Archivo de la categoría: fotógrafos españoles

El cambio climático desde Islandia, fotografía de Fernando Moleres


Me ha llegado vía Facebook la noticia de la exposición de Fernando Moleres en Hospitalet, en la sala del mercat de La Florida.  El título en inglés, Melting Landscapes, es muy elocuente, el paisaje se hace agua, el desequilibrio climático ya está aquí.  En los vídeos que hoy subo, con patrocinio y promoción de la casa Fuji, tenemos un adelanto muy sintético del desastre. Las imágenes son a la vez hermosas y desazonantes. La parte cinematográfica la firma Pepe Molina.

Espero acercarme pronto a visitarla, en cuanto luzca el sol tres horas seguidas.
A ver si la temporada de exposiciones fotográfica se anima esta primavera.

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Expo dedicada a Toni Bernad, fotógrafo de moda, en el Palau Robert


Toni Bernad expo Palau Robert
Bernad delante de algunas de sus fotos

El Palau Robert, sito en Paseo de Gracia, dedica una exposición antológica a uno de los más prestigiosos fotógrafos de moda catalanes, Antoni Bernad. Nacido en 1944, su eclosión como fotógrafo corresponde a los años de la Transición española, cuando el país se abrió a las tendencias más punteras y descollaron profesionales de todas las áreas, en parte gracias a las subvenciones procedentes de la Unión Europea. Merece la pena llegar al final de la exposición y escuchar la entrevista de este artista afable, con sus declaraciones y comentarios sobre los más relevantes aspectos de su obra, desde sus inicios vocacionales, su estancia en París, las diversas influencias, ese factor siempre básico que es la relación con las modelos y su querencia por la imagen analógica –a mí no me extraña: sus mejores imágenes me parecen las tomadas en los años 80 y principios de los 90, antes de la crisis del 93, que enseñó por las bravas que las circunstancias profesionales podían llegar a ponerse muy duras para los artistas que van por libre–; habla asimismo de su relación, no siempre fácil, con algunas de las personalidades del mundo político e intelectual español o, sobre todo, catalán. Bernad ha legado su archivo fotográfico al Arxiu Fotogràfic de Barcelona, que realiza una labor realmente digna de elogio. Tuve la suerte de visitarlo por dentro este año, laboratorios incluidos, y es una maravilla que Barcelona disponga de una institución tan moderna y profesional.

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Laura Ponte mimetizada de Coco Chanel, pero en guapa. (Imágenes de la exposición publicadas online)

La fotografía de Bernad se caracteriza por la elegancia, quizá también por los homenajes a los clásicos de la fotografía de moda que publicaron en las mejores revistas del momento, desde Helmut Newton, Avedon, Lindbergh, Ritts, Scianna, sin ocultar tampoco su inspiración cinéfila y mitómana (como se ve en las fotos que hace con la modelo Laura Ponte, quien mostró ante Bernad su potencial camaleónico, sueño de todo fotógrafo de cuerpos). No sabría decir si sus imágenes de moda realmente me entusiasman, por cierta tendencia a fotografiar a gente muy bon chic bon genre, a suavizar rasgos de la puesta en escena; en cambio, sí me han gustado algunos retratos más espontáneos, que escapan del look moda, y tienen un no sé qué de alma propia, como si el fotógrafo hubiese conseguido ser sobre todo un ojo más que una cámara.

el músico Xavier Cugat. El recorte del retrato centra la zona de la cara con la expresión risueña y pícara característica del artista.

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foto de moda, pareja besándose bajo la lluvia.
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En la exposición hay varios retratos del diseñador de calzado de lujo Manolo Blahnik, desde su juventud hasta el presente. Esta es de 1998.

 

 

