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Adiós a Hollywood con un beso o Las drogas matan


Anita Loos, autora de Los hombres las prefieren rubias; de …Pero se casan con las morenas
y de Adiós a Hollywood con un beso

Creo que pocas cosas hay más reaccionarias hoy que consumir drogas duras. Aunque no me atrae su consumo, soy partidaria de legalizarlas por varias razones. El narcotráfico se ha convertido en un poder en la sombra más fuerte que muchos Estados (como se ha visto hace poco en México y como ya ocurre desde hace mucho en Afganistán, etc.); el Estado debería disponer del dinero que a través de impuestos ayudara a sufragar el gasto que generan los toxicómanos. En otro nivel, es absurdo presentar al hombre como exclusivamente racional. Nunca renunciaremos a buscar otros estados de percepción, como los describen Claude LéviStrauss o Mircea Eliade.
El peligro que conlleva su legalización es que, como ocurre con los ansiolíticos y antidepresivos, los médicos pueden llegar a recetarlos sin ton ni son, atendiendo a tópicos como la edad (a las mujeres maduras se les receta casi sin más análisis). Aunque yo he tenido experiencias catastróficas con los psicoanalistas (no creo que la palabra ni la escucha sean en sí soluciones para mis problemas ni que deba pagar precios astronómicos para que me respondan con un “Ajáaaa“), creo que los antidepresivos pueden ser la coartada perfecta para personas que no quieren afrontar sus problemas más íntimos y toman la tangente soñando con que un estado de vago bienestar o incluso de euforia que les haga sentirse integrados.

Me vienen a la cabeza algunas situaciones vividas, como cuando recién licenciada me fui a vivir por mi cuenta y estaba en casa de un amigo que me alquiló una habitación mientras encontraba piso y trabajo. Éste tenía por vecino a un joven agente de Bolsa que tomaba heroína, según él me contó, regularmente pero con control. Me invitó a salir una noche a un concierto en la sala Bikini. De camino, en el coche, me contó que era hijo de un militar (naturalmente, fascista). Deduje ya entonces que trabajar en Bolsa (desde su casa gran parte del tiempo) era el lado de “pacto con la realidad” del padre, pero que la heroína era su gesto de disidencia. Luego me habló de la droga y se jactó de controlarla. Me dijo que un día me invitaría a probarla. Me eché a reír a carcajadas y no podía dejar de reírme, de modo que el tío, que no podía meter baza con mis risas, se mosqueó y me preguntó que de qué me reía. Es que me acordé de una anécdota que cuenta Anita Loos en sus memorias (tenéis suerte de la memoria de elefante que tengo), Adiós a Hollywood con un beso (mis lecturas adolescentes me delatan. Las americanas inteligentes, exitosas y deslenguadas, incluida Lillian Hellman, eran mis favoritas). Cuenta que estaban en una fiesta y que una frase de una conocida cocainómana se convirtió en el chascarrillo de las fiestas durante años. La tipa en cuestión clamó que la cocaína no creaba adicción y “¡que lo sé porque hace veinte años que la tomo!”. Jaja, bueno, eso es lo más suave que me vino a la cabeza. No dije, pero también me hizo reír, sardónicamente, fue que con nuestra conversación se cumplía otro tópico, el de la chica recién emancipada al que el joven vecino con aspecto inocente introduce en las drogas, lleva por el mal camino, etc.

