LA MANZANA EN LA OSCURIDAD, de Clarice Lispector


Clarice Lispector, 1920-1970

“Lo que escribiré no puede ser absorbido por mentes de mucha exigencia y ávidas de cosas sublimes” dice el narrador de La hora de la estrella, antes de proceder a relatar la historia de la muchacha nordestina, Macabea, un alma tan simple que explicarla requiere apenas 80 páginas engordadas por las reflexiones sobre la organización del modo de narrar. Justamente lo contrario sucede con La manzana en la oscuridad: sólo un lector de mucha exigencia y ávido de cosas sublimes (o capacitado para digerirlas) puede acceder a su sentido. Éste, en cualquier caso, no es algo que Clarice Lispector oculte y que el lector deba resolver como una pesquisa recogiendo pistas que la autora disemina por las páginas de la novela. Lo que parece sorprendente es que Lispector defina desde dentro de qué va la historia. Sorprendente porque su escritura roza lo místico, elude la descripción histórica –nada más lejos de la novela decimonónica que ella –, utiliza las sensaciones de los personajes para construirlos y la realidad de la calle asoma casi sólo como piedras que deja la parte Pulgarcito de su personalidad como escritora, la parte que se resiste a abismarse en el surrealismo y a desligarse del todo del mundo que va dejando atrás, una tentación que bordea siempre.

Martín, el protagonista de La manzana en la oscuridad, ha matado a su mujer y huye. En su huida, llega a una hacienda amenazada por la sequía y que dirige una mujer de mediana edad, Vitoria, cuyo despotismo oculta una inevitable sed de goce; la acompaña la joven viuda Ermelinda, neurótica y ociosa. Una mulata con su niña y otro trabajador completan ese pequeño universo. Martin se emplea como hombre para todo y en su contacto material con la vida accede poco a poco a una felicidad esencial comprendiendo enseguida, como si se tratara de un pensamiento que aguardaba la oportunidad de ser revelado, que el proceso que está experimentando es una forma de llegar a conocer “cuál es la acción de un hombre”. La amenaza que se cierne de ser denunciado tarde o temprano por Vitória, que desde el principio intuye que el hombre oculta un secreto, y la presencia ocasional del “profesor”, emblema del orden social del que ha escapado a través del crimen, dan relieve a sus gestos de contacto con la tierra, las piedras, los animales, el deseo de Ermelinda, en definitiva con lo primordial de la vida, una experiencia de asumción del yo más profundo, por génerico, que explica los títulos de los capítulos: “Cómo se hace un hombre” y “Nacimiento de un héroe”.

Desde el inicio en que el lector percibe su movimiento de animal, mucho antes de que la autora escriba “animal”, pasando por su reconstrucción a través de la lectura a conciencia de lo que va deseando y haciendo durante el tiempo que pasa en la hacienda, hasta esa eclosión final que es una ampliación extraordinaria de las últimas páginas de El Extranjero de Albert Camus, “algo esencial se ha cumplido”. El lector que conoce a Lispector sabe que es tontería explicarla, que todo análisis paso al lado de su obra pero no la transforma ni la amplía pues nadie mejor que la autora brasileña de origen ucraniano sabe qué está haciendo, pues posee como muy pocos las palabras que utiliza y conoce el peso de sus frases. Quizá pocos escritores sean tan plenamente conscientes y dueños de sí mismos como lo fue ella ni tengan desde el origen la intuición de cómo una obra literaria refleja al autor íntegro. Es evidente que las coordenadas de la Literatura no pueden restringirse a desplegar lo metafísico en la experiencia del hombre si aspira a seguir teniendo lectores, pero no es menos evidente que la producción de Lispector enriqueció la Literatura con su elegante, rigurosa y deliberada extrañeza.

Siruela, Madrid, 2003, traducción de Elena Losada

María José Furió Publicado en revista Lateral y en MondoCaribe

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