PHOTOESPAÑA 2004: HISTORIAS


Renaud Auguste-Dormeuil

Paul Graham
 
Enrique Metinides

Que Madrid no quiere ser, no puede ser, una ciudad de diseño me saltó a los ojos en plena Gran Vía cuando ese viejo setentón con pantalones cortos me rebasó a toda pastilla sobre sus patines en hilera y se alejó raudo, acompañándose con vigorosos movimientos de brazos, hacia el pálido ocaso que envolvía la silueta de los rascacielos de la plaza de España.

 

Estas estampas inclasificables son el signo de la modernidad más radical de las ciudades de hoy. Ese viejo que asumía a su antojo las propuestas del consumo y deportiva juventud refutaba por las bravas todos los estudios de marketing sobre público-diana y los tediosos, ñoños, tópicos sobre la vejez. Él era también esa fotografía que nadie hace porque la Fotografía dice estar en crisis y se ha convertido, como tantos géneros artísticos, en un arte autorreferencial, reiterativo en sus temas, y muchas veces enquistado en onanistas reflexiones conceptuales. La Fotografía hasta hace dos décadas tuvo una poderosa capacidad de generar sentido porque los fotógrafos, exploradores y narradores de la realidad, establecían una relación directa con lo fotografiado y no habían decidido sospechar de sí mismos ni de sus herramientas y no se habían extraviado en laberintos verbales. Tampoco habían asumido como hecho irremediable que fundaciones privadas o de ideario conservador costeen la exhibición de las propuestas supuestamente más críticas y que ponen el dedo en la llaga de nuestras carencias sociales.

 
 

Ahí estuvo el magnífico René Burri para corroborarlo en una charla con H.M. Koetzle celebrada el 9 de junio en el Círculo de Bellas Artes. Burri, autor de imágenes ya icónicas como la del Che fumando un puro, es un emblema perfecto del vitalismo de los años setenta. Burri se definió: “Soy un optimista incurable y estúpido.” De su trabajo dijo: “En esta carrera de obstáculos uno se define continuamente”. Cada una de sus frases podía ser un titular: “Entonces uno tenía hambre de ver el mundo”; el trabajo de fotógrafo “Era una especie de romance que no duró demasiado”. El culpable de la crisis del fotoperiodismo y de la fotografía por extensión fue el Dinero, que llegó a raudales en los ochenta, junto con las innovaciones tecnológicas que permitían manipular la imagen, y “entonces nos convertimos en nada”.

 

PhotoEspaña 2004, como atendiendo a esta crisis de identidad, opta por referirse a “los nuevos lenguajes documentales en el arte contemporáneo” e incluye el cine, el vídeo y las artes plásticas. Cambia también de nombre y se convierte en Festival Internacional de Fotografía y Artes Visuales. Su nuevo director artístico, Horacio Fernández, propone como línea argumental Historias, buena síntesis de sus intenciones y logros.


Dicen querer provocar el debate sobre la validez de los actuales “usos narrativos” en la creación contemporánea. En este debate participa Paul Graham del que puede verse Troubled Land, New Europe y American Night (en alusión a la técnica cinematográfica de noche americana). Graham exhibe gigantescas, suntuosas, fotografías de casas unifamiliares americanas enfrentadas a imágenes de homeless bajo luces oblicuas e imágenes de negros aislados en parkings o carreteras, a los que no es fácil ver porque Graham sobreexpone la película y sólo se ve una patina blanca. Es, dice, “como una forma de ceguera”, pues también “elegimos no ver a determinados estratos sociales”. El mensaje de Graham tendría plena validez si se expusiera en la calle y no como objeto de calidad en las rutilantes salas de la Fundación Telefónica. Ese deslizamiento del mensaje crítico en los rituales del arte contemporáneo es la marca de fábrica de artistas posmodernos que, blindados por una cultura apabullante, sólo aciertan a ver la paja en ojo ajeno.

 

Menos pretenciosas y más conmovedoras son las obras del Círculo de Bellas Artes y la Casa de América. La fotografía busca temas en una intimidad, la familiar, que refleja lo social (Mitch Epstein); o revisa los cambios en la nueva Sudádrica donde la tradición se convierte en valor de identidad (Chanarin y Broomberg) o simbolizando el querer olvidar y recordar a la vez se retrata la silueta borrosa de un campo de concentración. Nicolás Goldberg se pega a la realidad para documentar la derrota de Carlos Menem y retrata así una Argentina turbia y quimérica. (Ojalá el año que viene veamos un reportaje parecido dedicado a Aznar).

 

Poética es la serie “Escapistas”, de Pedro Álvarez, donde contrapone los retratos de surfistas agotados a las imágenes nocturnas del mar, sugiriendo un encuentro latente, encuentro que se produce fuera de la foto.

Interesantes en su intención, pero no del todo conseguidos plásticamente, son los trabajos de Pedro G. Romero, “Archivo F.X.” sobre la iconoclastia, de Rineke Dijkstra en sus series de retratos sobre miradas que expresan la transformación interior de jóvenes reclutas donde el planteamiento de límpido retrato frontal y el consentimiento del retratado anula la posibilidad de “cazar” esa nueva mirada pulida por la experiencia militar. Dennis Adams en Airborne ofrece una metáfora del 11 de septiembre de 2001 a través de fotografías de bolsas y hojas de periódicos con titulares como “Basta!” sobrevolando Nueva York. Airbornehabría resultado más eficaz en vídeo. Aunque los tres artistas indagan en la relación Historia-historias no imbrican de una vez intención e imagen como sí hace el francés Renaud Auguste-Dormeuil en Hoteles de transmisión_Hasta cierto punto. Inspirándose en el trabajo de los corresponsales de guerra que transmiten desde hoteles situados en puntos estratégicos, traslada esa “posición” a grandes hoteles de ciudades perfectamente civilizadas y, se supone, al abrigo de catástrofes bélicas, para criticar esos “espacios mediáticos protegidos” y, señalando las largas distancias que los separan de los objetivos estratégicos, acierta a definir la guerra y el periodismo de guerra actual como una pulsión de muerte compartida por sus narradores (periodistas, fotógrafos) y espectadores; pulsión que, trasladada a escenarios ajenos, casi irreales por incomprensibles, puede liquidarse sin un gasto personal excesivo. Que esto es así no ha pasado desapercibido a los programadores de Phe04 según puede verse en Imágenes de Historia, una poliédrica colectiva que en la Fundación ICO junta a Luc Delahaye con Francesc Torres, el Equipo Crónica, Josep Renau y Jiri David. Mientras Delahaye presenta dos fotografías, una de un talibán muerto y la otra de un territorio palestino en ruinas, donde a través del mismo formato y de la composición clásica equipara hombres y territorios, Jiri David pone lágrimas de photoshop en los ojos de Blair, Sharon, Bush y Arafat en su proyecto Sin Compasión y Simeón Saiz pinta lo que parece ser una imagen digital de Civiles croatas asesinados por un comando bosnio.

 
Imprescindible entre todos es Enrique Metinides, el Weegee mexicano. Su cámara recoge con estética de cine negro accidentes, catástrofes de todo tipo donde una multitud de curiosos nos refleja como público sediento de maravilla y horror.

Y entretanto Madrid, irreductible al diseño, avisa al caminante cuándo el semáforo cambia de color con el canto grabado de unos pajaritos.


© Texto: María José Furió

Culturas- LA VANGUARDIA, 23 de junio de 2004

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