Antes de bajar a la playa…


Primer día de playa, bajaré por la tarde, no es cuestión de inaugurar el verano con la piel quemada.
Una miscelánea de revistas y cosas interesantes. Como la revista Trama y Texturas, en su número 5. En el consejo editorial hay nombres, Manuel Ortuño y García Ureta, que conozco de otra revista no menos solvente, Letra Internacional. Texturas está enfocada al mundo del libro como objeto y como soporte de la escritura, y al mundo de la edición como espacio creador de cultura. Aunque no escamotea las dificultades de la realidad, tampoco se dejan ganar sus editores por las leyendas tétricas que convierten en un virus devastador todo lo relativo al mercado y sus leyes (o mejor dicho, a la desregulación del mercado) .

El hilo conductor de mayo es la luz o lo que la permite. En el capítulo 4, Potencia, me han gustado las imágenes de Carrió Sánchez Lacasta de su exposición “Desde que soy libro”. En el 7, Filamento, Hugo Vargas publica Morir tocando el ukelele o de cómo Lowry conoció el mezcal. Los alcohólicos, y Lowry es uno de los más famosos, tienen muy buena prensa en literatura. Remedando a Queneau: Siempre somos muy buenos con los borrachos. Bajo el volcán es una novela fantástica, pero encuentro pueril la mitificación de la dipsomanía. Tal vez lo más interesante de Lowry sea que no pedía comprensión, que estaba inserto en su aventura novelesca, en su desventura real, sin billete de recambio.

La orgía pública de Roberto Bolaño


Ilustración de Alen Lauzan Falcon

Creo que lo peor que le puede pasar a Roberto Bolaño es hablar de él como si estuviese muerto. Que lo hagan su familia y sus conocidos, se entiende, pues su ausencia ha de ser flagrante, pero para quienes sólo hemos accedido a él a través de sus libros, y nunca tuvimos la pretensión de conocerlo, la distinción vida-muerte es irrelevante (está vivo en sus novelas) y un equívoco que da pie a una malversación de su memoria. Me fastidia esa condición de buitres que algunos lectores incondicionales suyos se han arrogado, empeñados en llevar una especie de notaría y tasación de sus restos, y de su memoria. Lo último es lo que leo en el blog de Iván Thays, Moleskine, donde se cuenta que ni Vargas Llosa ni Carlos Fuentes han leído a Bolaño. Que dos de las vacas sagradas (aunque discutidas en muchos frentes) de la literatura latinoamericana, dos de las figuras literarias más imitadas y envidiadas por todo aspirante a escritor latinoamericano, manifiesten expresamente no haber leído a Roberto Bolaño, que es para la nueva generación de aspirantes a escritor la única e indiscutible figura mítica, supone que reniegan de él. Ipso-facto, Vargas Llosa y Fuentes se desacreditan por no haber leído al Mesías de la literatura moderna. Esta actitud es arrogante y niñata, pues detengámonos unos segundos: la pregunta es ¿qué pueden aprender Vargas Llosa y Fuentes de Bolaño? ¿Descubrirían si lo leyeran que se equivocaron y que su obra literaria no vale nada, que ha sido arrasada por la riada del verbo-Bolaño? Más bien creo algo que no están dispuestos a aceptar los que ensalzan a Bolaño: que no lo leen y no les apetece leerlo porque creen, porque temen, porque saben que van a encontrarse reflejados, utilizados bien o muy mal, pasticheados y, en definitiva, convertidos en utillería para la escritura posmoderna que también es Roberto Bolaño.
Leí Los detectives salvajes disfrutándolo, pero sabiendo que muchas referencias se me escapaban porque no he estado en México, porque nunca seré una experta en México, y me pareció que inauguraba una línea de narración nueva, la novela sin narrador, la que deja la omnisciencia en la estructura del relato. Y luego, cuando Roberto Bolaño ya estaba santificado y era aplaudido obscenamente, leí 2666, sin querer leerlo (quería dejarlo para más adelante, porque con sólo hojearlo vi que era una prosa contagiosa, fácil de mimetizar, que fácilmente entonces intoxicaría el tono de lo que estuviera escribiendo yo, cuando me encontraba en las antípodas de su exploración angustiada de una posteridad inminente y más a gusto en Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y Lispector).
Así que leí 2666 alargando la lectura, una lectura que no admite intercambios, que no es una transacción de nada (¡si hasta me enviaron el libro desde Anagrama cuando lo pedí!), ni se parece a esa orgía pública en que la han convertido tantos lectores de Bolaño que escriben en Moleskine o en casi cualquier lugar, donde todos han leído lo mismo y celebran lo mismo y lo usan para lo mismo, para vampirizarlo.
Lo que me gusta de Bolaño es que me es completamente ajeno, las argucias de la identificación no son un cebo para leerlo, de modo que lo leí descubriendo su búsqueda, dramática por inconfesada, de una posteridad. Esa última novela no es un estanque narcisista, lo que él mira y busca no es su imagen sino el mundo sin él. Es un ejemplo para los lectores que escriben, no para los que “quieren” escribir porque incluso cuando se equivoca –y se equivoca mucho, por no hablar de lo mal que escribe a veces– acierta.

