ASTOR PIAZZOLLA, Memorias, de Natalio Gorin



Para Diego

Cuentan que en la Argentina de la crisis económica se está viviendo una revitalización del tango y que son muchos los que, en paro u obligados a soportar un trabajo en condiciones miserables y sin expectativas reales de progreso, encuentran en las milongas un modo de afirmarse en el presente. En las bellas y dramáticas figuras del baile los argentinos expresan la intesa desazón de los perdedores de sangre caliente y un residuo de confianza en su capacidad para derogar con arte la humillación económica.

Ahora, la Editorial Alba publica las Memorias de Astor Piazzolla (1940-1992), el músico que rompió los moldes del tango, quitándole desgarro y dándole la hondura de la música clásica y cosmopolitismo. El texto, que ya fue publicado en los noventa en Argentina, recoge las entrevistas que el periodista Natalio Gorin realizó en la primavera de 1990 a Piazzolla, ampliadas para la edición española con el testimonio de artistas y compañeros del bandeonista y compositor, además de una relación de su discografía y formaciones orquestales, tan útiles para los devotos del músico como las abundantes fotografías que ilustran el libro. Son esas fotos que toda celebridad con aspiraciones mitónomas se hace a lo largo de su carrera, sólo o en compañía de otros músicos, valedores de cualquier tipo y amistades famosas.

El libro de Gorin no es una biografía edificante, ni desmitificadora, es la semblanza caleidoscópica de un músico archifamoso destinada a sus miles de entusiastas, que se centra en su trayectoria musical y sortea su criticado apoliticismo en tiempos de Videla y de Menem. Gorin ofrece pinceladas de Piazzolla, que toma la palabra y cuenta sobre todo cómo se construyó una carrera. Pinceladas de su infancia en Nueva York, adonde sus padres se trasladaron como tantos en busca de fortuna. El futuro discípulo de Alberto Ginestera y de Nadine Boulanger se crió en el Little Italy, un barrio de hampones donde mantuvo a raya a todo el que se atrevió a burlarse de su cojera con unos zurdazos que le valieron el título de Lefty. Criado entre hijos de gángsters, jugando al béisbol y hablando inglés, Piazzolla declaraba como si husmeara en la nostalgia de una vida todavía más portentosa: “Si me lo hubiera propuesto, quizá habría sido el mejor gángster de Nueva York”.

En esta misma ciudad pero muchos años después, al recibir la noticia de la muerte de su padre, compondría el famoso Adiós Nonino. Y esa infancia en la capital de América donde el bandoneón era un instrumento exótico explica su permeabilidad a las vanguardias, con su pasión por el jazz, sus coqueteos con la música electrónica en los años setenta y su incapacidad para conformarse dócilmente a los moldes estrictos de las orquestas de tango ya desde sus inicios con Aníbal Troilo.

Hay quien compara su aportación a lo que antes de él se consideraba música folclórica con lo que Borges hizo con la figura del gaucho. Pero debe considerarse que donde Borges construye una figura mítica con luces ya crepusculares, en un Palermo de cuchillo y de guitarra que congela la figura del hombre de la Pampa en una sombra rígida de gestos tópicos y se instruye del lunfardo y de casi todo en los libros, Piazzolla regala al tango una continuidad nutrida de vivencias radicalmente argentinas –la nostalgia de la tierra, la pasión y la quimera de un futuro mejor–, templadas por su apertura al mundo y sin manierismos.

Con ambiciones de llegar a ser un clásico, sujeto permanente de controversia, prolífico y seguro de su talento, artista de los que sacrifican la familia a su arte, Piazzolla modernizó la música de Buenos Aires. Esa música que tantos argentinos fuera de su país escuchan con una sonrisa sin desgarro porque alguien acertó a resolver el conflicto entre la pura nostalgia y la elegía de un camino hecho.

Alba Trayectos, 2003

Publicado en Lateral, 2003

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NO SÉ SI CASARME O COMPRARME UN PERRO, de Paula Pérez Alonso


Paula Pérez Alonso

Juana Eguiza, joven periodista argentina, inserta en un periódico un provocador anuncio “convocando a un hombre a luchar con un perro labrador por el amor de una mujer”. Después de todo, un hombre puede ocupar el lugar de otro hombre: cuántas veces unos cuerpos reemplazan a otros, las mismas frases se repiten en situaciones idénticas… Paradójicamente, la novela relata cómo las personas son únicas y la posibilidad de hacerlas intercambiables una mera ilusión.

