Archivo de la categoría: fotografía

Vilanova i la Geltrú – playa de otoño


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Primavera – Todo es de color – Parque Güell, Barcelona


 

park-guell-spring-2park-guell-springAyer me acerqué caminando al Parque Güell aprovechando que, tras sacarme el pase de Barcelover que el Ayuntamiento está promocionando, me encontré en el móvil un mensaje dándome pistas para la visita.

Los nativos entramos gratis, aunque parece que para entrar en determinados recintos y edificios hay que concertar la hora.  Se veía menos aglomeración que cuando la entrada era gratuita, aunque no me acerqué a ver si la salamandra podía respirar bajo el peso de los foreigners.

La primavera radiante, y la contaminación escasa. Temperatura fantástica.  Hice unas 100 fotos, aquí dejo un par de muestra.

Probando filtros en una foto anodina


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pinceladas
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cubos
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gaussiano
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puntillismo
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mosaico

He probado los filtros de Photoshop CC en una foto algo anodina que tomé en el espigón de la Barceloneta, con dos pescadores charlando de cara al mar como protagonistas. Estos filtros me parecen interesantes para fotografía en folletos, para conseguir efectos en imágenes publicitarias. Sin duda, el partido que le estoy sacando al PS CC no tiene mucha relación con los filtros, 🙂

 

Navia: la foto que me marcó. Elogio del color


Me ha gustado mucho la soltura de su expresión, la claridad de ideas de Navia ante el cuestionario de Quesabesde. Personalmente, creo que últimamente se repite un poco en su estilo, pero no puede negarse que posee un estilo propio y reconocible. Cuánto echo de menos el mundo de la fotografía analógica 😉

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J.M. Navia

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¿Quién anda por las calles de Miami Beach? Es Camarón de la Isla…


 Paseaba por las calles de Miami Beach un día radiante como hoy, donde la luz da imágenes en eastmantcolor y oí un rasgueo de guitarra que escapaba desde una ventana art-déco, y luego la voz del Camarón… cantando La leyenda del tiempo. Me sentí como en casa, no: mejor que en casa.

 

 South Beach, Miami 1999

 

 

DIANE ARBUS, de Patricia Bosworth


Autorretrato de Diane Arbus


Freak


Familia sobre el cesped un domingo en Westchester, N.Y. 1968
© Fotos/photographs the Estate of Diane Arbus

El libro de Patricia Bosworth es muy malo. Su enfoque es el típico de las mujeres puritanas que, mediante una sistemática descontextualización, pueden presentar los actos del personaje protagonista como fruto de una mente enloquecida.
Como se publicó coincidiendo con la exposición retrospectiva del conjunto de su obra que organizó La Caixa, el reportaje publicado por El Periódico obvia toda crítica al libro y lo toma como base para retratar a Arbus.

