MI VIDA EN ROSE, de David Sedaris


David Sedaris (1956)

Tom Cruise (1962)

Usted, lector, habitante de este nuevo siglo, con los 30 años bien cumplidos y miembro de la Generación Mejor Preparada de la Historia de España, con frecuencia se ve envuelto en situaciones tan disparatadas que los hemisferios derecho e izquierdo de su cerebro se colapsan y no sabe cómo reaccionar. Por ejemplo, estas pasadas Navidades, contemplando la nueva iluminación navideña, se preguntó si sus hijos iban a quedarse sin Reyes pues, así las cosas, Melchor y Compañía iban a tener que fiarse sólo de la famosa estrella para encontrar Barcelona. Alguien le dijo que era una iluminación posmoderna. Usted se preguntó qué quiere decir exactamente posmoderno. El amigo al que consultó le respondió, ufano y enigmático, con un refrán: “preguntaba por la mula y montado iba en ella”. Flasheado, pero tan a oscuras como la misma calle Pelayo, pidió aclaración a una amiga: “Posmoderno es que cientos de idiotas pasen semanas sacando chapapote y que luego unos cientos de listos voten al PP”, le gruñó. Posmoderno, caviló usted, ¿equivalía a la distancia entre lo lógicamente esperado y lo realmente sucedido? “Dame pan y dime tonta”, le contestó en el metro una mujer divorciada. “Que después de leer el código de la circulación todavía le echen la culpa de los accidentes a los coches”, fue la respuesta de un corrector de estilo. “Posmoderno es que los dos mejores escritores españoles de estos últimos diez años cultiven un fino humor inglés”, aseveró su padre. Se fue a discutir el asunto con otro amigo, que, atareado con el menú de Fin de Año, resumió tajante: “Posmoderno es que te den gato por liebre, que te aficiones a comerlo y termines charlando con los colegas de la textura y el sabor de la carne de gato”. Aturdido por estas palabras que le revelaban una nueva fase de percepción de la realidad, buscó donde sentarse y, mientras su amigo se dedicaba a llenar de ostras los platos de cada invitado, preguntó: “¿Y qué pasa si comes mucho gato?”. “Que te vuelves gato”, le respondió encogiéndose de hombros. “¡Miau!”, gimió usted.

David Sedaris es el sujeto posmoderno por antonomasia: es aquel que descubre que, siendo un mariquita originario de un pueblo perdido de la América profunda, que además el físico a lo Tom Cruise se lo han dado a Tom Cruise, con una familia que deja a los Simpson convertidos en La Casa de la Pradera, adicto al surrealismo por gracia de las series televisivas que mamó en los sesenta y setenta, culturalmente mestizo como un altarcillo cubano y sin otro talento cuantificable que el de un agudo sentido de la observación, en lugar de correr raudo al psicoanalista de turno (como hicieron sus hermanos mayores) para que le convierta en el típico autor quejumbroso en contacto con su “yo interior”, decide convertir el discurso que iba a servir para pagarle el descapotable al discípulo de Lacan en un monumento a sí mismo. Considerando además que la cordura es una opinión, y que Kafka ya dijo todo lo que podía decirse en un tono cómico-lúgubre, el avispado sujeto decide que es mejor ser risible que irrisorio… y entonces los dólares fueron a parar a su bolsillo. Gracias a su programa humorístico en la radio pública y a libros como Naked, se convirtió en un ídolo mediático en Estados Unidos, viéndose obligado a buscar refugio en Francia.

Sedaris, al que habitualmente se incluye en el grupo de la Next Generation, junto a D. F. Wallace, Heidi Julavits, Michel Chabon y Chuck Palahnink, publicados aquí por la escudería Mondadori, es la Elvira Lindo de los estadounidenses. Como ella, ha inventado un divertido yo ficticio con lo que, a primera vista, parece la pedrea en la lotería de las identidades sociales: su ascendencia griega, su condición de gay normalizado, sus grotescas aventuras en París provocadas por su torpeza para dominar un idioma que atribuye género a los objetos, y en general todos los aspectos de su personalidad y sus vicisitudes cotidianas, aparecen recreados en relatos breves y ocurrentes protagonizados por un personaje digno de una aguda sit-com al estilo de Frasier. A Sedaris le basta con escenificar situaciones como una feria con vaquillas, el diálogo de una pareja americana en el metro de París, su trabajo de elfo en los almacenes Macy’s, o sus sueños épicos mientras lucha con el insomnio tras abandonar las pastillas para transmitir la disparatada atmósfera del mundo globalizado. Es el hermano gemelo de Woody Allen por su talento para la sátira y para multiplicar el absurdo, para iluminar el lado más extravagante y perverso de cada persona. Aunque carece del lado romántico de Allen, con su redención de la hipocondría a través del idilio, o de la arrebatada felicidad de los hermanos Marx, en Mi vida en rose (una ocurrente adaptación de Me Talk Pretty One Day) Sedaris da una hábil instrucción a los hemisferios derecho e izquierdo de nuestros cerebros aturdidos por la persistente convivencia de una máquina de coser sobre una mesa de disección: la risa. Pero ¿y el cadáver, y la sangre, y el Mito?, pregunta usted. Bueno, esa es otra novela.