Alternando el relato de sus avatares durante la espera de ese hombre ideal de aparición más que improbable, conocemos la muerte de su compañero, Ernesto, destacado en la revolución contra el terror de la dictadura y desaparecido doce años atrás en circunstancias no esclarecidas; la transformación de Cris, hermano de Juana, en un hombre frágil concentrado en la contemplación de sus sentimientos; la tarea de Max, que se ha propuesto mejorar la rentabilidad de sus fincas renunciando a esquemas jerárquicos; la indagación a la que se aboca el reportero gráfico Horacio cuando en su propósito de cambiar de apartamento da con una casa que le devuelve el hedor del pasado y, por último, a Oria, novia de Horacio, que opone un contrapunto de reflexión y sosiego. Cada uno de ellos se adentra en la boca de su lobo particular para constatar que existen pocas salidas, dejando dicha la necesidad de desenterrar a los muertos y volverlos a enterrar para que descansen en paz. El tema de los desaparecidos aparece entonces como lugar común inevitable de la memoria colectiva argentina, realidad que todavía dividiría al país en cómplices y acusadores.

No sé si casarme… pide una lectura atenta. El estilo algo vacilante, a veces descuidado, además del anzuelo humorístico que lanza Juana, pueden llevar a creer que tenemos entre las manos el relato ligero de sentimientos también aligerados de la nueva generación argentina. Esa es sólo la máscara, tan simpática como la cubierta del libro.

novela, Tusquets, Barcelona, 1996, 280 páginas

María José Furió
La Vanguardia – Libros, 1996

KA, de Roberto Calasso


Un Deva

En la presentación de Ka, dedicado a la espiritualidad hindú, Roberto Calasso proponía que el lector superase el temor que pudiera experimentar ante un universo tan exótico y alejado de la realidad occidental zambulléndose sin más en su lectura; a fin de cuentas, aseguraba, en él se abordan temas tan elementales como la respiración y el sexo. Calasso dice la verdad, pero es la verdad de un erudito que, después de recorrer aquella cultura con material de primera mano –los textos sagrados, que ha estudiado valiéndose en parte de su conocimiento del sánscrito–, descubre que de lo que se trata son de las esenciales perplejidades que rondan al hombre desde que abrió los ojos de la conciencia. Por ello, el lector neófito haría bien en pertrecharse de un buen diccionario de sabiduría oriental con lo que evitará ahogarse en el océano de deidades de nombres y formas cambiantes y conceptos que no tienen equivalente estricto en las filosofías occidentales y en una concepción, muy alejada de la establecida por la cultura occidental, del tiempo, de la historia, de los valores que encarna el rito, de las jerarquías entre dioses, hombres, brahmanes y videntes. (De este modo, no podrá decir, parafraseando lo que decían del verso de Rubén Darío: “sólo entiendo la palabra ka”.)

Ka es, precisamente, un interrogante, quién, la pregunta que circula por todo el libro, y que el pájaro Garuda formula repetidamente descubriendo que todo ha brotado de esa palabra, contenida en el himno 121 de los veda. El “todo” contenido en este libro se plantea como un mosaico de imágenes que no sigue un recorrido lineal sino que opta por retroceder en el tiempo y desarrollar un elemento anterior, en una incesante recomposición, igual que lo hacen los Úpanisad.

Ka es la tercera entrega de la serie –Calasso promete ampliarla– dedicada a la mitografía, a indagar en los aspectos que han proporcionado las bases de nuestra civilización. Después de La ruina de Kasch y de Las bodas de Cadmo y Harmonía, sobre las tribus africanas y el Olimpo griego respectivamente, es ahora la India objeto de atención. En Ka, los textos sagrados con su doble faz de acción y conocimiento traducen a las claras el objetivo del narrador. Y es que el texto es para Calasso también pretexto, pues los protagonistas no son la tríada Siva, Brhama, Visnu –el Creador, el Destructor, el Preservador– ni sus manifestaciones femeninas, o Krsna o Buddha, ni aquellos sacrificios espectaculares como el del caballo que traza la senda del cielo, tampoco con qué símbolos, leyendas y fábulas se plasman los misterios de la creación: además de bellas imágenes y de divertidas o sobrecogedoras peripecias, componen un tejido narrativo que refiere los acontecimientos históricos que propiciaron la evolución de la cultura –la épica, nos dice, sustituye al sacrificio cuando éste revela que conduce directamente a la masacre–.

La reflexión del narrador se adhiere iluminando y describiendo el eco que tuvo en Occidente algún tema –la ceguera de Tiresias y del príncipe que escuchó el Mahabharata–, la simetría entre acontecimientos más recientes –la resistencia de Ghandi y la voluntad de “no herir” está presente en los ritualistas de hace tres mil años–, o entre figuras como los rsi (videntes) y los guardianes de Platón, y hasta la similitud de imágenes literarias características de autores tan poco hindúes como Marcel Proust. Son reflexiones hechas en el tono del que descubre para sí mismo la génesis de una tradición, de una literatura, de un mundo que explora “el secreto de lo existente” y que dice, como decían los rsi, “está implícito en unos pocos actos comunes a todos: el despertar, la respiración, el sueño, el coito”. En definitiva, un universo que gira en torno a un tema, el conocimiento: “Se ha dicho que todo verdadero filósofo piensa un solo pensamiento; lo mismo puede decirse de una civilización: los Arya pensaron desde el origen y la India continuó pensando ininterrumpidamente el pensamiento que se encendió en nosotros, los rsi: el puro dato de ser conscientes.”

