Archivo de la categoría: fotorreportaje

Perdida y hallada: Joana Biarnés, fotorreportera


Joana Biarnés – Archivo personal de la fotógrafa

Muy recientemente hemos disfrutado de la feliz recuperación de una figura excepcionalmente interesante del fotorreportaje español, Joana Biarnés. Llevaba décadas retirada cuando una afortunada cadena de circunstancias ha permitido recuperar su archivo y dar a conocer sus estupendas fotografías, su trayectoria y, a través de ellas, una personalidad vitalista, íntegra en sus valores, como aquí me gusta tanto reivindicar.

Televisión Española emitió el documental de una hora dedicado a su figura, Joana Biarnés, una entre todos, dentro de la serie “Imprescindibles”, que podéis visionar pinchando aquí.

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Juana Biarnés fotografía la concentración en la Plaza de Oriente de Madrid, lugar emblemático de los irreductibles del franquismo español
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Marisol, una estrella de cine español del momento, fotografiada por G. Barnés
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Fotógrafos indomables: Olivier Laban-Mattei. Cómo mostrar a un político en campaña


El fotógrafo Olivier Laban-Mattei, un muy interesante fotorreportero francés, conocido del gran público consumidor de noticiarios por su galardonado reportaje sobre el terremoto de Haití, explica en esta charla cómo sortear las directrices de los políticos en campaña. Centrándose en la figura del inefable Nicolas Sarkozy, demuestra cómo un buen fotógrafo –y un buen periodista, por supuesto– logra zafarse de las coerciones que los políticos tratan de imponer en su intento de controlar al detalle la imagen que se ofrece de ellos.

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Terremoto de Haití, 2010

 

VISA pour l’Image 2017 : programa, 29ª edición


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Foto de promociión de las soirées (veladas) de proyección del Festival Visa pour l’Image

El pasado jueves, 12 de mayo, asistí a la presentación del programa de la próxima sesión del Festival de Fotoperiodismo internacional, Visa pour l’Image, que todos los años se celebra en Perpignan durante las dos primeras semanas de septiembre.

El incombustible y charmant Jean-François Leroy, director desde hace veintinueve años (¡29 años!) del festival, hizo un breve resumen de las historias y reportajes que al final de este verano ocuparán las sedes principales de exposiciones. Le acompañaron dos representantes políticos de Perpignan y escuchamos su parlamento y comentarios apenas una decena de personas reunidas en la sala de cine del Instituto Francés. No sé a qué obedeció la deserción, cuando apenas hace cinco años decenas de fotógrafos profesionales y de periodistas acreditados abarrotábamos la sala de exposiciones del mismo instituto –no olvidemos que se trata de una sede oficial de cultura del gobierno galo–; probablemente, la crisis de los medios y lo muy entretenidos que andan los periódicos en los últimos meses con las noticias de ámbito nacional sean la excusa.

Al terminar la presentación –donde no faltó la pregunta de siempre acerca de la notoria ausencia de fotógrafos españoles, o catalanes, pues tampoco falta la nota ombliguista catalana–, subimos a disfrutar del aperitivo en el ático del edificio. Aparte de las exquisiteces para el paladar, el aliciente estaba para mí en echarle una mirada a la planta diseñada por el célebre arquitecto J.M. Coderch. Uno de estos días subiré algunas de las fotos que tomé aprovechando que salió el sol y no había aglomeraciones en la terraza.

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Leroy departiendo en la terraza del Instituto Français -mayo 2017

Del programa, destacaría que se ajusta a los temas de actualidad que han caracterizado el curso, con los países que dominan las páginas de los periódicos –Siria, China, crisis de los refugiados– sin grandes sorpresas en cuanto al enfoque estético, y tan solo me llamó la atención un reportaje dedicado a una misteriosa enfermedad renal, de origen no identificado, que está atacando en países como India y desde Sudamérica parece decidida a dar el salto a países más industrializados. El miedo a nuevas epidemias no cesa. Otro de los reportajes que escapan del cliché es el dedicado a las viudas en diferentes países, como la zona balcánica, India (de nuevo), etc. También se presentará la última edición del World Press Photo, con imágenes a un tamaño más digno que el que se ha hecho norma en el CCCB de Barcelona.