Roberto Bolaño es el asesino

Enseguida, a cada página mientras leía 2666 Roberto Bolaño me recordaba una estupenda y vieja novela de Agatha Christie en la que un pintor ha muerto y queda un cuadro con el retrato de una bella joven cuya sonrisa despierta los recelos de Poirot. La muchacha, que también está muerta, sufría una enfermedad incurable así que el sensato belga se pregunta a qué viene tanta risa, por más hermoso que sea el paisaje que la enmarca. Tras sus concienzudas investigaciones, el detective descubre que la muchacha fue quien envenenó poco a poco al pintor, de manera que el retrato refleja la alegría de ella mientras ve consumirse poco a poco a su víctima. Pues esa es la imagen que yo veía a cada página, veía la novela de Roberto Bolaño no sólo como un testamento íntimo y como un inventario alucinatorio del siglo XX, sobre todo como una larga risa porque con esa novela él sabía que estaba matando a todos sus rivales.

Y seguramente por eso Vargas Llosa no quiere leerlo, y por eso Carlos Fuentes tampoco.

Aquí hay un artículo interesante firmado por Damián Tabarovski: http://www.nacionapache.com.ar/archives/335

Muchos me envidiarán


copyright imagen: Café, Jazz, Caricias y Ángeles (blog)

Porque estoy leyendo Rayuela, de Julio Cortázar. El libro está viejo, se me despegan las hojas, cuando lo terminé estará suelto. Lo compré siendo una cría, en la librería Documenta de Barcelona, lleva fecha del 5 de julio de 1980. Nada menos. Costó 300 pesetas, supongo que era un dineral. Supongo también que pensé que lo merecía. Con Rayuela estoy entrando, o seguramente volviendo, en el París donde vivieron mis padres, y mucha de mi familia, el París de principios de los sesenta.

Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo. (p. 36)

Entre 1980 y los siguientes dos o tres veranos me zampé todo todo todo Cortázar, pero Rayuela me pareció demasiado, me faltaba experiencia para disfrutarlo como merecía, así que lo aparqué. ¡Hasta ahora! ¿Por qué ahora? Porque estoy releyendo El pasado, de Alan Pauls –que no me gustó, o solo a ratos– y me doy cuenta de que el libro de Pauls es una contraescritura sardónica del libro de Cortázar. Eso, naturalmente, hace que Pauls suba doscientos enteros en mi consideración (no muy baja desde que leí su El factor Borges y la Historia del llanto). Y aunque no me gusta El pasado (o casi nada me gusta en esa novela), tengo que admitir que no me gusta por la base-Proust, esas frases proustianas me parece que hinchan el texto cuando de haberlo escrito apoyándose menos en la gran literatura y más (o exclusivamente, ¿por qué no?) en su mera energía de deshacerse para siempre de esa historia de amor, me habría entusiasmado. Porque habría sido lo que ese libro debería ser, pura energía de presente. Un latigazo.

