Prostitución, del Neorrealismo italiano a la España de la posTransición


Matrimonio a la italiana, cartel de la versión española.
Y La caja 507, de Enrique Urquizu

No se me ocurre un título más sintético para resumir un tema que lleva meses rondándome en la cabeza para un artículo y es cómo se aborda el tema de la prostitución en el cine y en la narrativa. Sé que hay cientos de artículos dedicados al tema, demasiado goloso para que los departamentos de estudios literarios o de estudios culturales lo dejen pasar.

Pero lo que a mí me interesa es ver de qué modo la figura de la prostituta se ha convertido en un cliché en la narrativa actual (así, a grandes rasgos, no parece una tesis a la que prestarle atención), y en el cine, que trivializa, dulcifica y desinforma, cuando no degrada a la mujer.

Estos serían algunos puntos a tratar:

* en el cine neorrealista y hasta principios de los años setenta, la prostituta se ha visto abocada a prostituirse por las condiciones económicas, por la ruina provocada con el desastre de la segunda guerra mundial. Su destino es trágico o no (Las noches de Cabiria, de Fellini; Mamma Roma, de Pasolini, por mencionar solo dos); el personaje está perfilado psicológica y socialmente en estrecho vínculo con el contexto histórico. Forma parte del lumpenproletariado (definición Pasolini). Pero ya después del neorrealismo, y pienso en dos películas de tono tan distinto como Matrimonio a la italiana, (1963) de Vittorio de Sica, con los sensacionales Sofía Loren y Marcello Mastroianni, y El día de la lechuza, (1968) de Damiano Damiani (basada en la novela de Leonardo Sciascia), con Claudia Cardinale y Franco Nero, el tema implícito es el rescate social de la prostituta.

Me explico:

* En Matrimonio a la italiana, la Loren es Filomena Marturano, una joven prostituta que conquista a un acaudalado Marcello Mastroianni, el cual nunca llega a pedirle matrimonio hasta que, mediante un tragicómico ardid, ella le obliga. La lucha de esta mujer es proporcionarles una familia y un nombre a sus tres hijos, de tres hombres distintos. Su defensa a ultranza de la familia y de la maternidad la redime para el espectador, embelesado con el talento de Loren, conmovido por el paisaje histórico que ha compartido. Hay un mensaje destinado, posiblemente, a la Italia que está accediendo a la modernidad de los setenta para que acepte de qué jirones está hecho su pasado.
* En El día de la lechuza, con un trasfondo de denuncia a la intervención de la mafia siciliana en el desarrollo urbanístico y la corrupción política de la región, Damiani muestra a Claudia Cardinale como protagonista. Su marido, un obrero pobre que trabaja a destajo, ha desaparecido cuando se acaba de hallar muerto a otro obrero también empleado en la construcción de una carretera. El guapo policía, que se jacta de tener estudios, quiere descubrir las entretelas de la corrupción tropieza con toda la red mafiosa que construye la sociedad. La Cardinale, siempre sola, soporta alusiones y una fama de prostituta, pero ella muestra hasta el final su fidelidad al marido que ha huido por miedo a ser ejecutado como testigo indiscreto del “crimen mafioso”.

Es decir, en los dos casos, las mujeres simbolizan una virtud y una moralidad intrínsecas, terrenas, valores que quieren ser italianos.
Algo distinto ocurre en Profumo di donna, de Dino Risi, protagonizada por Vittorio Gassmann. Aquí, Gasmann es un hombre herido, de cuerpo y alma (me encantan estos tópicos). Una explosión en la guerra lo dejó ciego y debe contratar a un muchacho como lazarillo. Ciego pero enormemente seductor, frecuenta a menudo prostitutas y exhibe una actitud machista que hoy nos parece incorrectísima. Las prostitutas representan aquí el lado diríamos que higiénico de la tensión sexual y, probablemente ya con lecturas marxistas, el asunto del film es que Gassmann ha de renunciar al sexo pagado como única fuente de goce por el amor de una muchacha. Su claudicación ante emociones reales inhibidas, a la vulnerabilidad, se presenta como una emancipación del individuo, del lado macho del personaje.

Y qué ocurre con las películas de nuestra Postransición? Lo que escribe Elisabeth Roudinesco en Nuestro lado oscuro (Anagrama, 2009) sobre perversiones y trivialización de usos perversos viene al pelo. Pero ataquemos los ejemplos:

La caja 507 (2002), primera y potente película de Enrique Urbizu. El tema, como en El día de la lechuza, la intervención de la mafia (italiana y sus redes ya internacionales) en la especulación sobre suelo urbanístico del litoral andaluz. Un Juan Nadie, un don Modesto interpretado por A. Resines, se convierte en un implacable justiciero tras perder a su hija en un incendio provocado y sufrir un ataque en su casa que deja en coma a su mujer. Lo interesante es que la novia del antagonista, José Coronado, en la piel de un antiguo policía metido en aguas peligrosas, es una prostituta retirada con problemas con el alcohol, muy mal interpretada por la superpija Goya Toledo (aunque estaba fenomenal en Amores perros). El problema aquí es que las dos mujeres normales, que representan esa garantía de normalidad, ese bienestar al que supuestamente todos aspiramos –y por eso el prota justiciero es Resines– están una muerta (en los cinco minutos de arranque de la película) y la otra en coma hasta el minuto final. Como si un hombre de hoy no pudiera contar nada de la normalidad salvo presentarla como fantasma y horizonte.

Entonces, ¿por qué Urbizu ha puesto una prostituta como protagonista femenina? Toledo y Coronado significan la redención imposible (“quien mal anda mal acaba”) a través del amor de dos trayectorias turbias. Se supone que el amor es el rito de paso, pero fracasan porque Modesto persigue un fin superior al bien privado de esos dos secundarios del crimen: persigue el orden social, la justicia, el amor familiar, el dinero ganado honradamente. Y quien roba a un ladrón… Curiosa moraleja tratándose de un trhiller moderno. Es lo que tienen los esquemas de guión a la americana.

Bien, yo creo que poner a una prostituta de protagonista sirve para sugerirle al espectador que esa mujer tiene sexo, que es sexo y que es interesante precisamente porque es sexo (pese al resto de rasgos degradantes, el alcoholismo, la desidia). Hay una trampa, en estos argumentos, igual que en Princesas de León de Aranoa. La prostitución encarnada en la figura de mujeres hermosas falsea el trato auténtico de objeto y comercio que se da en la realidad. Si todos los trabajos cansan, el de la prostitución cansa como toda esclavitud física. Como cansa el de los modelos publicitarios que no consiguen los objetivos que se marcaron al empezar la carrera.

Lo mismo ocurre en determinadas novelas, especialmente en bastantes de las publicadas en los noventa, donde el tono amable hacia la prostituta refleja que la inspiración nace de la ficción y no de la experiencia: Irma la dulce y Las noches de Cabiria, pero no la turbia Klute, aquella fascinante película con Jane Fonda y Donald Shuterland.

Claro, conocemos hombres y mujeres que se dedican a la prostitución y hombres (más que mujeres) que consumen prostitución. Pero las figuras que reflejan a unos y otros han dejado de tener, por su frecuencia obsesiva, el sentido revulsivo que tenían hasta finales de los años setenta y el objetivo del argumento, ése a quien se le está contando la historia, es ese hombre de la calle, dechado de virtudes ciudadanas. Ese Don Nadie que en la realidad no existe.

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