El navegante dormido, de Abilio Estévez


 
El Vedado, Habana, 2004, Foto: M.J. Furió


El navegante dormido
es una novela de fantasmas, y no porque pertenezca al género de la literatura fantástica sino porque sus personajes viven fantasmalmente, son espectros de una vida que terminó sin pretenderlo ellos en tragedia. Si los personajes parecen fantasmas, la novela en conjunto lleva a pensar en un hermoso pájaro con las alas mutiladas, un pájaro que se hubiera mutilado a sí mismo –mutilación real o fingida– para manifestar que no quiere volar, que no tiene a ningún sitio adonde ir y que desea acotar a pasos cortos el espacio a su disposición. Abilio Estévez (La Habana, 1954), que con esta novela cierra su tríptico cubano, renuncia a ofrecer puntos de respiro en una trama opresiva que podría resumirse en una frase simple: una familia cubana pobre esperando un huracán devastador. También podría llevar el título de un texto teatral suyo, Ceremonias para actores desesperados, porque a eso se reduce la acción cuando se ha perdido el proyecto personal, a una serie de ceremonias que se cumplen como simulacro de una vida con sentido. No estoy queriendo ser suavemente mezquina con Estévez para evitar decir que la novela me ha defraudado al compararla con Inventario secreto de La Habana, sino que constato que en esta novela su autor está dialogando menos con sus lectores que con la tradición literaria latinoamericana. En la medida que el lector conozca esa tradición, lo que no es evidente entre lectores españoles, le resultará más diáfano el sentido de El navegante dormido.

 

La acción tiene lugar en 1977 en una casona o bungalow junto al mar, donde varias generaciones de una familia cubana conviven y sobreviven más allá de toda esperanza mientras aguardan que un espantoso huracán “con nombre de actriz de cine” arrase la isla. La espera de esa devastación, fechada en 1977, cuando a Fidel Castro aún le quedan treinta años de ocupar el poder en la isla, lo dice todo sobre la crítica que encierra esta novela. Los personajes son los ancianos Mamina, el coronel Jardinero y Andrea, su hija Elisa, actriz de teatro, el homosexual Otero, Juan Milagro y los jóvenes Locuaz el Mudo, Jafet y Valeria, quien tres décadas después, instalada en Manhattan, ha de escribir la historia que leemos, construyéndola como evocaciones fragmentadas a partir de recuerdos o fotografías. El discurso roto de la narración reproduce las biografías truncadas de los personajes. Las historias se cuentan varias veces como el que busca un atajo, es decir, un desenlace menos terrible.

Reunir a varias generaciones permite que el autor recorra la historia de Cuba y sus tics culturales, tanto el período de la esclavitud y la guerra contra España como la época de Batista y la de la revolución de Castro. En “A través del monte” y “Aparición de Mamina”, Abilio Estévez recrea la emocionante huida de la negra María de Megara por el monte, como cimarrona imprevista. Que la vieja casa de maderas nobles de Oregón resistente (aunque cada vez menos) en la que habitan sea una herencia de un norteamericano, el doctor O. Reefy, vinculado a la familia por su convivencia con una de las mujeres, sirve para introducir el mito del Norte, la utopía de la libertad, la quimera de escapar con la balsa hasta las orillas de Miami o a través de toda la mitología de la edad de oro del cine y la música de jazz….

Sabemos que Estévez está en las antípodas del también cubano Pedro Juan Gutiérrez; sin embargo, la crítica que ambos hacen es igual de corrosiva: retratan, uno con un lirismo clásico y el otro con la estética grunge del minimalismo carveriano, la trastienda de la triunfante revolución castrista, su fracaso, el amordazamiento de los cubanos. “Hasta ordeñar una vaca es delito” dice el Coronel Jardinero.

 

En El navegante dormido todo es triste y crítico: sus personajes tienen la melancolía y la rabia del que pasa hambre. Todo cuestiona la revolución y ese huracán que la familia entera espera es el símbolo y resumen de la revolución cubana: una catástrofe. Morosamente enlaza con la tradición literaria latinoamericana en su caudal simbólico –el reloj que da la hora a su gusto, la gramola, el bastón, la lancha y la propia casa–, con la literatura del boom en su mezcla experta de recursos estilísticos. Como autor en el exilio, Abilio Estévez habla del exilio interior de los cubanos disidentes, pero la densidad y riqueza de su lenguaje se descubre como raíz hundida y proyectada en el tiempo y como réplica potente a la vacuidad del discurso castrista.

Tusquets Editores, novela, 2008

María José Furió, revista Renacimiento, Sevilla.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s