Añoranza


copyright: M.J. Furió

Una foto de 1994, quizá el mes de julio, en Sitges, la tomé con una cámara NIKON FE (mi maravillosa NikonFE de cuerpo negro, segunda mano, robusta y guerrera).
Él estaba dispuesto a todo para que la foto funcionara. 23 años, medía 1,80 ó 1,83, ojos verdes, pelo castaño, muy dúctil físicamente. Un acento gallego mortal. La primera sesión fue la mejor de todas, tres carretes en blanco y negro, con más de diez fotogramas salvables. Una mañana fantástica en la playa. Todo fue fenomenal antes de que intervinieran los tiburones de las agencias, que si el pelo, que si los idiomas, que si la ropa. No sé si continuó en esto. Tenía algo.

BEIRUT Y LA PIEL DE LA CIUDAD: GABRIELE BASILICO


copyright: Gabriele Basilico

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En 1991 la escritora libanesa Dominique Eddé me implicó, junto con otros fotógrafos (Robert Frank, Fouad Elkoury, Josef Koudelka, René Burri y Raymond Depardon) en un proyecto que tenía como objetivo documentar fotográficamente el área central de la ciudad de Beirut.

Era un momento especial de la historia de la capital libanesa, después de quince años de guerra y en espera del renacimiento y de la reconstrucción urbanística: un momento irrepetible para documentar un drama que, tras la reconstrucción dejaría de ser visible. El trabajo fue concebido por un grupo selecto de fotógrafos cuyas esperanzas se cruzarían libremente. Las necesidades del encargo ofrecían y garantizaba el máximo nivel de libertad: no se asignó a nadie un deber en concreto ni, mucho menos, un porción específica de territorio sobre el que trabajar. Solamente se definió un área topográfica, que era la misma para todos, correspondiente a la parte central de la ciudad, limitada al norte por el mar, al sur por la carretera de circunvalación llamada Ring, al este por el barrio cristiano, y al oeste por un barrio “mixto”. En medio, la tristemente famosa “línea verde”.

No se nos pedía que realizásemos un reportaje o elaborásemos un inventario, sino que intentáramos componer un “estado de las cosas”, una experiencia directa del lugar vinculada a una interpretación libre y personal en un momento tan delicado e irrepetible de la historia de Beirut, el final, en 1990, de una extenuante guerra y la expectativa cargada de esperanzas de la anunciada reconstrucción.

Todos trabajamos durante el período comprendido entre octubre y diciembre de 1991.

>>Llegué a Beirut de noche, en una noche muy despejada. Un amigo libanés me acompañó en un primer paseo de reconocimiento. La ciudad no estaba iluminada y los edificios parecían fantasmas. En el silencio total nada más se oía el ruido de los generadores eléctricos. El espacio era perceptible, no así la materia, como si nos encontrásemos en una dimensión abstracta y metafísica. La atmósfera era a la vez pesada y fascinante.

>>Al día siguiente empecé a inspeccionar, a observar sencillamente la ciudad, sin pensar demasiado en lo que debería hacer. Aún no sabía como afrontar el trabajo, como reaccionaría en el terreno ideológico o ético. Luego empecé a moverme con mayor libertad, disparando de modo sistemático con una cámara 6×9, de medio formato, sin trípode, para intentar establecer de manera progresiva una relación posible con la ciudad.

>>Trabajar en una zona delimitada, que cubría poco más de un kilómetro cuadrado, me permitía ser más profundo, más analítico. Empecé a estudiar el centro histórico desde distintos puntos de vista e incluso llegué a subirme a los tejados de los edificios más altos, una práctica a la que he siempre he tratado de mantenerme fiel a lo largo del tiempo. Inspeccioné la zona a diferentes horas del día, un modo de proceder muy importante para mí, pues me considero ante todo un fotógrafo “documentalista” y me esfuerzo en mostrar una realidad comprensible, reconocible. Me interesa, sin renunciar al lenguaje documental y convencido de su inalterada capacidad de expresar un equilibrio y una distancia ecuánime con el mundo exterior– reconstruir un sentido posible entre la experiencia de la visión y el escenario que tengo ante los ojos.

