Archivo de la categoría: narrativa francesa

Por qué maté a mi abuela, por Lucía Etxebarría


Retrato de Marcel Proust, o de Lucía Etxebarría, no lo tengo claro

Respuesta de Lucía a “Por qué maté a mi abuela”: “¡Obvio!, porque la muy bicho no me quería tanto como me quiero yo…”

Qué dosis de amor a sí misma se necesita para escribir algo como lo que sigue. Lo sentimos por ti, Marcel Proust, pero tú ya sabías que nadie elige su posteridad.

el cuestionario proust (sesuda reflexión about
Sigue en: http://www.lucia-etxebarria.com/diario/?p=782)

Octubre 2nd, 2008 <!–admin–>

Proust era asmático crónico, como yo. Quizá por eso me ha gustado siempre tanto. Me refiero a que existe una relación probada entre el asma crónica y la creatividad ( no bromeo, hay estudios clínicos al respecto). Se supone que los asmáticos somos hipersensibles. E hioperestésicos. Yo al menos lo soy. Prosut [sic] también lo era. Basta con leer el famoso episodio de la magdalena para darse cuenta.

La primera vez que mis padres me llevaron a un psiquiatra el señor me preguntó que qué estaba leyendo. Yo le dije que ” En busca del tiempo perdido” Llamó a mis padres y les dijo que me apartaran de ese libro inmediatamente. según él, una chica de mi edad no debía leer esas cosas. Teniendo en cuenta que yo habia sacado el libro de la biblioteca de mi padre , que tenía los siete tomos, nadie me dijo nada sobre o que leía o dejaba de leer.

No tengo muy claro cuál es el verdadero cuestionario de Proust. En Francia practicamente todos los test de este estilo se llaman cuestionarios de Proust, con lo que es difícil saber cuál fué el que realmente contestó Marcel Proust, porque, esa es otra, el tal cuestionario NO fué escrito por Proust sino respondido por él.”

BOHEMIOS, de Dan Franck


Picasso, joven

EL AUTOR— Dan Franck, nacido en 1952, autor conocido en Francia sobre todo por su novela La separación (Premio Renaudot de 1991, y traducida en más de veintiocho países), publicada este año en España.

LA OBRA— Bohemios es un retrato del París de las vanguardias y de sus personajes más destacados, centrado especialmente en los tres grandes movimientos: fauvismo, cubismo y surrealismo. Un periodo y una ciudad que fueron el caldo de cultivo de todos los ismos que ha conocido el siglo que ahora termina. La lista de grandes figuras que pueblan el libro es la esperada; no lo es tanto el tratamiento que Franck da a los más conocidos.

En el año 1987, Dan Franck se alió a un veterano y reconocido escritor, Jean Vautrin, y al alimón redactaron dos novelas, La dama de Berlín y El tiempo de las cerezas, ambientadas en el París de los años treinta, protagonizadas por un donjuanesco fotorreportero de origen húngaro, trasunto del mítico Robert Capa, Blemia Borowicz, y por su prima Maryika, estrella emergente del cine alemán que ha de sufrir el acoso de los nazis. Junto a ellos, numerosas figuras históricas, desde el pintor Fujita hasta la fotógrafo Leni Riefensthal, el propio Hitler y, como telón de fondo, la frenética atmósfera del París al que las vanguardias han aportado una conciencia de modernidad. Las aventuras de Boro continuarían en la España del 36, donde sus autores volvían a divertirse acompañando a su rutilante pareja de figuras como la Pasionaria, Durruti y el detective Fandor de Fantomas. La serie de televisión que debía colaborar en promover las ventas de los dos libros no llegó, gajes de la contraprogramación, a emitirse aquí y Boro no tuvo la ocasión de arrasar con su audacia y encanto como lo había hecho en Francia.

