TEMPORADA DE CAZA PARA EL LEÓN NEGRO, de Tryno Maldonado y BAJO ESTE SOL TREMENDO, de Carlos Busqued








Lo relevante de la última edición del Premio Herralde, que de nuevo galardonó a autores latinoamericanos (Carlos Sada e Iván Thays), es que el jurado, compuesto exclusivamente por españoles, ha considerado dignos de mención otros tres títulos: Temporada de caza para el león negro, del mexicano Tryno Maldonado, Bajo este sol tremendo, del argentino Carlos Busqued y Asuntos propios del español José Morella.


Como los autores españoles nos movemos en otra liga y en un horizonte de referencias distinto del que ocupa a los latinoamericanos, he descartado de este comentario a Morella.


De entrada, señalaría que aunque Tryno Maldonado (1977) posee una experiencia de publicaciones mayor que Carlos Busqued (1970), Bajo este sol tremendo, primera novela del argentino, es muy superior a Temporada de caza para el león negro. Los dos rezuman influencias norteamericanas, con notas del grunge, el minimalismo carveriano, la violencia sarcástica que conocemos de las películas de los Coen y de sus inspiradores, como Cormack MacCarthy. Sí, eso es algo que captamos a la primera lectura, pero las influencias europeas son también evidentes en el texto de Maldonado, en su idea del morbo sexual ligado al malditismo del artista plástico de vanguardia, que toma de los surrealistas, del Genet en Barcelona, pasados por la licuadora de la Factory de Warhol. Lo sorprendente es que con tales ingredientes lo máximo que consigue Maldonado es un largo anuncio de zapatillas Converse.

Temporada de caza para el león negro relata con fragmentos, breves casi todos, la historia entre Golo, un pintor jovencísimo y genialoide, y el narrador, un chico bien que un día soñó con ser pintor pero fue derrotado de entrada por su daltonismo y no gastó el tiempo en llorar porque, dice, la “salida del armario” le mantuvo harto entretenido. Guarda relación con el mundillo artístico y así en una tópica presentación de artistas emergentes conoce a Golo, reencarnación del maldito Basquiat, un chico sin formación y gran talento natural para la pintura, que nunca se separa de sus viejas y sucias Converse ni de sus pulsiones destructivas. El narrador presume de relatar la relación extrema con Golo según el cliché de estupefacientes varios y mucho sexo, carácter salvajemente imprevisible y seductor de Golo con el trasfondo del mundillo ultraesnob del arte vanguardista, mexicano aquí, clon del de cualquier gran ciudad. Un lector español que no tenga 20 años va a encontrar en Temporada de caza… un remedo de las andanzas y trifulcas de Paul Verlaine y Arthur Rimbaud en su supuesta intención escandalosa (“Le gustaba venirse en mi espalda y, a veces, cuando estaba más caliente, me pedía que yo se lo hiciera por detrás”) y una recreación de las figuras de Raschemberg y Pollock en la semblanza del artista, creador en trance, que se incorpora a la gran tradición vanguardista devorando, como hizo el propio Rauschemberg, la tradición previa en una continua desacralización del pasado y sacralización de la inspiración creativa. Hay atisbos interesantes en esas historias que dice tomadas de Bukowski o de Cheever, como la que da título a la nouvelle, pero Maldonado se extravía en la autocomplacencia, su trama es fetiche de un consumismo de transgresión, banal como un anuncio de zapatillas Converse.

Bajo este sol tremendo

 

Al contrario, la magnífica primera novela de Busqued nos pinta una brutal alegoría de los efectos de la represión de la dictadura argentina y la tortura en un argumento que nunca las menciona. El protagonista de Bajo este sol… Certati, es un tipo desmotivado adicto a los documentales televisivos sobre animales, ya próximo a los 40 años, al que un día telefonea un tal Duarte notificándole el asesinato de su madre y de su hermano a manos del marido de ella, que se ha quitado la vida acto seguido. Con el pretexto de cobrar un seguro y hacerse cargo de los cuerpos, Certati viaja hasta Lapachito, un pueblo hundido en un barro corrosivo y poblado de peligrosos y exóticos animales que nos recuerda a Comala. Lo guía Duarte, colega del asesino suicida. Este Duarte es un personaje redondo; antiguo militar retirado que se distrae con el aeromodelismo y la pornografía más dura, posee los contactos y la astucia para hacerse sin problema con el dinero de la indemnización, que divide con el alelado huérfano. Tiene por lugarteniente a Danielito, un niño viejo, un nerd paramilitar que se orina de noche, compinche en un turbio negocio de secuestros e hijo de la primera mujer del asesino suicida. A la espera de esa indemnización, Certati pasa el tiempo emporrado, viendo por cable documentales sobre monstruosos pulpos submarinos, batallas célebres y escuchando noticias sobre elefantes torturados en los circos. Limitándose a la descripción de escenarios, diálogos salvajemente crueles, Busqued pinta una geografía ocupada por la tortura, con casas como celdas de castigo donde un ajolote es la única compañía de un hombre-recluso y donde los presuntos avances científicos en el estudio de los animales son otra forma de ensañamiento. Los animales son, como el ajolote cortazariano, el doble acusador de los hombres y finalmente su juez. En menos de 200 páginas, Busqued acierta a mostrar a qué se dedicaban Duarte y el suicida en sus tiempos mozos, los efectos psicológicos y concretos que causan la impunidad de la dictadura –así, la anomia de Certati y Danielito que no saben literalmente nada de su historia familiar–, y alegoriza un territorio cuya podredumbre infecta hasta el agua que beben sus habitantes. El final, con un happy end y una huida a un territorio idealizado, es el guiño burlón de Busqued a las novelas norteamericanas, sin renunciar a un último mensaje sobre la banalidad del mal, disfrazada de eficacia.



María José Furió,

publicado en la revista Turia, junio de 2009

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