Adiós a Hollywood con un beso o Las drogas matan


Anita Loos, autora de Los hombres las prefieren rubias; de …Pero se casan con las morenas
y de Adiós a Hollywood con un beso

Creo que pocas cosas hay más reaccionarias hoy que consumir drogas duras. Aunque no me atrae su consumo, soy partidaria de legalizarlas por varias razones. El narcotráfico se ha convertido en un poder en la sombra más fuerte que muchos Estados (como se ha visto hace poco en México y como ya ocurre desde hace mucho en Afganistán, etc.); el Estado debería disponer del dinero que a través de impuestos ayudara a sufragar el gasto que generan los toxicómanos. En otro nivel, es absurdo presentar al hombre como exclusivamente racional. Nunca renunciaremos a buscar otros estados de percepción, como los describen Claude LéviStrauss o Mircea Eliade.
El peligro que conlleva su legalización es que, como ocurre con los ansiolíticos y antidepresivos, los médicos pueden llegar a recetarlos sin ton ni son, atendiendo a tópicos como la edad (a las mujeres maduras se les receta casi sin más análisis). Aunque yo he tenido experiencias catastróficas con los psicoanalistas (no creo que la palabra ni la escucha sean en sí soluciones para mis problemas ni que deba pagar precios astronómicos para que me respondan con un “Ajáaaa“), creo que los antidepresivos pueden ser la coartada perfecta para personas que no quieren afrontar sus problemas más íntimos y toman la tangente soñando con que un estado de vago bienestar o incluso de euforia que les haga sentirse integrados.

Me vienen a la cabeza algunas situaciones vividas, como cuando recién licenciada me fui a vivir por mi cuenta y estaba en casa de un amigo que me alquiló una habitación mientras encontraba piso y trabajo. Éste tenía por vecino a un joven agente de Bolsa que tomaba heroína, según él me contó, regularmente pero con control. Me invitó a salir una noche a un concierto en la sala Bikini. De camino, en el coche, me contó que era hijo de un militar (naturalmente, fascista). Deduje ya entonces que trabajar en Bolsa (desde su casa gran parte del tiempo) era el lado de “pacto con la realidad” del padre, pero que la heroína era su gesto de disidencia. Luego me habló de la droga y se jactó de controlarla. Me dijo que un día me invitaría a probarla. Me eché a reír a carcajadas y no podía dejar de reírme, de modo que el tío, que no podía meter baza con mis risas, se mosqueó y me preguntó que de qué me reía. Es que me acordé de una anécdota que cuenta Anita Loos en sus memorias (tenéis suerte de la memoria de elefante que tengo), Adiós a Hollywood con un beso (mis lecturas adolescentes me delatan. Las americanas inteligentes, exitosas y deslenguadas, incluida Lillian Hellman, eran mis favoritas). Cuenta que estaban en una fiesta y que una frase de una conocida cocainómana se convirtió en el chascarrillo de las fiestas durante años. La tipa en cuestión clamó que la cocaína no creaba adicción y “¡que lo sé porque hace veinte años que la tomo!”. Jaja, bueno, eso es lo más suave que me vino a la cabeza. No dije, pero también me hizo reír, sardónicamente, fue que con nuestra conversación se cumplía otro tópico, el de la chica recién emancipada al que el joven vecino con aspecto inocente introduce en las drogas, lleva por el mal camino, etc.

Otra amable invitación a consumir drogas, esta vez legales, la recibí hace un par de años, de parte de un escritor que había empezado a tomar antidepresivos –el milagroso Prozac–, por su cuenta y riesgo, y que comentó que el resultado es que la vida “perdía su sentido trágico”. Esta vez no me reí sino que me enojé, y mucho. No nos conocíamos demasiado, habíamos charlado cinco o seis veces en torno a un café, casi siempre de temas literarios, y él es unos diez años mayor que yo. Le pregunté si su mujer, de mi edad, también estaba tomando Prozac –puesto que las grandes delicias se comparten con la pareja– y me respondió que no. Entonces, ¿por qué te figuras que debo tomarlo yo? Yo no veo la vida con sentimiento trágico.” En realidad, como ya supuse, él estaba poniendo el remedio antes de que la enfermedad estallara. Estaba poniendo sobre la mesa toda clase de indicios sobre un fracaso vital, empezando por la novela que acababa de publicar, o sobre su sospecha, pero se negaba a tomar el timón, por ejemplo con un psicoanálisis.
Sin duda, cuando uno hace algo de lo que no se siente completamente orgulloso, intenta embarcar a otros para diluir la duda.

Hasta la fecha, la gente que he conocido con depresión leve y que han pedido al médico antidepresivos es gente muy crítica con el entorno y patológicamente negados para la autocrítica. Gente muy mimada (por boba que suene la palabra) y que no se resigna a salir de la burbuja de su ficción. El peligro mayor que suponen estas personas es que pretenden que tomes en serio lo que es una trampa. Parecen muy convincentes porque te cantan siempre la misma cantinela. Mi solución sería subirlos a todos a una barca y enviarla hasta los mares de la China donde, antes de llegar a la costa, deberían hacer frente a piratas vietnamitas, bregar con tiburones hambrientos y con los habitantes, que desde las orillas les reclamarían dinero para ayudarlos a ponerse a salvo. Vamos, por echar unas risas.

Todo este post viene tras saber de la gran noticia: que Vila-Matas ha fichado por Mondadori, también parece que por pasta gansa, como Cercas. Dicen en El Cultural que en Mondadori se han hartado de los jóvenes autores españoles insustanciales y altaneros. Me ha hecho gracia. Uno, porque esos “insustanciales”, hasta ahora mimadísimos por la editorial, no se daban cuenta de lo que estaba claro, que eran unos bufones modernos, a los que se les puede dar la patada cuando dejan de hacer gracia, como ya sucedía en la corte del rey despótico. Dos, que Cercas y Vila-Matas son dos de los escritores con la prosa castellana más (me callo el adjetivo). Me imagino que pronto se unirán a la nueva escudería Gopegui y Magrinyà, si no Loriga. Y así se crea el canon de la (j*) modernidad literaria.

Hay que emigrar.

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