Otra amable invitación a consumir drogas, esta vez legales, la recibí hace un par de años, de parte de un escritor que había empezado a tomar antidepresivos –el milagroso Prozac–, por su cuenta y riesgo, y que comentó que el resultado es que la vida “perdía su sentido trágico”. Esta vez no me reí sino que me enojé, y mucho. No nos conocíamos demasiado, habíamos charlado cinco o seis veces en torno a un café, casi siempre de temas literarios, y él es unos diez años mayor que yo. Le pregunté si su mujer, de mi edad, también estaba tomando Prozac –puesto que las grandes delicias se comparten con la pareja– y me respondió que no. Entonces, ¿por qué te figuras que debo tomarlo yo? Yo no veo la vida con sentimiento trágico.” En realidad, como ya supuse, él estaba poniendo el remedio antes de que la enfermedad estallara. Estaba poniendo sobre la mesa toda clase de indicios sobre un fracaso vital, empezando por la novela que acababa de publicar, o sobre su sospecha, pero se negaba a tomar el timón, por ejemplo con un psicoanálisis.
Sin duda, cuando uno hace algo de lo que no se siente completamente orgulloso, intenta embarcar a otros para diluir la duda.

Hasta la fecha, la gente que he conocido con depresión leve y que han pedido al médico antidepresivos es gente muy crítica con el entorno y patológicamente negados para la autocrítica. Gente muy mimada (por boba que suene la palabra) y que no se resigna a salir de la burbuja de su ficción. El peligro mayor que suponen estas personas es que pretenden que tomes en serio lo que es una trampa. Parecen muy convincentes porque te cantan siempre la misma cantinela. Mi solución sería subirlos a todos a una barca y enviarla hasta los mares de la China donde, antes de llegar a la costa, deberían hacer frente a piratas vietnamitas, bregar con tiburones hambrientos y con los habitantes, que desde las orillas les reclamarían dinero para ayudarlos a ponerse a salvo. Vamos, por echar unas risas.

Todo este post viene tras saber de la gran noticia: que Vila-Matas ha fichado por Mondadori, también parece que por pasta gansa, como Cercas. Dicen en El Cultural que en Mondadori se han hartado de los jóvenes autores españoles insustanciales y altaneros. Me ha hecho gracia. Uno, porque esos “insustanciales”, hasta ahora mimadísimos por la editorial, no se daban cuenta de lo que estaba claro, que eran unos bufones modernos, a los que se les puede dar la patada cuando dejan de hacer gracia, como ya sucedía en la corte del rey despótico. Dos, que Cercas y Vila-Matas son dos de los escritores con la prosa castellana más (me callo el adjetivo). Me imagino que pronto se unirán a la nueva escudería Gopegui y Magrinyà, si no Loriga. Y así se crea el canon de la (j*) modernidad literaria.

Hay que emigrar.

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Los ojos del huracán, de Berta Serra Manzanares


La fuerza del huracán



Berta Serra Manzanares (Rubí, 1958) ha escrito en Los ojos del huracán una novela con las hechuras de un best-seller de calidad –un gran tema histórico extraordinariamente documentado; un argumento de largo aliento desarrollado con aplomo y resuelto con elegancia– al que sólo le faltará la publicidad exagerada para que el gran público se entere de que encontrará en su lectura lo que se le suele pedir a este tipo de narración.

El argumento toma como eje el período de esplendor de la Cuba esclavista, mediados del siglo XIX, cuando los ingleses han declarado la guerra a la trata y con ello aumenta el riesgo de su comercio y el dinero en circulación; surgen las aspiraciones de desligarse de España para unirse a Estados Unidos, empieza a introducirse la maquinaria de vapor en los ingenios del azúcar y siguen llegando españoles a la isla para hacer fortuna. Un momento también en que España reprime con dureza las ambiciones de la aristocracia negra y la elite criolla. Ambiciones contrarias, amoríos y revueltas del destino, en las que no participan menos los huracanes, deciden la suerte de los personajes que sorprenden por su construcción tópica, propia de un pastiche de novela realista del siglo XIX y no de una novela moderna. De la primera a la última página, Los ojos del huracán ofrece un alarde de documentación que es, junto con el atrevimiento en escenificar todos los momentos significativos de la época y la prosa precisa, su principal aliciente, pues episodios y personajes históricos, paisajes y escenarios cobran vida en la intensiva acumulación de detalles. Pero muy temprano llega el momento en que surge la duda: ¿por qué decidió Berta Serra Manzanares sujetar con tanta fuerza las riendas de la narración para que a este fresco de la Cuba esclavista le pese tanto la pulcritud de sus planteamientos?

