Archivo de la categoría: fotógrafos españoles

Exposición curiosa y recomendable: Oleguer Junyent, viajero y fotógrafo


Una de las exposiciones que me han gustado esta temporada en Barcelona: una muestra de las imágenes tomadas por el viajero Oleguer Junyent en su periplo por el mundo a principios del siglo pasado. Se puede ver en el Archivo Fotográfico -a pocos pasos del Parque de la Ciudadela y de un nuevo punto de encuentro para los amantes de la fotografía, la sede de Colectania.

El interés de la expo para mí no está solo en la curiosidad que suscitan las fotografías tomadas por un artista burgués en un viaje de lujo sino en el concepto de exotismo vigente en la época, que los franceses difundieron a través de su literatura, en los formatos -cámara estereoscópica, explica el texto de presentación del Archivo–, en la composición más o menos pictórica de sus imágenes. Arrancan en esa época las que llegarán a ser pasiones modernas, desde los viajes culturales, hasta la documentación etnográfica y de los aspectos anecdóticos del itinerario, costumbres y curiosidades.

Según el texto informativo de la exposición, cuando Junyent dio a conocer sus fotografías, acuarelas, recuerdos, desató una pequeña fiebre viajera en su círculo social; el viaje por conocer otros mundos, otros pueblos y culturas, por ampliar perspectivas y la mirada, por hacerse hombres de mundo.

Personalmente, me atraen especialmente las rutas que llevan a África mucho más que las que llevan a Oriente o la India, abrumadores éstos por la acumulación de historia y, en el caso de India, tanta cultura y tantos siglos para tanta miseria sin solución.

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Ejemplo de cámara estereoscópica, esta es de 1915, posterior al viaje de Junyent.
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y una Mackenstein de 1910, “La France”. Para fotos de 70 x 130 mm. Con dos lentes de 65 mm Max Balbaeck Paris y disparador del tipo guillotina.

Egipto Sakkara Oleguer Junyent

José Antonio Carrera, la intimidad de lo extraño, en El Rinconete


María José Furió – El Rinconete

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En España no faltan los fotógrafos que cultivan una forma de reportaje de elevada calidad artística. Los pasados años de bonanza económica permitieron a varios de ellos no solo profesionalizarse —gracias a los encargos remunerados de parte de publicaciones o de organismos públicos y privados, a las becas nacionales e internacionales—, sino también desarrollar proyectos a medio y largo plazo sobre temáticas de un interés que rebasa la actualidad inmediata. Muestran una notable influencia de la cultura literaria, pictórica y fotográfica.

José Antonio Carrera responde a este tipo de fotógrafo. Nacido en Madrid, en 1957, se formó como realizador en Nueva York, profesión que ha desempeñado posteriormente para televisiones españolas. Documentales de contenido etnográfico y programas culturales como La Mandrágora llevan su firma. Fascinado por la obra de Álvaro Mutis, dedicó un reportaje a ilustrar su título más famoso: Maqroll el Gaviero.

La ciudad de Nueva York parece haber quedado como polo de atracción: a ella dedicó en los años noventa uno de sus reportajes en blanco y negro más sobresalientes: DreamStreet. En él presta especial atención a figuras masculinas de raza negra en diferentes ocupaciones, desde el portero uniformado de un edificio de lujo al fotógrafo de calle, el músico que toca en el metro o el joven ejecutivo trajeado que atraviesa una calle nevada.

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Esta serie parece no enfrentarse sino coexistir como en un universo paralelo a los reportajes tomados en África —Kenia, Etiopía, Mali, Mauritania, Níger…—, donde retrata a hombres y mujeres de todas las edades, tanto en primeros planos como enmarcados por un paisaje de montañas, lagos o desiertos, que evocan algo más que la integración armónica del individuo en un entorno natural, primitivo. Los retratos de niños con sus tablillas de la escuela coránica, o el más conmovedor del pequeño de apenas tres años que sentado cerca de las chozas de su poblado etíope se concentra en la lectura que sostiene sobre sus rodillas, no tienen la sobrecarga política e ideológica a la que nos han acostumbrado los reportajes que la prensa lleva publicando desde 2001. Lo mismo que los reportajes tomados en Colombia —los buscadores de oro, los cargadores de madera en Buenaventura, o la tribu yanomani—, componen una reflexión sobre las razas, sobre los modos de vida de los pueblos en peligro de extinción.