Las claves: El autor
Roberto Calasso, director literario de la editorial italiana Adelphi. Su interés por una literatura de ideas convierte sus libros en un híbrido de ensayo y novela donde sus conocimientos de historia, mitología, filosofía y sánscrito están al servicio de su interés por descubrir cómo se ha desarrollado el conocimiento y nuestra cultura con sus conflictos.

Anagrama, trad. de Edgardo Dobry, 462 páginas.

María José Furió

Encargo de La Vanguardia- Libros

Víctor Erice y EL ESPÍRITU DE LA COLMENA, de Jaime Pena


Ana Torrent da de comer al monstruo

Es la película más famosa de los últimos años del franquismo, se convirtió en símbolo del agotamiento de la dictadura española y de la reivindicación de un nuevo lenguaje para explicar la realidad. Se hizo famosa porque dio a conocer los ojos de una niña, Ana Torrent, y recuperó el mito de Frankenstein para crear una narración simbólica sobre el despertar de una conciencia y de una voluntad. Se trata de El espíritu de la colmena (1973), dirigida por Víctor Erice (con guión de él mismo y A. Fernández-Santos), uno de los directores de cine menos prolíficos –de uno a otro de sus tres títulos hay una distancia de diez años–, y sin embargo más sólido y menos factible de ser imitado. Director de tres obras maestras: la que nos ocupa, El sur (1983) y El sol del membrillo (1992). En 2003, para celebrar su trigésimo aniversario, se repuso en los cines españoles, considerando que toda una generación de nuevos cinéfilos no había tenido la oportunidad de verla en salas. Y en coincidencia con este aniversario, la editorial Paidós edita el estudio crítico de Jaime Pena, en su colección “Películas”.

Esta colección ofrece estudios críticos de los títulos emblemáticos de la cinematografía universal en un estimulante desorden: así, a Vértigo le siguen los estudios dedicados a El acorazado Potemkin, Barton Fink, La mirada de Ulises, Metrópolis, etc., firmados por ensayistas que manejan distinto instrumental teórico y analítico, por lo que resultan textos de interés desigual para un público medio, aunque al estudioso siempre le va a convenir echar una mirada a la colección. El sumario no esconde su intención pedagógica y se divide en “La obra y su contexto”, el “Estudio crítico” propiamente dicho, y la “Documentación”, donde los apartados de “Selección de textos” y “Bibliografía” remiten a otros autores de ensayos o artículos que ayudarán a completar una perspectiva sobre el film.

En el estudio de Jaime Pena pesa más la mirada universitaria que la pasión cinéfila. No extraña, sin embargo, porque las películas de Víctor Erice suelen despertar admiración pero nunca pasión, pues son narraciones contenidas con personajes de profunda vida interior, o despegados de su entorno, y naturaleza melancólica, lo cual obliga a una traducción visual morosa, cargada de claves literarias y cinéfilas que en su época daban lugar a un piélago de interpretaciones, brillantes y/o delirantes en la misma proporción. Se explica esa profusión interpretativa en que eran años en que ningún intelectual español se atrevía a salir a la calle sin haber leído la obra completa de la teoría política y literaria francesa, norteamericana y, si se terciaba, china, y se hablaba una abstrusa jerga cargada de tecnicismos, conceptos abstractos y coletillas que pretendían, se supone, darle “nivel” al debate político, pero sobre todo, alejarse del pensamiento castizo fascista, más impenetrable para las generaciones de la Transición que toda la teoría de Heidegger.

Precisamente por el carácter algo críptico de la cinta de Erice, resultante de la decisión de suprimir una primera parte introductoria que transcurría en 1970, un aspecto especialmente interesante en este estudio es la descripción del contexto de la producción española, y concretamente qué tipo de subvenciones permitieron que Elías Querejeta, el productor del nuevo cine de los años setenta, desarrollara una filmografía que por su talante renovador constituía en sí misma una crítica al inmovilismo franquista. Por el carácter oficial de las ayudas, Querejeta asumía un riesgo económico prácticamente nulo, y esto provocó que uno de los colectivos más izquierdistas de la época discutiera, escudado en el seudónimo de “Marta Hernández”, las resbaladizas pendientes de lo que se llamó “posibilismo”. Importa además este contexto porque con El espíritu de la colmena, siempre según J. Pena, Erice se emancipa de sus presupuestos teóricos anteriores, que postulaban una visión crítica de la realidad y de compromiso con el presente histórico. Una breve estancia en París, durante la cual se zampa todo Godard y digiere el sentido de sus innovaciones formales, termina de confirmarle en su nueva dirección, de signo resueltamente personal y que da fruto en un primer largometraje de pulso técnico y narrativo asombrosamente maduro.