relatos, traducción de Toni Hill,
Mondadori, Barcelona, páginas 237

María José Furió
publicado en Culturas-La Vanguardia, 2003
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EL HOMBRE QUE PARECÍA NO QUERER NADA, antología de textos de Javier Marías


Javier Marías (Madrid, 1951)

¿Por qué una antología de Javier Marías ya? ¿Acaso sus libros están descatalogados? ¿Es un autor tan difícil que haya que realizar una exégesis para acercarlo al lector? Puede ser difícil entender la oportunidad editorial de una antología de un autor que no sólo está vivito y coleante, sino que puede publicar en cualquier momento una nueva novela que convertirá en antigua la selección de Elide Pittarello. Habrá que inclinarse por creer que la catedrática de Lengua y Literatura Española de la Universidad de Venecia, interesada en “las épocas de crisis, cuando la paradoja de la escritura envuelve también el lado en sombra de las cosas”, ha reconocido en Marías a uno de esos autores singulares que definen una época por lo mucho que se alejan de la escritura en boga, por la mirada muy personal y esquiva a la circunstancia histórica que desde el principio ha caracterizado su prosa. Debemos entender también que Marías, como cualquier autor, ha sucumbido al halago de verse “seleccionado y antologizado” de manera inteligente.

La introducción de Elide Pittarello propone cuatro partes, después de apuntar que una de las claves literarias de Marías, expresas en esa voz carismática que recrea pormenorizadamente los vaivenes de una mente seducida por su propio discurrir, es la de “ocuparse de inadaptados que se apartan del mundo porque rechazan el orden de sus necesidades. No admiten la fatalidad como fuerza ciega que gobierna el universo, ni ejercen la voluntad como principio racional que determina la conducta”. El hombre que parecía no querer nada recupera a aquel joven Marías que daba volantines en la calle, esperando el aplauso y unas monedas. El desparpajo de su Los dominios del lobo hace que lo añoremos un poco. Está también el rastreador de libros raros que habla de literatura y de fantasmas, de traducción y de los lugares del narrador, comunicando el amor a la literatura que convierten estas páginas en un diálogo con el lector curioso de estrategias y anécdotas. Y, por supuesto, están las páginas extraídas de sus tres novelas más conocidas que, leídas sucesivamente sin importar la trama general, dejan entender por qué vuelve La Habana, por qué una mujer muere junto a un hombre estupefacto, por qué Oxford y Shakespeare, y por qué también las confesiones y los secretos, por qué la indagación de ese hombre al margen de la circunstancia.

seleccionados y editados por Elide Pittarello. Espasa Calpe, Madrid, 1996, 461 páginas

María José Furió
Publicado en Lateral, 1996

LA GUERRA DE FINK, de Martin Walser


Martin Walser

En 1998, Martin Walser fue galardonado con el Premio de la Paz de la Asociación de Libreros Alemanes, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Frankfurt. El premio recompensaba su obra “sobre la vida cotidiana durante la segunda guerra mundial y su contribución literaria en favor de la unificación de Alemania”. En su discurso de agradecimiento, Walser desató la polémica al afirmar que el pueblo alemán debía dejar de torturarse con el sentimiento de culpa y el trauma que había infligido a su consideración como país los horrores del nazismo. La comunidad judía respondió que no era cuestión olvidar los seis millones de muertos en el Holocausto. Walser abogaba por superar el determinismo histórico y proceder a un rescate de la auténtica responsabilidad de los alemanes, deslindando conceptos que el nazismo, la derrota y la lectura de la historia que los ganadores pusieron en circulación han impedido formular claramente.

