TESTIMONIOS DE SUPERVIVIENTES DE SREBRENICA


Valle de Srebrenica
Fuente: Buruma Company
Como veo que es un documento que sigue interesando a muchas personas todavía hoy, adjunto el link de acceso a la traducción que hice por encargo de Médicos Sin Fronteras sobre los testimonios de los supervivientes de la matanza de Srebrenica.

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LIBRA, Don de Lillo


Los personajes de Don De Lillo carecen de esa alegre tontería que hace la vida soportable. En los libros del escritor neoyorquino (1936) las niñas de seis años adoptan posturas “de falsa sumisión”, las tormentas son “encrespadas” y los pájaros no trinan alegres, aun menos estallan de dicha lírica como en Shreck. Sus gorjeos suenan “preocupados y espectrales”, son un eco de la mente de esos individuos que planean “advertir” a la comitiva de Kennedy (Libra, 1988) pero terminan asesinándolo, o hacer estallar la Bolsa especulando contra el yen (Cosmópolis, 2003) o pretenden descubrir quién y por qué ha hecho estallar una bomba en el World Trade Center (Jugadores, 1977). Personajes que de algún modo están atrapados en una sola idea, una paranoia. Sus protagonistas, como el Thelonious Monk de Contrapunto (2004), viven una forma de introspección de tal densidad “que borra el mundo a su alrededor”. De Lillo no escribe novelas realistas porque él trabaja oscureciendo los aspectos comunes (nuestra alegre tontería) para mostrar cómo funcionan las mentes y qué realidad construyen, pero preguntándose: . La lectura tiene así el interés añadido de descubrirnos cómo ha logrado construir una narrativa tan persuasiva, de qué modo cada novela apoya a las demás. Lo que suele hacer es desgajar ciertos temas esbozados en una obra y convertirlos en otra en el argumento central. El propio De Lillo habla de “destilación” y de “esculpir” al referirse a sus narraciones. Y también es posible ver que es cierto que le llevó más de veinte años poder escribir sobre la muerte de Kennedy, pues en Jugadores el coqueteo con el terrorismo del protagonista ya está cargado de alusiones a enigmáticas actividades disfrazadas de otra cosa dirigidas por hombres que viajan y aparecen en zonas donde estallan conflictos. Y ya se habla de Cuba. El tema de la limusina que recorre la ciudad parece haber dejado en su imaginación la idea residual de un ataúd en circulación y en Cosmópolis una limusina blanca y la presencia de “un presidente, el de Estados Unidos” que con su comitiva paraliza el tráfico de Nueva York, se convierte en icono de la bajada a los infiernos de su protagonista. Y si un hombre se quema a lo bonzo en Jugadores suscitando perplejidad en el lector, en Cosmópolis otro bonzo es la expresión fehaciente de que el sistema que todo lo devora no puede con la muerte. Sólo la muerte le pertenece al hombre.
Pero ¿a quién pertenece De Lillo? Es innegable su vigencia, pero este escritor pertenece a los combativos años setenta del siglo XX e imágenes como la del bonzo recuperadas en 2005 dicen qué fuerza de acusación y desasosiego conservan para la izquierda aquellas teas humanas que en Vietnam protestaban contra la invasión americana. También el argumento capital de De Lillo, (la Conspiración como forma de gobierno) es fruto de los años en que el ameno estilo de vida americano descubrió su otra cara: la Crisis de los Misiles en Cuba, Vietnam y la amenaza nuclear. Por último, De Lillo pertenece a la tradición de la novela de ideas, soterradamente moralista y sádica con el lector, que con las estrategias narrativas del momento se alejan del realismo naturalista y desde la ficción ofrecen, como en Libra, “un punto oscuro más en la crónica de lo desconocido”.