Aunque distribuye el hilo de la narración entre distintas voces, todos los personajes parecen moverse dentro de una misma jerarquía de intereses y con una misma energía de principio a fin. Clara Martín, heroína de la novela, catalana de origen humilde que llega a La Habana para cumplir con la boda prometida siendo niña con Conrado, hombre tan honesto que parece timorato, cuya muerte en medio de la tempestad del huracán la fuerza a ocuparse de sus negocios, es una suerte de protofeminista que no le hace ascos al mucho dinero que da el carbón del cuerpo esclavo; Horacio Anglés, su mentor, también catalán, un cincuentón culto y faldero en el que hay ecos del Gatopardo viscontiniano; César, el negro aficionado a las hembras, cuya expresividad lo acerca demasiado al retrato del cimarrón que hizo Miguel Barnet; el capataz Bonaparte, italiano de opereta, brutal y violador de negritas, y sobre todo, esa Almagracia Pizón que tolera los escarceos de su marido, Horacio, con dignas ínfulas de dama de alta alcurnia y a la que la autora, en un arranque a lo García Márquez, dota de un olfato finísimo gracias al cual reconoce con quién anda cada cual y por supuesto el que le pone los cuernos. Las excursiones a lo real maravilloso también se atan en corto, y es una lástima porque, aunque la novela es de nivel más que notable, en los retazos que quedan de esas aventuras, sobre todo en el fragmento de Conrado muerto convertido en ese “ahogado pensativo” que creó Rimbaud y recreó Cernuda, se adivina el deseo de otra novela, latiendo casi desde la primera página, y que la finalista del premio Herralde 1997 con El otro lado del mundo y el Adonais de Poesía por Frente al mar de Citerea en 1998 no ha querido dar probablemente porque creía que los lectores de hoy son demasiado perezosos para propuestas más líricas y temerarias.

María José Furió

Anagrama, Narrativas Hispánicas, 2008

Recordando al profesor Antoni Vilanova


El profesor Antoni Vilanova, en una pose extraordinariamente tópica

Se nota que es domingo de primavera fingida y así no dan ganas de salir a la calle porque aquí estoy con mis relecturas. Releo, pues, algunos capítulos, los finales, de La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España, XXXII Premio Anagrama de Ensayo de 2004, obra de Jordi Gracia. A veces me da por preguntarme quién de mi generación o inmediatamente anterior o posterior ha hecho “carrera” en el campo de la Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. Y la respuesta es que nadie, salvo Jordi Gracia, que yo sepa. El trabajo de Gracia es un rescate de una de las tantas causas perdidas de la literatura española desde que el estado se ha parcelado en autonomías: rescate de una memoria común. Como no soy experta en este tema, la resistencia cultural en tiempos del fascismo, todo lo que cuenta Gracia me sirve y me informa. Hay una pretensión de estilo y de amenidad, ruidosamente saboteada por un castellano dolorosamente lleno de catalanismos, pero vale la pena seguirlo y recordar los aires broncos y chulescos del fascismo triunfal para no incurrir en absurdas nostalgias (contra Franco vivíamos mejor, etc.). Con un escalofrío, trae el recuerdo de esos mismos aires broncos en Míster Aznar y sus alféreces cachiporristas.

Sin embargo, lo más importante es que estas lecturas siempre me llevan atrás, a los últimos años de la universidad, cuando por fin pudimos leer a autores “modernos y contemporáneos”. La carrera de Filología Hispánica era algo de narices, pues en cinco años ni tocamos ni se mencionó el Quijote. Es una proeza, visto la de veces que leímos a los poetas del Barroco y la Edad Media.