Walser ha sido una figura polémica en su país desde los tiempos en que abogaba por la reunificación alemana con el argumento de que un territorio que compartía la misma cultura debía constituirse en un solo país. Lo cierto es que el tema de la identidad alemana es una de las llagas siempre abiertas en el país y que ni los años transcurridos desde el fin de la guerra, ni las indemnizaciones a los judíos expoliados o utilizados como esclavos ni la reunificación han conseguido sanar. El trauma ha creado identidades nuevas y para aquellos escritores e intelectuales que no siguen la línea del austríaco Bernhard ni del radical Gunter Grass, es decir los que no pueden erigirse en sólo críticos, su tarea de reconstrucción tiene mucho de búsqueda de una imposible catarsis de la culpa y la vergüenza. Imposible en la medida que muchas fuerzas sabotean una voluntad no de olvido sino de restauración. Y algo que tampoco parecen poder decir en voz alta es que esa restauración no puede seguir las directrices ni ser tutelada por la comunidad judía.

La guerra de Fink reproduce esa batalla, la de un alemán “estricto defensor del Estado” que se ve degradado por el mismo Estado al que ha servido. Su primera reacción es la de buscarse aliados en la guerra que va a entablar. El primero es su amigo Franz Karl Moor, jefe de división en el ministerio de Educación y conservador de monumentos. Casado con Gundula, hija de un rico constructor naval, se evade con cierta regularidad a las islas griegas de donde regresa muy bronceado y con nuevos capítulos para la novela que publica por capítulos, Informe sobre Eea. Eea es la mujer de tamaño sobrenatural “cuyos avatares a lo largo de 20 siglos” narra. Moor representa al típico escritor alemán que “suministra” leyendas sobre un pasado mítico y que constituye otra de las “fórmulas” de restañar la herida del presente sin mancharse. La simpática y saludable familia de Fink representa la vertiente humildemente acomodaticia del alemán medio. Prelados y políticos, jóvenes y valientes abogadas, un Leibniz particular, sus aliados colaboran en este ataque al sistema, pero la guerra es una guerra solitaria en la que se dirime todo el pasado y en la que el protagonista, próximo a su jubilación, está reivindicando una dignidad que ha hunde sus raíces y no quiere verse “mangoneado” por aquellos que le recuerdan “al jefe de mi bandera en las Juventudes hitlerianas”. Los mismos que degradaron a su padre por no colaborar en la tarea de desnazificación de su superior.

traducción de Daniel Najmías, Editorial Lumen, Barcelona, 2000, 276 páginas.

María José Furió
Publicado en La Vanguardia-Libros, 2000

LAS INCIERTAS PASIONES DE IVAN TURGUENIEV, de Juan Eduardo Zúñiga


Juan Eduardo Zúñiga. Foto: La Voz
Capital de la gloria, traducida por Eva Steiner

Cuando a los doce años Juan Eduardo Zúñiga quiso averiguar quién era el autor de aquel fragmento de novela que había llegado a sus manos anunciando una colección de libros populares, encontró la siguiente semblanza biográfica: “Ivan Turgueniev (1818-1883) fue un escritor ruso que ayudó a la liberación de los siervos y que hizo cuentos y novelas que describían su comarca natal y hechos y personajes relacionados con la Rusia de su tiempo.” Así empezó una vocación que haría de Zúñiga un experto en literatura eslava, de lo que dan fe, entre otras obras, el excelente El anillo de Pushkin y el que ahora dedica a Turguéniev.

Sin duda, el presente libro viene a satisfacer la curiosidad del joven Zúñiga, incorporando la complejidad que faltaba en aquellas líneas. Dos lemas vienen a enmarcar el retrato que nos ofrece del autor ruso. El primero se hace eco de las palabras del escritor Iakov Polonski, “Turguéniev era una naturaleza compleja. Su alma era la de un hombre, la de una mujer y la de un niño”. El segundo lema conviene a los temas que interesaron a su literatura: “El alma ajena es un bosque sombrío”. Y así, partiendo de la descripción de las relaciones de Iván Turguéniev con su madre, la tiránica Várvara Petrovna, y con la mujer que fuera el amor de su vida, la cantante de origen español, Paulina García de Viardot, hermana de la Malibrán, Juan Eduardo Zúñiga hace emerger el modelo de las heroínas femeninas que se repetirán con ligeras variaciones en todas sus obras: mujeres de gran personalidad y carácter casi varonil a las que el hombre manifiesta un amor apasionado que queda siempre a las puertas de la satisfacción completa. El hombre, pronto a someterse a la frustración de esa pasión, adquiere los rasgos del propio Turguéniev, el hombre superfluo u hombre inútil –según el modelo adelantado por Pushkin–, un Hamlet ruso que halla un inexplicable placer en renunciar a la felicidad amorosa. En contrapunto, la heroína joven, audaz en sus prioridades, termina sufriendo la indecisión del hombre. Bajo esta luz representaría a Tatiana Bakunin y a tantas otras jóvenes que amaron al seductor pero dubitativo Turguéniev. La imagen de la madre –simbolizada también en su país, Rusia– perseguiría al escritor, que encontraría la manera de esquivarla realizando continuos viajes a Occidente.

