Algunos títulos de 2009; porque nuestro tiempo es oro: Tierras de Poniente


Sudáfrica

Creía que no había leído demasiado libros el año pasado, pero me puse a rebuscar títulos que rescatar y empezaron a brotar por todos lados. Leídos o releídos: no todo eran novedades. El favorito, el más brillante, el que más me ha impresionado, Tierras de poniente, de JM Coetzee, su primera novela. El texto tiene una belleza mineral, como En medio de ninguna parte. No me extrañó que Nadine Gordimer saludara la “aparición” de un escritor así. En su primera parte, “El proyecto Vietnam” parece adelantarse varias décadas a la última película de Brian de Palma, Redacted, sobre la locura desatada en la guerra, la locura que es la guerra y su obscenidad. Un protagonista medroso y prolijo, que sobrelleva una vida lacia junto a su mujer, embebida en sus ensimismamientos neuróticos, y el desorden final. La culpa, pero también la acusación contra los gobiernos de la época, el imperialismo, etc. Propone un juego de espejos, de espejismos. Pirandello está ya en la primera línea: “Coetzee me ha pedido que revise mi ensayo”. Es gracioso que alguien dijera alguna vez que la novela ha muerto, ¿dijeron lo mismo cuando nació el cubismo? La mayoría de temas de Coetzee están presentes, los ha ido desarrollando libro a libro. Héroes que no tienen madera de héroes, que buscan un autor —Foe— o a un personaje –Elizabeth Costello en Slow Man— a la altura de los acontecimientos. En esta primera novela, JM Coetzee busca sus heterónimos: se pinta a sí mismo como hizo Faulkner tantas veces (ese cuento maravilloso, nuestro sureño favorito descubre su talento humorístico, La tarde de una vaca…, narrada por el asistente de Faulkner) como un tipo saludable “devorador de filetes”, se busca también en ese (¿auténtico?) ancestro suyo, conquistador de las tierras de poniente, con las hechuras de un puritano que colma su ira vejando con ferocidad a las razas inferiores. Un personaje por encima de los acontecimientos es, en todo caso, ese Jacobus Coetzee, terrateniente colérico del siglo XVIII, que trama una venganza desproporcionada contra los aborígenes que lo ridiculizaron. No deja de parecerse al corpulento soldado americano que en Vietnam ensarta con su sexo a una casi-niña, hazaña recogida en fotografías, precuela de todas las imágenes celebratorias tomadas con un móvil en Irak.
Pensé en Coetzee cuando releí los últimos capítulos de El primer hombre, de Camus. El episodio en que el colono pied-noir cuenta que destrozó sus campos antes de abandonar Argelia: ¡porque si todo lo que Francia hizo en Argelia era malo, entonces había que eliminarlo! ¡no dejar ni rastro de nuestra presencia!… recordaba la escena de Desgracia en que, tras las violaciones y ataques, el negro reconquista gradualmente su territorio, despiadado, conforme con la lógica por la cual es dueño del territorio aquel que sabe otorgarle un sentido.
En Tierras de poniente, esta frase: “La letra impresa es el maestro severo con su látigo y leerla es una búsqueda llorosa de señales de piedad”. Parece cifrar un proyecto.
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