VIDA SECRETA / EL SEXO Y EL ESPANTO / LA FRONTERA, de Pascal Quignard


Azulejos del Palacio de Fronteira, Portugal
Pascal Quignard

Al pasar sin transición de la lectura de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, a Vida secreta y El sexo y el espanto de Pascal Quignard me he sentido como si saliera del cabaret y entrara en el monasterio. Y sabe Dios que los monasterios me interesan exclusivamente como monumentos de interés turístico-cultural. Por eso me resisto a leer a Quignard haciéndome eco de la seriedad de su pose y de la imagen contra-mediática que le acompaña.

Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948), considerado el escritor vivo más importante de Francia, tiene ya una ingente obra a su espalda en forma de tratados, novelas breves y ensayos, por más que el gran público lo conoce por la adaptación cinematográfica de su nouvelle Todas las mañanas del mundo. En 2002 se le concedió el Premio Goncourt por Les ombres errantes, con el decidido voto en contra de Jorge Semprún, quien arguyó que la obra de Quignard no abría vías literarias novedosas. Semprún no tenía razón, pues sí es novedosa esa forma mezclada de ficción, ensayo y tratado filosófico que ha ido forjando Quignard a lo largo de los años, un estilo que es ya el de El sexo y el espanto (1993) y Vida secreta (1994), aunque no todavía el de La Frontera (1992). Pero a Semprún, que sobrevivió a un campo de concentración, ha llevado una vida llena de emociones novelescas y se ha roto la cara en varias batallas le tiene que dar tres patadas un autor como Quignard, que ha optado por el alejamiento progresivo del mundo hasta un aislamiento que impregna definitivamente su escritura. Un cierto olor a diálogo con la muerte trascendida: un olor inconfundible a monasterio. Muy culto, muy exquisito, muy falto del humor que caracteriza a los genios, su estilo manifiesta la tensa autoexigencia de los eruditos que no se codean con nada que quede por debajo de la música barroca, las lenguas clásicas, las Gorgonas o los frescos obscenos de Pompeya.

Pero al césar lo que es del césar: el engrudo que utiliza para reunir estos temas no es sólo de lo más interesante sino además una buena prueba de cómo desde el ensayo se puede describir la propia experiencia pero esquivando el patetismo de la confesión. De un lado está la musicalidad del idioma, que en Vida secreta se refleja en bloques de texto que se responden con el uso calculado de los silencios y la puntuación y que se prolongan en otros bloques, así como conceptos y mitos apenas apuntados van desarrollándose en párrafos y capítulos posteriores. El otro ingrediente clave del engrudo es su uso de la etimología (procede de una familia de lingüistas) para crear una potente red de imágenes, y así viene a explicar cómo desde siempre el lenguaje ha querido captar un misterio enterrado en la memoria del hombre y cómo, siendo lenguaje, somos ante todo el silencio previo a él. Hay un aspecto autobiográfico en todo el texto porque uno se interesa por lo que le incumbe personalmente, y Quignard recrea a través de estos temas y estilo la experiencia autista que vivió por dos ocasiones de niño.

Vida secreta es a su manera heredera de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, aunque sin la tierna viveza de éste. Dice Quignard que es una protesta interior a la presencia exagerada de lo sexual en el mundo contemporáneo, y cree como Barthes que el amor es el verdadero tema tabú de nuestro tiempo. Pero está relacionado con la pasión (“o bien el amor surge de la pasión o no surgirá nunca”) y con el secreto, es asocial (“el amor se opone a la vez a la sexualidad y al matrimonio”) y surge del silencio anterior al lenguaje porque es una búsqueda de la escena primitiva. Al hurgar en la etimología destaca raíces comunes (amor y mamma) o descompone la palabra (especialmente bella es la red de imágenes que crea desde de-siderarare [deseo] y co-ire [coito]) para revelar la fuerza del lenguaje que finalmente actúa sobre nosotros. Todo arranca de su interés por la palabra fascinus que era como los romanos llamaban al falo, y como “llamaban fascinatio a la relación que se establece entre el sexo masculino erguido y la mirada que lo sorprende en esa contractura”. Dado que el amor deriva de la fascinación, de ahí se sigue todo un juego especular que Quignard ausculta a partir de la etimología de las palabras vinculadas con ese fascinus. Esa mirada fascinada, en espanto, está recogida en toda una serie de pinturas, obras de arte y el repaso de los mitos, las costumbres y regulación eróticas termina por crear un mapa secreto del hombre.

La mirada de Medea antes de matar a sus hijos; Medusa que lleva la muerte en los ojos; qué mira realmente Narciso; las lecciones de Epicuro, la langor o tedio postcoito: los antiguos pensaron en todo ello y al repasar sus ideas y entrelazarlas Quignard actualiza una filosofía del amor que quiere ser un dique de contención a tanta literatura light, a tanta autobiografía que reduce el yo a una serie de peripecias narradas a voz en grito.

La Frontera (1992) fue escrita antes de esa reclusión voluntaria y es la expresión novelesca de estas ideas. En apenas 100 páginas de argumento absorbente, Quignard no sólo desarrolla sus motivos habituales sino que también cuenta una historia de amores imposibles y venganzas en caliente en la que participa un triángulo de personajes inusitadamente temperamentales: la bella e inexperta Luisa d’Alcobaça, su marido, el hermoso señor de Oeiras, víctima del celoso y nada agraciado De Jaume. Ambientada en la Corte portuguesa de 1640, Quignard mezcla el tono picante con la reflexión sublime típicos del XVII. Están sus símbolos favoritos: la cacería como caza de amor, en donde el viejo jabalí es una trasposición de la Medusa cuya mirada debe evitar el héroe si quiere escapar de una muerte segura; la del amor ligado a lo perdido y la fidelidad más allá de la muerte. Y el más importante, el de la repulsión, de forma que esa atracción-repulsión que le inspira a la señora d’Oeiras el sexo masculino es el eje escondido del relato y lo liga a las obras posteriores. Todo sublimado aquí en esos azulejos del Palacio de Fronteira que dicen que el arte es también venganza cumplida…

…Y que en el cabaret es donde soltamos las risas profundas que nos recuerdan el Paraíso.

Espasa Calpe, Trad. Encarna Castejón (con Teresa Sans, asesora lingüística),
Madrid, 2005, 284 páginas.
Editorial Minúscula, Barcelona, Trad. Ana Becciú, 2005, 244 páginas Editorial Funambulista, Madrid, 2005, trad. y posfacio de de Ascensión Cuesta, 138 páginas.
María José Furió
Publicado en Culturas- La Vanguardia

Una interesante entrevista dedicada al autor (en francés):
http://www.mondesfrancophones.com/espaces/Frances/interviews/pascal-quignard-
la-nuit-sexuelle/

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