El refinamiento de la vida cultural parisina, las estancias en Suiza y las personalidades a las que conoció tanto por su inmediata confirmación como escritor como por el círculo que frecuentaban los Viardot, le permitieron contrarrestar el aislamiento a que se veía obligado en su país. Tal y como rezaba la semblanza enciclopédica, Turguéniev simpatizó con la causa de la liberación de los siervos, si bien no llegó a abrazar los principios de la revolución, todo lo cual queda reflejado en sus últimas obras, donde la figura del nihilista destaca con una complejidad que sólo el paso del tiempo ha puesto de manifiesto. Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev recoge con amenidad el vaivén emocional del hombre que sólo a la literatura consagraría una pasión completa, descubriéndonos su magnífica intuición para comprender la psicología de sus personajes y la evolución de las mentalidades conforme los cambios históricos. A imagen de ese Primer amor, en el que relata cómo un muchacho de dieciséis años descubre que ama a la misma mujer que su padre por lo que debe posponer la satisfacción de un amor absoluto y compartido, Turguéniev convertiría la literatura en su única pasión no incierta, que compartiría con otros autores –George Sand, Guy de Maupassant, Gustave Flaubert– también fieles a un absoluto literario del que participa, como demuestra con su libro y una dedicación exhaustiva a la literatura eslava, el propio Zúñiga.

ensayo biográfico, Alfaguara, 1996, 293 páginas


María José Furió

Publicado en La Vanguardia-Libros, 1996

EL MUNDO, EL TEXTO, EL CRÍTICO, de Edward W. Said


Edward W. Said. Foto Justin McIntosh, August 2004.

A Edward W. Said (Jerusalén, 1935 – Nueva York, 2003) le dio fama mediática su actividad política en relación al conflicto palestino-israelí, refrendada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2002. Sus Crónicas palestinas son, sin duda, el plato más ligero de una actividad literaria muy homogénea que ha girado siempre en torno a lo que se conoce como “crítica postcolonial“. Sus libros clásicos son Orientalismo y Cultura e imperialismo. Como no podía ser de otra manera, toda teoría encierra una autobiografía y en el caso de Said es coherente incluso cuando lo parece menos. Nacido en Jerusalén, su familia tuvo que abandonar su país por razones políticas y marchar a Líbano y luego a El Cairo. Especializado en Literatura Comparada, Said dio clases en la neoyorquina universidad de Columbia. Lo que otro pudiera entender como la culminación de una carrera profesional, se convierte en Said en un hito para la reflexión sobre el exilio, y el descentramiento que ello supone con respecto al discurso dominante. Porque en Estados Unidos Said se encuentra con la presión del lobbyjudío bajo todas sus formas, pero de modo patente en los medios de comunicación y en su forma de representar al mundo árabe, del que él, como palestino, forma parte. Arranca entonces un estudio, con el rigor característico de los estudios culturales, dedicado a la presentación de lo que se conoce como Oriente. Las conclusiones son transgresoras en la medida que, una vez aceptamos que compartimos esa visión tópica elaborada desde Occidente, se nos fuerza a buscar al Otro y a descubrir entonces algo que no somos nosotros mismos. De ahí deriva también la posibilidad del diálogo, al que apeló con contundencia incansable Said y de ahí también su denuncia de la siempre perversa actitud estadounidense en todo lo referente al Estado Palestino, a la reivindicación de una ley de retorno para su pueblo, etc.