Libra es una fabulación sobre la vida de Lee Harvey Oswald y sobre los acontecimientos en torno a la muerte de Kennedy en Dallas. Maneja la información conocida, el famoso Informe Warren, y están los personajes que ya hemos visto en JFK, de Oliver Stone, pero no trabaja con la idea de la gran conspiración de un sector del gobierno con los anticastristas cubanos ni con la idea de que el fin último del gobierno sea mantener en la inopia al ciudadano. Lo que ofrece De Lillo es una reconstrucción de la idea de fatalidad, con un conjunto de personajes que del primero al último, en la imposibilidad de triunfar en el sueño americano (encarnado en la sonrisa de los Kennedy), tratan de combatir lo que llaman el “sistema”, aun tratándose de agentes de la CIA. Al margen, como un narrador imposible, hay un funcionario que trata de establecer alguna clase de verdad mientras la información acumulada en la habitación que llama “de la muerte” se lo come. Él es junto con la madre de Oswald el coro de esta especie de tragedia griega y los dos destilan la enseñanza que ha de comunicarse al lector. Los conspiradores, unos tipos con intereses en Cuba, están despechados por la bajada de pantalones ante Castro cuando la invasión de Bahía de Cochinos fracasa. Estos tipos decididos a advertir a un Kennedy que parece pactar con los rusos montan un atentado con hombres de paja y chivos expiatorios: Oswald, alguien que parece hecho aposta para ese destino. De Lillo juega con lo que sabemos y añade algo más, al seguir los contradictorios pasos y pensamientos de Oswald, un marxista sorprendentemente decidido a colaborar con el FBI. Ese algo más es la idea de que para los americanos la conspiración es una forma de metafísica, la imagen inversa de Dios. Creen que existe un orden superior y que la realidad es fruto de una extraordinaria maquinación (de Dios, el Gobierno o la Mafia), pero el fin último no es el bien sino el caos. Por eso el Oswald de De Lillo es pura tragedia griega: un huérfano que no sabe que está buscando a su padre y con el que los dioses juegan.

Trad. Margarita Cavándoli,
Seix Barral, Barcelona, 2005

copy: M.J. Furió Sancho

PAUL BOWLES El jefe T.A. Odutola: el Ogbeni Oja de Ijebu-Ode


prólogo de Rodrigo Rey Rosa
Edición bilingüe y reproducción facsimilar
Traducción de R. Rey Rosa y Pere Gimferrer

Paul Bowles (1910-1999) se convirtió en una figura de moda en el panorama literario internacional cuando en 1991 Bernardo Bertolucci llevó al cine El cielo protector (publicada en 1949). Bowles no podía dejar de fascinar, pues su trayectoria era el reverso del estilo de vida yuppie que hacía estragos entonces. Nacido en Nueva York a principios del siglo XX, había sido compositor reconocido antes de abandonar Estados Unidos y emprender una vida viajera que le llevó a residir en París, Berlín, México y Sri Lanka. El cambio geográfico estuvo acompañado de un cambio de ámbito de creación, ya que dejó la música por la literatura. Confesaba que de haberse seguido dedicado a la música se habría vuelto loco. De locura sabía algo, no en vano su mujer, la también escritora Jane Bowles, personaje más inquietante que fascinante, pasó sus últimos años interna en un sanatorio andaluz.

La vida nómada terminó con su instalación en Tánger (Marruecos). Era desde su primera novela un autor valorado y títulos como Déjala que caiga y colecciones de relatos como Estrella distante o El tiempo de la amistad, le convirtieron en un nombre ineludible de la literatura norteamericana. Lo que le distinguía era una consideración existencialista que no pagaba ningún peaje a algún tipo de redención, política o vital; en su manera de abordar la influencia de la cultura árabe introducía un peso de misterio que no pedía ser comprendido o descifrado racionalmente. De otro lado, tanto su forma de reflejar las relaciones de pareja como las relaciones entre occidentales y árabes rebasa lo biográfico o histórico y plantea un desencuentro esencial. Es una colisión que, en lo que se refiere a hombres y mujeres, traduce una misoginia sutil y tenaz mientras cuando se refiere a la cultura árabe el sentido de fatalidad resume una disonancia de raíz entre la racionalidad occidental y la fe en lo incomprensible de los árabes.

