DIARIOS DE GUERRA, de Raúl Castro y Che Guevara


Raúl Castro prepara para la ejecución a un condenado en la Sierra Maestra
Fuente: www.lanuevacuba.com/cult.htm

En el pasado verano de 2005 las noticias de la mala salud de Fidel Castro y el traspaso provisional de poderes a su hermano Raúl hicieron que los periódicos se interesaran por la personalidad del segundo de a abordo de la Revolución cubana. No puede decirse que la política de continuidad y sus escasas apariciones hayan ayudado a conocerlo mejor, así que el lector puede pensar que los Diarios de guerra de Raúl Castro y Che Guevara, publicados este año por la editorial madrileña La Fábrica, pueden ayudar a despejar la incógnita. Pues tampoco. Las referencias y reflexiones personales son tan escasas en los Diarios que su interés es otro, puramente periodístico.

La intención de los editores, Heinz Dieterich, Paco Ignacio Taibo II y Pedro Álvarez Tabío es dar a conocer a los jóvenes latinoamericanos que están entrando “en el crisol de las grandes ideas libertadoras que se personifican en los próceres prometeicos de cada época” [sic] cómo fue la lucha de los guerrilleros cubanos en la Sierra Maestra. Las anotaciones tomadas por Raúl y por el Che vienen a contar lo mismo, pero el tono y el detalle varían sustancialmente. El Che, que actúa también como médico de campaña, es lacónico y culto, tiende a no exagerar la trascendencia de los hechos, allá donde Raúl, que por entonces anda por los veinticinco años, acierta a transmitir sus sensaciones de frío, hambre, inquietud por las incursiones de los aviones de Batista y enojo o pesar por la pérdida, deserción o traición de los compañeros. Raúl parece cercano, práctico y nada dogmático. La situación de los campesinos, muchos de los cuales les son favorables y brindan apoyo y refugio a los revolucionarios, es escandalosa; las tierras que trabajan pertenecen en buena medida a compañías americanas y algunos personajes sirven al “enemigo” se diría que por mero apetito de poder y arbitrariedad.

Dejando de lado la presentación, en un estilo elogioso algo ramplón en la alabanza exagerada de los protagonistas de la epopeya cubana, la necesidad de articular unos textos que, como es obvio en un diario, ignoran cómo terminará todo obliga a los editores a encontrar un nudo de intriga. Aquí, en el último tercio del libro, se trata de la traición de uno de los guerrilleros, Eutimio Guerra, al que el ejército ofrece tierras y cargos por delatar la posición de sus compañeros. Sus idas y venidas, las sospechas, la captura y ejecución aportan un ritmo casi cinematográfico al relato, acompañado de las anotaciones de los editores, que completan las observaciones de Raúl y el Che. Otro de los hechos más señalados es la preparación de la entrevista con el veterano periodista norteamericano del New York Times Herbert Matthews, que darían una repercusión internacional a la actuación de los rebeldes, además de desmentir que su líder, Fidel, estaba muerto. Una repercusión que sería también sentencia del régimen de Batista.

Los Diarios tienen un interés documental, como fuente de primera mano y por las fotografías que los acompañan, pero me atrevería a asegurar que para calibrar la trascendencia de los hechos que se recogen en ellos, para entender el peso político de la personalidad del Che y el papel de ejemplo que la acción guerrillera tuvo entre las izquierdas latinoamericanas en las décadas siguientes, el lector tendría que leer los comentarios y reflexiones que hace Fidel Castro en esas memorias suyas “indirectas” o biografía al dictado (¿podría ser de otro modo?) que es la entrevista que Ignacio Ramonet le hizo y que publicó en 2005 la editorial Debate con el título Fidel Castro, Biografía a dos voces.

