Los bastardos bastardos de Tarantino


Quentin Tarantino
La sala del cine estaba llena en la sesión de las siete, el público era enterado y a todas luces seguidores fieles de Tarantino. Y, a pesar de esa complicidad entregada desde antes de empezar, fue obvio que la película no gustó. Yo llegué unos cinco minutos tarde, en el momento en que el actor que interpreta al superasesino nazi está queriendo sonsacar a un francés dónde se ha escondido la última familia judía que quedaba en la aldea. Y esa escena ya era demasiado larga. Un director de cine dijo que en una película puede haber mucho movimiento y parecer lenta o puede mantener a los personajes quietos y parecer, sin embargo, agitada y vivida. Los bastardos de Tarantino es lenta, es tonta y es mala. El problema no es que se hayan escrito y llevado al cine dieciocho millones de películas sobre los nazis, el problema es que las hemos visto. Y como tampoco hace tantísimo tiempo que había cines de sesión doble en las que los críos podían empapuzarse de Bergman, Bogart, Lubitsch, Truffaut, el western de Ford, las bélicas de Kubrik o Coppola, Tarantino a la fuerza se encuentra con gente de su edad que sabe que con una peli sobre el holocausto en la que se muestran las miserias cometidas por los nazis te llevas el oscar de calle, pero que también sabe que Lubitsh ya hizo algo grande riéndose de los nazis, por no hablar de Charlot.
Si parece que el actor que interpreta al nazi borda el papel es sencillamente porque los demás casi no tienen papel que bordar. Brad Pitt no está en su mejor papel, como dicen por ahí, sino haciendo una caricatura de cómic. Por el físico es un eco paródico de los galanes aventureros y heroicos de las auténticas películas de guerra, pero se pierde en la parodia. Lo mismo sucede con los retratos de Goebbels y la crítica a las películas de Reni Liefensthal o de Pabst. Quizá sea ése el problema del reciclaje, que también tiene Los soldados de Salamina, de Cercas. Cuando la realidad que un pinta está demasiado lejos y vas a tiro fijo, ya solo se ve el cartón piedra, incluso en las emociones.

Diane Kruger es mejor actriz de lo que yo esperaba, pero la pobre tiene que hacer creíble la escena de la ratonera que no tiene pies ni cabeza desde el principio. La actriz francesa Melanie Laurent y Daniel Bruhl están bien, pero sin duda para otra película, menor. La presencia de esta pareja es, por lo que parece, un guiño a elementos externos de la película: Melanie Laurent es actriz revelación en su país y el de Brühl responde irónicamente aquí al que le lanzó a la fama Good bye, Lenin. Como Tarantino no va a profundizar en este hilo del argumento, al final todo queda en una ensalada de tiros para ir cerrando a la manera de Tarantino temas que no dan de si.

Porque el tema de un comando de judíos ultraviolentos, cuya inteligencia está entre el borderline y el psicópata, comandados por un jefe ufano y carismático (Pitt), que se dedican a acabar con la vida de los nazis más peligrosos, que pretende además poner fin al Tercer Reich y que deja señalados con la esvástica a los que liberan para evitar que un día puedan ocultar su identidad, recuerda demasiado al Mossad, con su elogio de la impunidad. Aunque los espectadores que llenaban conmigo la sala del Verdi seguramente no pensaban en el Mossad, sin duda pensaban que el tema era demasiado serio para reescribir la historia de una manera tan zafia.
¿Y dónde está Lubitsh? Esa pregunta pareció quedarse flotando cuando se encendieron las luces y nadie apladió, olvidados ya del ‘Cat People (Putting Out Fire), de David Bowie.

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