ANÓNIMO –Imágenes enigmáticas de fotógrafos desconocidos, de Robert Flynn Johnson, introducción de William Boyd


 

Una de las imágenes del libro. Hacia 1900

Cuando contemplamos las fotografías de un autor, por ejemplo el Eugene Smith de Nimimata o el García Alix de la movida, advertimos que cada imagen colabora en la creación de un sentido y que existe un proyecto, sólo en una pequeña parte inconsciente, que mueve al fotógrafo. Nos gusta tal o cual fotógrafo (y no dudamos además en calificarlo de autor) porque resuelve por nosotros una exploración de la realidad de una manera que parece cercar el misterio del asunto en cuestión. Hay entonces algo catártico en el dar a ver de los fotógrafos-autores, pero también hay que decir que no escapan de unos códigos de inteligibilidad y puede suceder, como la foto del beso de Doisneau, la silueta del hombre que salta de Cartier-Bresson, o cualquiera de Marilyn, que terminen convirtiéndose en un icono tan saturado que su potencial de decir se agota. Algo muy diferente ocurre con las fotografías sin firma. Parecen obra exclusiva de la conjunción de tres factores: el azar, la realidad y el tiempo. Incluso cuando tratan de temas familiares, el carácter amateur del fotógrafo parece dejar que la imagen se imponga con su fuerza expresiva por encima de la habilidad técnica y queda entonces un aura que fácilmente sugiere aspectos oníricos, inconscientes, puramente simbólicos por encima de cualquier intencionalidad descriptiva o persuasiva. Así, “podemos pasar a preguntarnos si toda foto es un fragmento inconsciente de la autobiografía del fotógrafo”. Ese tipo de fotos, que son las que se reúnen en el libro Anónimo, Imágenes enigmáticas de fotógrafos desconocidos, contienen una intriga pero revelan sobre todo aspectos de la intimidad de las personas tal y como esas personas las revelan sin la mediación de un ojo extraño. Incluso cuando se trata de un paisaje con un grupo de ciervos recortados contra la neblina, estamos más cerca de la reflexión que hizo quien disparó que del documental de viajes, pongamos por caso. Las prostitutas japonesas con kimonos entre rejas en un cárcel suscitan más preguntas de las que aclararía un pie de foto. Por eso, al comprender la fascinación inagotable que ejercen ciertas imágenes, y cómo desatan una necesidad de relatarnos lo que vemos, podemos decir como Walker Evans que “la buena fotografía es y debe ser literatura”.

Editorial Electa, Barcelona,
200
4, 208 páginas
© Texto: María José Furió

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