© María José Furió. Publicado en MondoCaribe

Biblioteca Blow Up, La Fábrica Editorial, MADRID, 2006

TUMBAS SIN SOSIEGO, de Rafael Rojas


Virgilio Piñera. Fuente: elpozosinfondo.blogspot.com

Rafael Rojas. Fuente: google

Rafael Rojas (Cuba, 1965), doctor en Historia, autor de varios ensayos importantes, está exiliado en México y colabora en medios como El País, Letras Libres y El Nuevo Herald de Miami, que suele publicar cosas como “Los cubanos de la isla son los que más se suicidan de América”. Es probable que las personas a las que les gustaría vivir en una novela de John Le Carré también desearían creer que Tumbas sin sosiego es un ensayo escrito por un espía de Norteamérica para minar la Revolución y preparar el “desembarco del liberalismo y la globalización” en la isla poscomunista. Es una idea divertida, pero no justa.

Tumbas sin sosiego es ante todo el rastreo tan concienzudo como nostálgico de un linaje intelectual aplastado en ciernes por las sucesivas dictaduras que han maleado Cuba: el del pensamiento democrático expresado por poetas, novelistas, filósofos, artistas plásticos de tendencias diversas en un marco de discusión saludable y útil para la polis. Es una exploración del trato del intelectual cubano con el poder, con la Historia, y una descripción de las sucesivas aproximaciones de ese intelectual al poder, saldado casi siempre con su reconversión en siervo leal, títere del gobierno, o en disidente aplastado por la maquinaria ideológica que genera el poder para legitimarse.

Sin duda, el triunfo revolucionario de 1959 es el eje y la pesadilla del pensamiento cubano. Que Fidel Castro y sus leales se hayan apropiado del sentido de la revolución (también de la palabra) induce a Rojas a reformular una “política de la memoria” para ofrecer al futuro, que se espera poscomunista, un arsenal de ideas coherente y adaptado al presente y un retrato de las figuras clave del pasado –desde las figuras eminentes del período batistiano, pasando por los grandes exiliados como Fraginals, Cabrera Infante, Arenas, Padilla, Juan Díaz y Raúl Rivero, y sin olvidar a los que se hicieron isla dentro de la isla, como Lezama Lima o Piñera– limpio de excrecencias totalitarias.

Aparte de los excelentes capítulos dedicados a Guillermo Cabrera Infante y a Moreno Fraginals, y de la pormenorizada relación de la humillación padecida por Padilla que puso fin a la luna de miel de significativos intelectuales con el castrismo, lo mejor de Tumbas sin sosiego está en los capítulos que abren y cierran el ensayo. Rojas explica que en el presente se dirime una batalla por la propiedad simbólica de la isla y por el legado de sus intelectuales. Describe cómo el castrismo ha dado últimamente honras fúnebres a algunas personalidades que fueron críticas con la deriva totalitaria de la isla y que en muchos casos murieron en el exilio. Esa reapropiación forma parte de las sucesivas “refundaciones” ideológicas del régimen, que se han producido conforme los cambios geopolíticos lo han ido dejando huérfano de aliados potentes. De esos cambios en verdad insustanciales, dice Rojas, se ha derivado una confusión acerca de la aportación ideológica de dichos intelectuales y el autor trata de rescatarlos para una posmodernidad liberal que, sin el remedio de ideas sólidas, puede hacer de Cuba un nuevo enclave colonial, “una democracia sin nación, un mercado sin república”.

Lleno de ideas y análisis muy fértiles, lo más interesante es el desarrollo de esta tesis tomada de Zygmunt Bauman en En busca de la política (1999): existen “dos poderosas corrientes espirituales de la modernidad: la totalitaria, que tiende a la anulación estatal de lo privado, y la nihilista, que cultiva el desentendimiento personal de lo público. Para Rojas, “Cuando la política gravita hacia el totalitarismo, la cultura se moviliza desde resistencias nihilistas. Pero cuando el nihilismo se apodera de la esfera pública, entonces la cultura puede experimentar politizaciones cívicas o revolucionarias.” De cómo el nihilismo dio lugar a la revolución castrista y el comunismo suprimió la promesa democrática que explicaba el gran apoyo que tuvo Castro en 1959, se sigue que en el actual vacío puede surgir de nuevo una opción democrática moderada. No creo que Rojas sea un moderado y sí me parece que si su opción es la del “intelectual rebelde” a imagen de Albert Camus, al que reivindica con perspicacia, debería haberse adentrado en el análisis del papel purificador de la violencia contra la violencia de Estado, idea vigente en los años 60 y 70, y hoy una reflexión tabú, pero que tiene exponentes residuales en ETA y en los movimientos guerrilleros que aún campan fuera de Europa. Sin esa reflexión, el intelectual habita cerca del poder o es irrelevante, pero no crea su verdadero espacio de poder.

