Fotorreporteros & la vocación desbocada


Sean Flynn in Vietnam in the late 1960s. (Picture: Tim Page, The Courier-Mail)

Hace un par de semanas, el 11 de agosto, el suplemento Culturas de La Vanguardia publicó un extenso y muy interesante reportaje firmado por Xavier Montanyà y Andrés Hispano conformado por un par de artículos:  “De Tim Page a Dennis Hopper” y “Vietnam, libertad para morir”, donde evocaban las figuras de algunos de los fotorreporteros que han construido el mito hoy vigente de fotógrafo peleón, carismático, idealista y autodestructivo que ha llevado a decenas de jóvenes románticos a las aulas de las facultades de Comunicación del mundo occidental. Reproduzco uno de los artículos, donde la lista se hace exhaustiva.

El reportaje parte del fallecimiento del actor norteamericano Dennis Hopper, a su vez fotógrafo aficionado que, como tantos fotógrafos aficionados, atesoraba un archivo excelente de imágenes, para vincular su personalidad controvertida y su pasión fotográfica con la interpretación que hizo en Apocalipse Now, de Coppola, del reportero Tim Page.

Lo más interesante, para mí, del reportaje es que los firmantes se lanzan de cabeza a la mitomanía, sin las reservas ni la crítica demoledora que tantas veces he visto con firmas como la del crítico Carles Guerra, que en su afán de desarticular el modo en que el mito se ha convertido en cliché –al igual que las imágenes de guerra han dejado de ser impactantes para ser evocaciones de imágenes otrora emblemáticas–no vacila en caer de plano del lado contrario, como sucedió con el denigrante documental que inauguró Antifotoperiodismo: “Disfruta de la pobreza”, de un tipo cuyo nombre no va a salir aquí.

Copio un texto que me ha enviado Ernest Farrés, del Culturas.

Imágenes sin restricciones

Vietnam, libertad para mirar y morir

4 Cultura|s La Vanguardia Miércoles, 11 agosto 2010

ANDRÉS HISPANO

En ningún conflicto del siglo XX los fotógrafos tuvieron un papel tan importante como en el de Vietnam. Nunca antes sus imágenes habían llegado de manera tan inmediata y nunca habían constituido una fuente de información tan independiente y poderosa.

De manera excepcional, la prensa gozó de un acceso sin restricciones a todos los escenarios y se benefició del apoyo del ejército, que les facilitaba transportes y amenudo hasta cobijo y comida. Fue un esfuerzo histórico por ganarse a la prensa, una gran operación de relaciones públicas, segura de la causa que vendía y confiada en los efectos que ejercería la empatía con los soldados. Sin embargo, el flujo constante de imágenes en prensa y televisión, fascinantes, dramáticas y terribles, horadó la conciencia americana hasta precipitar la retirada de esta guerra, oficialmente nunca declarada. Nunca más gozó la prensa de la misma libertad de movimientos. Poco podían imaginar los espectadores americanos que la gran mayoría de los reporteros desplazados trabajaban identificados con el bando americano, en absoluto estimulados con la idea de debilitar a su propio bando. Fueron buscando un relato de heroísmo protagonizado por jóvenes americanos y lo que transmitieron a diario fue una crónica distorsionada de su propia historia: la de una tierra yuna población atropellada por extraños con tecnología superior y medios inagotables. Aun reconociendo el valor que tuvo la transparencia informativa, existió una incapacidad manifiesta por parte del gobierno para hacer que esa libertad jugase a su favor. Westmoreland aseguró que perdió la guerra contra la prensa americana, no contra el Vietcong.

De hecho, gran parte de las horrorosas escenas que aparecieron en una bobina distribuida por el llamado tribunal Rusell (Estocolmo, 1967) fueron rodadas por el propio ejército americano. Y si la masacre de My Lai alcanzó el eco mediático que alcanzó fue gracias a los rollos disparados por un reportero del ejército, Ronald Haeberle, que aunque no denunció los hechos, una vez hecha pública la matanza, se descubrió que conservaba algunas imágenes y se forzó su publicación. Haeberle acabó vendiendo su álbum de My Lai por 50.000 dólares a la revista Life.

Se constató en esta guerra el enorme poder de las imágenes y se comprende el prestigio del nuevo reportero, capaz de testimoniar con documentos que son la noticia y que no ilustran la agenda ni los titulares de otros. Hay, en este sentido, un salto de gigante entre la labor gráfica de Edward Steichen o Eugene H. Smith durante la Segunda Guerra Mundial y lo que Burrows o McCullin hicieron en Vietnam por la profesión. La figura del reportero gráfico alcanza aquí la talla heroica del rebelde con causa: es el productor de las imágenes que contestan a diario la versión oficial sobre casi todo. Quizás por la trascendencia que las imágenes tuvieron en este conflicto, no es posible evocar la guerra de Vietnam sin la figura del reportero, siempre presente en las ficciones que, de manera tardía, se dedicaron al tema.

Tim Page, Larry Burrows, Don McCullin, Sean Flynn o Patrick Chauvel inspiraron el arquetipo: el del excéntrico, solitario y decidido aventurero, repentino modelo demasculinidad y humanismo. Curiosamente, es ahora que encarnan una insobornable independencia cuando su uniforme, aspecto y estrategias apenas se distinguen de los del soldado. Uno de los mejores fotógrafos presentes en Vietnam, si no el mejor, Philip Jones Griffiths, escribió en un artículo sobre esta identificación entre artista y combatiente:

“Todos los fotógrafos en Saigón soñaban con ver el rostro del enemigo. Fantaseábamos con la idea de ser invisibles, ocultos en el interior de un tronco, fotografiando desde un agujero al Vietcong en combate”. Tim Page y Sean Flynn fueron aún más lejos: en su obsesión por superar a Capa, ataron cámaras en los cañones para captar el momento de la muerte en el mismo instante en que se apretaba el gatillo. Chauvel, que sin complejos reconocía su adicción a la guerra, describía el riesgo como un fin en sí mismo: “A los diecisiete años tuve mi primera experiencia como fotógrafo en combate, fue fantástico, podía sentirlo todo. Podía ver más lejos, oír mejor… De repente supe para qué tenía pies, piernas, músculos, ojos… Para defenderme, para seguir vivo”.

En este arquetipo, es evidente, no cabe toda la realidad de una profesión en la que no todos son superhombres. También hubo mujeres, supermujeres, y, sobre todo, decenas de fotógrafos en el frente comunista que ni siquiera sabían del culto a la autoría periodística. Tim Page descubrió su trabajo mucho después de haber acabado la guerra. El reconocimiento a ellos, y a la profesión en conjunto, tomó forma de libro luctuoso, Requiem (1997), firmado junto a Horst Faas y dedicado a los 135 fotógrafos que murieron a lo largo del conflicto.

Ahí está Robert Capa, el primer caído, junto a iconos de la profesión como Burrows o locos de leyenda como Charles Richard Eggleston, quien en un ataque de ira se adentró en la selva, fusil en mano, buscando venganza tras la muerte de unos compañeros. Nunca se le volvió a ver.

De todos los referidos en el libro, 76 eran vietnamitas.”

Dennis Hopper en lo que parece ser un autorretrato.
Foto tomada de un blog sensacional: Cinebeats.

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