MI VIDA EN ROSE, de David Sedaris


David Sedaris (1956)

Tom Cruise (1962)

Usted, lector, habitante de este nuevo siglo, con los 30 años bien cumplidos y miembro de la Generación Mejor Preparada de la Historia de España, con frecuencia se ve envuelto en situaciones tan disparatadas que los hemisferios derecho e izquierdo de su cerebro se colapsan y no sabe cómo reaccionar. Por ejemplo, estas pasadas Navidades, contemplando la nueva iluminación navideña, se preguntó si sus hijos iban a quedarse sin Reyes pues, así las cosas, Melchor y Compañía iban a tener que fiarse sólo de la famosa estrella para encontrar Barcelona. Alguien le dijo que era una iluminación posmoderna. Usted se preguntó qué quiere decir exactamente posmoderno. El amigo al que consultó le respondió, ufano y enigmático, con un refrán: “preguntaba por la mula y montado iba en ella”. Flasheado, pero tan a oscuras como la misma calle Pelayo, pidió aclaración a una amiga: “Posmoderno es que cientos de idiotas pasen semanas sacando chapapote y que luego unos cientos de listos voten al PP”, le gruñó. Posmoderno, caviló usted, ¿equivalía a la distancia entre lo lógicamente esperado y lo realmente sucedido? “Dame pan y dime tonta”, le contestó en el metro una mujer divorciada. “Que después de leer el código de la circulación todavía le echen la culpa de los accidentes a los coches”, fue la respuesta de un corrector de estilo. “Posmoderno es que los dos mejores escritores españoles de estos últimos diez años cultiven un fino humor inglés”, aseveró su padre. Se fue a discutir el asunto con otro amigo, que, atareado con el menú de Fin de Año, resumió tajante: “Posmoderno es que te den gato por liebre, que te aficiones a comerlo y termines charlando con los colegas de la textura y el sabor de la carne de gato”. Aturdido por estas palabras que le revelaban una nueva fase de percepción de la realidad, buscó donde sentarse y, mientras su amigo se dedicaba a llenar de ostras los platos de cada invitado, preguntó: “¿Y qué pasa si comes mucho gato?”. “Que te vuelves gato”, le respondió encogiéndose de hombros. “¡Miau!”, gimió usted.

David Sedaris es el sujeto posmoderno por antonomasia: es aquel que descubre que, siendo un mariquita originario de un pueblo perdido de la América profunda, que además el físico a lo Tom Cruise se lo han dado a Tom Cruise, con una familia que deja a los Simpson convertidos en La Casa de la Pradera, adicto al surrealismo por gracia de las series televisivas que mamó en los sesenta y setenta, culturalmente mestizo como un altarcillo cubano y sin otro talento cuantificable que el de un agudo sentido de la observación, en lugar de correr raudo al psicoanalista de turno (como hicieron sus hermanos mayores) para que le convierta en el típico autor quejumbroso en contacto con su “yo interior”, decide convertir el discurso que iba a servir para pagarle el descapotable al discípulo de Lacan en un monumento a sí mismo. Considerando además que la cordura es una opinión, y que Kafka ya dijo todo lo que podía decirse en un tono cómico-lúgubre, el avispado sujeto decide que es mejor ser risible que irrisorio… y entonces los dólares fueron a parar a su bolsillo. Gracias a su programa humorístico en la radio pública y a libros como Naked, se convirtió en un ídolo mediático en Estados Unidos, viéndose obligado a buscar refugio en Francia.

Sedaris, al que habitualmente se incluye en el grupo de la Next Generation, junto a D. F. Wallace, Heidi Julavits, Michel Chabon y Chuck Palahnink, publicados aquí por la escudería Mondadori, es la Elvira Lindo de los estadounidenses. Como ella, ha inventado un divertido yo ficticio con lo que, a primera vista, parece la pedrea en la lotería de las identidades sociales: su ascendencia griega, su condición de gay normalizado, sus grotescas aventuras en París provocadas por su torpeza para dominar un idioma que atribuye género a los objetos, y en general todos los aspectos de su personalidad y sus vicisitudes cotidianas, aparecen recreados en relatos breves y ocurrentes protagonizados por un personaje digno de una aguda sit-com al estilo de Frasier. A Sedaris le basta con escenificar situaciones como una feria con vaquillas, el diálogo de una pareja americana en el metro de París, su trabajo de elfo en los almacenes Macy’s, o sus sueños épicos mientras lucha con el insomnio tras abandonar las pastillas para transmitir la disparatada atmósfera del mundo globalizado. Es el hermano gemelo de Woody Allen por su talento para la sátira y para multiplicar el absurdo, para iluminar el lado más extravagante y perverso de cada persona. Aunque carece del lado romántico de Allen, con su redención de la hipocondría a través del idilio, o de la arrebatada felicidad de los hermanos Marx, en Mi vida en rose (una ocurrente adaptación de Me Talk Pretty One Day) Sedaris da una hábil instrucción a los hemisferios derecho e izquierdo de nuestros cerebros aturdidos por la persistente convivencia de una máquina de coser sobre una mesa de disección: la risa. Pero ¿y el cadáver, y la sangre, y el Mito?, pregunta usted. Bueno, esa es otra novela.

relatos, traducción de Toni Hill,
Mondadori, Barcelona, páginas 237

María José Furió
publicado en Culturas-La Vanguardia, 2003

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