CATRES Y ARENQUES

En Bohemios Dan Franck se muestra fiel a si mismo y a sus héroes y regresa al París anterior a Saint-Germain. Vuelve a aquel tiempo en que los artistas, aristócratas de la miseria, vivían en cuchitriles y compartían catres, arenques y una sola servilleta para cuatro bocas; el tiempo en que las porteras y bodegueros prohijaban a sus geniales inquilinos y clientes, alertándoles de la llegada de acreedores y subvencionándoles el tabaco, cuando por falta de dinero algunos pintaban sobre cuadros comprados en el mercado de Las Pulgas, atesoraban piezas de desecho y se vestían con los restos remendados de algo que alguna vez fue un abrigo, una camisa, un pantalón, mezclando colores y texturas imposibles y exhibiendo una extravagancia espontánea, una elegante desfachatez, hijos naturales de Rimbaud, el pionero de todas las rupturas. Era el periodo posterior a la Belle Époque, preludio de la Gran Guerra y de la confrontación de dos poderosas ideologías capaces de galvanizar a los cinco continentes.

El “Excesivismo”

Esta obra de Dan Franck es una especie de excrecencia de todo lo que llegó a saber sobre fauvistas, cubistas y surrealistas, sobre sus marchantes, sus mecenas y sus musas, sus talleres y los cafés donde se reunían, en Montparnasse primero y luego en Montmartre. Abundan las anécdotas, con la invención del “excesivismo”, una estupenda broma de un detractor del fauvismo, las canciones y fiestas en las que participaban Picasso y sus compinches, y los duelos a tiro limpio, las farsas de Jarry y el hablar a tiros de Cendrars, pues ya proclamaban entonces que el acto surrealista por definición era salir a la calle y disparar contra cualquier transeúnte sin mediar motivo, lema que tantos norteamericanos han adoptado actualmente sin tomarse la molestia de leer a ningún francés.

Max Jacob es un alma entregada al genio del español, y sufre de celos por el papel preponderante que le “usurpa” Apollinaire, quien pasma a todos por su ingente cultura, su capacidad para engullir un sinfín de platos, su batalla en pro de las palabras en libertad y por el tono didáctico que emplea con sus avezadas amantes. Modigliani, escultor en duelo, pintor original, es espléndido como un príncipe italiano. Su muerte adquiere tintes de gran drama, como también será el caso de toda la galería de muertos jóvenes a causa de leucemias, tuberculosis, hígados reventados por el alcohol o suicidios. Se suicidará Pascin, con el que se cierra el libro. Pero antes de que el “último bohemio” dé fin a sus días por un amor-fou, y que Elsa Triolet urda una estrategia absolutamente rusa para cazar a Aragon, la mayoría habrán obtenido el reconocimiento y sentado las bases de un estilo de vida y de arte en rebeldía contra el oficio artístico y la tradición, contra la oposición entre sueño y realidad.

Figuras vivas. Bohemios no es un tratado de historia del Arte; quiere ser un fresco de la época, devolver a la vida a figuras que son ahora nombres en libros de texto y materia de ensayo y trazar líneas de parentesco creativo entre unos y otros. Es un acercamiento personal orientado por las simpatías, que no esconde, a las tres figuras que sobresalen: Apollinaire, Modigliani y Pascin. En contrapunto a todos ellos se alza Picasso.

El español, cuya genialidad y talante innovador aparece indiscutible, se lleva sin embargo todos los varapalos: por su facilidad para consolarse sentimentalmente y por su antimilitarismo –no luchó por Francia, no peleó en España–, por su rápido triunfo que le lleva a pasar a la rive gauche y por su temida tendencia al “robo artístico” y, sobre todo, por su comportamiento cuando Apollinaire sufrió la cárcel acusado de robar ni más ni menos que La Gioconda, sin que su mejor amigo se dignara acudir en su ayuda. Precisamente el trato que se da a Picasso recuerda el carácter desmitificador de algunas biografías actuales que revisan la vida del personaje con el mismo afán inquisidor que sufre un candidato a la presidencia norteamericana. Por eso, si algo decepciona en este libro es que toda la elegante despreocupación, la cómica desfachatez con que se tuteaban todos los géneros en Las aventuras de Boro, consolando al lector con aquello de “siempre nos quedará París“, se ha convertido aquí en un aire típico de estos tiempos, un poco moralista y puritano cuando confronta altura artística y altura moral. En cualquier caso, Bohemios es un buen entrante sobre unas figuras que supieron dar a una nueva época las formas de vida y de lenguaje que ésta requería.