“El legado de Joana Biarnés, fotoperiodista”, en El Rinconete


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Joana Biarnés

El fotoperiodista Cristóbal Castro estaba buscando fotos de la riada de Tarrasa —de donde él es originario— para conmemorar el 50.º aniversario de la catástrofe que afectó a la comarca del Vallés, cuando vio por vez primera las fotografías de Joana Biarnés (Tarrasa, 1935). Era un reportaje en blanco y negro, realizado con la cámara Leica del padre, también fotógrafo, que recogía con intensa empatía y precisión el alcance del diluvio sobre bienes y vidas. Al poco, Castro tuvo acceso al resto del archivo de la fotoperiodista, pionera en la España de las postrimerías del franquismo. Como relatan Castro y la propia fotógrafa en el excelente documental Joana Biarnés. Una entre todos, Biarnés, que llevaba treinta años retirada de la fotografía, no era consciente del valor de su trabajo. Castro comprendió el alcance de ese desconocimiento cuando un día ella lo recibió en su casa anunciándole alegre que estaba destruyendo copias «viejas» —es decir, copias originales, copias de época, esos vintages tan valorados por museos, galerías y coleccionistas— en una flamante trituradora. En ese punto —«¡No creí nunca en mi trabajo!», declara Biarnés— arranca la historia de la recuperación de una fotoperiodista carismática, de un archivo que recoge su buen hacer en varios géneros y la construcción de un diálogo intergeneracional muy fecundo.

Para su primera exposición, Castro seleccionó entre las treinta y cinco mil fotografías que pasaron bajo su lupa. El resultado ha merecido una calurosa acogida de profesionales y público, lo que ha propiciado, además, que Joana Biarnés recupere la ilusión de hacer fotos.

Estos rasgos definen la personalidad de Joana Biarnés, según sus colegas periodistas del vespertino Pueblo, de fotógrafos como Ramón Masats, Colita y Gervasio Sánchez, de sus íntimos, como Natalia Figueroa, la esposa del cantante Raphael, de quien llegó a ser fotógrafa personal: «simpatía y dignidad cautivadoras», arrojo —«se metía en todos los fregaos, era una lanzada»—, excelente presencia y humildad.

Joana Biarnés no entró en fotografía por vocación, sino por contentar a su padre, fotógrafo y laboratorista, quien la inició en su técnica. Con Ramón Masats, cliente del laboratorio de Joan Biarnés, compartió salidas fotográficas en las que refinó técnica y mirada. Las inundaciones del Vallés de 1962 fueron la temprana prueba de fuego de trabajar bajo presión. Y, cursada la primera edición de la Escuela Oficial de Periodismo, se convirtió en profesional. Aunque los azares afortunados puntúan su carrera, como el que en 1963 la llevó con su primer reportaje de moda al diario madrileño Pueblo, sus inicios no fueron fáciles; según cuenta esta pionera, cuando cubría los partidos de fútbol, espectadores y árbitros la recibían con improperios cavernícolas, que ella resistió respaldada por su carnet profesional y sus imágenes.

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Joana Biarnés y el bailarín ruso Nureyev

Pueblo, el diario más vendido de España, tenía a los mejores reporteros de la época, buen reflejo del incipiente aperturismo que iba de la mano del famoso desarrollismo económico y del boom turístico. Joana Biarnés encarna bien esa época estimulante, donde en materia de cultura moderna todo estaba por hacer, incluida una tradición fotográfica. Cultivó la foto de deportes, el reportaje, el retrato y la moda, atenta a las publicaciones extranjeras innovadoras. Una incipiente jet-set cañí, a imitación de la de países con una industria cinematográfica y de la canción modernas como Francia, Italia o Estados Unidos, alimentaba las páginas de vida social y espectáculos, y Biarnés en ocasiones utilizó artimañas picarescas como la que le permitió colarse en el avión que traía a los Beatles en su célebre primer viaje a España, en 1965. La exclusiva que realizó en la suite del hotel y que tuvo que regalar a la revista Ondas, porque la censura había impuesto que se publicitara solo la llegada de los cantantes, es hoy pieza de mitómanos y muestra de la pasión con que encaraba su trabajo para conseguir «la foto» que, según le enseñó su padre, debe regir un buen reportaje.

En sus declaraciones a cámara, Biarnés desgrana un anecdotario maravilloso con Dalí, Tom Jones, Orson Welles, Sammy Davis Jr., Nuréyev, Polanski, etc., de protagonistas, retratados durante sus estancias en España, a veces invitados por estrellas del entretenimiento español del momento: folclóricas, actrices, cantantes pop, bailarines de flamenco y toreros, desde Lola Flores y Carmen Sevilla, Raphael y Massiel, Serrat, hasta el bailarín Antonio y los toreros el Cordobés, Palomo Linares y Dominguín, que veían en la fotógrafa a una cómplice, una igual.