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José Antonio Carrera

Si el idilio del espectador con el paisaje africano o con las tribus aisladas en América se ha roto, quizá definitivamente, por la demanda de las publicaciones de gran tirada de reportajes sobre conflictos violentos, los retratos de José Antonio Carrera resisten como un acercamiento a la intimidad de lo extraño al mundo europeo. La composición con, en ocasiones, cierto eco a lo Paul Gauguin —paraísos perdidos donde el alma se encuentra con cierta pureza—, que pudiera entenderse como un mensaje edulcorado, esteticista, de entornos muy precarios, está siempre equilibrada con la fuerza de las miradas de los individuos retratados, con un gesto resuelto o una expresión de curiosidad que deja asomar la individualidad de cada uno, la identidad que quiebra el arquetipo.

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Serie El Gaviero

Crear una atmósfera: Charla con Fernando Moleres


Casanova es una empresa de fotografía de Barcelona, una de las pocas que ha sobrevivido a la gran crisis económica y de la fotografía analógica. Periódicamente imparte cursos o charlas tanto para dar a conocer nuevo material como proyectos relacionados con la fotografía. Entre las charlas de contenido técnico prefiero destacar aquí esta de Fernando Moleres que habla de cómo construye un reportaje con marca de autor. La “marca” es aquí la atmósfera que define buen número de sus mejores reportajes.

El video necesitaría una edición para abreviar algunos momentos muertos, de búsqueda de fotos, y las siempre impredecibles circunstancias que acompañan a una charla en vivo.

Moleres ha conseguido mantenerse navegando entre temas de contenido social dramático y otros más festivos. Para quienes no conozcáis su obra, este video es una entrada y para quienes estéis al tanto de su trayectoria, seguramente os interesarán las reflexiones en torno a la doble construcción del reportaje: las que el fotógrafo elige y descarta y, de estas últimas, las que el editor decidirá incluir buscando completar la historia con imágenes más explicativas.

Atín Aya, más que marismas, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© El Rinconete & MJ Furió /Liu

Atín Aya Abaurre (1955-2007) era conocido por los amantes de la fotografía como fotógrafo documental desde los años noventa por sus series de las Marismas del Guadalquivir (1991-1996), la dedicada a la plaza de toros de Sevilla, la Real Maestranza, o por Sevillanos (2001); pero su obra y su nombre rebasó las fronteras de la profesión cuando el director de La isla mínima (2014), Alberto Rodríguez, señaló que fue una exposición dedicada al fotógrafo sevillano la fuente de inspiración de esta intensa intriga policiaca que entiende el paisaje como un personaje vivo.

A casi diez años de la temprana muerte de Atín Aya, vale la pena recordar sus reportajes de un estilo clásico en un blanco y negro que reelabora muy personalmente las influencias del documentalismo social norteamericano de los años de la Depresión representado por Walker Adams, Dorothea Lange, Robert Frank, el neorrealismo italiano y español de los cincuenta y sesenta, los retratos de August Sander y el Richard Avedon de In the American West (1979-1984).

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Aya por Pedro Albornoz

Documentalismo fotográfico es el género que desde los años treinta registró cómo repercutían las circunstancias económico-políticas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras y subalternas. También llamada «fotografía humanista», en España creó una escuela que ha dado grandes nombres. Profesionalmente, Aya fue reportero gráfico en prensa y para varios organismos culturales, aunque fue su producción personal —que abarca especialmente las dos últimas décadas del xx— la que atrajo la atención proporcionándole, entre otros encargos, el que culminaría en Imágenes de la Real Maestranza. Trabajó exclusivamente en blanco y negro y con técnica analógica. A los curiosos de la técnica les apetecerá saber que usaba una cámara Leica para el formato de 35 mm y las Mamiya y Linhof para el medio formato (6 x 7 mm y 9 x 12 mm).

