NEGUIJÓN, de Fernando Iwasaki


Fernando Iwasaki

Neguijón es, según el Diccionario de Autoridades de 1732 que Iwasaki cita encabezando la novela, un gusanillo que se engendra en los dientes causante de la caries. Ese neguijón inexistente que un sacamuelas sevillano, Gregorio de Utrilla, busca con encono digno de mejor causa en la boca de sus clientes es el macguffin que Iwasaki utiliza para representar la cultura del Siglo de Oro con su delirio de superstición y discusiones bizantinas, su violencia y guarrería, sus excelsos poetas y sus beatas de tres al cuarto.

La novelita es estupenda en varios sentidos y sobre todo en el más elemental, que es el placer de su mera lectura como pastiche de época en homenaje a cara descubierta al Quijote cervantino. Pero no sólo, como de otro lado cabe esperar de este escritor.

Nacido en Lima en 1961 e instalado en Sevilla a finales de los ochenta, Fernando Iwasaki es especialista en Historia del siglo de Oro español, director de la revista literaria Renacimiento y director del Centro Cristina Heeren de Flamenco. La versatilidad no se malogra en dispersión en su caso sino en un original cruce de influencias que se refleja en su producción literaria. Ha cultivado la novela, el relato literario, la crónica periodística (donde destaca el épatante El sentido trágico de la Liga, o cómo aprender a perder citando a los griegos) y el cuento, todo hilvanado por una desenfadada pero sólida mezcla de erudición y humor. En su última serie de relatos, el muy recomendable Un milagro informal (Alfaguara, 2003), la balanza se inclina del lado del humor en parodias logradísimas como “El derby de los penúltimos” donde evoca la literatura argentina y “Un muerto en Cocharcas”, una variación limeña sobre el tema del detective superado por las circunstancias. Pero en Neguijón da un salto adelante y el humor pasa a ser una risa de fondo, que es, dibujando las mentalidades del Siglo de Oro, burla de nuestro siglo posmoderno y neobarroco.

El argumento es simple: yuxtaponiendo dos escenas acaecidas en años distintos, la primera en Sevilla y la segunda en el Perú del virreinato, vemos a unos personajes, inspirados en otros reales, un capellán, un aprendiz de galeno, un gentilhombre y un librero que primero están defendiendo el hospital de la cárcel del ataque de unos “germanes” huidos y donde tienen lugar amputaciones, castraciones y operaciones que cortan la digestión. En la escena del Perú, los mismos personajes, huidos de la Inquisición o la desgracia, acuden al aprendiz convertido en sacamuelas mientras una reconocida beata va a sacrificarle al dolor de Cristo toda su dentadura. La falta de higiene y de anestesia hacen del dolor un calvario y de galenos y sacamuelas vicarios de la iglesia.

Por más que leyéndolo se recuerde la poesía de Quevedo y barroca, o el Quijote con su querella de las armas y las letras y, menos evidente pero igual de descarada, la plástica sordidez de La lozana andaluza, el deleite que puede sentir el lector es más parecido al que procuran películas como Kill Bill. La cultura es memoria y reciclaje, arte sublime y basura y, como en Tarantino, el reconocimiento catártico llega con la saturación. Porque ese mundo de podredumbre y superstición, donde se envía a la cárcel a un fulano que niega el Génesis y propone “que el semen de los peces había engendrado a nuestro padre Adán”, donde se decide que “el Purgatorio estaba en Sicilia” es el mismo mundo que busca armas de destrucción masiva en casa del infiel.

Alfaguara, Madrid, 2005 novela, 170 páginas

María José Furió publicado en Culturas-La Vanguardia

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