El argumento se resume en la realidad quieta que se vive en un pueblo castellano durante los años cuarenta. La familia que centra la narración está compuesta por un intelectual de ambigua adscripción política aficionado a la apicultura, una mujer más joven que escribe cartas de indudable cariz sentimental a un destinatario que puede estar en el exilio o en la guerra, y sus dos hijas, de 8 y 6 años, cuyos juegos revelan, como una de esas imágenes que se impresionan en negativo directamente sobre el papel, la naturaleza desolada de la realidad y la resistencia infantil a dejarse anular por ella. La proyección de la película de Frankenstein en el cine del pueblo instiga en la niña menor, Ana, una fascinación por la naturaleza del “monstruo” y todo un afán de saber más. Al seguir su peripecia, Erice dibuja la trayectoria alegórica de su generación y hace de la elipse, mimetizando ahí las soluciones del filme de James Whale (1931), una fórmula clave de construcción de su argumento, que se fundamenta también en una airosa habilidad para hacer trabajar a las imágenes sobre el espectador, que se ve invitado a establecer, siguiendo a la pequeña protagonista, las asociaciones que le dejan leer los acontecimientos (o su ausencia, o la evocación de todo lo que fue suprimido, es decir aniquilado).

Sin agotar las sugerencias temáticas y alegóricas que encierra una película clave de la cinematografía española, el estudio de Jaime Pena consigue de forma sucinta apuntar sus varias capas de significado y el porqué de su no caducidad.

Claves: Jaime Pena es responsable de programación del Centro Galego de Artes da Imaxe. Es autor también de Entre o exilio e o reino: María Casares (2002) y Audiovisual galego 2003 (2003).

María José Furió Publicado en OtroCampo-Argentina

NEGUIJÓN, de Fernando Iwasaki


Fernando Iwasaki

Neguijón es, según el Diccionario de Autoridades de 1732 que Iwasaki cita encabezando la novela, un gusanillo que se engendra en los dientes causante de la caries. Ese neguijón inexistente que un sacamuelas sevillano, Gregorio de Utrilla, busca con encono digno de mejor causa en la boca de sus clientes es el macguffin que Iwasaki utiliza para representar la cultura del Siglo de Oro con su delirio de superstición y discusiones bizantinas, su violencia y guarrería, sus excelsos poetas y sus beatas de tres al cuarto.

La novelita es estupenda en varios sentidos y sobre todo en el más elemental, que es el placer de su mera lectura como pastiche de época en homenaje a cara descubierta al Quijote cervantino. Pero no sólo, como de otro lado cabe esperar de este escritor.

Nacido en Lima en 1961 e instalado en Sevilla a finales de los ochenta, Fernando Iwasaki es especialista en Historia del siglo de Oro español, director de la revista literaria Renacimiento y director del Centro Cristina Heeren de Flamenco. La versatilidad no se malogra en dispersión en su caso sino en un original cruce de influencias que se refleja en su producción literaria. Ha cultivado la novela, el relato literario, la crónica periodística (donde destaca el épatante El sentido trágico de la Liga, o cómo aprender a perder citando a los griegos) y el cuento, todo hilvanado por una desenfadada pero sólida mezcla de erudición y humor. En su última serie de relatos, el muy recomendable Un milagro informal (Alfaguara, 2003), la balanza se inclina del lado del humor en parodias logradísimas como “El derby de los penúltimos” donde evoca la literatura argentina y “Un muerto en Cocharcas”, una variación limeña sobre el tema del detective superado por las circunstancias. Pero en Neguijón da un salto adelante y el humor pasa a ser una risa de fondo, que es, dibujando las mentalidades del Siglo de Oro, burla de nuestro siglo posmoderno y neobarroco.

El argumento es simple: yuxtaponiendo dos escenas acaecidas en años distintos, la primera en Sevilla y la segunda en el Perú del virreinato, vemos a unos personajes, inspirados en otros reales, un capellán, un aprendiz de galeno, un gentilhombre y un librero que primero están defendiendo el hospital de la cárcel del ataque de unos “germanes” huidos y donde tienen lugar amputaciones, castraciones y operaciones que cortan la digestión. En la escena del Perú, los mismos personajes, huidos de la Inquisición o la desgracia, acuden al aprendiz convertido en sacamuelas mientras una reconocida beata va a sacrificarle al dolor de Cristo toda su dentadura. La falta de higiene y de anestesia hacen del dolor un calvario y de galenos y sacamuelas vicarios de la iglesia.

