LA GUERRA DE FINK, de Martin Walser


Martin Walser

En 1998, Martin Walser fue galardonado con el Premio de la Paz de la Asociación de Libreros Alemanes, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Frankfurt. El premio recompensaba su obra “sobre la vida cotidiana durante la segunda guerra mundial y su contribución literaria en favor de la unificación de Alemania”. En su discurso de agradecimiento, Walser desató la polémica al afirmar que el pueblo alemán debía dejar de torturarse con el sentimiento de culpa y el trauma que había infligido a su consideración como país los horrores del nazismo. La comunidad judía respondió que no era cuestión olvidar los seis millones de muertos en el Holocausto. Walser abogaba por superar el determinismo histórico y proceder a un rescate de la auténtica responsabilidad de los alemanes, deslindando conceptos que el nazismo, la derrota y la lectura de la historia que los ganadores pusieron en circulación han impedido formular claramente.

Walser ha sido una figura polémica en su país desde los tiempos en que abogaba por la reunificación alemana con el argumento de que un territorio que compartía la misma cultura debía constituirse en un solo país. Lo cierto es que el tema de la identidad alemana es una de las llagas siempre abiertas en el país y que ni los años transcurridos desde el fin de la guerra, ni las indemnizaciones a los judíos expoliados o utilizados como esclavos ni la reunificación han conseguido sanar. El trauma ha creado identidades nuevas y para aquellos escritores e intelectuales que no siguen la línea del austríaco Bernhard ni del radical Gunter Grass, es decir los que no pueden erigirse en sólo críticos, su tarea de reconstrucción tiene mucho de búsqueda de una imposible catarsis de la culpa y la vergüenza. Imposible en la medida que muchas fuerzas sabotean una voluntad no de olvido sino de restauración. Y algo que tampoco parecen poder decir en voz alta es que esa restauración no puede seguir las directrices ni ser tutelada por la comunidad judía.

La guerra de Fink reproduce esa batalla, la de un alemán “estricto defensor del Estado” que se ve degradado por el mismo Estado al que ha servido. Su primera reacción es la de buscarse aliados en la guerra que va a entablar. El primero es su amigo Franz Karl Moor, jefe de división en el ministerio de Educación y conservador de monumentos. Casado con Gundula, hija de un rico constructor naval, se evade con cierta regularidad a las islas griegas de donde regresa muy bronceado y con nuevos capítulos para la novela que publica por capítulos, Informe sobre Eea. Eea es la mujer de tamaño sobrenatural “cuyos avatares a lo largo de 20 siglos” narra. Moor representa al típico escritor alemán que “suministra” leyendas sobre un pasado mítico y que constituye otra de las “fórmulas” de restañar la herida del presente sin mancharse. La simpática y saludable familia de Fink representa la vertiente humildemente acomodaticia del alemán medio. Prelados y políticos, jóvenes y valientes abogadas, un Leibniz particular, sus aliados colaboran en este ataque al sistema, pero la guerra es una guerra solitaria en la que se dirime todo el pasado y en la que el protagonista, próximo a su jubilación, está reivindicando una dignidad que ha hunde sus raíces y no quiere verse “mangoneado” por aquellos que le recuerdan “al jefe de mi bandera en las Juventudes hitlerianas”. Los mismos que degradaron a su padre por no colaborar en la tarea de desnazificación de su superior.

traducción de Daniel Najmías, Editorial Lumen, Barcelona, 2000, 276 páginas.

María José Furió
Publicado en La Vanguardia-Libros, 2000

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