Las herramientas de análisis del tema oriental son las mismas que las utilizadas en su crítica de la teoría literaria contemporánea (la primera publicación de estos artículos se remonta a 1983). Dos teóricos son su fuente de inspiración y punto de partida: Michel Foucault y Jacques Derrida. Si bien los artículos de El mundo, el texto y el crítico no son precisamente fáciles, lo cierto es que cuando el lector, al hilo de esa obligada lectura de desciframiento que impone la teoría literaria, llega a entender que mientras Derrida le proporciona básicamente la noción de indecidibilidad y diseminación del discurso literario (una metafísica) y Foucault unas herramientas afiladísimas para descubrir cómo el discurso de cualquiera está encerrado en unas coordenadas concretas de tal modo que el sentido (y el sinsentido) de lo que se dice o escribe reproduce, lo quiera o no su autor, el modelo de poder imperante, uno se da cuenta, digo, de cómo Said conquista su propia libertad para teorizar y emitir juicios y de cómo su propia coordenada de poder (de la que parece ingenuamente ignorante) le faculta para expresar un pensamiento político que puede convertirse en acción.

Bajo esa luz política deben entenderse los artículos “Caminos seguidos y no seguidos por la crítica contemporánea”, el muy veladamente mordaz “Reflexiones sobre la crítica estadounidense ´de izquierda´” y su “Introducción: Crítica secular”, en donde apela a que el “mundo” entre en la crítica literaria y deje de considerar el texto como un objeto sagrado autosuficiente. En este sentido, una de las mejores definiciones que contiene este ensayo dice “El crítico, en igual medida que el novelista, es un escritor que persigue la escritura escribiendo”. Lo malo, podría añadir, es que muy a menudo el crítico no entiende qué significa la intención de ponerse a escribir y se limita a cumplir una parte de esta premisa buscando con vanidad sólo su propio reflejo y al dejar de situar al autor que lee en el mundo lo que hace es encoger el mundo.

traducción de Ricardo García Pérez
Editorial Debate, Barcelona, 2004, 431 páginas

María José Furió
Publicado en La Vanguardia- Culturas

MEROE, de Oliver Rolin


Pirámides de Meroe (Sudán)
Fuente: http://www.dignubia.org

Olivier Rolin (1947) pertenece a esa generación que ahora ve el crepúsculo de lo que constituyó su cultura, básicamente humanística, literaria y, por supuesto, escrita, sustituida por otra más fugaz y salvaje que aspira a abolir dimensiones fundamentales como el tiempo. La mención a pie de retrato de su militancia maoísta Gauche Prolétarienne, seguramente periclitada, es un indicio más de tantas fidelidades y cimientos que se pierden con el tiempo. De eso y no de otra cosa habla su novela, Meroe, y podemos suponer que este significado latente y soterrado es el que explica el formidable éxito cosechado en Francia, que difícilmente puede repetirse en España donde la dimensión tiempo-memoria parece condenada a una elaboración y una mirada sentimentales.

Meroe es en muchos momentos tan exasperantes como su protagonista por lo que el lector hará bien en leerla relajado, en una terraza, al fresco y/o con la alternativa de viajar a Sudán y hacer su personal recomposición del lugar. Quiere decir que es la clase de libros que actúa como “invitación al viaje”, como relumbre de otros libros y autores, de otras formulaciones, y sólo en esa dirección, como diálogo intertextual e inter-lectores adquiere su verdadera dimensión, en el entendimiento de que ya no puede esperarse de un escritor una intención ni moral ni que abra visitas a un futuro. No extrañará que después de unas primeras páginas donde se presentan con precisión las coordenadas geográficas de la trama, el narrador se extravíe en un burbujeo de frases a propósito del amor y de la divisa que defiende: “todos los hombres matan lo que aman”, porque ese fastidioso extravío es la novela.

El escritor que pierde el seso por una mujer, Alfa, que le abandona por un psiquiatra y que en Jartum, en el Hotel de los Solitarios, recrea el olvido de su amor, que no el recuerdo, y que convoca la imagen del asediado general Gordon, más resistente contra la Inglaterra victoriana que contra sus enemigos, es un perdedor que tiene el saludable narcisismo de celebrar su drama evocando a Joseph Conrad, a Gustave Flaubert, al Rimbaud abisinio y al André Breton de Nadia. Es, nos muestra, de la estirpe de los románticos recalcitrantes, de los agónicos lúcidos que contemplan cómo arden los últimos rescoldos de su civilización, mutante y siendo ya casi otra; tan romántico que acepta que no puede determinarse el principio o el fin de nada y, rodeado del habitual cásting de excéntricos y chiflados que recalan en todos los desiertos, desgrana su concepción del tiempo como cuerpo, plural, extravagante y proteiforme. En contrapunto a su historia, multiplicándola, despliega la fascinante metáfora de Meroe, una civilización que vivió aislada de las corrientes que iban a transformar la faz del mundo y fue durante mucho tiempo una hermosa anacronía.

traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama, Barcelona, 2001, 213 páginas
María José Furió,
publicado en Lateral 2001

EL COJO BUENO, de Rodrigo Rey Rosa


minero, indígena guatemalteco. Foto: James RodríguezFuente: MiMundo.org

 

Rodrigo Rey Rosa. Foto: Palomares
¿En qué consiste la venganza? Esta es la pregunta que pudo hacerse La Coneja después de ver cómo Juan Luis Luna, el hijo de un rico hombre de negocios guatemalteco al que secuestró con la ayuda de otros tres se va sin más después de hacer algunas preguntas. La cojera le viene a Juan Luis Luna de cuando le cortaron un pie para convencer a su padre de que debía pagar el rescate. La novela desanda el tiempo y relata el secuestro, ideado y ejecutado por los que habían sido casi sus amigos cuando eran muchachos, y la vida posterior de Luna, decidido a convertirse en escritor: Nueva York, Madrid, Tánger –con una breve y significativa aparición de Paul Bowles– y de nuevo Guatemala, dibujan un recorrido circular de poca densidad argumental, que cabría resumir en la reflexión que se hace Juan Luis Luna en un momento de la narración: “Juan Luis creía ser el protagonista de una historia única, original, que solamente a él le podía suceder, y este sentimiento le aliviaba de una vaga ansiedad; era como si la trama en sí justificara su insignificante existencia.”

En El cojo bueno Rey Rosa opta por la escritura contenida, sugerente, en la línea de su mentor Bowles, pero el resultado, algo frío, deja ver cierta falta de relación entre el propósito y los recursos narrativos.

Alfaguara, Madrid, 1996, 124 páginas

María José Furió
publicado en Lateral, 1996

interesante blog del fotorreportero James Rodríguez:
mimundo-jamesrodriguez-esp.blogspot.com

 

VIDA SECRETA / EL SEXO Y EL ESPANTO / LA FRONTERA, de Pascal Quignard


Azulejos del Palacio de Fronteira, Portugal
Pascal Quignard

Al pasar sin transición de la lectura de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, a Vida secreta y El sexo y el espanto de Pascal Quignard me he sentido como si saliera del cabaret y entrara en el monasterio. Y sabe Dios que los monasterios me interesan exclusivamente como monumentos de interés turístico-cultural. Por eso me resisto a leer a Quignard haciéndome eco de la seriedad de su pose y de la imagen contra-mediática que le acompaña.

Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948), considerado el escritor vivo más importante de Francia, tiene ya una ingente obra a su espalda en forma de tratados, novelas breves y ensayos, por más que el gran público lo conoce por la adaptación cinematográfica de su nouvelle Todas las mañanas del mundo. En 2002 se le concedió el Premio Goncourt por Les ombres errantes, con el decidido voto en contra de Jorge Semprún, quien arguyó que la obra de Quignard no abría vías literarias novedosas. Semprún no tenía razón, pues sí es novedosa esa forma mezclada de ficción, ensayo y tratado filosófico que ha ido forjando Quignard a lo largo de los años, un estilo que es ya el de El sexo y el espanto (1993) y Vida secreta (1994), aunque no todavía el de La Frontera (1992). Pero a Semprún, que sobrevivió a un campo de concentración, ha llevado una vida llena de emociones novelescas y se ha roto la cara en varias batallas le tiene que dar tres patadas un autor como Quignard, que ha optado por el alejamiento progresivo del mundo hasta un aislamiento que impregna definitivamente su escritura. Un cierto olor a diálogo con la muerte trascendida: un olor inconfundible a monasterio. Muy culto, muy exquisito, muy falto del humor que caracteriza a los genios, su estilo manifiesta la tensa autoexigencia de los eruditos que no se codean con nada que quede por debajo de la música barroca, las lenguas clásicas, las Gorgonas o los frescos obscenos de Pompeya.

