a ratos– y me doy cuenta de que el libro de Pauls es una contraescritura sardónica del libro de Cortázar. Eso, naturalmente, hace que Pauls suba doscientos enteros en mi consideración (no muy baja desde que leí su El factor Borges y la Historia del llanto). Y aunque no me gusta El pasado (o casi nada me gusta en esa novela), tengo que admitir que no me gusta por la base-Proust, esas frases proustianas me parece que hinchan el texto cuando de haberlo escrito apoyándose menos en la gran literatura y más (o exclusivamente, ¿por qué no?) en su mera energía de deshacerse para siempre de esa historia de amor, me habría entusiasmado. Porque habría sido lo que ese libro debería ser, pura energía de presente. Un latigazo.

De fotografía y otros entusiasmos / Islas Georgia del Sur y Sandwich del Sur