María José Furió.
publicado en Culturas-La Vanguardia.

Anagrama, Barcelona, 2006, páginas,
Premio Anagrama de Ensayo 2006

LA HABANA EN UN ESPEJO, de Alma Guillermoprieto


Fidel Castro
Fuente: www.bohemia.cu/2006/08/11/
 

«Fidel, exasperado con la vagabundería lúbrica de su pueblo, lanzó una consigna desde lo alto de una manifestación: “¡Que se acabe la rumba!”. Gozoso y adorando como siempre a su comandante en jefe, el pueblo cantaba obediente la consigna: “Que se acabe la rumba”. (Suena bien) “Que se acabe la rumba… Aé”, y arrancaban chancleteando por la avenida, al compás de la exhortación que se había convertido irremediablemente en conga. Este chiste, famoso en los primeros años setenta, es una síntesis impagable de la relación que unía a Fidel con su pueblo y acierta mejor que cientos de documentadas páginas de historia a sugerir por dónde iba a hacer aguas la comunión entre los cubanos y su comandante.»
 
Lo cuenta Alma Guillermoprieto (México, 1946), colaboradora de The New Yorker y The New York Review of Books, autora de Looking for History, Samba y The Hearth That Bleeds. Títulos que seguro poco dicen al lector español, pero si el lector es aficionado al National Geographic un día de 2003 pudo tropezar con un reportaje dedicado a cómo con el tango muchos argentinos lograban reafirmarse en el presente plantándole cara moral a la crisis económica. Y al descubrir que se trataba de un artículo inusualmente brillante volvió atrás a ver quién lo escribía y leyó: Alma Guillermoprieto. Alguien que domina el arte de la crónica periodística, con su ajustada dosis de experiencia personal y sentimiento, apunte histórico, anecdotario revelador y perfiles físico-psicológicos, pero también una escrupulosa moderación en la expresión de ideas políticas para que la cosa no derive en panfleto.

La Habana en un espejo es la narración de tres fracasos: la de una joven bailarina que descubre que no será la siguiente Martha Graham, la de esa misma bailarina que en Cuba descubre sus limitaciones como profesora de danza y la de la revolución cubana.

En 1970 es el gran Merce Cunninghan quien le habla de una plaza de profesora en La Habana. Seducida por anécdotas oídas de revolución y romance, Guillermoprieto cambia la miseria elitista de los bailarines neoyorquinos por la Cuba que, con el inmisericorde embargo estadounidense, sufre ya diez años de penalidades. Es el año de la Zafra de los diez millones, operación con la que un idealista Castro espera librarse de la dependencia de los soviéticos y en la que todas las energías están volcadas en obtener el triunfo de la autarquía. En la Escuela Nacional de Danza, sus alumnos, “una colección de gente singular y hermosa”, no tienen música, coreografías ni espejos, considerados símbolos de vanidad.

