Cristina García Rodero y las imágenes de Leticia Ortiz / Casa Real


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Ya he comentado en otros momentos mi admiración por Cristina García Rodero y lo mucho que me alegré al ver que su entrada en la mítica agencia Magnum fue acogida con entusiasmo unánime por el mundillo fotográfico.

El mérito de CGR que para mí tiene mayor interés no es el de haber conservado para el futuro una panorámica de las tradiciones ancestrales de España sino haber sacado a la luz la pervivencia de la España mágica en el siglo XX. No como imagen de atraso –aunque ésta pueda persistir mejor en circunstancias de menor desarrollo económico– sino de la espiritualidad popular. Estoy convencida de que la obra de CGR haría las delicias de C.J. Jung, el psicoanalista, sí, que fue también un muy importante estudioso de las religiones en el mundo y, por lo tanto, de la pervivencia de lo mágico en lo que llamó “inconsciente colectivo”.

Otras imágenes célebres de C. García Rodero son las dedicadas a la guerra de los Balcanes o de Georgia –imágenes de la maternidad en las condiciones  de vida estragada por el conflicto–, la serie de rituales en Haití, Venezuela (María Lionza) y el espectacular Burning Man que todos los años se celebra en el desierto de Nevada (EUA):

Así que no he llegado a unirme al “estupor” que provocó hace unas semanas el reportaje que realizó por encargo de la Casa Real española festejando los cuarenta años de Leticia Ortiz.  Aunque sólo la fotógrafa puede decir lo que pasó o dejó de pasar y el por qué del tipo de imágenes que se publicaron en lugar de un reportaje según los códigos de la foto documental, al primer golpe de vista pensé que la fotógrafa, metida en un imposible jardín real, tenía que salir con bien sin poner en juego su estilo que, quién lo negaría, no pega nada con el reportaje de colorines a lo País-Semanal, Telva, etc. Esos reportajes, lo sabemos, venden estatus y venden el espejo de un poder adquisitivo.

En términos prácticos o informativos ya se ha dicho todo, me parece -siempre sin conocer la versión de CGR–. En cierto momento pensé que recurrió a su memoria fotográfica, a su cultura visual, y que probablemente tuvo en mente el estilo que estuvo de moda en los años setenta -y por el que llegó a ser tan popular– para la familia real británica cuando tuvieron la suerte de introducir en la tribu al fotógrafo Anthony Amstrong-Jones, o Lord Snowdon. La foto de la princesa Margarita en blanco y negro muestra de entrada ciertas similitudes con la que CGR hizo de Letizia Ortiz y las niñas. Supongo que el entorno años 70 favorecía un toque algo “transgresor” acercando a los personajes sin restarles el glamour que por entonces compartían con los cantantes de rock, modelos, actores, etc.

Quizá el detalle irónico de este reportaje está en que la monarquía ha justificado siempre su origen en el designio divino y la fotógrafa especializada en documentar la religiosidad popular los muestra, por encargo de los propios príncipes, en su imagen más burguesa, más despojada de trascendencia y, por eso mismo, menos justificada que nunca su razón de ser.

Cristina García Rodero – Burning Man Festival, 2000

Carlos Garaicoa, La Fotografía como intervención


Hotel New York – Carlos Garaicoa

Carlos Garaicoa, fotógrafo nacido en La Habana, en 1967, documenta la ruina arquitectónica de la capital cubana, pero no se limita a ella. Es la pérdida del patrimonio arquitectónico de la isla, algo que asombra y escandaliza a quien visite Habana Vieja o Centro Habana, y además una selección de grafitis y pintadas, gritos grabados en la pared que reproducen los tics de la Cuba castrista (Resistir. Resistir para vencer. Socialismo o socialismo. Solo Cristo salva. Dios es Amor. Etc.). Las imágenes de fincas derrumbadas, de los escombros y los grafitis encuentran un eco, o una simetría, en ciudades como Barcelona o Ciudad del Cabo (Ni Cristo, ni Marx, ni Bakunin). Garaicoa descubre una gramática, un idioma de la ruina arquitectónica, y con el tiempo reconoce en distintos puntos del mundo las variadas inflexiones de ese idioma.

Encierra un sentido especial el reportaje realizado en Cuba, no solo de las construcciones inacabadas –claramente por falta de presupuesto para comprar materiales o pagar a los obreros–, sino también de solares convertidos en depósitos de escombros, residuo de lo que fue y que ya solo resiste al vacío… o a la limpieza. Los habitantes pasan por delante indiferentes, acostumbrados al paisaje de la ruina, y sus figuras borrosas siempre de paso hacia algún lugar definen bien la vida cotidiana en La Habana.

Carlos Garaicoa, 1991

El libro, catálogo editado por La Fábrica en el marco del último festival PhotoEspaña, recoge la exposición, comisariada por Lillebit Fadraga, que puede verse aún hasta la próxima semana (Museo Ico de Madrid), incluye un magnífico y breve prólogo del escritor José Manuel Ponte, autor de La fiesta vigilada, donde incluye Un paréntesis de ruinas, verdadero ataque al castrismo. En el prólogo a Garaicoa habla de la memoria como arquitectura, como un paseo entre construcciones habitadas.

Aunque mis imágenes favoritas son las de los vestigios de los cines de los años 30 –el art déco es el estilo que prefiero, como la de las residencias años 50 estilo Miami Beach, que aún se conserva en barrios como Nuevo Vedado, remodelado gracias al dinero de las embajadas que ocupan esos preciosos edificios de dos plantas rodeados de jardines caribeños–, el trabajo de Garaicoa no se deja seducir por la ruina como fatalidad: sus intervenciones señalan lo que hubo y debería haberse conservado mejor o del todo.

Proyecto de hotel para la esquina de Prado y Malecón, estudio Choy-León. Fuente Cuba Material

Por más tentadora que sea la crítica al inmovilismo cubano, pasear por la red lleva a descubrir estimulantes proyectos de reconstrucción arquitectónica, como el que expone la página de Cuba Material: un proyecto de hotel para las esquinas de Prado y Malecón. Es verdad que no se sale de la adulación al turismo, y la reflexión melancólica que se desprende de un libro como el de Garaicoa es que solo parecen existir dos polos: el derrumbe o la especulación inmobiliaria, la ruina o el lucro. Suenan pueriles los extremos, pero no parece que la revolución haya sabido levantar y sostener su alternativa.

Copy foto de Carlos Garaicoa, Ricardo Cases/El País