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De la serie dedicada a La Maestranza de Sevilla

Tuvo una trayectoria breve, intensa y, por fortuna, pronto reconocida. Obtuvo la beca Fotopress de La Caixa para culminar el proyecto de las Marismas del Guadalquivir cuyo resultado Francisco Correal calificaba de «antropológico» retrato de «unas Hurdes andaluzas».

Al presentar Paisanos en 2010, Pablo Martínez Cosinou definía a Aya «tanto por los aspectos formales, la temática abordada y la poética desarrollada» como «una suerte de epígono del género documental entendido según los parámetros clásicos del género». Por su parte, la hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida o en trance de cambiar. Sus imágenes tienen encanto, sus personajes, una dignidad natural, y con su mirada demorada en el tiempo logra estampas de clara evocación pictórica; así las de las jóvenes sevillanas con mantilla en la plaza, que recuerdan la pintura del valenciano Sorolla, o las de la familia durante la matanza, el orden compositivo de Velázquez.

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El rito de la matanza. Lucena, Córdoba, 2002

Lola Garrido detectaba la influencia de la pintura de bodegones de Zurbarán; como estos, «son sobrios y senequistas, no hay en ellos ni ironía ni regodeos estéticos, sino una especie de minimalismo andaluz de casas esenciales, cubos habitables perfectamente integrados en el paisaje, blancos luminosos y negros vestidos».

María Aya, en la esclarecedora presentación del volumen panorámico que le dedicó Photobolsillo, lo definía como un cazador tranquilo y también un maestro de la edición fotográfica, capaz de hilar un relato tan personal como elocuente con las imágenes seleccionadas con rigor.

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José Manuel Lara González cazando liebres en la Isla Menor. Serie Marismas del Guadalquivir, 1991-1996.

En Marismas del Guadalquivir el espacio físico aparece definido en el fotograma por líneas que dibujan un paisaje abstracto, o la sequedad de la tierra quebrada, o la uniforme superficie del agua que se rompe aquí y allá con redes o pequeñas estructuras; el conjunto transmite tanto la dureza y la parquedad del paisaje como su hipnótico atractivo. Aya consigue transmitir así la fuerza latente del paisaje andaluz y la dureza del trabajo realizado por sus habitantes. En sus retratos, bien se aproxime a la figura humana o aparezca ésta acompañada de sus instrumentos de trabajo o de animales, capta el esfuerzo físico, la rutina, la sabiduría de los oficios ancestrales. Cabría recordar que, en las décadas en que realizaba estos reportajes, muchos oficios artesanales, y en general el trabajo manual y el vinculado con la naturaleza, incluidas las labores del campo, se consideraban en vías de extinción. Aya fotografía zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono.

El resultado es la mirada del hombre que conoce a fondo el terreno y dota a las imágenes de una tonalidad poética que se vuelven elegía del lugar y del momento.

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María Aya cuida del archivo de su padre

Ferran Freixa, la materia y el tiempo, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© fotos: Ferran Freixa

La primera fotografía que vi de Ferran Freixa (Barcelona, 1950) era la de un perfil de mujer abocetado en la arena por las olas al morir en la playa. Una imagen poética en blanco y negro evocadora de una presencia latente que se forma y se deshace en segundos. Podría creerse que Freixa es un fotógrafo del «momento decisivo» a lo Cartier Bresson, pero el conjunto de su obra, fruto de ya cuatro décadas en activo, desmiente esta suposición.