Una de las cosas más asombrosas –entre el millón de cosas que me asombraron y decepcionaron en la universidad– fue que prácticamente ninguno de mis compañeros leía literatura extranjera, así que no habían leído a Scott Fitzgerald ni a Nabokov, ni sabían de novela negra norteamericana ni de Simone de Beauvoir, etc. Por eso disfrutaban enormemente con Unamuno o con el Clarín de La Regenta, que a mí me parecían casposos y machistas. De esos recuerdos despertados por la lectura de La resistencia silenciosa destaca de golpe la figura de Antonio Vilanova, un profesor a la antigua, vagamente autoritario pero capaz de escuchar, que ofrecía una bibliografía interesante porque nos llevaba hasta los hispanistas instalados en las universidades norteamericanas –cuando los hispanistas americanos eran la elite de nuestra literatura y la referencia más moderna del exilio. Vilanova tenía la rara costumbre de leer a fondo los exámenes y comentarlos. Llevaba chaleco y parecía un hombre en blanco y negro.

A diferencia de lo que ocurrió en el doctorado en la Pompeu, cuando Claudio Guillén se presentó con todos los galones de Harvard –para dejarnos plantados en el primer curso y librados a un programa que no ofrecía ni rumores de narrativa castellana–, Vilanova nunca hablaba de su trayectoria, ni de sus trabajos, ni se jactaba de nada. Sin embargo, creo que algunos fuimos inconscientemente conscientes de que él era la figura-bisagra entre los viejos grandes profesores que habían dado renombre a la crítica literaria española (como Blecua, que se paseaba feliz y sordo por los pasillos de la facultad sonriendo plácidamente a todo el mundo, incluidos los desmelenados ficus), dando cuerpo a la filología, arrancándola penosamente del fascismo, para entregar algo válido a las nuevas generaciones educadas en la democracia…

Que han enviado todo eso a la mierda y sólo quieren saber de John Cheever y los cuentistas americanos.

Recomendaciones de lectura: Ramón Buenaventura…


La escritura de Ramón Buenaventura Sánchez Paños, tanto en sus novelas –especialmente El año que viene en Tánger, y El amor antiguo, y en la misma medida su poesía– tiene la virtud de ponerme de buen humor, no un buen humor tonto sino el humor feliz de sentirme viva. Ramón Buenaventura (Tánger, 1940) es el escritor que más que ninguno que yo conozca ha logrado salir indemne de los venenos del franquismo.


De Cantata Soleá, en Poesía Hiperión, 1978.



Soy sólo un hombre, sin embargo, y sólo

en los límites justos de la hombría

sirvo;

y, no obstante,

no resulta tan fácil apagarse la luz,

concluirse,

cuando se marcha uno

and when the music’s over 59.

Porque, por otra parte,

la diestra de Dios Padre es un puño cerrado

que bendice a la fuerza;

y, si intento salirme de su campo de acción,

me encuentro en un futuro de catacumbas muelles,

acogedoras,

o en la cueva en que Wendy

cose y recose

los calcetines de Peter Pan

(absurda madrecita de los niños floridos).

Yo soy un exiliado del país de la infancia,

como todos,

pero me busco el hombre:

ni pájaros, ni flores, ni praderas,

ni regresos al útero.

En los momentos tontos, mi querencia

es ensayar la voz con que entonaba

los viejos himnos: aquel porrompompero 60

a cuyo son cumplimos tanta macha proeza.

El peso del país dobló mi espada61,

sin embargo.

Para colmo,


Notas: 59 Jim Morrison, The Doors.