En sus imágenes destaca un sentido de la composición elegante, un instinto natural para comprender al personaje, para sacar esa luz que hacía de ellos figuras del momento, al captar un erotismo pícaro (Carmen Sevilla) o salvaje (Tom Jones). Pero fue un reportaje de índole social sobre los logros de la cirugía del corazón —tema maravilla de los setenta—, que fue despreciado para indicarle los nuevos derroteros de la prensa que derivarían en el sensacionalismo, los paparazzi y las noticias «construidas», el que selló su carrera profesional.

La recuperación de su obra y su difusión ha sido posible por la existencia de una nueva generación de fotógrafos que no solo tienen una cultura visual y una destreza técnica, sino una formación teórica que les permite historizar el relato de la fotografía española y asignar valor a un periodo de incipiente modernidad como el que representa Joana Biarnés.

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Roger Moore por Joana Biarnés
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Una entre todos, portada del documental que relata la peripecia profesional de Joana Biarnés

Fernando Moleres, fotorreportaje y compromiso, en El Rinconete


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Fernando Moleres (Bilbao, 1963), fotorreportero afincado en Barcelona con una extensa trayectoria, obtuvo un temprano y amplio reconocimiento, como atestigua el sinfín de premios, nacionales y extranjeros, que puntúa su carrera. En los años noventa reflejó en imágenes extraordinarias la actualidad global política y de crisis humanitaria: los guetos de la Sudáfrica aún en régimen de apartheid, la guerra de los Balcanes, el genocidio de Ruanda, el paso de la frontera de México a Estados Unidos, las maquilas de Ciudad Juárez, etc. Compagina los temas de denuncia con otros más ligeros, a menudo documentando actividades de grupo —la Tomatina, los baños termales en Japón, el Burnig Man de Nevada— o de actualidad —el deshielo del Ártico, la rehabilitación de adictos a Internet chinos—. Pero sin duda son los proyectos de carácter personal y largo aliento que le ocupan varios años los que mejor definen su filosofía, estilo visual y compromiso.

Enfermero de formación, Moleres se adentra con su cámara en mundos aglutinados en torno a un concepto. Así ocurre con la espiritualidad en el mundo contemporáneo y sus manifestaciones —oración, clausura, peregrinaciones—, que lo han llevado a introducirse en monasterios de todo el mundo para retratar a monjes y rituales de muy diversas creencias y prácticas religiosas: católica, ortodoxa, budista, hinduista, zen… periplo recogido en los libros Hombres de Dios y Vida monástica. Los rostros de los monjes, las imágenes de interior y la cotidianeidad ritualizada evocan a veces, por su composición, iluminación y atmósfera, la pintura del Barroco y, expresamente, los místicos de Zurbarán. La iluminación escasa ayuda a crear la atmósfera característica del arte de Moleres; sugiere también cualidades que atribuimos a la imagen pictórica: voluntad de perdurar frente a la inmediatez de las efímeras imágenes de actualidad.

Moleres - monje zurbaran estilo

Fernando Moleres reflexionaba acerca de su preferencia por el tema de la vida monástica: «la espiritualidad es consciencia, aquella que nos ayuda a conectarnos con nuestro fondo y que proporciona unión, pero que no va adherida a la religión».

El tema de la infancia y juventud desamparadas es, desde el inicio, parte vertebral de su obra, emparentada así con la de célebres precedentes como Lewis Hine y Sebastião Salgado. En Infancia robada (Children at work), sobre el trabajo infantil, imagen analógica en blanco y negro, muestra las condiciones de explotación de algunos de los millones de menores a los que se arrebata la niñez en cañaverales, fábricas de ladrillos, puertos, minas, curtidorías, en la prostitución callejera, etc., trabajo premiado con el World Press Photo de 1998. En el mismo grupo se incluiría el reportaje dedicado a la orquesta sinfónica egipcia Luz y Esperanza, integrada por jóvenes musulmanas ciegas o con déficit visual que, gracias a la música y a la formación que les brinda la institución Al Tour Wal Amal, han escapado de los límites impuestos por la pobreza y la minusvalía.

