Cristina Fallarás o la victimización de los niños abusados


Fuente: El Siglo de Durango
El Universal / Ciudad Juárez, Chihuahua. – 05 de ene de 2009.

 

“No hay cosa en todos nuestros cuerpos
que no haya sido otra cosa
y no tenga historia.”
Quevedo, El Buscón.

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Cristina Fallarás es una periodista avispada, muy avispada, por eso suele meter el dedo, la nariz (y la pata) en la llaga de los temas más candentes, como son la corrupción política y económica, la prostitución, la iglesia, el machismo y la violencia doméstica. Y ahora también le preocupa el tema de los niños que han sufrido abusos sexuales. Es tanta su preocupación, que se hace las avispadas preguntas que el lector puede leer en su blog en el que se pregunta por los detalles de “el horror” de los niños/as que han sido sometidos a sevicias sexuales, con o sin penetración (aunque, naturalmente, para una periodista tan penetrante como ella, es más que posible que sólo considere abuso si ha habido penetración completa).

Dice Fallarás:

  • “Quiero más datos. Esas catorce niñas, ¿qué significa que han sido rescatadas? ¿De dónde? ¿De sus propias casas o de las guaridas donde los malos se cebaban?
“¿Cuánto tiempo llevaban esas niñas presas de los malos?

“¿Qué supone para unos genitales de pongamos siete años ser penetrados por un pene de pongamos 15 centímetros? ¿Qué supone para unos genitales de 5 años? ¿Qué supone para los genitales de una niña de 3 años?

“¿Qué coño se supone que tenemos que preguntarnos cuando dicen que catorce niñas de hasta 3 años han sido rescatadas de una red de pornografía infantil que abusaba sexualmente de ellas?

“¿Qué quiere decir abusaba sexualmente?”¿Cuánto tarda en cicatrizar el desgarro anal en una niña de cuatro años?
Tenemos que saber cuánto tarda el cerebro de una niña de diez años en desconectar del mundo abuso tras abuso. ¿Desconecta tras una semana de abusos? ¿Tras un mes? ¿Es capaz el cerebro de una niña de once años de seguir conectado con el mundo tras la penetración número 25?

¿Por qué no cuenta esa noticia cuánto tarda en deteriorarse el corazón de una niña de cinco años cuando, tras ponerle cara al horror, la visita del horror es diaria?

La noticia dice: “Una operación policial internacional que todavía sigue abierta permitió desmantelar siete redes de pornografía infantil, detener a 170 personas y rescatar a 14 niñas en varios países, informó hoy el FBI”. La noticia pasa, desaparece, no sabemos más. Porque ignoramos en qué momento el cuerpo de una niña de nueve años renuncia a gritar. ¿Es el miedo al horror lo que nos impide preguntárnoslo?

A veces siento que por eso para mí la literatura es necesaria: para mí las preguntas son otras.”

Por mi parte, no entiendo ninguna de sus preguntas, o quizá es que las entiendo demasiado bien. Entiendo que juega a forense, a médico, a experta de algo que ignora, y, peor, ignora conceptos clave dentro del tema del abuso sexual a niños y entre ellos el fundamental: el concepto de revictimización de los niños a manos de expertos de toda suerte (siendo los más peligrosos esos periodistas que, con la máscara de querer saber, se convierten en voyeurs de un dolor ajeno).