Diane Arbus fue una pionera de la mirada descarnada sobre la realidad y su huella puede detectarse en muchos de los fotógrafos actuales considerados radicales y provocadores. También sus temas, los seres marginales, las sexualidades ambiguas, las situaciones límite, el brutal desenmascaramiento de las personalides, se han convertido en algo no sólo tópico sino incluso banal. El trabajo de Arbus respira una búsqueda auténtica, que se explica por un lado en las inquietudes de su época –con el punto álgido en los años sesenta–, y de otro en su propia biografía.
La niña rica:
Nacida Diane Nemerov (Nueva York, 1923), sus padres eran judíos de origen ruso-polaco, ricos de primera generación, que trataron de proteger a sus tres hijos de las penalidades de “la vida real”. Eran los dueños de unos grandes almacenes, especialistas en pieles. No llegó ni a enterarse de la Gran Depresión que afectó a todo el país. En uno de sus paseos de la mano de su institutriz por Central Park, la niña se sintió atraída por unas chabolas cuyos habitantes despertaron su curiosidad. Superdotada, y con talento para la pintura, se sentía protegida en un mundo irreal. Su fotografía es un intento de mostrar la otra cara de su ambiente. Como una Alicia en el país de las maravillas, su personaje favorito, se adentra en un mundo que cambia de dimensión, grotesco y habitado por seres excéntricos. Goya, La parada de los monstruos, Weegee, Homero y Borges fueron las principales coordenadas culturales de una fotógrafa que asombraba por su erudición.
La mujer casada: A los 14 años, Diane se enamora del apuesto Allan Arbus, aspirante a actor de 19 años, de origen modesto. La oposición familiar sólo da aire a su amor y la pareja se casa en 1941. Allan la introduce en la fotografía cuando, a su regreso de la guerra, le enseña los rudimentos del cuarto oscuro, aprendidos en el ejército. El Estudio Arbus les reporta éxito, dinero y contactos, trabajando para revistas como Glamour y Vogue. Pero los dos acaban odiando el negocio de la moda y su artificio. Diane Arbus busca su propio estilo en personajes de circo de pacotilla, transexuales, gigantes, mendigos. Lisette Model, otra fotógrafa de padres pastosos y judíos, se convierte en su mentora y confidente. La Arbus desea ser una esposa perfecta pero ambiciona también realizar su sueño juvenil de ser una gran artista triste. El matrimonio se rompe y cada cual sigue su camino: Allan se vuelca en el teatro y encuentra nueva esposa; Diane recorre de la mañana a la noche el lado oscuro de Nueva York cargada con sus cámaras y se lleva un botín de extravagancias, el incómodo reflejo de la verdadera América y de su alma.
La mujer melancólica: La fachada opulenta de los Nemerov tiene su lado oscuro: un padre de carácter avasallador y una madre distante aquejada de depresiones. Diane Arbus, cautivadora y atormentada, sufrió toda su vida períodos de melancolía que combatiría con antidepresivos, psicoanálisis y otras drogas de moda en los sesenta. Década de excesos y de autoexploración obsesiva, nadie le recomendó que durmiera y comiera suficiente ni que equilibrara sus tratos con freakis millonarios o mendigos cultivando la virtud del humor (quizá habría que aconsejárselo a su biógrafa). Arbus se quejó siempre de que le pagaban la mitad que a sus colegas masculinos y de que su trabajo era mal comprendido, pues “contemplar a los excéntricos era una cura para la melancolía” y un recordatorio de que “podemos fracasar”. Cuando los prospectos médicos no incluían el capítulo de efectos secundarios, las mujeres que mezclaban tranquilizantes con la píldora podían sufrir una hepatitis tóxica. Arbus sufrió esta enfermedad y las depresiones derivadas de su precaria salud y su envejecimiento prematuro, que concluirían en suicidio. El 27 de julio de 1971 su amigo Marvin Israel encontró su cuerpo sin vida, con cortes en las muñecas; había ingerido además una gran cantidad de barbitúricos.
La mujer hipersexual: Abanderada de la libertad desde su temprano matrimonio, luego disfrutaba con ligues ocasionales que contaba con todo lujo de detalles a sus pasmados amigos. Su biógrafa asegura que el éxito como fotógrafa la hacía más osada sexualmente. Madre de dos talentosas niñas a las que trataba como sus hermanas, la Arbus nunca volvió a ser la perfecta casada y mantuvo romances, obsesivos o románticos, con Bruce Davidson, Marvin Israel y un largo etcétera, incluidos anónimos marineros a los que conocía en el asiento trasero de un autocar de la Greyhound.
La artista de éxito: En sus palabras, “hacer un retrato es como seducir a alguien”. Pero algunas celebridades a las que fotografiaba para Squire u otras publicaciones modernas como New York criticaban su comportamiento a lo paparazzi que se lanza sobre su presa “como un buitre”. Norman Mailer dijo de ella: “Darle una cámara a Diane Arbus es como darle una granada de mano a un bebé”. No llevaba armas sino dos cámaras Mamiya, dos flashes, a veces una Rollei, lentes, carretes y fotómetros, un equipo pesado para quien creía que el arte no era fácil.

1967 es la fecha en que el MOMA incluye sus fotografías en una exposición que la da a conocer. Aunque sus temas son difíciles de aceptar para la publicación en prensa, se convierte en fotógrafa de referencia de la época y ve reconocido su trabajo con la beca Guggenheim y conferencias pagadas. En sintonía con su época, se interesa fotográficamente por los Hell’s Angels, la muerte de Kennedy, Warhol, o las marchas pacifistas contra Vietnam sin ceder al mercantilismo ni abandonar sus temas favoritos: alienados, disminuidos mentales, bebés extraños, invidentes…

Respetada en un mundo esencialmente masculino, tuvo por amigos a grandes como Walker Evans, Robert Frank, Bruce Davidson, Gary Winogrand y Richard Avedon. Éste, que supo conjugar con éxito sus proyectos personales con los grandes encargos comerciales, a la muerte de Arbus, manifestó: “¡Cómo me gustaría ser un artista como Diane!”, pero toda su obra es un desmentido de este deseo.