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Nagas – peregrinaciones

Denuncia y resiliencia recorren el trabajo del fotógrafo bilbaíno, evidente en otro reportaje mayor, con fuerte repercusión mediática internacional y repetidamente galardonado, sobre menores internos en la prisión de máxima seguridad de Freetown Pademba (Sierra Leona). Detonó el interés por el tema de violación de los derechos de los menores un reportaje de la francotunecina Lizzie Sadin, premiado en el Festival Visa pour l’Image de 2007. El ciclo Muchachos en la cárcel, Sierra Leona (Juvenile in prison, Sierra Leone), Esperando justicia (Waiting for justice) y Rompiendo el círculo (Breaking the circle) marca un antes y un después en el trabajo de Moleres. Tras muchas dificultades, en 2010 logra introducirse en la cárcel para documentar las condiciones y efectos de la reclusión de tres decenas de menores entre 1300 presos adultos. En Sierra Leona, uno de los países más pobres del mundo, con huellas visibles de la guerra civil que acabó en 2002, las instituciones de protección del menor y de derechos humanos no están coordinadas, en perjuicio de los reclusos. La tecnología digital permite a Moleres aprovechar las difíciles condiciones de iluminación en distintos periodos del año; el tratamiento del color, con sus elaborados tonos mates, evita estridencias y sensacionalismos en un tema que se presta a ello. El fotoperiodista aprovechó su formación de enfermero aportando cuidados de salud a los chicos, que sufrían afecciones de la piel y otras enfermedades por el hacinamiento, las condiciones insalubres o la falta de atención médica. Los chicos, muchos huérfanos, que viven en las calles, penan casi siempre por delitos menores y esperan largo tiempo el juicio. Sin recursos para pagar las multas que les evitarían la cárcel, ni familia de apoyo, la reclusión abre el círculo de fatalidad que impide salir de la miseria.

Minors in Prisons. Pademba Central Prison, Freetown , Sierra Leo
Waiting for Justice – Esperando el veredicto

moleres waiting justici portrait

Mientras las imágenes de los monjes no muestran un retrato, es decir, la identidad de sujetos concretos, sino cómo la devoción, la fe, la espiritualidad se encarna en rostros y cuerpos, las fotografías de los chicos encarcelados muestran, además del lugar y condiciones de reclusión, la gama de expresiones que cifra su experiencia: miedo, tristeza, frustración, abandono, enfermedad, violencia. El hacinamiento y la insalubridad no solo llagan los cuerpos, tienen un impacto también psicológico.

Algunos fotorreporteros, inquietos por el impacto efímero de su trabajo sobre las vidas de las víctimas, buscan medios alternativos de ayuda a corto y largo plazo.1 Así, Moleres y un pequeño grupo de personas sensibilizadas crearon la ONG Free Minor Africa: «aunque [el reportaje] fue mundialmente publicado, no logró cambiar nada para ellos… entonces yo me impliqué a la altura de mis posibilidades creando este pequeño proyecto», que brinda asesoramiento legal, pequeñas aportaciones económicas, formación desde la cárcel y, una vez libres, apoyo para hallar empleo y seguimiento. En Rompiendo el círculo (Breaking the circle) captura esta implicación y sus logros.

Las imágenes fruto del compromiso directo de Fernando Moleres, y de Lizzie Sadin entre otros, avalan las palabras del influyente maestro de fotoperiodistas James Nachtwey cuando afirmaba en Barcelona que, desafiando el pesimismo militante, la fotografía documental humanista ha contribuido y contribuye a mejorar las condiciones de vida de las víctimas de violación de los derechos humanos y, por eso, del mundo en que vivimos.

María José Furió & Instituto Cervantes
(1) Las fotos de Lizzie sobre menores encarcelados fueron utilizadas por Amnistía Internacional para lanzar una campaña de denuncia sobre el tema.

JUANTXU RODRÍGUEZ, Photobolsillo (a 25 años de su muerte)


ABOUT PASSION

Última serie de fotografías tomadas por Juanxtu Rodríguez en Panamá

 

Fotos: © Juantxu Rodríguez

«Miraba como un chiquillo a través de sus ojos de avellana, pero desafiante y atento para conservar su territorio, que tanto le había costado conquistar. Todo un seductor que actuaba brillantemente para analizar el flanco más inexpugnable de quien tenía delante, para intentar venderle una idea o proyecto fotográfico que después trataría de plasmar en algún libro. Por eso era admirado por algunos y denostado por algunos más. Aprendió a saltarse los márgenes que provocan la rutina y el miedo cuando se adentra en lo desconocido. De esta manera consiguió saltarse la valla del jardín donde Salvador Dalí yacía en su lecho y entubado, poco antes de morir»

Carlos de Andrés, amigo de Juantxu Rodríguez y compañero suyo en la agencia Cover, dispara prácticamente contra todos al evocar las circunstancias de su muerte, que como…

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Exposición curiosa y recomendable: Oleguer Junyent, viajero y fotógrafo


Una de las exposiciones que me han gustado esta temporada en Barcelona: una muestra de las imágenes tomadas por el viajero Oleguer Junyent en su periplo por el mundo a principios del siglo pasado. Se puede ver en el Archivo Fotográfico -a pocos pasos del Parque de la Ciudadela y de un nuevo punto de encuentro para los amantes de la fotografía, la sede de Colectania.