Pero al césar lo que es del césar: el engrudo que utiliza para reunir estos temas no es sólo de lo más interesante sino además una buena prueba de cómo desde el ensayo se puede describir la propia experiencia pero esquivando el patetismo de la confesión. De un lado está la musicalidad del idioma, que en Vida secreta se refleja en bloques de texto que se responden con el uso calculado de los silencios y la puntuación y que se prolongan en otros bloques, así como conceptos y mitos apenas apuntados van desarrollándose en párrafos y capítulos posteriores. El otro ingrediente clave del engrudo es su uso de la etimología (procede de una familia de lingüistas) para crear una potente red de imágenes, y así viene a explicar cómo desde siempre el lenguaje ha querido captar un misterio enterrado en la memoria del hombre y cómo, siendo lenguaje, somos ante todo el silencio previo a él. Hay un aspecto autobiográfico en todo el texto porque uno se interesa por lo que le incumbe personalmente, y Quignard recrea a través de estos temas y estilo la experiencia autista que vivió por dos ocasiones de niño.

Vida secreta es a su manera heredera de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, aunque sin la tierna viveza de éste. Dice Quignard que es una protesta interior a la presencia exagerada de lo sexual en el mundo contemporáneo, y cree como Barthes que el amor es el verdadero tema tabú de nuestro tiempo. Pero está relacionado con la pasión (“o bien el amor surge de la pasión o no surgirá nunca”) y con el secreto, es asocial (“el amor se opone a la vez a la sexualidad y al matrimonio”) y surge del silencio anterior al lenguaje porque es una búsqueda de la escena primitiva. Al hurgar en la etimología destaca raíces comunes (amor y mamma) o descompone la palabra (especialmente bella es la red de imágenes que crea desde de-siderarare [deseo] y co-ire [coito]) para revelar la fuerza del lenguaje que finalmente actúa sobre nosotros. Todo arranca de su interés por la palabra fascinus que era como los romanos llamaban al falo, y como “llamaban fascinatio a la relación que se establece entre el sexo masculino erguido y la mirada que lo sorprende en esa contractura”. Dado que el amor deriva de la fascinación, de ahí se sigue todo un juego especular que Quignard ausculta a partir de la etimología de las palabras vinculadas con ese fascinus. Esa mirada fascinada, en espanto, está recogida en toda una serie de pinturas, obras de arte y el repaso de los mitos, las costumbres y regulación eróticas termina por crear un mapa secreto del hombre.

La mirada de Medea antes de matar a sus hijos; Medusa que lleva la muerte en los ojos; qué mira realmente Narciso; las lecciones de Epicuro, la langor o tedio postcoito: los antiguos pensaron en todo ello y al repasar sus ideas y entrelazarlas Quignard actualiza una filosofía del amor que quiere ser un dique de contención a tanta literatura light, a tanta autobiografía que reduce el yo a una serie de peripecias narradas a voz en grito.

La Frontera (1992) fue escrita antes de esa reclusión voluntaria y es la expresión novelesca de estas ideas. En apenas 100 páginas de argumento absorbente, Quignard no sólo desarrolla sus motivos habituales sino que también cuenta una historia de amores imposibles y venganzas en caliente en la que participa un triángulo de personajes inusitadamente temperamentales: la bella e inexperta Luisa d’Alcobaça, su marido, el hermoso señor de Oeiras, víctima del celoso y nada agraciado De Jaume. Ambientada en la Corte portuguesa de 1640, Quignard mezcla el tono picante con la reflexión sublime típicos del XVII. Están sus símbolos favoritos: la cacería como caza de amor, en donde el viejo jabalí es una trasposición de la Medusa cuya mirada debe evitar el héroe si quiere escapar de una muerte segura; la del amor ligado a lo perdido y la fidelidad más allá de la muerte. Y el más importante, el de la repulsión, de forma que esa atracción-repulsión que le inspira a la señora d’Oeiras el sexo masculino es el eje escondido del relato y lo liga a las obras posteriores. Todo sublimado aquí en esos azulejos del Palacio de Fronteira que dicen que el arte es también venganza cumplida…

…Y que en el cabaret es donde soltamos las risas profundas que nos recuerdan el Paraíso.