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IFB-Barcelona

Leroy destacó un reportaje obra de un fotógrafo chino que está documentando el impacto de la contaminación en el medio rural; también se hizo eco de las críticas que acompañan a la –al parecer– enorme cantidad de premios fotográficos, y subrayó, atinadamente en mi opinión, que puesto que ayudan a que los fotógrafos saquen adelante sus proyectos de reportajes, muchos de los cuales exigen tiempo previo de preparación y luego de realización y seguimiento, continuarán otorgándolos y promocionando también la concesión de becas, financiadas por diferentes organismos y empresas comerciales. Comentó igualmente diferentes iniciativas que tendrán lugar en Perpignan para que los estudiantes se familiaricen con el fotoperiodismo y la narrativa fotográfica. Aprovecho para añadir que en Arles, también en el sur de Francia, por iniciativa de la Fundación Luma, se está construyendo un enorme complejo cultural donde tendrá su sede una nueva universidad de la imagen fotográfica. Como se ve, en Francia cultivan la fotografía en su doble vertiente de arte y oficio, en una dimensión de alto nivel, mientras en Cataluña apenas se programan unas diez exposiciones durante la temporada alta de primavera.

Página actualizada con el Festival ya en activo. Se puede acceder a la programación pinchando aquí.

Me encantaría subir este año y disfrutar del ambiente tan especial y cargado de energía que se respira en Perpignan durante la primera semana de septiembre, la de los profesionales.

José Antonio Carrera, la intimidad de lo extraño, en El Rinconete


María José Furió – El Rinconete

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En España no faltan los fotógrafos que cultivan una forma de reportaje de elevada calidad artística. Los pasados años de bonanza económica permitieron a varios de ellos no solo profesionalizarse —gracias a los encargos remunerados de parte de publicaciones o de organismos públicos y privados, a las becas nacionales e internacionales—, sino también desarrollar proyectos a medio y largo plazo sobre temáticas de un interés que rebasa la actualidad inmediata. Muestran una notable influencia de la cultura literaria, pictórica y fotográfica.

José Antonio Carrera responde a este tipo de fotógrafo. Nacido en Madrid, en 1957, se formó como realizador en Nueva York, profesión que ha desempeñado posteriormente para televisiones españolas. Documentales de contenido etnográfico y programas culturales como La Mandrágora llevan su firma. Fascinado por la obra de Álvaro Mutis, dedicó un reportaje a ilustrar su título más famoso: Maqroll el Gaviero.

La ciudad de Nueva York parece haber quedado como polo de atracción: a ella dedicó en los años noventa uno de sus reportajes en blanco y negro más sobresalientes: DreamStreet. En él presta especial atención a figuras masculinas de raza negra en diferentes ocupaciones, desde el portero uniformado de un edificio de lujo al fotógrafo de calle, el músico que toca en el metro o el joven ejecutivo trajeado que atraviesa una calle nevada.

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Esta serie parece no enfrentarse sino coexistir como en un universo paralelo a los reportajes tomados en África —Kenia, Etiopía, Mali, Mauritania, Níger…—, donde retrata a hombres y mujeres de todas las edades, tanto en primeros planos como enmarcados por un paisaje de montañas, lagos o desiertos, que evocan algo más que la integración armónica del individuo en un entorno natural, primitivo. Los retratos de niños con sus tablillas de la escuela coránica, o el más conmovedor del pequeño de apenas tres años que sentado cerca de las chozas de su poblado etíope se concentra en la lectura que sostiene sobre sus rodillas, no tienen la sobrecarga política e ideológica a la que nos han acostumbrado los reportajes que la prensa lleva publicando desde 2001. Lo mismo que los reportajes tomados en Colombia —los buscadores de oro, los cargadores de madera en Buenaventura, o la tribu yanomani—, componen una reflexión sobre las razas, sobre los modos de vida de los pueblos en peligro de extinción.

