Mecanismos internos de J.M. Coetzee


J.M. Coetzee.
Buena mirada.

Por tristes que hayan sido los días pasados, ahí está la alegría al tener siempre al alcance los libros que nos han procurado buenos momentos. Contra lo que les ocurre a muchos, o contra lo que dicen que les ocurre, J.M. Coetzee no me gustó de entrada y continúa gustándome sobre todo el Coetzee de los ensayos —Sobre la censura, Costas extrañas— más que el Coetzee de las novelas-libelo, como Desgracia o Elizabeth Costello. En un tiempo de extraordinaria vitalidad, que ahora añoro, me costó sudores prestar atención a La edad de hierro, o a Juventud, que ni siquiera terminé, y desde el principio supe, con impaciencia, que la anciana protagonista de En medio de ninguno parte terminaría en la cama con el mendigo que la incordia. Ahí está el Flaubert de La leyenda de San Julián el Hospitalario, algo que recordé por casualidad en otro momento. Foe, con una traducción excelente, fue una sorpresa y el momento de la rendición, porque para entonces ya había entrado “en el juego” del sudafricano y entendido su manera de recurrir a ciertos grandes autores de la literatura universal, como Beckett y Dino Buzzati (Esperando a Godot; El desierto de los tártaros) o Luigi Pirandello (Seis personajes en busca de autor) o William Faulkner (Mientras agonizo) para armar su novela. Al entender el tedio y la tensión que vivió en Sudáfrica, que vivían en Sudáfrica los blancos antiapartheid de clase media, entendí que se aferrara a los clásicos-modernos para tener un suelo firme donde pisar, por escapar de localismos viscosos y proyectarse fuera de un país sometido, a fin de cuentas, a una dictadura. Pero incluso eso no basta como explicación, blindarse contra la pereza típica de un profesor de literatura de universidad, para no terminar solo tarareando las grandes obras que nunca escribió.

En los últimos años se ha puesto de moda decir que Coetzee está en decadencia, que Slow Man y Diario de un mal año son malas novelas. A mí me parecieron tan buenas como las mejores. También en éstas dialogaba consigo mismo, establece cierta autocrítica no para detener las malintencionadas que pudieran venirle de críticos adversarios –convertido en diana de esos que siempre buscan nombres exitosos para conseguir una fama parásita–, sino sus propios recelos. Slow Man y su rollo moralista casi lacrimógeno no me convencía nada al principio; parecía concebida para que lo celebraran con titulares orgásmicos al estilo “una emocionante lección de moral”, eeeetccc. Pero luego hubo toda esa sucesión de cojos con amputaciones impresionantes con que me iba tropezando en la calle, en la estación del metro de Catalunya –especialmente ese mendigo que apesta a orina y a mugre y provoca un vacío en un radio de dos metros a su alrededor–, un pasajero treintañero que tampoco llevaba prótesis y ocupó un lugar junto a la puerta con expresión concentrada, ni siquiera triste– para entender de qué manera plantear esa doble amputación –física (la pierna), simbólica (el territorio y la memoria)– era un gesto de valentía, una exploración de muchas direcciones y que era un tren al que debía subirme sin tardanza. Me gustó mucho el desarrollo y cómo no abandona ni en una línea esa coherencia tan de Coetzee, entre lo que parece hiriente misoginia y es una crítica más certera que acerba a las tópicas claudicaciones (claudiquer en francés es, casualmente, cojear) de las mujeres maduras–, para convertir el deseo en el motor y pilar de nuestras conductas. Contra esa ridícula bicicleta que le regala la familia de su amada Marijana, para que se paseara por la calle diciendo “soy un inválido y lo acepto”, él elige su libertad de continuar deseando.
Diario de un mal año vuelve a hacer pedazos el papel de gurú que se le atribuye, por el “mero” hecho de ostentar el Premio Nobel, un premio izquierdista y tal y cual. En los párrafos en que se pone estupendo diciendo todo lo que se le ocurre sobre la situación política , él mismo se atiza un correctivo mostrando en acción a la impitoyable chica-mona-que-mueve-el-culo y sabe lo que quiere y a su marido que juega en ese otro mundo de ficciones verosímiles que es la Bolsa y vuelve a llevarse el dinero de la partida.

Y hace poco Mondadori ha sacado a la calle Mecanismos internos, y su primera novela, por fin traducida al español con un título tan prometedor como Tierras de Poniente. La he hojeado apenas, aunque me ha gustado ya lo vigoroso que sonaba a los treinta años. Pero de la colección de ensayos –no me gusta demasiado la traducción, que me suena sobreescrita y tirando a grandilocuente–, me ha vuelto a interesar cómo nada contra la marea. Si bien se lee, es un conjunto de reflexiones sobre la figura del escritor y sobre el peso de la traducción en la cultura. Hay quien se ha quejado de que, para tratarse de reseñas publicadas en The NewYorker o TNY Times of Books (no tengo el dato) son muy largas. Pues también en esto se quejan de vicio: son largas porque sigue la tradición del crítico literario americano más emblemático, Edmund Wilson, y casi diría que sigue el mismo esquema.
Muchos de los artículos son buenos, otros brillantes (como los dedicados a García Márquez y a sus putas dormidas o a Celan o a Arthur Miller), pero muchos valen también porque pondrán en su sitio a tanto criticucho/a políticamente correcto –literariamente miope– que no atina a mear dentro de la taza ni aunque ésta tenga un diámetro de tres metros.

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