La modernidad glamurosa norteamericana de los años cincuenta y sesenta encontró en el Bowles de Tánger la combinación de cosmopolitismo y conocimiento del misterio árabe en la dosis justa para hacer de su casa marroquí un centro de peregrinación. Pero cuando la fama cayó sobre él al estilo depredador de finales del XX encontró a un anciano escuálido y elegante de mirada lúcida que vivía casi recluido en su casa tangerina. Muchos se han interesado y escrito sobre él, pero sólo del escritor Rodrigo Rey Rosa puede decirse que sabe cómo manejarse con el “misterio Bowles”. Ya en su novela El cojo bueno, Rey Rosa le hacía aparecer como una especie de punto de referencia en un argumento de complejos vínculos paterno-filiales.

Convertido en su legatario, escribe el prólogo y traduce del inglés, junto con el poeta Pere Gimferrer, este El Jefe T.A. Odutola: el Ogbeni Oja de Ijebu-Ode. El título alude a una ciudad nigeriana y a un título nobiliario de este país. De sus escasas páginas nos cuenta Rey Rosa que son un ejemplo de escritura automática, aunque también pudiera ser un cadavre exquis, en el que participó Shepard Sherbell, editor amigo del autor, cuya firma se suporpone a la del otro. Fechadas en Tánger, en agosto de 1968, dice que sin duda lo escribió “bajo el influjo del kif o del majoun”. El “sin duda” no es retórico: emplazo al lector a leerlo también bajo ése u otros influjos capaces de abrir la mente de forma que le permitan comprender de otro modo que el estrictamente racional su contenido. Lo importante tal vez sea que el escritor se libera aquí de la obligación de llegar a un destino pero también que se pregunta por su capacidad para llevar a cabo un experimento como el que emprende. Sus primeras líneas lo dicen: “¿Cuántos años hace que nos preguntamos si el jefe del cuartel general tiene mando sobre su fantasía de privación sensitiva?”.

Página a página vemos cómo las frases inician un argumento pero el final de la frase ataja el principio, parecen pequeñas obsesiones que emergen y son ahogadas por otra intención más divertida o cáustica, aunque también más reticente a volar: Lo que yo digo los matrimonios siempre duermen en público, una frase que podría firmar Ray Loriga. O más indolentemente critica: “Piratas chinos decapitados, el poder que la comodidad tiene sobre mí”. Según avanza, el jefe del cuartel general sigue dudando de sí mismo y del experimento: “El ojo puede detectar cerezas…, dulce inspiración mantén el engaño, la experiencia genuina tiene que llegar al final”. El responsable último de este laberinto es la marihuana “titánica” (o los chinos, o los poetas en Ghana), aunque, como bien dice el Ogbeni Oja de Ijebu-Ode,.

Claro que no, cómo va a ser eso. De lo que aquí se trata es de juego, de experimentación con la liberación de la mente y de la imaginación, pero también de provocar la escritura automática como un ejercicio de desentumecimiento () previo a la creación de algún texto de envergadura. Si Bowles tuvo el buen tino de no darlo a publicar, Rey Rosa y los responsables de la colección Únicos de Seix Barral, como corresponde a la tradición de “testamentos traicionados” de la que habla Kundera, han tenido el buen tino de traducirlo y publicarlo como sugerencia de otras mirada posibles sobre el escritor neoyorquino y como paso previo a una recuperación de sus títulos más emblemáticos, que se anuncia inminente.