Fotógrafo autodidacta, en su hacer se percibe su formación en diseño y pintura artística: el gusto por la composición nítida, el protagonismo de los objetos y las formas, el subrayado de atmósferas, texturas y volúmenes. Profesionalmente, es un reconocido fotógrafo especializado en interiorismo y arquitectura; su obra personal establece una simetría con el quehacer profesional, pues sus temas versan sobre lo que ha resistido a la usura del tiempo y a las modas.

Ferran Freixa pertenece a esa generación excepcional de fotógrafos españoles, surgida en los años setenta, que modernizó el panorama artístico y documental español al abrirse a corrientes interna-cionales en una época especialmente dinámica también en cuestión de avances técnicos, con mejores cámaras, variedad de películas y posibilidad de exponer y publicar en el extranjero. Esta generación, que ha cultivado estilos muy diferentes, es única porque ha desarrollado la porción más significativa de su obra con la técnica analógica —película, laboratorio, soporte papel, exposición en galería, obra impresa en catálogos o libros, oficio, técnica, forja de memoria— y se ha incorporado a la tecnología digital tanto por razones de supervivencia profesional como por curiosidad cultural. Para su obra propia, Ferran Freixa se mantiene fiel a la técnica analógica con cámara de medio formato, pues su filosofía artística se corresponde con los valores propios de ésta: control del tiempo, dominio de la luz, trabajo a largo plazo, calidad del detalle.

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La obra de Freixa, objeto de exposiciones personales en España y en el extranjero y de una amplia retrospectiva en 2013 (Tecla Sala, Hospitalet), se divide en series temáticas. El concepto unificador es la huella del pasado en la materia: los residuos, las ruinas, los rastros de otras épocas históricas que ocupan espacios apenas percibidos por el apresurado hombre de ciudad, que quizá los desdeña como reliquias obsoletas que se oponen al progreso. Sería esa una interpretación torpe, pues en sus primeras series (1979), las de escaparates, vitrinas e interiores de comercios con solera —guantes, sombreros, maniquíes— o de hoteles elegantes de principios del xx con sus salones, cuartos de baño con paredes de mármol, mesas dispuestas para la comida o para un breve encuentro, la mirada del fotógrafo rescata y subraya nuestra necesidad de una ceremonia, de un ritual, de un escenario como marco para el encuentro: intuimos las acciones de antes y después de esos bodegones. Hay una poesía en el detalle y belleza en un rastro de luz que realza la textura de la materia.
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Los objetos desde la mirada de Ferran Freixa hablan menos de una jerarquía de clases que del trabajo bien hecho —el oficio—, de la ceremonia y el ritual —la civilización—, del tiempo para el encuentro. Estas series primeras tienen un carácter biográfico antes que nostálgico: el artista reconoce escenarios familiares, los de una Barcelona a caballo entre el oficio artesano y la producción industrial en serie. Los objetos parecen tener vida propia antes de prestarse al uso que les dará el hombre. La autonomía del objeto, la bella combinación de texturas —telas, azulejos, mármoles— delata la mirada del diseñador, del pintor.

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Portugal

Cada espectador decidirá qué series prefiere: las canteras de mármol de Macael; las colonias textiles y los balnearios, que conforman su trabajo más reciente, o la serie de faros, el emblemático bar Marsella en el barrio del Raval, las ruinas de Belchite enfrentadas a esa otra ruina instantánea que fue el Gran Teatro del Liceo de Barcelona tras el incendio de 1994, con las magníficas composiciones surrealistas creadas por el fuego: dalinianos teléfonos derretidos, instrumentos hechos ceniza, chicas de calendario ignífugas y el esqueleto del edificio abierto al cielo.