El interés de la expo para mí no está solo en la curiosidad que suscitan las fotografías tomadas por un artista burgués en un viaje de lujo sino en el concepto de exotismo vigente en la época, que los franceses difundieron a través de su literatura, en los formatos -cámara estereoscópica, explica el texto de presentación del Archivo–, en la composición más o menos pictórica de sus imágenes. Arrancan en esa época las que llegarán a ser pasiones modernas, desde los viajes culturales, hasta la documentación etnográfica y de los aspectos anecdóticos del itinerario, costumbres y curiosidades.

Según el texto informativo de la exposición, cuando Junyent dio a conocer sus fotografías, acuarelas, recuerdos, desató una pequeña fiebre viajera en su círculo social; el viaje por conocer otros mundos, otros pueblos y culturas, por ampliar perspectivas y la mirada, por hacerse hombres de mundo.

Personalmente, me atraen especialmente las rutas que llevan a África mucho más que las que llevan a Oriente o la India, abrumadores éstos por la acumulación de historia y, en el caso de India, tanta cultura y tantos siglos para tanta miseria sin solución.

camara estereoscopica
Ejemplo de cámara estereoscópica, esta es de 1915, posterior al viaje de Junyent.
camara estereoscopica 1910
y una Mackenstein de 1910, “La France”. Para fotos de 70 x 130 mm. Con dos lentes de 65 mm Max Balbaeck Paris y disparador del tipo guillotina.

Egipto Sakkara Oleguer Junyent

José Antonio Carrera, la intimidad de lo extraño, en El Rinconete


María José Furió – El Rinconete

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En España no faltan los fotógrafos que cultivan una forma de reportaje de elevada calidad artística. Los pasados años de bonanza económica permitieron a varios de ellos no solo profesionalizarse —gracias a los encargos remunerados de parte de publicaciones o de organismos públicos y privados, a las becas nacionales e internacionales—, sino también desarrollar proyectos a medio y largo plazo sobre temáticas de un interés que rebasa la actualidad inmediata. Muestran una notable influencia de la cultura literaria, pictórica y fotográfica.

José Antonio Carrera responde a este tipo de fotógrafo. Nacido en Madrid, en 1957, se formó como realizador en Nueva York, profesión que ha desempeñado posteriormente para televisiones españolas. Documentales de contenido etnográfico y programas culturales como La Mandrágora llevan su firma. Fascinado por la obra de Álvaro Mutis, dedicó un reportaje a ilustrar su título más famoso: Maqroll el Gaviero.

La ciudad de Nueva York parece haber quedado como polo de atracción: a ella dedicó en los años noventa uno de sus reportajes en blanco y negro más sobresalientes: DreamStreet. En él presta especial atención a figuras masculinas de raza negra en diferentes ocupaciones, desde el portero uniformado de un edificio de lujo al fotógrafo de calle, el músico que toca en el metro o el joven ejecutivo trajeado que atraviesa una calle nevada.

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Esta serie parece no enfrentarse sino coexistir como en un universo paralelo a los reportajes tomados en África —Kenia, Etiopía, Mali, Mauritania, Níger…—, donde retrata a hombres y mujeres de todas las edades, tanto en primeros planos como enmarcados por un paisaje de montañas, lagos o desiertos, que evocan algo más que la integración armónica del individuo en un entorno natural, primitivo. Los retratos de niños con sus tablillas de la escuela coránica, o el más conmovedor del pequeño de apenas tres años que sentado cerca de las chozas de su poblado etíope se concentra en la lectura que sostiene sobre sus rodillas, no tienen la sobrecarga política e ideológica a la que nos han acostumbrado los reportajes que la prensa lleva publicando desde 2001. Lo mismo que los reportajes tomados en Colombia —los buscadores de oro, los cargadores de madera en Buenaventura, o la tribu yanomani—, componen una reflexión sobre las razas, sobre los modos de vida de los pueblos en peligro de extinción.