>>En este sentido, en Beirut creo que el reto era, sobre todo, buscar las claves que me permitirían forjar una relación personal y afectiva con el lugar, e instaurar un diálogo con la ciudad del mayor calado humano. Quería crear una familiaridad, dejar de considerar la ciudad de Beirut como una gran herida abierta, como un teatro de la memoria y como una reliquia.

De Arquitecturas, ciudades, visiones, lo traduje para La Fábrica, 2008.

Gabriele Basilico (Milán, 1944) es uno de los fotógrafos que me interesan por su manera de transmitir atmósferas, el peso de lo humano en paisajes vacíos. Sus imágenes de Beirut tienen algo de icónico, por el misterio que envuelve esas calles desiertas tras la destrucción. (Hace muchos años unos amigos en su gira flamenca por esos países exóticos se fotografiaban delante de las ruinas de la capital de Líbano igual que se habían “retratado” delante de las de Atenas o Roma o Marraquech. Iletrados, ingenuos, establecieron una perspicaz simetría entre Atenas y Beirut). Ayer descubrí a otro italiano, Mimmo Jodice, que juega con lo contrario: la soledad concentrada en las ciudades desorbitadamente grandes, atestadas y su inexplicable belleza.

Un día viajaré a Beirut, volveré a interesarme por países que ahora están malditos por la mala publicidad de los medios occidentales: ese Oriente cuya mixtificación Edward Said nos echaba en cara, él que estudió en las universidades más elitistas de Occidente, las que garantizan una resonancia internacional a los intelectuales brillantes sin importar de dónde vengan.

Dejar de ver Argelia, Egipto, Marruecos, Sudán, Mauritania, Líbano, con los ojos prestados de los calvinistas, metodistas, judíos y otros puritanos que rigen el mercado de la opinión pública, y mirar para ver lo que verdaderamente hay. En definitiva, para ver nuestro pasado y el futuro que negamos.

VISA POUR L’IMAGE 2008 – Festival International de Photojournalisme


© foto: María José Furió

¿Hablarías mal de quien te da bien de comer?


El pasado miércoles 28 de mayo asistí en la delegación de la ciudad de Perpiñán en Barcelona a la presentación a los medios del Festival de Fotoperiodismo Visa Pour l’Image 2008. Además de las autoridades de la localidad francesa, simpáticos y escasamente dotados para la retórica, estuvo presente el alma mater de VISA, Jean-François Leroy, el siempre controvertido director de estos encuentros que reúnen en el sur de Francia las imágenes más impactantes sobre los acontecimientos que constituyen los temas privilegiados de la prensa mundial. Este año, Leroy no ha suprimido por decreto ningún género, como sí hizo el año pasado con el retrato. Imagino que más que enmendarse los jóvenes reporteros y proponer fantásticos portafolios, lo que sucedió fue que a Leroy le llovieron tantas críticas por su postura maximalista que este año en la presentación decidió moderarse. A mí, desde que escuché su participación en los debates dedicados al fotorreportaje, Latidos de un mundo convulso, me cae muy simpático. Y de otro lado, el día que en Cataluña algún certamen fotográfico llegue no sólo a celebrar veinte años sino a convocar a nombres tan significativos como lleva haciendo VISA, entonces puede que preste atención a las críticas que se le hacen por aquí.

VISA POUR L’IMAGE celebra su 20 aniversario con unas treinta exposiciones. Destacan la retrospectiva dedicada a Alexandra Boulat, que falleció el pasado 2007, la dedicada al legendario reportero de la guerra de Vietnam David Douglas Duncan, con This is War, y la de Horst Faas, 50 años de fotoperiodismo.

Por supuesto, la guerra es el tema estrella de las Jornadas, junto con las retrospectivas, como la que se dedicará a Mayo del 68. No faltarán las Veladas Fotográficas y la entrega de premios a diversas categorías. VISA 2008 insiste en sostener la bandera del fotorreportaje contra todos los agoreros que todos los años decretan la muerte de un género fotográfico que hasta Jeff Wall, el líder de la fotografía artística, reivindica como última verdad de la pasión por la realidad.

De fotografía y otros entusiasmos / Islas Georgia del Sur y Sandwich del Sur