60 Manolo Escobar.

61 Nueva paráfrasis quevediana, claro está.

VÉASE: http://rbuenaventura.com/

Si yo fuera detective…


Dick Tracy

Hace años un amigo me dijo que por mi carácter sólo podía ser o detective o escritora. No recuerdo exactamente por qué lo dijo, creo que acababa yo de atar cabos en algo y descubrir algo suyo, nada sórdido, no sé qué de un video suyo que no había firmado o un viaje del que había vuelto y solo yo entendí por dónde había desaparecido, ese tipo de cosas. En cierta ocasión, y porque en todas las vidas hay aspectos chuscos y más vale darles de comer abiertamente que permitir que inunden toda tu vida por la espalda, respondí a un anuncio de una agencia de detectives muy importante de Barcelona, situada en la calle Aribau, que pedía un redactor. Yo había dejado la televisión y buscaba trabajo desesperadamente después de que me fallara una editorial, algo así. Estaba segura de que por mis credenciales me responderían y que serían mucho, pero mucho, pero mucho más serios que cualquier editorial a la hora de valorar mi trabajo, mis adjetivos y mis ironías. Efectivamente, me respondieron por carta una semana después exponiendo las condiciones de mi “función”. Se trataba de redactar los informes de los detectives de la agencia a partir de anotaciones e informes previos. Imaginé adulterios, niñas fuera de casa, hurtos a empresarios de parte del contable, abuelitas envenenadas, y algún crimen junto a una alcantarilla. Imaginé chaquetas ajadas, mucho humo de tabaco, fluorescentes, carpetas con casos abiertos, llamadas de teléfono y risotadas confidenciales con la policía, secretarias viejas y a una detective machota y fumadora con los dedos amarillentos por el tabaco que se la chupaba a un confidente. Era antes de 1992, nada de sicarios aún, de maletas con dinero aún, de políticos cambiando de chaqueta y de chequera. Sólo me echó atrás el horario. Sabía de Dashiell Hammet, detective de la Pinkerton, y sabía de Dustin Hoffman y sus colegas que trabajaron en oficios imposibles antes de que la varita de la fama les diera en la coronilla. Era un trabajo para mí. Pero me daba vergüenza pasar de los departamentos de dirección de la CCRTV (Audiencia y Prospectiva de Estudios de televisión) con ordenadores, moqueta y máquinas de escribir electrónicas, convenio colectivo y pagas dobles a un despacho con tufo a desgracias urbanas. Pasar de los despachos donde se tramaban adulterios, espionaje político (la secretaria que se enamoró del conseller de PSC y le pasó información de CIU, que el otro utilizó en la reunión de consellers de los martes), acoso sexual y otras alegrías al despacho donde alguien quería saber lo que nunca vale la pena saber.

Me hice escritora.

to be continued…

JUAN MARSÉ, ESAS TARDES…


Una retrato de Juan Marsé como Dios manda, hecha con carácter y tiempo, de Jordi Socías
Juan Marsé ha recibido, por fin, el Premio Cervantes. Se lo debían haber dado mucho antes, claro. Leí a los quince años Últimas tardes con Teresa. Mi libro lleva la fecha: 23-4-77 y es la reimpresión de la séptima edición. No hace mucho conseguí que ese mismo volumen me lo firmará Marsé, después de una conferencia celebrada en la sede que antes tenía Caixa Forum en el Palau Macaya. Un hombre bajo, con zapatillas de deporte, una cabeza romana, con nariz rota de boxeador, que escrutaba con curiosidad tu cara.

La leí en los soportales del claustro del Monasterio, en Sant Cugat, tuvo que ser sábado porque para entonces ya vivíamos en Barcelona. Ese Pijoaparte y ese ir a parar a la cama equivocada, la de la criadita y la rabia del Pijoaparte por haber dado en la cama que sin querer le pertenecía más que cualquier otra. La impresión: que había llovido, inclinada sobre las páginas del libro, y pensar esto sí, esto sí es un libro de verdad. Esos inicios hambrientos, cuando los escritores despertaban admiración.

¿NO SE DAN CUENTA O NO QUIEREN DARSE CUENTA?


