La fiesta vigilada – Antonio José Ponte, Muerte de un cubano en La Habana – Teresa Dovelpage y Rex -José Manuel Prieto


Nuestro hombre en La Habana.
Fuente: nandomegadj.spaces.live.com/
Lo más interesante de La fiesta vigilada es el encono con que está escrita. El narrador de A. J. Ponte (Matanzas, 1964) es un autor más al que las autoridades políticas censuran condenándolo al ostracismo, lo que es el pase previo al exilio. La rabia y la crítica política adoptan en su escritura una contención “checoslovaca”, es decir, que prescinde del barroquismo caribeño y se acerca más a Kundera y a la racionalización teórica de la disidencia cultural. No extraña entonces que a Ponte lo avale Rafael Rojas. En una página del libro, un pedante autor “rusólogo” conmina al narrador a abandonar la isla advirtiéndole que, en lo que se refiere a modernidad literaria, Cuba está a décadas de lejanía del orbe occidental. Y tiene razón, porque tanto La fiesta vigilada como Rex, de José Manuel Prieto, se pliegan a estilos y retóricas que estuvieron de moda hace como quince o veinte años. Pero como todas las modas vuelven, estas fórmulas resultan estar en 2007 très à la page.

Ponte ofrece un alegato contra el castrismo en forma de ensayos literarios con cierta plantilla barthesiana, que ha de servirle de paño de lágrimas a ese turista al que los estragos del bloqueo USA y la ineptitud de Castro escandalizan cuando se pasea entre las ruinas de su patrimonio arquitectónico y humano. Viene en tres bloques y un epílogo berlinés no muy interesante. El primero, “Nuestro hombre en La Habana (remix)”, ofrece una lectura de la novela de Graham Green de mucha mayor hondura que la de Pedro Juan Gutiérrez, Nuestro GG en La Habana, que parece escrita por Snoopy en uno de sus días malos. Es también más corrosiva porque piensa el espionaje mezclándolo con Shakespeare, Hemingway o Kipling y el fracaso revolucionario con la tortura, presentándolo como acto íntimo entre torturador y torturado. Muy logrado es el tercer bloque, dedicado a La Habana como ruina viva, una lectura apasionante y melancólica de la ciudad como reliquia, que seguro interesará a amantes de la arquitectura. En “Caja negra de la fiesta” el regreso de la fiesta en los años noventa, del carnaval, trae además la nostalgia de una Cuba que no existió nunca, como plasma la exitosa película de Ray Cooder, Buenavista Social Club.

Al hablar de la fiesta, Ponte se adentra en el tema de las jineteras y la prostitución, pero no acierta a decir que en un país de símbolos puramente masculinos, la única imagen contundente de la mujer es la jinetera, o la chica de Tropicana, así que reducirlo a un problema económico, por el cual la revolución ha dado educación a los cubanos pero no ha logrado “ofrecer destino suficiente a todo ese personal” y añadir: “¿Qué medidas tomar con la más culta prostitución del mundo? ¿Doctorarla?” es una ironía fácil, aunque sea para añadir que las autoridades resuelven el expediente enmarcando la prostitución en una actividad potencialmente peligrosa para la moral socialista. Burlarse de la cultura de jineteros y jineteras es pedantería porque ese “empeño” en prostituirse de los cubanos tiene más que ver con la conciencia de poseer un “capital de placer” genéticamente puro que los turistas sólo pueden obtener pagando.

Por eso, resulta certera la Finalista del último Premio Herralde, Muerte de un murciano en La Habana, Teresa Dovelpage, cuando con ingredientes tan sumamente pedestres como la zarzuela, las rimas de Bécquer y un batiburrillo de ripios hilarantes un grupito de personajes almodovarianos monta un tremendo embolado que sirve para reírse de los turistas en pos de una pasión caribeña. Porque ya lo dice la canción: “el amor verdadero ni se compra ni se vende”.

Rex es otra cosa: la novela de José Manuel Prieto (La Habana, 1962) es un lujo y un alarde literario. Un joven preceptor en Marbella va a dar clases a un niño, hijo de unos mafiosones rusos que se dedican a colar diamantes falsos. En sus clases emplea un solo libro, el de Proust, pero todo esto no es más que pretexto para construir un hermoso cuadro surrealista y deslumbrante, sin concesiones al realismo, erudito y humorístico, a leer sin prisas.

Anagrama, Barcelona, 2007

María José Furió, publicado en Culturas-La Vanguardia

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