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José Antonio Carrera

Si el idilio del espectador con el paisaje africano o con las tribus aisladas en América se ha roto, quizá definitivamente, por la demanda de las publicaciones de gran tirada de reportajes sobre conflictos violentos, los retratos de José Antonio Carrera resisten como un acercamiento a la intimidad de lo extraño al mundo europeo. La composición con, en ocasiones, cierto eco a lo Paul Gauguin —paraísos perdidos donde el alma se encuentra con cierta pureza—, que pudiera entenderse como un mensaje edulcorado, esteticista, de entornos muy precarios, está siempre equilibrada con la fuerza de las miradas de los individuos retratados, con un gesto resuelto o una expresión de curiosidad que deja asomar la individualidad de cada uno, la identidad que quiebra el arquetipo.

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Serie El Gaviero

Cristina García Rodero, entre dioses, hombres y espíritus, en El Rinconete


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Cuando en 2009 la fotógrafa Cristina García Rodero (Puertollano —Ciudad Real—, 1949) se convirtió en miembro de pleno derecho de la mítica agencia Magnum, la noticia causó generalizada satisfacción entre sus colegas, de los más diversos estilos, y el número creciente de aficionados a la fotografía. Las ventajas aducidas por la propia Cristina García Rodero, al margen del evidente prestigio, eran la garantía de que su archivo, su legado, iba a ser gestionado por las mejores manos, dialogar con fotógrafos de la calidad y diversidad de los que integran Magnum y mantener su independencia. Naturalmente, ser la cuarta mujer en incorporarse a la agencia fundada en París por Robert Capa en 1947 significa abrir una senda en un territorio de recorrido más difícil para las mujeres, según declara la fotógrafa española.

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España oculta

Cuidar del legado ha de ser una preocupación imperativa y natural tratándose de una obra que abarca ya cuatro décadas y del interés y calidad que define el trabajo de García Rodero. Ella ha explicado en numerosas ocasiones sus inicios: una joven profesora, licenciada en Bellas Artes, recorriendo en su tiempo libre, al volante de un 600, los pueblos de España para retratar sus tradiciones, cultos, ritos, la devoción de sus habitantes, convencida de que el período histórico que vivían —los primeros años de la Transición a la democracia— implicaba la desaparición más o menos rápida de esa particular expresión de la espiritualidad del «pueblo». El resultado de su paciente documentación fue, como sabemos, mucho más que un reportaje antropológico: España oculta (1989) revelaba una mirada original que aunaba sensibilidad por el detalle, empatía con los retratados pero no sentimentalismo, proximidad al asunto o personaje que retratar. Emergió con sus imágenes en blanco y negro el sustrato pagano de muchas tradiciones religiosas —Baco anda siempre cerca de una romería— y la influencia de la pintura surrealista, motivo por el que tantas veces esa España oculta suya es también una España mágica. El libro, prologado por Julio Caro Baroja, fue premiado en el Festival de Arlés y convirtió a su autora en un nombre ya imprescindible.

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Serie “Haití”

Cristina García Rodero se define como paciente, perfeccionista, tímida, por lo que nunca avasalla a las personas que retrata, aunque a veces advertimos —como en La confesión— que el retratado es consciente de ser el centro de interés, lo cual provoca diferentes reacciones, más exhibicionistas y jocosas en las fiestas tradicionales, o de complicidad y aceptación, como la madre de Georgia fotografiada consolando a su hija, o los lugareños curiosos subidos a un banco. Cuando se refiere a su estilo de trabajo, a la necesidad de rigor, de no improvisar, de acercarse para transmitir la emoción de la situación o la vivencia de los sujetos, la fotógrafa manifiesta su experiencia pedagógica, hasta el punto de que sus entrevistas y conferencias pueden leerse también como una colección de consejos para fotógrafos que tratan de desarrollar un estilo.

El suyo ha evolucionado sin brusquedades en su recorrido por varios continentes, acompañado por la técnica analógica hasta la incorporación paulatina de la digital. Utiliza el color ocasionalmente, desde el reportaje de María Lionza, la diosa de los ojos de agua, culto que se celebra en Venezuela, en que la iluminación con velas crea una tonalidad que se perdería en blanco y negro; y naturalmente en la India, en el festival de Holi, donde la llegada del buen tiempo se celebra con una explosión de color en forma de polvos que se arrojan los participantes. En los últimos años afloran en sus reportajes destellos de erotismo; así, en el muy imitado Rituales en Haití, las expresiones demoníacas del trance coexisten con posturas y miradas espontáneamente eróticas, más deliberadas en The Burning Man, festival celebrado en el desierto de Nevada, en Estados Unidos, y un erotismo obvio en ese otro tipo de procesión que son los festivales eróticos, el proyecto que la ocupa en los últimos años.