Por más que leyéndolo se recuerde la poesía de Quevedo y barroca, o el Quijote con su querella de las armas y las letras y, menos evidente pero igual de descarada, la plástica sordidez de La lozana andaluza, el deleite que puede sentir el lector es más parecido al que procuran películas como Kill Bill. La cultura es memoria y reciclaje, arte sublime y basura y, como en Tarantino, el reconocimiento catártico llega con la saturación. Porque ese mundo de podredumbre y superstición, donde se envía a la cárcel a un fulano que niega el Génesis y propone “que el semen de los peces había engendrado a nuestro padre Adán”, donde se decide que “el Purgatorio estaba en Sicilia” es el mismo mundo que busca armas de destrucción masiva en casa del infiel.

Alfaguara, Madrid, 2005 novela, 170 páginas

María José Furió publicado en Culturas-La Vanguardia

LA CAJA DE HOUDINI, EL ARTE DE LA FUGA, de Adam Phillips


Houdini salta atado desde un puente para escapar bajo las aguas
FUENTE: http://www.microsiervos.com


Houdini encadenado

Cuando Hollywood decidió dedicar una película al mago Houdini y le dio el papel protagonista a Tony Curtis, concedía el estatuto de mito popular a un individuo que mantuvo durante décadas la atención de su público a base de encerrarse en baúles y cajones cerrados bajo varias llaves, un tipo que se lanzaba al agua encadenado, que se colgaba por los pies de edificios emblemáticos y conseguía liberarse de cadenas, esposas, cerrojos y cuerdas y recuperaba su estado normal cosechando aplausos, dinero y fama… y la envidia de todos los delincuentes. Ese Houdini que jugaba con los límites de la resistencia física, de la dificultad técnica y de credulidad del público estuvo a lo largo de su vida, según las perspicaces teorías del psicoanalista Phillips, desafiando los límites de un territorio que a su padre –un pobre judío que no consiguió establecerse como rabino y tuvo que contentarse con ser cortador de confección– le negó todas sus satisfacciones como tierra de promisión.

Houdini, que adoraba a su madre, estuvo también jugando siempre a ser el niño que asusta al adulto con su desaparición trágica y reaparece entre risas para celebrar la ceremonia del reencuentro. Queda el otro vértice del triángulo: el público. El hombre de cualquier parte del mundo que delega en Houdini su propio deseo de escapar por arte de magia de cuantas correas le atenazan.

A partir de esa triple verdad de exploración de los propios límites, ganas de jugar y desafío a la pesadilla, Phillips describe el trato que el hombre moderno mantiene con la realidad y de ésta como escenario de cumplimiento o de resistencia a sus deseos. Phillips se escenifica como psicoanalista en diálogo con sus impacientes expertos en la huida para desvelar sus mecanismos y dar pie a un diálogo nada huidizo sobre la arrogancia de pensar en la posible curación, pues de lo que se trata es de hacer una lectura que ilumine lo oscuro, es decir, lo que uno cree trivial y no lo es, no para atajar la huida, sino para saber de qué se huye y cuáles los objetivos.

Es éste un ensayo muy ameno que juega hábilmente con procedimientos de la novela –los pacientes parecen a menudo personajes de Julian Barnes; la exposición de ideas no elude su condición de búsqueda intrigada, y la tesis que sostiene es enconadamente descriptiva –y no duda en recurrir a frases llamativas para despertar el interés sobre su razonamiento: “El mito fundador y perdido de Adán y Eva es la historia de una gran evasión; en realidad, es la historia de una fuga fallida. La transgresión es el intento de averiguar qué es aquello de lo que parece imposible escapar”. O a la paradoja: “El pornógrafo comercia con el interés que la gente siente por la muerte”.

Otros transgresores de límites fueron Ícaro, Dédalo, mitos que surten a Phillips de alegorías sobre el deseo de belleza perfección pero también sobre la lucha permanente del yo contra lo que le rodea y le limita: “Ferenczi reconoce (en 1908 ya) que el placer de escapar puede sustituir y ser siempre un sustituto bastante eficaz del placer del que en realidad huimos”. En el año 2001 escribe Phillips: “Toda persona moderna tiene su particular repertorio de lugares otros, de alternativas para que su vida real, la vida que vive, sea algo más que soportable. De hecho, la idea misma de escapar es como una prótesis de la maginación”. La caja de Houdini es uno de esos ensayos tan humildemente clarividentes como la mejor novela.