Las fotos de la Arbus siguen siendo perturbadoras y a nadie dejan indiferente, si bien como resumía con acierto la revista ARTS, “la gran humanidad de la obra de Arbus radica en que santifica esa intimidad que, en un principio, parecía haber violado”.

Publicado por EL PERIÓDICO de Catalunya, 2007
© Texto: María José Furió

Noticia relacionada: El legado de Diane Arbus descansa en el Met /
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-06-01-2008/abc/Cultura/el-legado-de-diane-arbus-descansa-en-el-met_1641538871651.html

PHOTOESPAÑA 2007: COMISARIOS, DIÁLOGOS


Lourdes Groubet

Andrés Serrano

Sylvie Plachy

Neorrealismo. Italia. Fulvio Roiter -Sulfatara. Sicilia, 1953 Fulvio Roiter

En las pantallas de Telemadrid podía verse cómo la gente del PP celebraba sin recato desde primeras horas de la mañana dos grandes noticias: el fin de la tregua de ETA y la arrasadora mayoría electoral de Gallardón y Aguirre. También se entrevistó a Ana Botella, que con sonrisa altiva condescendió a responder que sí, que desde su flamante cargo en Medio Ambiente velará por que las aceras de Madrid queden pronto libres de excrementos caninos. Si fuese cinéfila, Botella habría visto Pret-â-Porter, de Robert Altman, y habría recordado entonces ingeniosamente la guasa de un Mastroianni en el romántico París sorteando cacas de chucho mientras busca a Sofía Loren. Más versadas en orden público que en asuntos culturales, más habituadas a las sonrisas tensas que recuerdan a sus interlocutores que su estudiada simpatía de señoritas de monjas termina con la primera pregunta impertinente, Botella y Aguirre, secundadas por periodistas como Fernando Ónega, se felicitaban de que la tesis del partido de que con los terroristas no hay diálogo ni negociación que valga ha sido ratificada por la reaparición de los patéticos encapuchados. También por televisión han anunciado los de ETA que las negociaciones por la prejubilación de sus miembros históricos en condiciones ventajosas y la recolocación de sus nuevos empleados habían sido estériles, de modo que volvían al tajo a intentar reflotar una empresa claramente obsoleta. En este contexto, el Festival Internacional de Fotografía y Artes Visuales, que en 2007 celebra su décimo aniversario sin un comisario general que proponga una tesis unitaria prefiriendo un recorrido de grandes nombres, exposiciones presentadas por distintos e importantes especialistas, ofrece una inesperada metáfora de la candidez de las políticas humanistas cuando deciden ignorar que los lobos suelen vestirse de corderitos.

La ausencia de esa tesis podía hacer de esta edición un cajón de sastre de propuestas y formatos, de aventuras, con el aliciente de las vecindades sorprendentes; las salas de exposiciones podrían ser entonces una cueva de Ali Babá para bulímicos de las artes visuales. Sin embargo, lo que sorprende es, tanto como la falta de riesgos en la programación, cuántos fotógrafos han entrado en una dinámica de profesionalización que prescinde de la complicidad con el que mira. Y la conclusión aquí es clara: Ofrece además una sorpresa elocuente: cuando la fotografía dialoga con otros géneros –la pintura, el cine, el video– el resultado es mucho más profundo, estimulante y valiente que cuando se mira el ombligo y se hace autorreferencial. Así, la serenidad y la violencia latente de los retratos de Andrés Serrano tienen un interlocutor natural en los zurbaranes del Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; las performances del chino Zhang Huan denotan el mismo componente de sacrificio y vindicación que los eremitas medievales y aunque proclame que el único capaz de comprender su trabajo es él mismo y atribuya un valor instrumental a la fotografía, en la documentación videográfica de esta “santidad”, de sus martirios y flagelaciones, Huan se hace eco del propósito de perdurar y de establecer una identidad única típica del arte moderno.