Publicado en Culturas- La Vanguardia, 2005


PORQUE ÉRAMOS JÓVENES, de Josefina Aldecoa


Josefina Aldecoa por Gusi Bejer. Fuente : El Cultural-El Mundo
“Éramos alegres porque éramos jóvenes”, dice Julián. En 1957, David, la francesa Annick y el propio Julián pasaron unos días de verano en Ibiza. David y Annick vivieron, bajo la atenta mirada del amigo, el espejismo de un amor que podía atravesar los años y fundar una vida basada en la libertad y la alegría, que opondrían a la mustia realidad de la sombría España franquista. Pero esa vida en común, que forzosamente debía hacerse realidad en otro país, sólo existió como utopía. Desde Nueva York, donde se ha instalado para desarrollar su carrera como psicóloga, Annick escribe a David invitándole a reunirse con ella. Desde 1958 hasta 1974, sus cartas encierran el recuerdo de Ibiza, infundiéndole una luz que terminará por apagarse. La melancolía da paso a la amargura según comprende que David nunca se decidirá por la opción idealista; que el rebelde encierra a un pragmático fascinado por la riqueza y el triunfo social. En Madrid, firmemente amarrado a su matrimonio con la desdeñosa, rica y gélida Genoveva, alcanza sus metas, a costa de un vaciamiento sin vuelta atrás. Annick se resigna a ser la mala y buena conciencia que en vano protesta por tanta claudicación.

Josefina R. Aldecoa reconstruye la trayectoria de este arribista melancólico a través de los encuentros de Julián y Genoveva, reunidos por la muerte inesperada de David para recordarlo entre largos silencios; a través también de las cartas de Annick y de una serie de flasbacks que retroceden a la infancia y juventud de David, en capítulos que describen la atmósfera familiar que lo justificarían. La prosa de Aldecoa se caracteriza por una exactitud que atrapa los hechos y motivaciones; escrita en 1985, años de yuppies y arribismos, toda la novela está traspasada por una melancolía que parece encontrar su justificación en un tiempo que no dejó sombra de las ilusiones juveniles. Si, porque somos jóvenes, podemos reprocharle a Aldecoa el tono de “acta notarial de una derrota sin escape”, debemos reconocer que la autora tiene la fuerza de cerrar impecablemente su libro con una bofetada a quien se la merecía.


Anagrama, Barcelona, 1996, 211 páginas

Publicado en la revista Lateral, 1996.

Tengo pupa


Café del Círculo Bellas Artes – junio 2008

Círculo de Bellas Artes – junio 2008

copyright María José Furió

Tengo pupa. Me han operado el pie derecho y estoy convaleciente, pero obligada a caminar para que los huesos encuentren su sitio, aunque sin demasiadas ganas de obedecer, pues veo las estrellas.
De modo que reposo y a pensar en cosas agradables, pues la operación, pese a consistir en la técnica percutánea, ahora mismo la recuerdo como una pesadilla.
Sin embargo, como recuerdo los últimos diez años –ahí es nada– soportando estoica y atléticamente un intenso dolor del pie, me digo que probablemente ha llegado el momento de cambiar de paso. Ojalá.
Me miman de lejos, de muy lejos. A veces me parece la mejor manera para obligarme a dar los pasos necesarios que me sacarán de este laberinto, en esta cinta de Moebius, en el que he pasado tanto tiempo, en donde he perdido tanto tiempo.

Por cierto, cada vez que veo el edificio del Círculo de Bellas Artes de Madrid, o cuando recuerdo las fincas de Miami, me pregunto por qué me gustará a mí tanto el Art-Déco.

Fidel contra el huracán


huracán Iván – 2004 copy: http://www.rescate.com/ivan.html

Vuelvo a publicar este artículo sin las coletillas que alguien sin criterio coló en la revista Culturas de La Vanguardia.