María José Furió
Publicado en Culturas-La Vanguardia

POR ORDEN ALFABÉTICO: ESCRITORES, EDITORES, AMIGOS, de Jorge Herralde


Jorge Herralde en su despejado despacho de la editorial Anagrama

 

Jorge Herralde es lo que no es. A Jorge Herralde le gusta presentar un perfil bajo incluso en un momento en que podría asumir todo el protagonismo. No otra cosa que protagonismo es lo que esperaríamos de un libro en que el editor más certero de la narrativa española de al menos los últimos treinta años se decide a poner su nombre en portada dentro de una colección que se titula “Biblioteca de la memoria”. Hay memoria, pero no memorias. Es intencionado en este Por orden alfabético el no escribir unas memorias de editor, no ser un personaje construido y posado hasta el menor de los gestos como el Carlos Barral memorialístico, donde el pathos del editor tiñe cada hecho hasta la exageración. Y no será que Herralde no haya tenido sus años sin excusa, ni sus años de penitencia. Eso fueron las dos primeras décadas de la editorial, con líos con la censura y secuestro oficial de la edición en un momento en que publicaba unas colecciones de pensamiento resueltamente escoradas hacia la izquierda marxista y a la militancia antifranquista. Sin olvidar tampoco los aprietos económicos que pusieron al borde de la quiebra a la editorial Anagrama. Esto sucedía en los años de la Transición, cuando Adolfo Suárez ocupó la presidencia del gobierno de la democracia y el tibio papel de la izquierda frente a las presiones de “los poderes fácticos” llevó a muchos lectores a apartarse de todo cuanto oliera a ideología –el periodo del Desencanto– hundiendo con su deserción a varias pequeñas editoriales sin más capital que sus fieles. Anagrama consiguió salvarse gracias a la venta de las acciones de la empresa que el Herralde ingeniero y previsor compartía con un amigo. De aquellos años a estas horas que son para todos horas veloces surge una crónica personal construida como un patchwork de artículos con destinos distintos –actos de homenaje, presentación de autores de la casa, artículos solicitados por revistas y algunos inéditos– que dibujan un retrato no frontal sino en movimiento del editor Herralde.

Aunque parece que Herralde juega al ser el “editor sin atributos” –algo que según se mire es todo un acierto–, de ese retrato movido se deduce que es persona y personaje muy jugosos para un escritor dotado –pero me temo que ninguno de sus autores de Narrativas Hispánicas sea capaz de ofrecer un retrato cabal de él, pues la mayoría denotan tanto ego propio que dudo les quepa al lado un gramo de ego ajeno. Porque éstos serían los ingredientes: 1969, joven ingeniero catalán de familia de empresarios decide que lo suyo es la cultura y funda una editorial en Barcelona. El contacto con los primeros amagos de alternativa al franquismo desde sus años de universidad –el dictador está a punto de irse a charlar con Lucifer– le ha familiarizado con la cultura, la contracultura emergente y los protagonistas de la disidencia. Tiene tanta capacidad de hacer amigos como de reserva personal. Respeta a colegas y adversarios desde el podio de ganador. Atribuye a otros definiciones que le calzan a él como un guante: de Pániker dice: ”El editor como filtro, el editor como garantía”. Le gusta apostar fuerte pero no tirar la casa por la ventana. Tiene un concepto claro del tipo de escritor al que apoya, un perfil psicológico doble que le refleja y que se mantiene sin cambios hasta hoy: el joven Vila-Matas, Andrés Barba, Alan Pauls, Martin Amis, son una cara: los enfants terribles, los bellos peligrosos, que en su faz caricaturesca se convierten en… ¡Fréderic Beigbeder!; la otra la conforman los pilares de una cultura occidental — Magris, Calasso, Tabucchi, Bourdieu, Pombo, Sebald, Cohen— siempre en un tris de sucumbir ante la acometida de los bárbaros. Es su línea editorial el Beaubourg contra el Louvre, una suerte de vanguardia chic contra el clasicismo reposado, pero también contra, pongamos, los frescos rupestres del Tassili N’ajjer.

Por orden alfabético es lectura necesaria para quien quiera hacer una historia de la edición, porque es un resumido who is who de la edición antifranquista y posfranquista. Claro que también puede leerse como un entretenido resumen de Ecos de la Sociedad Editorial, donde el lector descubrirá que el sesudo filósofo José Antonio Marina cultiva berzas, Martín Gaite era una robaplanos, a Tom Sharpe la policía sudafricana le incautó 36.000 negativos de fotos que había tomado en los guettos y el editor Roger Strauss era un aguerrido zampa-ostras.

Anagrama, Barcelona, 2006, 354páginas

María José Furió Publicado en revista Renacimiento

 

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LA CUESTIÓN DE BRUNO, de Aleksandar Hemon