  1. Victimización: “En este contexto general la problemática específica de la niñez victimizada por vía del abuso sexual (o violación) tomó progresivamente cuerpo en la agenda pública. En cuanto tal, participa de lo que desde la Victimología -otra disciplina que tuvo gran desarrollo- se conoce como victimización primaria (consecuencias que sufre la víctima directa de un crimen) como también de la victimización secundaria en cuanto “… sufrimientos que a las víctimas, a los testigos y mayormente a los sujetos pasivos de un delito les infieren las instituciones más o menos directamente encargadas de hacer justicia: policías, jueces, peritos, criminólogos, funcionarios de instituciones penitenciarias, etcétera”.(2) La estigmatización que la sociedad realiza luego sobre la víctima se conoce como victimización terciaria. De las tres, nos ocupa la segunda.”
  2. La yuxtaposición de objetivos jurídicos, sociales, psicológicos, pedagógicos o médicos sin una matriz que les dé coherencia ad-intra y ad-extra abona el terreno para la victimización secundaria. El mero “amontonamiento” de profesionales, la superposición de revisiones médicas o de entrevistas que saturan por su cantidad, pero no profundizan en calidad, la -como mínimo- inespecífica respuesta policial, etcétera, expresan la falta de adecuación de los procedimientos, según el imperativo por el cual el Estado debe adoptar “…todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual, mientras el niño se encuentre bajo custodia de sus padres, de un representante legal o de cualquier otra persona que lo tenga a su cargo” (CIDN, art. 19).
No me sorprenden los planteamientos de C. Fallarás y, desde luego, es impresionante ese “tenemos que saber”. No me sorprende porque, en su momento, tras leer La mentira, que habla precisamente de abusos sexuales en la infancia y adolescencia y de los mecanismos de defensa frente a ellos, no le interesó comprobar que los niños abusados pueden salir del drama, no le interesó que la víctima de abusos puede distanciarse de ellos por la vía de devolver la violencia a su dueño, esto es, al abusador, o reflexionar sobre esta clase de acontecimientos sin erigirse en víctima sino en testigo. Tampoco le interesó lo que ahora dice que sí: que el horror cotidiano es también el tedio cotidiano del horror y de la desperzonalización angustiada.

Asimismo, aunque me consta que conoce a una mujer que padeció en su casa la violación asidua durante varios años, este conocimiento no parece que haya dejado huella en forma de reflexión para verificar si esa persona ha rehecho su vida felizmente y si el recuerdo de los abusos es más o menos indeleble en función de que haya recibido una terapia psicoanalítica o lacaniana o de otro tipo o ninguna. En cuanto a “el cuerpo de una niña de nueve años renuncia a gritar” es en sí incongruente: el cuerpo dice el placer y el miedo sin que la niña o la mujer o el hombre puedan hacer nada por evitarlo. Y de esa falta de control que, por fortuna, tenemos sobre nuestros cuerpos, surgen los síntomas que delatan/denuncian la violencia sufrida, pero también proclaman, llegado el momento, la dicha, la felicidad, la curación.

Es probable, por sus mismos planteamientos, que a Fallarás no le interese saber que el amor puede curar hasta el punto que alguien olvide lo sucedido o queden recuerdos despatologizados.

Al público –también ese público femenino que, según me comento en su día R. Buenaventura, tiene entre sus fantasías sexuales habituales la de ser violada– no suelen complacerle los libros que enfrían el morbo de la violación o la violencia sexual. Recientemente, Sergio González Rodríguez, autor deHuesos en el desierto, sobre los crímenes de mujeres en Juárez, explicaba en una charla con J. G. Vásquez y G. Nettel, que él trata de no excitar los bajos impulsos del lector y que por ello no presenta y no dramatiza el acontecimiento sin la mediación de la reflexión (es, por cierto, lo contrario de lo que hacen Lucía Etxebarria y C. Fallarás, que hasta donde yo sé, no sufrieron violencia sexual de niñas). Por lo mismo, Roberto Bolaño en 2666 en La parte de los crímenes, realiza un sobrecogedor inventario de los mismos episodios de Juárez. En lugar de novelizar la violación, presenta el hallazgo de los cuerpos, y es el aspecto serial y despersonalizado lo que ofrece al lector la dimensión profunda y violenta del horror. No les importa el goce del violador/homicida sino lo que hay de holocausto femenino en la reiteración. Ambos –y, naturalmente, no son los únicos– aciertan a detectar la diferencia entre el goce sexual y el goce sexual espurio del voyeur disfrazado de “averiguador de la verdad” y dado que ambos, por diversos caminos, exploran el arraigo de la violencia machista en la conformación de la identidad del país –pero también, su vínculo con ritos ancestrales– presentan esa montaña de cuerpos destrozados, donde los nombres propios se acumulan intercambiables, definitivamente apartados del goce, como un interrogante lanzado en el tiempo.

Sobre el concepto de Victimización: http://www.elsantafesino.com/opinion/2005/03/18/3420

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