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José Antonio Carrera

Si el idilio del espectador con el paisaje africano o con las tribus aisladas en América se ha roto, quizá definitivamente, por la demanda de las publicaciones de gran tirada de reportajes sobre conflictos violentos, los retratos de José Antonio Carrera resisten como un acercamiento a la intimidad de lo extraño al mundo europeo. La composición con, en ocasiones, cierto eco a lo Paul Gauguin —paraísos perdidos donde el alma se encuentra con cierta pureza—, que pudiera entenderse como un mensaje edulcorado, esteticista, de entornos muy precarios, está siempre equilibrada con la fuerza de las miradas de los individuos retratados, con un gesto resuelto o una expresión de curiosidad que deja asomar la individualidad de cada uno, la identidad que quiebra el arquetipo.

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Serie El Gaviero

Crear una atmósfera: Charla con Fernando Moleres


Casanova es una empresa de fotografía de Barcelona, una de las pocas que ha sobrevivido a la gran crisis económica y de la fotografía analógica. Periódicamente imparte cursos o charlas tanto para dar a conocer nuevo material como proyectos relacionados con la fotografía. Entre las charlas de contenido técnico prefiero destacar aquí esta de Fernando Moleres que habla de cómo construye un reportaje con marca de autor. La “marca” es aquí la atmósfera que define buen número de sus mejores reportajes.

El video necesitaría una edición para abreviar algunos momentos muertos, de búsqueda de fotos, y las siempre impredecibles circunstancias que acompañan a una charla en vivo.

Moleres ha conseguido mantenerse navegando entre temas de contenido social dramático y otros más festivos. Para quienes no conozcáis su obra, este video es una entrada y para quienes estéis al tanto de su trayectoria, seguramente os interesarán las reflexiones en torno a la doble construcción del reportaje: las que el fotógrafo elige y descarta y, de estas últimas, las que el editor decidirá incluir buscando completar la historia con imágenes más explicativas.

Atín Aya, más que marismas, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© El Rinconete & MJ Furió /Liu

Atín Aya Abaurre (1955-2007) era conocido por los amantes de la fotografía como fotógrafo documental desde los años noventa por sus series de las Marismas del Guadalquivir (1991-1996), la dedicada a la plaza de toros de Sevilla, la Real Maestranza, o por Sevillanos (2001); pero su obra y su nombre rebasó las fronteras de la profesión cuando el director de La isla mínima (2014), Alberto Rodríguez, señaló que fue una exposición dedicada al fotógrafo sevillano la fuente de inspiración de esta intensa intriga policiaca que entiende el paisaje como un personaje vivo.

A casi diez años de la temprana muerte de Atín Aya, vale la pena recordar sus reportajes de un estilo clásico en un blanco y negro que reelabora muy personalmente las influencias del documentalismo social norteamericano de los años de la Depresión representado por Walker Adams, Dorothea Lange, Robert Frank, el neorrealismo italiano y español de los cincuenta y sesenta, los retratos de August Sander y el Richard Avedon de In the American West (1979-1984).

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Aya por Pedro Albornoz

Documentalismo fotográfico es el género que desde los años treinta registró cómo repercutían las circunstancias económico-políticas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras y subalternas. También llamada «fotografía humanista», en España creó una escuela que ha dado grandes nombres. Profesionalmente, Aya fue reportero gráfico en prensa y para varios organismos culturales, aunque fue su producción personal —que abarca especialmente las dos últimas décadas del xx— la que atrajo la atención proporcionándole, entre otros encargos, el que culminaría en Imágenes de la Real Maestranza. Trabajó exclusivamente en blanco y negro y con técnica analógica. A los curiosos de la técnica les apetecerá saber que usaba una cámara Leica para el formato de 35 mm y las Mamiya y Linhof para el medio formato (6 x 7 mm y 9 x 12 mm).

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De la serie dedicada a La Maestranza de Sevilla

Tuvo una trayectoria breve, intensa y, por fortuna, pronto reconocida. Obtuvo la beca Fotopress de La Caixa para culminar el proyecto de las Marismas del Guadalquivir cuyo resultado Francisco Correal calificaba de «antropológico» retrato de «unas Hurdes andaluzas».