Acaso porque China es aún un tema nuevo, algunos fotógrafos se acercan al país, pero sustituyen los viejos prejuicios (sociedad rural, cerrada) por el automatismo de las influencias: en “Cuando todos seamos ricos”, Matías Costa toma como referencia precisamente a Huan, pero también a Nan Goldin y así vemos la tópica imagen de ejecutivos de traje con melancólicas prostitutas de labios rojos que parecen soñar con protagonizar alguna película de Wong Kar-Wai; vemos a extenuados oficinistas cubriéndose la cara o la conciencia con las manos en un lugar público y a obreros semidesnudos trabajando de noche en monstruosas edificaciones. Un pesado déjà-vu que continúa en la patente influencia de Miguel Trillo en los retratos de jóvenes mirando a cámara de María Isabel Rueda (como Costa, en el Instituto Cervantes), en el inventario de destartalados interiores que Ricardo González recoge en “Rooms”; en los dípticos que reflexionan más cerebralmente que visualmente sobre la identidad y el género en Homeland de Sunil Gupta, e incluso en los “paisajes genéricos y malévolos” de Paul Seawrightm pese al empaque en la composición, en el color, y en el respeto a las personas fotografiadas (los tres últimos en Márgenes, en el centro Conde-Duque).

Por ello, si se quiere contemplar un festival de influencias bien digeridas conviene ir a la exposición de Silvia Plachy, De reojo, en el Círculo de Bellas Artes. La madre del actor Adrian Brody es una excelente fotógrafa, norteamericana de origen húngaro y discípula de André Kertesz, experta en sugerir atmósferas, que usa el dramatismo como una forma de tensión narrativa que no se desborda. Colaboradora de Village Voice, Vogue, Life, The New Yorker, entre otras publicaciones, las mejores imágenes de Plachy en esta primera exposición española de 100 fotografías en blanco y negro y color, que saben a poco, son los retratos: modernas, sensibles, vitales aproximaciones a personajes como John Lurie, Purdy o Borges, y el atisbo del que parece ser su mejor trabajo: Autorretrato con vacas volviendo a casa, una evocación de su Hungría natal mediante la combinación de viejos álbumes de familia y fotos actuales.

El Centro Cultural de la Villa acoge la gran exposición dedicada al Neorrealismo. Enrica Viganò toma como hilo conductor la historia del progreso de la fotografía y del trabajo de los fotorreporteros italianos, pero lo interesante es que una corriente documentalista que parece fijada en el pasado, en la infancia de nuestros padres, ha seguido fecundando el trabajo de fotógrafos de las últimas décadas hasta hoy mismo: los “Domingos” en Barcelona (años 90) de Xavier Ribas, expuestos en Local, el fin de la globalización, de la Sala Canal Isabel II, son los mismos Domingos en Milán (1960) de Ugo Zovetti, con un mismo involuntario humor típicamente mediterráneo. El proyecto de Luciano Morpurgo de “Peregrinación al santuario” (años 30) es gemelo del chino Li Tianbing (en Local) y sus pasmados camaradas de paseo. De la foto al cine y cruzando fronteras, el Neorrealismo pervive como la alianza entre la curiosidad del fotógrafo y su compromiso ético con el objeto de su mirada. Un aspecto visible en la serie de las costas italianas de Massimo Vitali pero que brilla por su ausencia en la serie de los sin-techo del ucraniano Boris Mikhailov (ambos en Local), que paga a sus “modelos” para compensarlos, los retrata exhibiendo sus genitales y su miseria, fruto ésta, según dice, de la globalización que ha llenado las calles de ancianos desvalidos, de niños aspirando cola (…y de fotógrafos más oportunistas que piadosos). Claro que para disfrutar de una rabieta como es debido, véase la retrospectiva de Salgado en la Sala Azca del BBVA, África. Las guerras tribales, las hambrunas, el éxodo y el difícil retorno a las tierras asoladas, que fueron los temas con que Salgado se labró su merecida reputación de fotógrafo humanista, derivan hacia el almibarado esteticismo de Génesis, su más reciente proyecto. Paisajes exuberantes y negritas que pastorean sus rebaños con sus pechos aún turgentes al desnudo parecen ilustrar el paraíso ideal, los sueños eróticos, de un tímido predicador del siglo XIX. Para desintoxicarse, nada mejor que en la Casa de América el “Espectacular de Lucha libre”, de Lourdes Grobet: 130 instantáneas llenas de vida, empatía y arrojo, veinte años de trabajo entre el kitsch y la poesía de la superación en un México irredento.

Al salir a las calles de Madrid, nadie diría que sus gobernantes programan por televisión 24 horas de imágenes con un solo tema: una gozosa cuenta atrás del atentado que los devolverá al poder.


María José Furió

* En Culturas-La Vanguardia de junio 2007 se publicó una versión de este artículo sin las referencias a la actualidad política, luego de una ardua (aunque nunca cruenta) discusión .