ASTOR PIAZZOLLA, Memorias, de Natalio Gorin



Para Diego

Cuentan que en la Argentina de la crisis económica se está viviendo una revitalización del tango y que son muchos los que, en paro u obligados a soportar un trabajo en condiciones miserables y sin expectativas reales de progreso, encuentran en las milongas un modo de afirmarse en el presente. En las bellas y dramáticas figuras del baile los argentinos expresan la intesa desazón de los perdedores de sangre caliente y un residuo de confianza en su capacidad para derogar con arte la humillación económica.

Ahora, la Editorial Alba publica las Memorias de Astor Piazzolla (1940-1992), el músico que rompió los moldes del tango, quitándole desgarro y dándole la hondura de la música clásica y cosmopolitismo. El texto, que ya fue publicado en los noventa en Argentina, recoge las entrevistas que el periodista Natalio Gorin realizó en la primavera de 1990 a Piazzolla, ampliadas para la edición española con el testimonio de artistas y compañeros del bandeonista y compositor, además de una relación de su discografía y formaciones orquestales, tan útiles para los devotos del músico como las abundantes fotografías que ilustran el libro. Son esas fotos que toda celebridad con aspiraciones mitónomas se hace a lo largo de su carrera, sólo o en compañía de otros músicos, valedores de cualquier tipo y amistades famosas.

El libro de Gorin no es una biografía edificante, ni desmitificadora, es la semblanza caleidoscópica de un músico archifamoso destinada a sus miles de entusiastas, que se centra en su trayectoria musical y sortea su criticado apoliticismo en tiempos de Videla y de Menem. Gorin ofrece pinceladas de Piazzolla, que toma la palabra y cuenta sobre todo cómo se construyó una carrera. Pinceladas de su infancia en Nueva York, adonde sus padres se trasladaron como tantos en busca de fortuna. El futuro discípulo de Alberto Ginestera y de Nadine Boulanger se crió en el Little Italy, un barrio de hampones donde mantuvo a raya a todo el que se atrevió a burlarse de su cojera con unos zurdazos que le valieron el título de Lefty. Criado entre hijos de gángsters, jugando al béisbol y hablando inglés, Piazzolla declaraba como si husmeara en la nostalgia de una vida todavía más portentosa: “Si me lo hubiera propuesto, quizá habría sido el mejor gángster de Nueva York”.

En esta misma ciudad pero muchos años después, al recibir la noticia de la muerte de su padre, compondría el famoso Adiós Nonino. Y esa infancia en la capital de América donde el bandoneón era un instrumento exótico explica su permeabilidad a las vanguardias, con su pasión por el jazz, sus coqueteos con la música electrónica en los años setenta y su incapacidad para conformarse dócilmente a los moldes estrictos de las orquestas de tango ya desde sus inicios con Aníbal Troilo.

Hay quien compara su aportación a lo que antes de él se consideraba música folclórica con lo que Borges hizo con la figura del gaucho. Pero debe considerarse que donde Borges construye una figura mítica con luces ya crepusculares, en un Palermo de cuchillo y de guitarra que congela la figura del hombre de la Pampa en una sombra rígida de gestos tópicos y se instruye del lunfardo y de casi todo en los libros, Piazzolla regala al tango una continuidad nutrida de vivencias radicalmente argentinas –la nostalgia de la tierra, la pasión y la quimera de un futuro mejor–, templadas por su apertura al mundo y sin manierismos.

Con ambiciones de llegar a ser un clásico, sujeto permanente de controversia, prolífico y seguro de su talento, artista de los que sacrifican la familia a su arte, Piazzolla modernizó la música de Buenos Aires. Esa música que tantos argentinos fuera de su país escuchan con una sonrisa sin desgarro porque alguien acertó a resolver el conflicto entre la pura nostalgia y la elegía de un camino hecho.

Alba Trayectos, 2003

Publicado en Lateral, 2003

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