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The Burning Man
Instituto Cervantes – El Rinconete

Atín Aya, más que marismas, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© El Rinconete & MJ Furió /Liu

Atín Aya Abaurre (1955-2007) era conocido por los amantes de la fotografía como fotógrafo documental desde los años noventa por sus series de las Marismas del Guadalquivir (1991-1996), la dedicada a la plaza de toros de Sevilla, la Real Maestranza, o por Sevillanos (2001); pero su obra y su nombre rebasó las fronteras de la profesión cuando el director de La isla mínima (2014), Alberto Rodríguez, señaló que fue una exposición dedicada al fotógrafo sevillano la fuente de inspiración de esta intensa intriga policiaca que entiende el paisaje como un personaje vivo.

A casi diez años de la temprana muerte de Atín Aya, vale la pena recordar sus reportajes de un estilo clásico en un blanco y negro que reelabora muy personalmente las influencias del documentalismo social norteamericano de los años de la Depresión representado por Walker Adams, Dorothea Lange, Robert Frank, el neorrealismo italiano y español de los cincuenta y sesenta, los retratos de August Sander y el Richard Avedon de In the American West (1979-1984).

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Aya por Pedro Albornoz

Documentalismo fotográfico es el género que desde los años treinta registró cómo repercutían las circunstancias económico-políticas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras y subalternas. También llamada «fotografía humanista», en España creó una escuela que ha dado grandes nombres. Profesionalmente, Aya fue reportero gráfico en prensa y para varios organismos culturales, aunque fue su producción personal —que abarca especialmente las dos últimas décadas del xx— la que atrajo la atención proporcionándole, entre otros encargos, el que culminaría en Imágenes de la Real Maestranza. Trabajó exclusivamente en blanco y negro y con técnica analógica. A los curiosos de la técnica les apetecerá saber que usaba una cámara Leica para el formato de 35 mm y las Mamiya y Linhof para el medio formato (6 x 7 mm y 9 x 12 mm).

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De la serie dedicada a La Maestranza de Sevilla

Tuvo una trayectoria breve, intensa y, por fortuna, pronto reconocida. Obtuvo la beca Fotopress de La Caixa para culminar el proyecto de las Marismas del Guadalquivir cuyo resultado Francisco Correal calificaba de «antropológico» retrato de «unas Hurdes andaluzas».

Al presentar Paisanos en 2010, Pablo Martínez Cosinou definía a Aya «tanto por los aspectos formales, la temática abordada y la poética desarrollada» como «una suerte de epígono del género documental entendido según los parámetros clásicos del género». Por su parte, la hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida o en trance de cambiar. Sus imágenes tienen encanto, sus personajes, una dignidad natural, y con su mirada demorada en el tiempo logra estampas de clara evocación pictórica; así las de las jóvenes sevillanas con mantilla en la plaza, que recuerdan la pintura del valenciano Sorolla, o las de la familia durante la matanza, el orden compositivo de Velázquez.

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El rito de la matanza. Lucena, Córdoba, 2002

Lola Garrido detectaba la influencia de la pintura de bodegones de Zurbarán; como estos, «son sobrios y senequistas, no hay en ellos ni ironía ni regodeos estéticos, sino una especie de minimalismo andaluz de casas esenciales, cubos habitables perfectamente integrados en el paisaje, blancos luminosos y negros vestidos».

María Aya, en la esclarecedora presentación del volumen panorámico que le dedicó Photobolsillo, lo definía como un cazador tranquilo y también un maestro de la edición fotográfica, capaz de hilar un relato tan personal como elocuente con las imágenes seleccionadas con rigor.

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José Manuel Lara González cazando liebres en la Isla Menor. Serie Marismas del Guadalquivir, 1991-1996.