El Charlie había dejado este verano en Cuba un rastro de devastación del que en septiembre todavía no se habían recuperado las calles, las infraestructuras ni los ánimos. De modo que cuando se avisó de la llegada del Iván, un ciclón de fuerza 5, la máxima, con vientos huracanados de más de 200 km por hora, toda Cuba se prestó a seguir las indicaciones de las autoridades… militares, por supuesto. Se esperaba al “fenómeno” para el domingo y ya el viernes se veía por toda La Habana descolgar farolas y letreros, a gente cargando tablones para cegar puertas y ventanas y a los pescadores retirando los barcos de la bahía, a todos haciendo acopio de sacos de arroz y ello con una mezcla de indolencia caribeña y disciplina comunista. Los turistas de “todo incluido” eran trasladados a Varadero y otras zonas de la isla con edificaciones sólidas… y quien conozca La Habana Vieja y Centro Habana sabe en qué estado de ruina están las casas, qué desabastecidos los agromercados, qué largas las colas para recoger el pan con cartilla de racionamiento, qué resignada la actitud del que sabe que por quejarse puede ir preso y qué melosos los habaneros para sacarle los dólares al turista.

Fidel a todas horas. . Él lo es todo: meteorólogo y comentarista, gran jefe y gran padre, estadista, historiador, todos los papeles y todos los símbolos se resumen en él. Y no son los expertos meteorólogos, que ofrecen datos de la trayectoria del Iván, no la pareja de maduros presentadores del Sistema Informativo de la televisón cubana, no: es Fidel quien demuestra su ingente conocimiento del fenomenal enemigo que avanza decidido a arrasar la isla. Y sólo esa amenaza de devastación total explica la presencia de Fidel en primera línea de frente, el repaso exhaustivo de los principales ciclones de 1926 y 1944 con sus muertos y los encomiables planes de evacuación y abastecimiento hoy en vigor. La Mesa Redonda emitida por televisión escenifica las horas “en capilla” previas a la batalla del Comandante, acompañado de sus leales, contra el Gran Mal. Si Charlie le llegó a Fidel como, según dijo, “regalo de cumpleaños”, Iván pone a prueba la capacidad de resistencia y recuperación del pueblo cubano, resistencia heroica en honor del líder y Jefe de la Revolución. La información acompañada de gráficos, objetiva y reiterada, servida por el especialista, tiene un segundo plano simbólico expreso en la presencia de Fidel. Al evocar anteriores catástrofes y la magra ayuda estadounidense, orgullosamente rechazada, se transmite un temor no formulado a desaparecer del mapa, como ya lo han hecho la URSS, la Yugoslavia de Tito y el bloque comunista europeo. , clama.

El lenguaje personal, suelto es exclusiva de Fidel: sus bromas son muchas veces de una crueldad pasmosa, como cuando llama a los pinareños, habituales víctimas de inundaciones, “propietarios de todos los ciclones”. Se presenta de improviso en el lugar amenazado, las autoridades le reciben con alborozo, departe con el pueblo. La cronista ensalza: intenso, llegó una vez más mucho antes que un huracán>. Está claro que el huracán es él. Las pantallas muestran a empleados sonrientes talando árboles, despejando carreteras, a estudiantes reclutados para acelerar la cosecha de frutos estratégicos, o conduciendo a la población a refugios seguros, una estética de los primeros sóviets que los funcionarios cubanos miman con involuntaria socarronería.

Pero los dioses están con Cuba y el Iván se desvía, rumbo al Yucatán, tocando sólo la provincia de Pinar del Río. Una vez más, no hay que lamentar una sola víctima. Vuelve la normalidad, sólo la lluvia, el fleco del paso del “meteoro”, da fe de la amenaza. Los presentadores respiran, agotados; llega el momento de hacer balance. Existe voluntad política para evitar la catástrofe, resume comedido el meteorólogo. Pero todos los triunfos son del comandante. Una entusiasta compañera resume lo vivido en una crónica leída por televisión: .


Y el viejo gladiador sueña que la Historia lo absolverá.

María José Furió – La Vanguardia, España, 6 de octubre de 2004.

De fotografía y otros entusiasmos / Islas Georgia del Sur y Sandwich del Sur