Mis series favoritas son las dedicadas a paisajes del sur: Sicilia, Cabo de Gata (1999), Marruecos (1987), Portugal o Menorca… En una obra donde la figura humana es una excepción, cuando aparece suele estar integrada en el paisaje: no será un retrato frontal sino un gesto, un escorzo, un movimiento a lo Bernard Plossu, fotógrafo al que Freixa admira. Vemos al hombre o a la mujer indeterminados, los enmarca un paisaje o el entorno arquitectónico con carácter que define el lugar y a sus habitantes. Así sucede en la hermosa serie de Marrakech (1987): el volumen de las telas que cubren el cuerpo —chilabas, capuchas, manta que envuelve al niño que una mujer carga en la espalda— repite los volúmenes abstractos de los manteles de los restaurantes, de las fundas que cubren los palcos y la platea del Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Los paisajes de Cabo de Gata no están compuestos solo según los elementos esenciales que permiten identificar al instante el lugar sino que nos muestran el diseño de la naturaleza en la planta del agave irguiéndose hacia el cielo, la armonía de las formas curvas de unos soportales procurando sombras en el desierto, o frente al mar (L’Alguer, Cerdeña).

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Roma

La arquitectura es, en su forma de ruina devorada por la naturaleza, la transposición, el símbolo de los cuerpos transformadas, deshechos por el tiempo. Ferran Freixa detiene su mirada en las arquitecturas creadas por el hombre cuando están siendo recuperadas por la naturaleza.

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serie de Colonias textiles en Cataluña

El Rinconete del Instituto Cervantes

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La inestable posición ante la sociedad del fotorreportero


En estos días se cumple el tercer aniversario de la muerte del fotorreportero PACO ELVIRA. Sirva este artículo para recordarlo a él y las dificultades con las que han tropezado en el ejercicio de su profesión los profesionales de la imagen de riesgo. Se fue una persona capaz de poner de acuerdo a personas de las tendencias más diferentes.

Paco Elvira Palafrugell
Foto de Joseba Zabalza: Paco como nos gusta recordarlo, entre fotos y con la cámara en la mano

ABOUT PASSION

Imagen del fotorreportero David Douglas Duncan, un pionero en el fotorreportaje. Soldados en la guerra de Corea.

Al hilo del debate que plantea el reportero Paco Elvira en su blog, pienso en la diferencia entre los contenidos de la conferencia de la que vengo, y que no he atendido hasta el final, en el Caixaforum Barcelona con el guionista, R. Price, de “grandes” series de televisión — la famosa The Wire, de la que no he visto ni un solo capítulo–, y la fuerza de ese otro debate en el que intervienen todos los días los reporteros que deben trabajar con temas difíciles, donde el desgarro real debe ofrecerse con una precisión moral exacta.

¿Qué fotos tiene derecho a tomar el reportero? El fotógrafo demuestra con sus decisiones –las fotos que toma y las que deja de tomar pudiendo tomarlas– qué clase de informador es. Pero cada vez me parece que quien…

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Entrevista a Cristina García Rodero


Quizá porque hoy se celebra la fiesta de Sant Medir en Gracia, me ha apetecido recordar a Cristina García Rodero, de la que hace demasiado tiempo que no tengo noticia de exposiciones nuevas suyas o de libros publicados.

El vídeo es apenas un aperitivo de presentación, que puede tomarse como punto de lanzamiento para buscar otros trabajos suyos. Interesante lo que cuenta de su paso a la técnica digital siendo como es una fotógrafa de sales de plata de toda la vida.

Y, aquí, faltaría más, enlace a su página en la AGENCIA MAGNUM.

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500th Anniversary of Baracoa, the first village in Cuba.

No me llames fotógrafo de guerra. Documental


De nuevo un documental sobre fotorreporteros. Muy interesante, con declaraciones de los fotorreporteros más conocidos de España, empezando por Samu Aranda, flamante ganador del World Press foto de 2012 cuando se rodó este documento. La realización corre a cargo de dos mujeres, un paso más en favor de la igualdad. Respeto mucho más a los fotorreporteros que he tenido la ocasión de conocer que al 99% de los escritores. La ética profesional y la lealtad personal son los principios a los que concedo más valor y que es prácticamente imposible encontrar entre los escritores españoles actuales, todo lo contrario de lo que ocurre entre estos profesionales, según he podido comprobar por mí misma.