En Marismas del Guadalquivir el espacio físico aparece definido en el fotograma por líneas que dibujan un paisaje abstracto, o la sequedad de la tierra quebrada, o la uniforme superficie del agua que se rompe aquí y allá con redes o pequeñas estructuras; el conjunto transmite tanto la dureza y la parquedad del paisaje como su hipnótico atractivo. Aya consigue transmitir así la fuerza latente del paisaje andaluz y la dureza del trabajo realizado por sus habitantes. En sus retratos, bien se aproxime a la figura humana o aparezca ésta acompañada de sus instrumentos de trabajo o de animales, capta el esfuerzo físico, la rutina, la sabiduría de los oficios ancestrales. Cabría recordar que, en las décadas en que realizaba estos reportajes, muchos oficios artesanales, y en general el trabajo manual y el vinculado con la naturaleza, incluidas las labores del campo, se consideraban en vías de extinción. Aya fotografía zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono.

El resultado es la mirada del hombre que conoce a fondo el terreno y dota a las imágenes de una tonalidad poética que se vuelven elegía del lugar y del momento.

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María Aya cuida del archivo de su padre

Talleres de reportaje con Walter Astrada, en Barcelona


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Walter Astrada, fotorreportero argentino afincado en Barcelona, regresa de su periplo motero para dar dos talleres: Metodología de Reportajes (1 día, 12 de noviembre, 7,30 horas de taller) y Contar historias con imágenes, teórico-práctico de cinco días (del 7 al 11 de noviembre de 2016). Los dos tienen lugar en el Centro Cívico Pati-Llimona, en el Barrio Gótico. Me gustaría mucho asistir al del día 12.

Para información detallada sobre los talleres, visitad la página de Walter Astrada, donde podréis conocer su trayectoria y trabajos, uno de los reporteros de mayor calidad del momento.
Sus temas comprenden, entre otros, la violencia contra las mujeres en diferentes países: feminicidios en Guatemala, la violencia sexual en Congo, el problema de las niñas no deseadas en India y el maltrato en Noruega. Entre sus proyectos a largo plazo está el seguimiento de varios enfermos de esclerosis múltiple en diferentes países.

Como fotoperiodista de actualidad, nos ha dejado grabadas en la retina sus imágenes de Kenia, Madagascar, Haití y Uganda. La temática es recurrente: el sufrimiento de las poblaciones de países subdesarrollados y la dependencia de la ayuda occidental, la imposibilidad de establecer gobiernos de desarrollo a causa de los intereses extranjeros. Asuntos cuya solución depende no de las imágenes sino de la interpretación que puedan hacer de ellas los lectores cada vez mejor informados.

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Violencia postelectoral en Kenia, 2007

Walter Astrada bebe del fotoperiodismo que estableció el prestigio de la profesión. Parece clave la influencia de Nachtwey.

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Hambruna en Uganda – el negocio de la ayuda

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** Para contribuir al viaje-reportaje: Colabora comprando imágenes.

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La inestable posición ante la sociedad del fotorreportero


En estos días se cumple el tercer aniversario de la muerte del fotorreportero PACO ELVIRA. Sirva este artículo para recordarlo a él y las dificultades con las que han tropezado en el ejercicio de su profesión los profesionales de la imagen de riesgo. Se fue una persona capaz de poner de acuerdo a personas de las tendencias más diferentes.

Paco Elvira Palafrugell
Foto de Joseba Zabalza: Paco como nos gusta recordarlo, entre fotos y con la cámara en la mano

ABOUT PASSION

Imagen del fotorreportero David Douglas Duncan, un pionero en el fotorreportaje. Soldados en la guerra de Corea.

Al hilo del debate que plantea el reportero Paco Elvira en su blog, pienso en la diferencia entre los contenidos de la conferencia de la que vengo, y que no he atendido hasta el final, en el Caixaforum Barcelona con el guionista, R. Price, de “grandes” series de televisión — la famosa The Wire, de la que no he visto ni un solo capítulo–, y la fuerza de ese otro debate en el que intervienen todos los días los reporteros que deben trabajar con temas difíciles, donde el desgarro real debe ofrecerse con una precisión moral exacta.