traducción de Teresa Alonso Lasheras
Ollero y Ramos, Madrid, 1999, 645 páginas

María José Furió
Publicado en La Vanguardia- Libros

LA PEQUEÑA VENDEDORA DE PROSA, de Daniel Pennac


Foto: Natacha Colmez. Fuente: www.ephemeral-light : masha’s photoblog
Esta es la tercera entrega de la saga de los Malaussène, peculiar familia que habita en el parisino barrio de Belleville. Sus aventuras, inverosímiles y entrañables a la vez, nos dejan con el sabor de los folletines en los que son tan duchos los franceses desde los tiempos de Victor Hugo. Aquí, Pennac, irredento amante de los libros en todos sus aspectos –desde la textura misma del papel hasta su contenido–, despliega una imaginación a raudales acompañándola de guiños literarios: el bestseller, el guión y las experimentaciones literarias, todo es válido para contar con arte la peripecia de Benjamín Malaussène después de haber acepto convertirse en icono del autor más famoso del momento, estandarte del liberalismo más desmedido –estamos en 1989.

Benjamin sufre un atentado que le mantiene en coma. No se termina entonces la novela: hay vida al otro lado. Y el humor tan característico de Daniel Pennac, capaz de juntar a un vietnamita que cría a un bebé con ojos de bombardero, a una mujer tan bella que a su alrededor se hace el silencio, a una editora, esa vendedora de prosa del título, de descomunal cabeza y cuerpo de anoréxica, a un escritor puro y loco como un ángel, y conducirlos a un desenlace en que, aunque un poco empalagados de tanta simpatía hacia personajes tan humanos, no le reprochamos que nos lleve por donde quiere porque nos hemos reído a gusto. Lo dice el mismo Pennac: “No subestimar nunca la ficción. Sobre todo cuando está salvajemente salpimentada de realidad.”

Editorial Thassàlia, 1997, narrativa, 383 páginas

María José Furió

MEROE, de Oliver Rolin


Pirámides de Meroe (Sudán)
Fuente: http://www.dignubia.org

Olivier Rolin (1947) pertenece a esa generación que ahora ve el crepúsculo de lo que constituyó su cultura, básicamente humanística, literaria y, por supuesto, escrita, sustituida por otra más fugaz y salvaje que aspira a abolir dimensiones fundamentales como el tiempo. La mención a pie de retrato de su militancia maoísta Gauche Prolétarienne, seguramente periclitada, es un indicio más de tantas fidelidades y cimientos que se pierden con el tiempo. De eso y no de otra cosa habla su novela, Meroe, y podemos suponer que este significado latente y soterrado es el que explica el formidable éxito cosechado en Francia, que difícilmente puede repetirse en España donde la dimensión tiempo-memoria parece condenada a una elaboración y una mirada sentimentales.

Meroe es en muchos momentos tan exasperantes como su protagonista por lo que el lector hará bien en leerla relajado, en una terraza, al fresco y/o con la alternativa de viajar a Sudán y hacer su personal recomposición del lugar. Quiere decir que es la clase de libros que actúa como “invitación al viaje”, como relumbre de otros libros y autores, de otras formulaciones, y sólo en esa dirección, como diálogo intertextual e inter-lectores adquiere su verdadera dimensión, en el entendimiento de que ya no puede esperarse de un escritor una intención ni moral ni que abra visitas a un futuro. No extrañará que después de unas primeras páginas donde se presentan con precisión las coordenadas geográficas de la trama, el narrador se extravíe en un burbujeo de frases a propósito del amor y de la divisa que defiende: “todos los hombres matan lo que aman”, porque ese fastidioso extravío es la novela.

El escritor que pierde el seso por una mujer, Alfa, que le abandona por un psiquiatra y que en Jartum, en el Hotel de los Solitarios, recrea el olvido de su amor, que no el recuerdo, y que convoca la imagen del asediado general Gordon, más resistente contra la Inglaterra victoriana que contra sus enemigos, es un perdedor que tiene el saludable narcisismo de celebrar su drama evocando a Joseph Conrad, a Gustave Flaubert, al Rimbaud abisinio y al André Breton de Nadia. Es, nos muestra, de la estirpe de los románticos recalcitrantes, de los agónicos lúcidos que contemplan cómo arden los últimos rescoldos de su civilización, mutante y siendo ya casi otra; tan romántico que acepta que no puede determinarse el principio o el fin de nada y, rodeado del habitual cásting de excéntricos y chiflados que recalan en todos los desiertos, desgrana su concepción del tiempo como cuerpo, plural, extravagante y proteiforme. En contrapunto a su historia, multiplicándola, despliega la fascinante metáfora de Meroe, una civilización que vivió aislada de las corrientes que iban a transformar la faz del mundo y fue durante mucho tiempo una hermosa anacronía.

traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama, Barcelona, 2001, 213 páginas
María José Furió,
publicado en Lateral 2001

VIDA SECRETA / EL SEXO Y EL ESPANTO / LA FRONTERA, de Pascal Quignard


Azulejos del Palacio de Fronteira, Portugal
Pascal Quignard

Al pasar sin transición de la lectura de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, a Vida secreta y El sexo y el espanto de Pascal Quignard me he sentido como si saliera del cabaret y entrara en el monasterio. Y sabe Dios que los monasterios me interesan exclusivamente como monumentos de interés turístico-cultural. Por eso me resisto a leer a Quignard haciéndome eco de la seriedad de su pose y de la imagen contra-mediática que le acompaña.

Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948), considerado el escritor vivo más importante de Francia, tiene ya una ingente obra a su espalda en forma de tratados, novelas breves y ensayos, por más que el gran público lo conoce por la adaptación cinematográfica de su nouvelle Todas las mañanas del mundo. En 2002 se le concedió el Premio Goncourt por Les ombres errantes, con el decidido voto en contra de Jorge Semprún, quien arguyó que la obra de Quignard no abría vías literarias novedosas. Semprún no tenía razón, pues sí es novedosa esa forma mezclada de ficción, ensayo y tratado filosófico que ha ido forjando Quignard a lo largo de los años, un estilo que es ya el de El sexo y el espanto (1993) y Vida secreta (1994), aunque no todavía el de La Frontera (1992). Pero a Semprún, que sobrevivió a un campo de concentración, ha llevado una vida llena de emociones novelescas y se ha roto la cara en varias batallas le tiene que dar tres patadas un autor como Quignard, que ha optado por el alejamiento progresivo del mundo hasta un aislamiento que impregna definitivamente su escritura. Un cierto olor a diálogo con la muerte trascendida: un olor inconfundible a monasterio. Muy culto, muy exquisito, muy falto del humor que caracteriza a los genios, su estilo manifiesta la tensa autoexigencia de los eruditos que no se codean con nada que quede por debajo de la música barroca, las lenguas clásicas, las Gorgonas o los frescos obscenos de Pompeya.

Pero al césar lo que es del césar: el engrudo que utiliza para reunir estos temas no es sólo de lo más interesante sino además una buena prueba de cómo desde el ensayo se puede describir la propia experiencia pero esquivando el patetismo de la confesión. De un lado está la musicalidad del idioma, que en Vida secreta se refleja en bloques de texto que se responden con el uso calculado de los silencios y la puntuación y que se prolongan en otros bloques, así como conceptos y mitos apenas apuntados van desarrollándose en párrafos y capítulos posteriores. El otro ingrediente clave del engrudo es su uso de la etimología (procede de una familia de lingüistas) para crear una potente red de imágenes, y así viene a explicar cómo desde siempre el lenguaje ha querido captar un misterio enterrado en la memoria del hombre y cómo, siendo lenguaje, somos ante todo el silencio previo a él. Hay un aspecto autobiográfico en todo el texto porque uno se interesa por lo que le incumbe personalmente, y Quignard recrea a través de estos temas y estilo la experiencia autista que vivió por dos ocasiones de niño.

Vida secreta es a su manera heredera de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, aunque sin la tierna viveza de éste. Dice Quignard que es una protesta interior a la presencia exagerada de lo sexual en el mundo contemporáneo, y cree como Barthes que el amor es el verdadero tema tabú de nuestro tiempo. Pero está relacionado con la pasión (“o bien el amor surge de la pasión o no surgirá nunca”) y con el secreto, es asocial (“el amor se opone a la vez a la sexualidad y al matrimonio”) y surge del silencio anterior al lenguaje porque es una búsqueda de la escena primitiva. Al hurgar en la etimología destaca raíces comunes (amor y mamma) o descompone la palabra (especialmente bella es la red de imágenes que crea desde de-siderarare [deseo] y co-ire [coito]) para revelar la fuerza del lenguaje que finalmente actúa sobre nosotros. Todo arranca de su interés por la palabra fascinus que era como los romanos llamaban al falo, y como “llamaban fascinatio a la relación que se establece entre el sexo masculino erguido y la mirada que lo sorprende en esa contractura”. Dado que el amor deriva de la fascinación, de ahí se sigue todo un juego especular que Quignard ausculta a partir de la etimología de las palabras vinculadas con ese fascinus. Esa mirada fascinada, en espanto, está recogida en toda una serie de pinturas, obras de arte y el repaso de los mitos, las costumbres y regulación eróticas termina por crear un mapa secreto del hombre.

La mirada de Medea antes de matar a sus hijos; Medusa que lleva la muerte en los ojos; qué mira realmente Narciso; las lecciones de Epicuro, la langor o tedio postcoito: los antiguos pensaron en todo ello y al repasar sus ideas y entrelazarlas Quignard actualiza una filosofía del amor que quiere ser un dique de contención a tanta literatura light, a tanta autobiografía que reduce el yo a una serie de peripecias narradas a voz en grito.

La Frontera (1992) fue escrita antes de esa reclusión voluntaria y es la expresión novelesca de estas ideas. En apenas 100 páginas de argumento absorbente, Quignard no sólo desarrolla sus motivos habituales sino que también cuenta una historia de amores imposibles y venganzas en caliente en la que participa un triángulo de personajes inusitadamente temperamentales: la bella e inexperta Luisa d’Alcobaça, su marido, el hermoso señor de Oeiras, víctima del celoso y nada agraciado De Jaume. Ambientada en la Corte portuguesa de 1640, Quignard mezcla el tono picante con la reflexión sublime típicos del XVII. Están sus símbolos favoritos: la cacería como caza de amor, en donde el viejo jabalí es una trasposición de la Medusa cuya mirada debe evitar el héroe si quiere escapar de una muerte segura; la del amor ligado a lo perdido y la fidelidad más allá de la muerte. Y el más importante, el de la repulsión, de forma que esa atracción-repulsión que le inspira a la señora d’Oeiras el sexo masculino es el eje escondido del relato y lo liga a las obras posteriores. Todo sublimado aquí en esos azulejos del Palacio de Fronteira que dicen que el arte es también venganza cumplida…

…Y que en el cabaret es donde soltamos las risas profundas que nos recuerdan el Paraíso.

Espasa Calpe, Trad. Encarna Castejón (con Teresa Sans, asesora lingüística),
Madrid, 2005, 284 páginas.
Editorial Minúscula, Barcelona, Trad. Ana Becciú, 2005, 244 páginas Editorial Funambulista, Madrid, 2005, trad. y posfacio de de Ascensión Cuesta, 138 páginas.
María José Furió
Publicado en Culturas- La Vanguardia

Una interesante entrevista dedicada al autor (en francés):
http://www.mondesfrancophones.com/espaces/Frances/interviews/pascal-quignard-
la-nuit-sexuelle/