¿NO SE DAN CUENTA O NO QUIEREN DARSE CUENTA?


Lucrecia Martel, directora de cine

El peruano Iván Thays-
En el último Premio Herralde, un jurado compuesto sólo por hombres premia a dos hombres: al venerable autor mexicano Daniel Sada (sigue la influencia de Bolaño) y al muy simpático Iván Thays, autor de la bitácora más amena y menos dogmática sobre actualidad literaria que parece posible leer (en castellano) hoy en día. Lo irónico es de qué van las novelas premiadas: de un trío amoroso muy casto (según declaraciones a la prensa del editor) en el caso de Sada. De los sufrimientos de un padre joven separado que pierde a su criatura (or something like that) Irónico porque esta exhibición de sensibilidad “femenina” contrasta con el monopolio de poder masculino desde el que se ejerce dicha exhibición: editoriales, prensa, leyes…

Seguimos: el último Babelia, ayer sábado las reseñas de literatura llevan todas firmas masculinas. Y salen a la calle así, a pecho descubierto, uno tras otro. Dedican la página que abre el suplemento y entrevista principal a una directora de cine latinoamericana, Lucrecia Martel, que aparece, fíjate tú, fumándose un puro, no nos vaya a salir como una tontita.

Y seguimos: Letra Internacional, una revista muy solvente de pensamiento con raíces socialistas, llega a su (celebrado) número 100. La lista de firmas alcanza los 27, pero de ellas sólo cuatro son mujeres.

No es un problema de cuotas, sino de inercias. España carece de una cultura sobre la mujer y sus enfoques de cualquier tema suelen ser históricos, no conceptuales.

Nunca hasta que publicaron mi novela había yo sufrido esa infavaloración tan española por el hecho de ser mujer, que te adjudica un coeficiente de inteligencia necesariamente inferior a la media estadística. Compruebo que esta tendencia a la baja es menos frecuente en Cataluña –donde se da más una discriminación de tipo económico o de lengua, algo que para los que practican esa discriminación va unido. Es una tendencia tan arraigada en la mente masculina que un escritor cubano, Rolando Sánchez Mejía, me confesó que su amigo, también cubano, Radamés Molina, le había dicho de mí: “No, ella es inteligente”. No me halagó, no me pareció que hablaran de mí. Me interesó ese “ella sí” y pensé: como dos infiltrados que se transmiten las claves de funcionamiento de un gang secreto.

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