¿Qué fotos tiene derecho a tomar el reportero? El fotógrafo demuestra con sus decisiones –las fotos que toma y las que deja de tomar pudiendo tomarlas– qué clase de informador es. Pero cada vez me parece que quien…

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La maleta mexicana, de Trisha Ziff, memoria fotográfica de la guerra civil española, en El Rinconete


El Rinconete del Instituto Cervante virtual

El hallazgo en 2007 de la maleta que contenía las cajas con los más de cuatro mil negativos que tres míticos y mitificados fotógrafos extranjeros (Robert Capa, Gerda Taro y David Szymin Seymour, Chim) tomaron durante la guerra civil española causó un fuerte impacto por el valor histórico de un testimonio gráfico que se daba por perdido. Los fotogramas recogen escenas inéditas de los combates, retratos de figuras célebres como la Pasionaria, el general Líster, etc., además de documentar el paso de los exiliados republicanos por el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer (Francia). El gran público internacional ha conocido ya las fotografías en exposiciones y en libros publicados en diferentes idiomas.

La película (2011) de Trisha Ziff reconstruye el itinerario y localización de la maleta, la personalidad de los carismáticos fotógrafos, incluida la muerte de Taro en un desgraciado accidente en Brunete en 1937, y el destino de algunos de los exiliados españoles en México, cuya llegada al puerto de Veracruz en 1939 es uno de los reportajes más interesantes realizados por Chim Seymour. Como se sabe, el presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) facilitó la acogida de los republicanos españoles y México se convirtió en refugio y hogar para alrededor de treinta mil exiliados, entre ellos un nutrido número de intelectuales, científicos, escritores y, naturalmente, políticos.

Estructurada en forma de entrevistas a expertos en fotografía o en la guerra civil española y a personas ligadas con los acontecimientos —el cineasta Ben Tarver, que encontró la maleta; la nieta de Francisco Aguilar González, embajador de México en Francia, quien la guardó en un rincón de su casa durante décadas—, el documental tiene el acierto de ir más allá de la elegía y del homenaje a los tres jóvenes pioneros de la fotografía bélica para mostrar la pervivencia de la herida dejada por el exilio y la derrota.

Al margen de la aventura de la maleta y de su contenido, el documental evoca el problema de la gestión de la memoria histórica y el archivo, que en España continúa pendiente como resultado del llamado «pacto por el olvido» impuesto desde la restauración de la democracia parlamentaria a la muerte del general Franco. Dentro de esta línea de reflexión se explican las imágenes con que abre la película: la exhumación de los restos de los civiles desaparecidos durante la guerra que yacen sin identificar en cunetas y terrenos próximos a las zonas de combate, donde fueron ajusticiados por los insurrectos. Afirman los estudios sobre memoria histórica que en estas circunstancias el «documento» es ese resto humano, que sirve para enriquecer el relato de la guerra. Los nietos de los desaparecidos son, en los últimos años, quienes en buena medida han asumido la tarea de encontrar a sus parientes, acuciados, afirman, tanto por la necesidad de completar un vacío dentro de la historia familiar como por equilibrar los pesos en el relato de la contienda española.

Entre los testimonios que hablan a la cámara de Ziff destaca, en mi opinión, el del fotógrafo Pedro Meyer por apartarse de la lectura emotiva y entusiasmada del resto de testimonios. Al descubrimiento, limpieza, escaneado, edición, selección y positivado de los negativos han seguido las exposiciones en la sede del Centro Internacional de Fotografía de Nueva York y posteriormente en los principales museos para un público internacional según un criterio determinado en Estados Unidos. Meyer discute que sea el CIF, o la sede de Magnum o de cualquier agencia que represente a un fotógrafo emblemático ya fallecido, el depósito de un material de relevancia histórica en otro país. Argumenta que «en los centros de poder en Nueva York, París, Londres, creen que en el resto del mundo no ocurre nada importante […] Tal es así que saquean al resto del mundo para llenar sus museos. No piensan dejar las cosas en sus sitios para compartir, sino que saquean». Reivindica entonces el depósito en México de copias del hallazgo, pues en definitiva la historia de la maleta y su contenido forman parte indisoluble del vínculo del país americano con la guerra civil española y su posguerra.

Al margen de controversias, tanto el documento de los negativos de Capa, Taro y Seymour, como la tarea aún inacabada de localizar a los desaparecidos y esclarecer las circunstancias de sus ejecuciones confirman que la narración de la guerra civil española no ha concluido.