LA CUESTIÓN DE BRUNO, de Aleksandar Hemon


The Question of Bruno – Aleksandar Hemon

Un lector en castellano de La cuestión de Bruno puede leer los ocho relatos que lo componen como una recopilación de historias escrita por un joven autor nacido en Sarajevo, que narra fragmentos de su infancia, su obsesión por los grandes espías o la inmediatez de la guerra de Yugoslavia, salpicado con un apunte crítico del american way on life puesto en boca de uno de sus personajes, desde su puesto de trabajo de ayudante de cocinero en una gran cadena. Entonces el talento del narrador Hemon le parecerá evidente y la calidad media más que notable. Pero en este caso más que en la mayoría el avatar del autor es significativo respecto al sentido del libro. Hemon disfrutaba de una beca en Estados Unidos en 1992 cuando la ciudad de Sarajevo quedó cercada. El retorno resultaba temerario. Obligado a buscarse la vida, se propone dominar el idioma. En 1995 empieza a escribir en inglés. Desde ese momento, considerando los temas de los relatos, puede hablarse de una refundación de la memoria, pues es el momento en que, al asumir una lengua extranjera, el escritor asume la realidad de una escisión, un nuevo tiempo. Ésta opera a un doble nivel: en el espacio, el que separa a Estados Unidos de Yugoslavia; y en el tiempo: pasado-presente-futuro. Los ingredientes y el tono traen ecos de Kundera y del Kafka de América, pero también de Brecht, con la brillante parodia de las Historias del señor Kauner que da forma a su “Vida y andanzas del señor Kauner”; el cine de Kusturica viene a la mente al leer “Charlas agradables”, donde sin gastar tiempo en inútiles modestias, el narrador remonta la genealogía familiar nada menos que a la Ilíada y a la Eneida. Hay otra línea que a mi juicio da la verdadera dimensión de lo que el autor Hemon promete para el futuro y es su tratamiento del tema de Yugoslavia, la de la guerra del 92 y la de Tito; un tratamiento que, sin apartarse de lo más dramático –la muerte arbitraria en la Avenida de los Francotiradores; la amenaza soviética–, nunca es oportunista.

Por decirlo de una vez, el valor de estos relatos me parece que está en la sinceridad de sus planteamientos: las apuestas son internas al autor y al libro. Al incluirse como personaje –en La cuestión de Bruno–, él, un anónimo sarajeví aislado en Chicago, se convierte por arte de la Historia en un representante típico de los Hemon, mientras este hiato en la Historia que condiciona su destino, la desintegración de lo que venía conociéndose como Yugoslavia, es sólo un episodio más, un momento equivalente a los que cuenta su tío en Islas, a la amalgama de fantasía y leyendas familiares que vertebra El acordeón. El conjunto es uno de esos libros al que le viene pequeña cualquier reseña por la carga de sugerencias que contiene. Hay dos relatos extraordinarios: “La red de espionaje de Sorge” y “Una moneda”.

María José Furió Publicado en Lateral

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