The Question of Bruno – Aleksandar Hemon

Un lector en castellano de La cuestión de Bruno puede leer los ocho relatos que lo componen como una recopilación de historias escrita por un joven autor nacido en Sarajevo, que narra fragmentos de su infancia, su obsesión por los grandes espías o la inmediatez de la guerra de Yugoslavia, salpicado con un apunte crítico del american way on life puesto en boca de uno de sus personajes, desde su puesto de trabajo de ayudante de cocinero en una gran cadena. Entonces el talento del narrador Hemon le parecerá evidente y la calidad media más que notable. Pero en este caso más que en la mayoría el avatar del autor es significativo respecto al sentido del libro. Hemon disfrutaba de una beca en Estados Unidos en 1992 cuando la ciudad de Sarajevo quedó cercada. El retorno resultaba temerario. Obligado a buscarse la vida, se propone dominar el idioma. En 1995 empieza a escribir en inglés. Desde ese momento, considerando los temas de los relatos, puede hablarse de una refundación de la memoria, pues es el momento en que, al asumir una lengua extranjera, el escritor asume la realidad de una escisión, un nuevo tiempo. Ésta opera a un doble nivel: en el espacio, el que separa a Estados Unidos de Yugoslavia; y en el tiempo: pasado-presente-futuro. Los ingredientes y el tono traen ecos de Kundera y del Kafka de América, pero también de Brecht, con la brillante parodia de las Historias del señor Kauner que da forma a su “Vida y andanzas del señor Kauner”; el cine de Kusturica viene a la mente al leer “Charlas agradables”, donde sin gastar tiempo en inútiles modestias, el narrador remonta la genealogía familiar nada menos que a la Ilíada y a la Eneida. Hay otra línea que a mi juicio da la verdadera dimensión de lo que el autor Hemon promete para el futuro y es su tratamiento del tema de Yugoslavia, la de la guerra del 92 y la de Tito; un tratamiento que, sin apartarse de lo más dramático –la muerte arbitraria en la Avenida de los Francotiradores; la amenaza soviética–, nunca es oportunista.

Por decirlo de una vez, el valor de estos relatos me parece que está en la sinceridad de sus planteamientos: las apuestas son internas al autor y al libro. Al incluirse como personaje –en La cuestión de Bruno–, él, un anónimo sarajeví aislado en Chicago, se convierte por arte de la Historia en un representante típico de los Hemon, mientras este hiato en la Historia que condiciona su destino, la desintegración de lo que venía conociéndose como Yugoslavia, es sólo un episodio más, un momento equivalente a los que cuenta su tío en Islas, a la amalgama de fantasía y leyendas familiares que vertebra El acordeón. El conjunto es uno de esos libros al que le viene pequeña cualquier reseña por la carga de sugerencias que contiene. Hay dos relatos extraordinarios: “La red de espionaje de Sorge” y “Una moneda”.

María José Furió Publicado en Lateral

LA NOVELA DE PEPE ANSÚREZ, de Gonzalo Torrente Ballester


La novela de Pepe Ansúrez, de Gonzalo Torrente Ballester, mereció el Premio Azorín de 1994. Torrente Ballester nos lleva aquí por un modo de novelar tal vez algo inusual y, aparentemente, trasnochado. La peripecia tiene lugar en una ciudad de provincias de la costa. Sus protagonistas, con el inefable Pepe Ansúrez -el Vate- a la cabeza, son los empleados de una Caja de Ahorros, súbitamente trastornados por el anuncio de la futura redacción de una novela del tal Ansúrez. Éste –devoto de Campoamor, de Zorrilla, todo está dicho–, deseoso de superar las barreras que le impone ya el verso quiere dar un salto cualitativo y recrear literariamente sus amores con su novia Elisa, también empleada en la Caja y “zorrupia” que tiene alborotado al gallinero.

El Presidente de la Caja, con veleidades de agente del Mal, se propone adoctrinar a su empleado acerca del contenido de su obra y le hace ciertas sugerencias que contribuyen a desvelar algo de la realidad que el Vate no consigue rimar. Todas las fuerzas vivas de la ciudad tienen su opinión acerca de cuál debe ser el argumento, que crece con lo que unos y otros discuten. Desde los militares hasta el sindicato obrero, los propios novios y el enemigo literario de Ansúrez, Perico Entre Ellas, la ciudad entera reivindica su protagonismo en la novela. Es Perico quien, dispuesto a plantar cara a su rival con una novela de fuste pero paralizado ante la página en blanco, desgrana unas reflexiones sobre el quehacer literario que dotan al texto de un fondo capaz de situarnos más allá del divertimento de estas páginas.

Con un humor socarrón, diálogos ágiles y agudos, una caracterización precisa de sus satirizados personajes, Torrente Ballester hace un alarde de dominio de su oficio. Se divierte y nos divierte con su habilidad.

Ésta es una novela que da más de lo que promete y demuestra, cosa que deberían aprovechar los sitcoms nacionales cuando utilizan parecidos ingredientes, que un autor que merece ese nombre sólo introduce un hilo en su trama para obtener de él el máximo rendimiento.