Al presentar Paisanos en 2010, Pablo Martínez Cosinou definía a Aya «tanto por los aspectos formales, la temática abordada y la poética desarrollada» como «una suerte de epígono del género documental entendido según los parámetros clásicos del género». Por su parte, la hija de Atín Aya, María, relata cómo cada cierto tiempo se zambulle en el archivo de negativos y rescata tal o cual serie y, como acostumbra a suceder con el trabajo de los fotorreporteros de esta generación, aparecen joyas de una vida ya desaparecida o en trance de cambiar. Sus imágenes tienen encanto, sus personajes, una dignidad natural, y con su mirada demorada en el tiempo logra estampas de clara evocación pictórica; así las de las jóvenes sevillanas con mantilla en la plaza, que recuerdan la pintura del valenciano Sorolla, o las de la familia durante la matanza, el orden compositivo de Velázquez.

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El rito de la matanza. Lucena, Córdoba, 2002

Lola Garrido detectaba la influencia de la pintura de bodegones de Zurbarán; como estos, «son sobrios y senequistas, no hay en ellos ni ironía ni regodeos estéticos, sino una especie de minimalismo andaluz de casas esenciales, cubos habitables perfectamente integrados en el paisaje, blancos luminosos y negros vestidos».

María Aya, en la esclarecedora presentación del volumen panorámico que le dedicó Photobolsillo, lo definía como un cazador tranquilo y también un maestro de la edición fotográfica, capaz de hilar un relato tan personal como elocuente con las imágenes seleccionadas con rigor.

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José Manuel Lara González cazando liebres en la Isla Menor. Serie Marismas del Guadalquivir, 1991-1996.

En Marismas del Guadalquivir el espacio físico aparece definido en el fotograma por líneas que dibujan un paisaje abstracto, o la sequedad de la tierra quebrada, o la uniforme superficie del agua que se rompe aquí y allá con redes o pequeñas estructuras; el conjunto transmite tanto la dureza y la parquedad del paisaje como su hipnótico atractivo. Aya consigue transmitir así la fuerza latente del paisaje andaluz y la dureza del trabajo realizado por sus habitantes. En sus retratos, bien se aproxime a la figura humana o aparezca ésta acompañada de sus instrumentos de trabajo o de animales, capta el esfuerzo físico, la rutina, la sabiduría de los oficios ancestrales. Cabría recordar que, en las décadas en que realizaba estos reportajes, muchos oficios artesanales, y en general el trabajo manual y el vinculado con la naturaleza, incluidas las labores del campo, se consideraban en vías de extinción. Aya fotografía zonas y usos tradicionales que se pierden bajo la presión de la industrialización y la sobreexplotación o el abandono.

El resultado es la mirada del hombre que conoce a fondo el terreno y dota a las imágenes de una tonalidad poética que se vuelven elegía del lugar y del momento.

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María Aya cuida del archivo de su padre

Ferran Freixa, la materia y el tiempo, en El Rinconete del Instituto Cervantes


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© fotos: Ferran Freixa

La primera fotografía que vi de Ferran Freixa (Barcelona, 1950) era la de un perfil de mujer abocetado en la arena por las olas al morir en la playa. Una imagen poética en blanco y negro evocadora de una presencia latente que se forma y se deshace en segundos. Podría creerse que Freixa es un fotógrafo del «momento decisivo» a lo Cartier Bresson, pero el conjunto de su obra, fruto de ya cuatro décadas en activo, desmiente esta suposición.

Fotógrafo autodidacta, en su hacer se percibe su formación en diseño y pintura artística: el gusto por la composición nítida, el protagonismo de los objetos y las formas, el subrayado de atmósferas, texturas y volúmenes. Profesionalmente, es un reconocido fotógrafo especializado en interiorismo y arquitectura; su obra personal establece una simetría con el quehacer profesional, pues sus temas versan sobre lo que ha resistido a la usura del tiempo y a las modas.