Lucrecia Martel, directora de cine

El peruano Iván Thays-
En el último Premio Herralde, un jurado compuesto sólo por hombres premia a dos hombres: al venerable autor mexicano Daniel Sada (sigue la influencia de Bolaño) y al muy simpático Iván Thays, autor de la bitácora más amena y menos dogmática sobre actualidad literaria que parece posible leer (en castellano) hoy en día. Lo irónico es de qué van las novelas premiadas: de un trío amoroso muy casto (según declaraciones a la prensa del editor) en el caso de Sada. De los sufrimientos de un padre joven separado que pierde a su criatura (or something like that) Irónico porque esta exhibición de sensibilidad “femenina” contrasta con el monopolio de poder masculino desde el que se ejerce dicha exhibición: editoriales, prensa, leyes…

Seguimos: el último Babelia, ayer sábado las reseñas de literatura llevan todas firmas masculinas. Y salen a la calle así, a pecho descubierto, uno tras otro. Dedican la página que abre el suplemento y entrevista principal a una directora de cine latinoamericana, Lucrecia Martel, que aparece, fíjate tú, fumándose un puro, no nos vaya a salir como una tontita.

Y seguimos: Letra Internacional, una revista muy solvente de pensamiento con raíces socialistas, llega a su (celebrado) número 100. La lista de firmas alcanza los 27, pero de ellas sólo cuatro son mujeres.

No es un problema de cuotas, sino de inercias. España carece de una cultura sobre la mujer y sus enfoques de cualquier tema suelen ser históricos, no conceptuales.

Nunca hasta que publicaron mi novela había yo sufrido esa infavaloración tan española por el hecho de ser mujer, que te adjudica un coeficiente de inteligencia necesariamente inferior a la media estadística. Compruebo que esta tendencia a la baja es menos frecuente en Cataluña –donde se da más una discriminación de tipo económico o de lengua, algo que para los que practican esa discriminación va unido. Es una tendencia tan arraigada en la mente masculina que un escritor cubano, Rolando Sánchez Mejía, me confesó que su amigo, también cubano, Radamés Molina, le había dicho de mí: “No, ella es inteligente”. No me halagó, no me pareció que hablaran de mí. Me interesó ese “ella sí” y pensé: como dos infiltrados que se transmiten las claves de funcionamiento de un gang secreto.

Todos tenemos un pasado…



Rafael Reig compitiendo con Miguel Bosé, que también llevaba falditas

http://hotelkafka.com/blogs/rafael_reig/

Rafael Reig, autor de Manual de literatura para caníbales, y de otras historias de detectives, luciendo rodillas al final de una fiesta. Sería genial que metiera esta escena en un policíaco: el detective termina vestido con camisón y discutiendo con otro sabueso los intríngulis del caso (alguien asesinó a una rubia, teñida, por supuesto). Pongo este post como contrapunto al de Lucía Etxebarria porque un tipo con sentido del humor vale un potosí.

Por qué maté a mi abuela, por Lucía Etxebarría


Retrato de Marcel Proust, o de Lucía Etxebarría, no lo tengo claro

Respuesta de Lucía a “Por qué maté a mi abuela”: “¡Obvio!, porque la muy bicho no me quería tanto como me quiero yo…”

Qué dosis de amor a sí misma se necesita para escribir algo como lo que sigue. Lo sentimos por ti, Marcel Proust, pero tú ya sabías que nadie elige su posteridad.

el cuestionario proust (sesuda reflexión about
Sigue en: http://www.lucia-etxebarria.com/diario/?p=782)

Octubre 2nd, 2008 <!–admin–>

Proust era asmático crónico, como yo. Quizá por eso me ha gustado siempre tanto. Me refiero a que existe una relación probada entre el asma crónica y la creatividad ( no bromeo, hay estudios clínicos al respecto). Se supone que los asmáticos somos hipersensibles. E hioperestésicos. Yo al menos lo soy. Prosut [sic] también lo era. Basta con leer el famoso episodio de la magdalena para darse cuenta.