Espasa Calpe, Trad. Encarna Castejón (con Teresa Sans, asesora lingüística),
Madrid, 2005, 284 páginas.
Editorial Minúscula, Barcelona, Trad. Ana Becciú, 2005, 244 páginas Editorial Funambulista, Madrid, 2005, trad. y posfacio de de Ascensión Cuesta, 138 páginas.
María José Furió
Publicado en Culturas- La Vanguardia

Una interesante entrevista dedicada al autor (en francés):
http://www.mondesfrancophones.com/espaces/Frances/interviews/pascal-quignard-
la-nuit-sexuelle/

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO, de Álvaro Pombo


Cruzados

Álvaro Pombo (El País)

Para Jorge Herralde

En su novela anterior, Donde las mujeres, Álvaro Pombo traía a sus páginas a una de esas familias tan suyas, norteñas, encantadas consigo mismas, parlanchinas hasta la necedad y olímpicamente indiferentes al mundo que respira al otro lado de los pesados portones de sus feudos. Lo hacía con la voz de la hija mayor, a la que una soterrada disidencia llevaba a buscar su lugar en el mundo y, tras abrir los ojos a la auténtica naturaleza de cuantos la rodeaban, descubría la identidad de su padre y el peso de la libertad. La acción de La cuadratura del círculo vuelve sobre la misma búsqueda simbólica pero en esta ocasión Pombo traslada la aventura a la Edad Media recreando con pasión un mundo en efervescencia cuyo protagonista, Acardo, será como la piedra contra la que rompe el oleaje del siglo. Acardo, la oveja negra de una familia noble, en su búsqueda frecuenta primero a los mozos en las cuadras, luego la corte del duque de Aquitania y, más tarde sigue al benedictino Bernardo de Claraval, hasta la desastrosa derrota en la cruzada contra Damasco.

La desaparición de su padre, un hombre que lleva su lealtad al duque a sus últimas consecuencias, es el acicate del itinerario de Acardo; un itinerario en el que el debate de ideas se plantea siempre como una dialéctica que encuentra en la violencia la resolución que conviene a Acardo, tironeado siempre por sentimientos contrapuestos. El recorrido del protagonista es también la historia de una ingenuidad, de un fracaso y, como en la anterior novela, de una libertad paradójica. Un final magnífico cierra una novela de una coherencia extraordinaria, también con respecto a la obra anterior de Pombo, quien declaraba en una entrevista que “las ideas son someras respecto a los sentimientos” y explicaba que para la construcción de este colosal poema había inventado una lengua franca imaginando que era así como hablarían aquellos personajes, nobles, trovadores, cuya vitalidad desbordante y cinismo jovial acuñaba un talante de uso corriente para todos, salvo para idealistas como Acardo.

novela, 410 páginas, Anagrama, 1999

María José Furió publicado en Lateral, septiembre de 1999

SECRETOS A VOCES, de Alice Munro


Bruce Peninsule- Ontario, Canadá

La mayoría de relatos reunidos bajo el acertado título de Secretos a voces fueron publicados anteriormente y por separado en The New Yorker. Quiere eso decir que son autónomos; sin embargo, el valor de cada relato crece en relación al conjunto, pues es después de la lectura de todos ellos cuando más sobresalen las cualidades de la escritura de Munro. Sin duda es deudora de la tradición americana, aunque puede ser inútil preguntarse cuánto debe a Faulkner, pues hay un humor soterrado aun en la sordidez de ciertos episodios que sólo puede atribuirse a la autora. El principal aglutinador es la localidad de Castairs, en Ontario, Canadá, escenario de buena parte de las historias protagonizadas por personajes que adquieren envergadura argumental, actúan y ceden el primer plano a otros que aparecían como fondo de la acción de un cuento anterior.

Los argumentos –cartas entre desconocidos, matrimonios extravagantes, separaciones, muertes brutales o desapariciones inexplicadas, fugas, reencuentros– toman derivaciones imprevistas, de modo que una historia puede contener otras –así, las excelentes “La virgen albanesa” y “Estación del Vía Crucis”– o resumir en fulgurantes imágenes los avatares de toda una vida, tarea rememorativa en la que se complacen la mayoría de protagonistas femeninas. Hombres y mujeres en apariencia comunes revelan fantasías y originales recursos y a todos ellos les dedica Munro una mirada inteligente describiendo la venganza –“Vándalos”, “El Jack Randa Hotel”– gracias a la cual casi todos se reconcilian con sus destinos. El lector podría pensar que no se le ha perdido nada en Ontario y, sin embargo, el viaje vale la pena.

Editorial Debate Madrid, 1996, versión de Flora Casas.

María José Furió Publicado en Lateral