Ferran Freixa pertenece a esa generación excepcional de fotógrafos españoles, surgida en los años setenta, que modernizó el panorama artístico y documental español al abrirse a corrientes interna-cionales en una época especialmente dinámica también en cuestión de avances técnicos, con mejores cámaras, variedad de películas y posibilidad de exponer y publicar en el extranjero. Esta generación, que ha cultivado estilos muy diferentes, es única porque ha desarrollado la porción más significativa de su obra con la técnica analógica —película, laboratorio, soporte papel, exposición en galería, obra impresa en catálogos o libros, oficio, técnica, forja de memoria— y se ha incorporado a la tecnología digital tanto por razones de supervivencia profesional como por curiosidad cultural. Para su obra propia, Ferran Freixa se mantiene fiel a la técnica analógica con cámara de medio formato, pues su filosofía artística se corresponde con los valores propios de ésta: control del tiempo, dominio de la luz, trabajo a largo plazo, calidad del detalle.

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La obra de Freixa, objeto de exposiciones personales en España y en el extranjero y de una amplia retrospectiva en 2013 (Tecla Sala, Hospitalet), se divide en series temáticas. El concepto unificador es la huella del pasado en la materia: los residuos, las ruinas, los rastros de otras épocas históricas que ocupan espacios apenas percibidos por el apresurado hombre de ciudad, que quizá los desdeña como reliquias obsoletas que se oponen al progreso. Sería esa una interpretación torpe, pues en sus primeras series (1979), las de escaparates, vitrinas e interiores de comercios con solera —guantes, sombreros, maniquíes— o de hoteles elegantes de principios del xx con sus salones, cuartos de baño con paredes de mármol, mesas dispuestas para la comida o para un breve encuentro, la mirada del fotógrafo rescata y subraya nuestra necesidad de una ceremonia, de un ritual, de un escenario como marco para el encuentro: intuimos las acciones de antes y después de esos bodegones. Hay una poesía en el detalle y belleza en un rastro de luz que realza la textura de la materia.
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Los objetos desde la mirada de Ferran Freixa hablan menos de una jerarquía de clases que del trabajo bien hecho —el oficio—, de la ceremonia y el ritual —la civilización—, del tiempo para el encuentro. Estas series primeras tienen un carácter biográfico antes que nostálgico: el artista reconoce escenarios familiares, los de una Barcelona a caballo entre el oficio artesano y la producción industrial en serie. Los objetos parecen tener vida propia antes de prestarse al uso que les dará el hombre. La autonomía del objeto, la bella combinación de texturas —telas, azulejos, mármoles— delata la mirada del diseñador, del pintor.

COLECTANIA ULT LECTU
Portugal

Cada espectador decidirá qué series prefiere: las canteras de mármol de Macael; las colonias textiles y los balnearios, que conforman su trabajo más reciente, o la serie de faros, el emblemático bar Marsella en el barrio del Raval, las ruinas de Belchite enfrentadas a esa otra ruina instantánea que fue el Gran Teatro del Liceo de Barcelona tras el incendio de 1994, con las magníficas composiciones surrealistas creadas por el fuego: dalinianos teléfonos derretidos, instrumentos hechos ceniza, chicas de calendario ignífugas y el esqueleto del edificio abierto al cielo.

Mis series favoritas son las dedicadas a paisajes del sur: Sicilia, Cabo de Gata (1999), Marruecos (1987), Portugal o Menorca… En una obra donde la figura humana es una excepción, cuando aparece suele estar integrada en el paisaje: no será un retrato frontal sino un gesto, un escorzo, un movimiento a lo Bernard Plossu, fotógrafo al que Freixa admira. Vemos al hombre o a la mujer indeterminados, los enmarca un paisaje o el entorno arquitectónico con carácter que define el lugar y a sus habitantes. Así sucede en la hermosa serie de Marrakech (1987): el volumen de las telas que cubren el cuerpo —chilabas, capuchas, manta que envuelve al niño que una mujer carga en la espalda— repite los volúmenes abstractos de los manteles de los restaurantes, de las fundas que cubren los palcos y la platea del Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Los paisajes de Cabo de Gata no están compuestos solo según los elementos esenciales que permiten identificar al instante el lugar sino que nos muestran el diseño de la naturaleza en la planta del agave irguiéndose hacia el cielo, la armonía de las formas curvas de unos soportales procurando sombras en el desierto, o frente al mar (L’Alguer, Cerdeña).

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Roma

La arquitectura es, en su forma de ruina devorada por la naturaleza, la transposición, el símbolo de los cuerpos transformadas, deshechos por el tiempo. Ferran Freixa detiene su mirada en las arquitecturas creadas por el hombre cuando están siendo recuperadas por la naturaleza.

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serie de Colonias textiles en Cataluña

El Rinconete del Instituto Cervantes

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