La primera vez que mis padres me llevaron a un psiquiatra el señor me preguntó que qué estaba leyendo. Yo le dije que ” En busca del tiempo perdido” Llamó a mis padres y les dijo que me apartaran de ese libro inmediatamente. según él, una chica de mi edad no debía leer esas cosas. Teniendo en cuenta que yo habia sacado el libro de la biblioteca de mi padre , que tenía los siete tomos, nadie me dijo nada sobre o que leía o dejaba de leer.

No tengo muy claro cuál es el verdadero cuestionario de Proust. En Francia practicamente todos los test de este estilo se llaman cuestionarios de Proust, con lo que es difícil saber cuál fué el que realmente contestó Marcel Proust, porque, esa es otra, el tal cuestionario NO fué escrito por Proust sino respondido por él.”

De "LAS CARTAS DEL NÓMADA", segunda parte


Mercado en Argelia. Foto: María José Furió

Fragmento de una novela que interrumpí porque para acabarla cabalmente convendría viajar de nuevo a Argelia.

“De: antonio.ortega@hotmail.com
Para: AMAYA ALGAR PARDO
Fecha: lunes, 9 de junio de 2003 17:45
Asunto: tu viaje a SUR ARGELIA

Me llegan con cierta frecuencia noticias de mis colegas en todo el circuito turístico de Adrar, Timimún, Tamanrraset y me cuentan las tropelías que cometen los guerrilleros. Antes, en otros tiempos, me refiero al siglo XIX, a los tipos que se dedicaban a asaltar y robar a las caravanas o los oasis se les conocía como partidas de bandidos, ahora se llaman guerrilleros y la prensa los llama terroristas. Pero para mí son bandidos. Uno de mis clientes era el hotel Tahit, en Taghit, eso está al norte de Timimún, ya sabes dónde está porque estuviste cuando trabajabas con la consultoría, pues el tío lo tuvo que dejar todo cuando hace cuatro o cinco años, los guerrilleros islamistas llegaron, lo dinamitaron y mataron a 113 personas que encontraron en el oasis. Estoy seguro de que no os enterasteis. Fueron 113. Y vosotros os enterasteis de los doscientos y muchos de hace seis años porque por esas se mató la Lady Di y los periódicos progres como el tuyo se rasgaron las vestiduras diciendo que si que qué vale más la muerte de una lady o los doscientos degollados de una aldea. Pero matanzas tan bestias ya hubo antes, pero, claro, se tiene que matar una princesa para que a la gente le dé vergüenza consumir tanto morbo de una rubia soplagaitas y su maromo y se pare en la página de Tercer Mundo. Porque esto, Amaya, esto es Tercer Mundo en cuanto a expectativas y a desconsuelo. Quiero decir que material para un reportaje hay de sobras, pero aquí no interesa que eso se sepa, y menos a nivel internacional. Claro está que como anda el panorama internacional con lo de Irak, no sé a quién le va a interesar lo que pasa en Argelia. Siempre es más interesante el petróleo que el gas o el turismo desde el Sáhara hacia abajo y eso está relativamente controlado. Sé que intentarás hablar con alguien del gobierno, alguien que te dé información oficial, por contrastar supongo, pero la fuente oficial aquí no sirve de nada. Los argelinos son incapaces de hablar mal de su país, supongo que lo dicta el Corán. Vete y pregúntales y tú misma lo comprobarás, enseguida te hablan del maravilloso clima mediterráneo que disfrutan al norte o de la hospitalidad de los indígenas en el sur. Ni siquiera el terremoto que han sufrido hace poco lo han tratado como tragedia y ya te habrás enterado de que cerca de Orán se han dado casos de peste bubónica, es como volver a la Edad Media, o no salir nunca de la Edad Media.”

Naturalmente, seguirá…
Obra registrada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona