MEROE, de Oliver Rolin


Pirámides de Meroe (Sudán)
Fuente: http://www.dignubia.org

Olivier Rolin (1947) pertenece a esa generación que ahora ve el crepúsculo de lo que constituyó su cultura, básicamente humanística, literaria y, por supuesto, escrita, sustituida por otra más fugaz y salvaje que aspira a abolir dimensiones fundamentales como el tiempo. La mención a pie de retrato de su militancia maoísta Gauche Prolétarienne, seguramente periclitada, es un indicio más de tantas fidelidades y cimientos que se pierden con el tiempo. De eso y no de otra cosa habla su novela, Meroe, y podemos suponer que este significado latente y soterrado es el que explica el formidable éxito cosechado en Francia, que difícilmente puede repetirse en España donde la dimensión tiempo-memoria parece condenada a una elaboración y una mirada sentimentales.

Meroe es en muchos momentos tan exasperantes como su protagonista por lo que el lector hará bien en leerla relajado, en una terraza, al fresco y/o con la alternativa de viajar a Sudán y hacer su personal recomposición del lugar. Quiere decir que es la clase de libros que actúa como “invitación al viaje”, como relumbre de otros libros y autores, de otras formulaciones, y sólo en esa dirección, como diálogo intertextual e inter-lectores adquiere su verdadera dimensión, en el entendimiento de que ya no puede esperarse de un escritor una intención ni moral ni que abra visitas a un futuro. No extrañará que después de unas primeras páginas donde se presentan con precisión las coordenadas geográficas de la trama, el narrador se extravíe en un burbujeo de frases a propósito del amor y de la divisa que defiende: “todos los hombres matan lo que aman”, porque ese fastidioso extravío es la novela.

El escritor que pierde el seso por una mujer, Alfa, que le abandona por un psiquiatra y que en Jartum, en el Hotel de los Solitarios, recrea el olvido de su amor, que no el recuerdo, y que convoca la imagen del asediado general Gordon, más resistente contra la Inglaterra victoriana que contra sus enemigos, es un perdedor que tiene el saludable narcisismo de celebrar su drama evocando a Joseph Conrad, a Gustave Flaubert, al Rimbaud abisinio y al André Breton de Nadia. Es, nos muestra, de la estirpe de los románticos recalcitrantes, de los agónicos lúcidos que contemplan cómo arden los últimos rescoldos de su civilización, mutante y siendo ya casi otra; tan romántico que acepta que no puede determinarse el principio o el fin de nada y, rodeado del habitual cásting de excéntricos y chiflados que recalan en todos los desiertos, desgrana su concepción del tiempo como cuerpo, plural, extravagante y proteiforme. En contrapunto a su historia, multiplicándola, despliega la fascinante metáfora de Meroe, una civilización que vivió aislada de las corrientes que iban a transformar la faz del mundo y fue durante mucho tiempo una hermosa anacronía.

traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama, Barcelona, 2001, 213 páginas
María José Furió,
publicado en Lateral 2001
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