RAMÓN BUENAVENTURA: Releer a Cortázar


Julio Cortázar, con una cámara reflex y un gato reflex
Ramón Buenaventura, escritor, poeta, traductor, y pionero de la blogosfera
Foto: Angelika Steiner

Copio lo que Ramón escribe en su blog (Librillo de Apuntes de Ramón Buenaventura) sobre la aventura de publicar a Julio Cortázar, que es en realidad una reflexión sobre la desmemoria tan bien utilizada hoy por editores de diarios y políticos:

Hace unos días se presentó en el Centro de Arte Moderno de Madrid un librito (de lujo) para bibliófilos (ricos) en que se recogen tres relatos inéditos de Cortázar, escritos, al parecer, durante la época en que compuso Historias de Cronopios y de Famas (1962). No creo que sean textos especialmente interesantes, pero ya los leeremos, porque tarde o temprano los publicará BABELIA en exclusiva otorgada por Carmen Balcells.

Lo que ahora me importa es este párrafo de Ezequiel Martínez en el artículo que sobre el evento publicó en El País:

«Más tarde, mientras se colocaba en la solapa una foto de Julio que le regalaban a los asistentes al ingresar a la librería del Centro de Arte Moderno —un local atestado de primeras ediciones a la venta—, Juan Cruz le recordó a Aurora la insólita anécdota de cuando, en 1993, mientras estaba al frente de la editorial Alfaguara, él se empecinó en reeditar las obras de Cortázar en España: “El problema es que para publicarlo aquí, lo tendríamos que traducir”, le decían.»

Quién le diría semejante estupidez a Juan Cruz Ruiz. En 1993, Cortázar estaba aún en ese purgatorio de desatención o casi olvido al que pasan casi todos los escritores cuando mueren. En Alfaguara tuvimos varias reuniones sobre el tema y no hubo nadie que disintiera: la decisión de volver a publicar toda la obra de Cortázar, incluso de iniciar una Biblioteca Cortázar en la filial argentina, se tomó por aclamación. En todo el montaje participamos desde el principio Juan Cruz (claro: era el director de la editorial y, además, su lectura de Rayuela —varios días encerrado en una habitación de colegio mayor, sin permitir que entraran las señoras de la limpieza a adecentarle el habitáculo— era una aventura que todos conocíamos), Juan Martini (director de Alfaguara Argentina), Sealtiel Alatriste (director de Alfaguara México), seguramente el director de Alfaguara Colombia, cuyo nombre lamento no recordar, Lola Díaz (directora de promoción y prensa) y un humilde servidor de ustedes. Lola montó un intenso plan de presentaciones y yo —además de colaborar en todo lo que pude— me escribí las contracubiertas de los libros, que terminaban siempre con la frase «Hay que leer a Cortázar». Fue el eslogan de la campaña.

Salió todo bastante bien, se vendió lo que pudo venderse (sobre todo los dos tomos de los Cuentos completos), y los implicados vivimos aquella época en la sensación de ser unos privilegiados literarios, por la tarea que habíamos desempeñado y, también, porque le habíamos devuelto a Julio Cortázar una partecica del favor inmenso que él nos había hecho con sus libros.

¡Qué bonito sería volver a leer Rayuela por primera vez! ¿Verdad, Juan?

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Yo empecé este verano a leer Rayuela pero no lo terminé. Como era de esperar, considerando la provecta edad de mi ejemplar, el libro se deshojó en mis manos. A ver si encuentro las páginas desperdigadas y vuelvo a Cortázar.
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