LAS INCIERTAS PASIONES DE IVAN TURGUENIEV, de Juan Eduardo Zúñiga


Juan Eduardo Zúñiga. Foto: La Voz
Capital de la gloria, traducida por Eva Steiner

Cuando a los doce años Juan Eduardo Zúñiga quiso averiguar quién era el autor de aquel fragmento de novela que había llegado a sus manos anunciando una colección de libros populares, encontró la siguiente semblanza biográfica: “Ivan Turgueniev (1818-1883) fue un escritor ruso que ayudó a la liberación de los siervos y que hizo cuentos y novelas que describían su comarca natal y hechos y personajes relacionados con la Rusia de su tiempo.” Así empezó una vocación que haría de Zúñiga un experto en literatura eslava, de lo que dan fe, entre otras obras, el excelente El anillo de Pushkin y el que ahora dedica a Turguéniev.

Sin duda, el presente libro viene a satisfacer la curiosidad del joven Zúñiga, incorporando la complejidad que faltaba en aquellas líneas. Dos lemas vienen a enmarcar el retrato que nos ofrece del autor ruso. El primero se hace eco de las palabras del escritor Iakov Polonski, “Turguéniev era una naturaleza compleja. Su alma era la de un hombre, la de una mujer y la de un niño”. El segundo lema conviene a los temas que interesaron a su literatura: “El alma ajena es un bosque sombrío”. Y así, partiendo de la descripción de las relaciones de Iván Turguéniev con su madre, la tiránica Várvara Petrovna, y con la mujer que fuera el amor de su vida, la cantante de origen español, Paulina García de Viardot, hermana de la Malibrán, Juan Eduardo Zúñiga hace emerger el modelo de las heroínas femeninas que se repetirán con ligeras variaciones en todas sus obras: mujeres de gran personalidad y carácter casi varonil a las que el hombre manifiesta un amor apasionado que queda siempre a las puertas de la satisfacción completa. El hombre, pronto a someterse a la frustración de esa pasión, adquiere los rasgos del propio Turguéniev, el hombre superfluo u hombre inútil –según el modelo adelantado por Pushkin–, un Hamlet ruso que halla un inexplicable placer en renunciar a la felicidad amorosa. En contrapunto, la heroína joven, audaz en sus prioridades, termina sufriendo la indecisión del hombre. Bajo esta luz representaría a Tatiana Bakunin y a tantas otras jóvenes que amaron al seductor pero dubitativo Turguéniev. La imagen de la madre –simbolizada también en su país, Rusia– perseguiría al escritor, que encontraría la manera de esquivarla realizando continuos viajes a Occidente.

El refinamiento de la vida cultural parisina, las estancias en Suiza y las personalidades a las que conoció tanto por su inmediata confirmación como escritor como por el círculo que frecuentaban los Viardot, le permitieron contrarrestar el aislamiento a que se veía obligado en su país. Tal y como rezaba la semblanza enciclopédica, Turguéniev simpatizó con la causa de la liberación de los siervos, si bien no llegó a abrazar los principios de la revolución, todo lo cual queda reflejado en sus últimas obras, donde la figura del nihilista destaca con una complejidad que sólo el paso del tiempo ha puesto de manifiesto. Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev recoge con amenidad el vaivén emocional del hombre que sólo a la literatura consagraría una pasión completa, descubriéndonos su magnífica intuición para comprender la psicología de sus personajes y la evolución de las mentalidades conforme los cambios históricos. A imagen de ese Primer amor, en el que relata cómo un muchacho de dieciséis años descubre que ama a la misma mujer que su padre por lo que debe posponer la satisfacción de un amor absoluto y compartido, Turguéniev convertiría la literatura en su única pasión no incierta, que compartiría con otros autores –George Sand, Guy de Maupassant, Gustave Flaubert– también fieles a un absoluto literario del que participa, como demuestra con su libro y una dedicación exhaustiva a la literatura eslava, el propio Zúñiga.

ensayo biográfico, Alfaguara, 1996, 293 páginas


María José Furió

Publicado en La Vanguardia-Libros, 1996

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