María José Furió
Publicado en Lateral

LA FUENTE INAGOTABLE, de Martin Walser



En La genealogía de la moral Friedrich Nietzsche afirma que “lo que constituye el distintivo más propio de las almas modernas, de los libros modernos, no es la mentira, sino su inveterada inocencia dentro de su mendacidad moralista”. Por cruel que pueda parecer, en parte o en mucho las palabras del filósofo alemán describen la impresión que deja la lectura de La fuente inagotable, novela escrita por Martin Walser en 1998, en donde relata la infancia y adolescencia de Johann, su alter ego, en la época que va de 1932 a 1945. Son los años del apogeo del nazismo y no extraña que en Alemania causara polémica su particular planteamiento del asunto. El autor confía en que su trayectoria narrativa y su postura frente al nazismo le eximen de determinadas explicaciones. Como no concibe el recuerdo a la manera de Proust: “La idea de que uno puede despertar al pasado, con ayuda de las palabras apropiadas, o con los olores adecuados o con otras señales… Es una ilusión”, Walser plantea su recuerdo, y con ello su autobiografía, no como una descripción de la formación de una personalidad sino como la “exhumación” de unas condiciones y circunstancias históricas y culturales que explicarían el por qué del grado de afiliación o de disidencia respecto al nazismo.

De ahí el carácter de manifiesto y de desafío que encierran las primeras líneas de la novela: “Mientras algo es no es lo que habrá sido. Cuando algo ha pasado, uno ya no es aquel a quien le sucedió”. El narrador reta con su planteamiento a quienes rechazan su pasado y salen de él “como de un cascarón para ofrecer a su presente un pasado más favorecedor”. Se trata de la misma lucha que ya agitaba al héroe de La guerra de Fink: aceptar como fue lo que fue y entregarse a su descripción, no a su interpretación. En realidad, uno siempre habla de su presente y el presente de Walser, según La fuente inagotable, está conformado por una identidad alemana cuyos ejes son la lengua –la fuente inagotable– y unos perfiles de carácter que vienen repitiéndose durante siglos, donde la noción de culpa viene a ser el conjunto vacío de dicha identidad, justamente porque entra en contradicción con la naturaleza, la cultura alemana.

Los hechos son lo que importa: una Alemania económicamente asfixiada que debe hacer frente a los pagos tras su derrota en la Gran Guerra. Una clase media y baja con su fuente de subsistencia embargada. Es precisamente lo que sucede con la madre de Johann, Augusta, dueña de un restaurante, o con sus ayudantes de cocina cuyos ahorros se esfuman cuando los bancos suspenden pagos antes de la bancarrota. Una porción creciente de la población ve en Hitler al líder que restituirá el honor mancillado. La madre se alista al Partido, pese a la reticencia del padre, veterano de guerra, aficionado a la música, a Tagore y a ciertos esoterismos de moda en la época, transmite al pequeño Johann su amor a las palabras. Brugger, nazi típico y padre del mejor amigo de Johann, tachará al padre de “intelectual pusilánime”. Walser va a encontrarse siempre a medio camino de los polos determinados por sus padres. Pero las coordenadas están definidas: en ese mundo que es el pueblo de Wasserburg está todo y su contrario.

Walser propone una aproximación descriptiva y sentimental en cuanto a los personajes y al período de aprendizaje del protagonista; cambia el sentimentalismo por agudeza al recrear la atmósfera del momento, cuando sus personajes exponen sus convicciones políticas. El mosaico gana complejidad y la tesis del autor, convincente o no, muestra su solidez. Desde ella, con algunas viñetas perfectas que parecen extraídas de cuentos de Maupassant, al ceñirse a la perspectiva entendida con carácter mítico: Jung y Nietzsche son su sustrato más que Marx o Freud, porque con independencia de su postura política, algo sobrepasa a cada personaje y determina su vida, algo que debe entenderse como “lógica poética”. Igual que en los cuentos de Maupassant y en los microrrelatos que son los sueños, importa más descubrir esa lógica secreta que mueve a cada uno que enunciar una moral. Una lógica que en Johann-Walser se concreta en la búsqueda de un dialecto personal como manifestación de libertad y de resistencia al miedo.

La ambivalencia de Walser irrita a muchos lectores, que desearían un enfoque a la altura de un Canetti o un Jünger, pero como también dice Nietzsche: “¿Qué hombre inteligente escribiría hoy todavía una palabra honesta sobre él? –Tendría que pertenecer a la orden de la Santa Temeridad”.

CLAVES / EL AUTOR

MARTIN WALSER (Wasserburg, Alemania, 1927) se ha caracterizado siempre por su postura crítica a la sociedad alemana de la posguerra. Es autor de la trilogía Medio tiempo (1960), El unicornio (1966) y La caída (1973), además de Trabajo espiritual (1975), Oleaje (1985), Dorle y Wolf (1987), El cazador (1988), La enfermedad de Gallisti, Más allá del amor, Matrimonios en Philippsburg y La guerra de Fink.

EL LIBRO Editorial Lumen, Barcelona, 2000, 360 páginas. El libro tuvo una extraordinaria recepción crítica en Alemania, donde se vendieron 400.000 ejemplares. Las opiniones de Martin Walser sobre el pasado alemán suscitaron, como ya es costumbre, una airada polémica en la prensa.

María José Furió Publicado en La Vanguardia – Libros