Si este libro no valiera porque retrata una época apasionante, antes de que 40 golpes de Estado militares acabaran con las veleidades revolucionarias en América Latina y África, o por personajes como los amigos homosexuales de Alma y sus hilarantes historias sobre la represión contra los gays, o porque refleja una toma de conciencia política ante hechos como los de Vietnam, o porque salen a escena personajes olvidados como los tupamaros y los primeros hippies, valdría por la escena en que Fidel se dirige a los cubanos para admitir el fracaso de la Zafra. En ella, un Fidel elocuente, carismático, con el erotismo asilvestrado del guerrillero, impone aún inconscientemente una coacción sentimental sin paliativos. Detalla exhaustivo los errores cometidos y ofrece que otro lo sustituya, pulsa así la cuerda sensible de la memoria épica de la revolución hecha ya mito compartido. Y, en ese momento de pathos erótico-político durante la confesión del fracaso, el baño de amor y fe ciega que recibe de ese pueblo bailón hijo de esclavos le va a llevar a una confusión y a una usurpación progresiva y definitiva de los ideales del pueblo y de sus necesidades. Escrita con la nostalgia ‘de aquellos años duros, cuando la vida era a veces insoportablemente difícil, y tenía significado’ La Habana en un espejo dice cuánto ha cambiado todo y como de algún modo nada ha cambiado, en una Cuba ‘admirada hoy como reliquia suspendida en el tiempo por visitantes que vienen huyendo de un mundo excesiva y horrorosamente moderno’.

María José Furió.
publicado en Culturas-La Vanguardia

Editorial Mondadori, Barcelona, 2005

 

INVENTARIO SECRETO DE LA HABANA, de Abilio Estévez


 
copy: M.J. Furió
Viajar a La Habana parece que inspira la necesidad de responder a la intrigante cuestión de qué es la “cubanidad”, qué puede ser ese conglomerado de emociones y nostalgia que convoca la mera mención del nombre. Como en el siglo XIX las colonias africanas: Kenia, Tombuctú, o asiáticas, Mongolia, Sri Lanka, el nombre de La Habana desata en el siglo XXI un hambre de quimera y aventuras para el cuerpo. Y es que ¿qué lugar queda hoy donde ese tipo de aventura no esté obstaculizada por conflictos y violencias políticas tan flagrantes y tan relatados en los periódicos que uno pueda saciar su apetito romántico con un gasto mínimo de ideología y sin arriesgar la piel? Sin duda, La Habana, Cuba. Uno puede estar más o menos, un poco, bastante, totalmente en contra de la revolución cubana. Pero da igual: si uno es extranjero, y a menos que forme parte de algún batallón contrarrevolucionario teledigirido desde Miami, estar a favor de la revolución o contra ella no obliga a mucho. Proclamas en los diarios liberales a favor de la “revolución cubana” distinguiéndola con delicadeza del “régimen castrista” o, al contrario, denuncias parsimoniosas a toro pasado de los entresijos que explican que el jurado de cierto prestigioso premio está todo él integrado por prochavistas y procastristas, Total: nada. Ruido en la ciudad opulenta. Excrecencias de pensamientos y vientres bien alimentados.

Sin embargo, para los cubanos “decir Cuba” es una necesidad más urgente cuando, como ahora, el régimen castrista agoniza dando coletazos de falsa fuerza.

La Revolución ha dado lugar a ese espécimen característico que es el escritor exiliado. Resistente o peleón, expulsado o invitado a marcharse, o del tipo me-voy-porque-quiero, lo que escribe el escritor exiliado pocas veces carece de interés. Está el Informe contra mí mismo, de Eliseo Diego, o los Tres tristes tigres del ya añorado Cabrera Infante retratando dos clases de delirio: el de la persecución castrista y el de la jarana de los cuerpos cubanos. Los dos con voz pletórica, en la denuncia y en la fiesta.

Inventario secreto de La Habana, de Abilio Estévez se encuentra en medio de estos dos límites señalados por Eliseo Diego y Guillermo Cabrera Infante. El suyo es un libro bello en el que mezcla lo anticuado, las leyendas perdurables de La Habana, con una fórmula moderna de libros de viaje, pues al fin y al cabo, este inventario cuenta nostálgicamente al viajero lo que no se ve en la superficie de la realidad de la isla, desde su historia hasta las costumbres culinarias. Es también una galería literaria en la que cumple con la retórica del retrato de escritor y la relación del autor joven con las figuras señeras, Virgilio Piñera, Lezama Lima,; no faltan las anécdotas exclusivas y mordaces como la que se refiere a la visita de Lorca o Cernuda a la capital cubana. Alternando con este inventario de leyendas y recuerdos, Abilio Estévez intercala fragmentos de libros, ordenados cronológicamente, que comentan las impresiones de sus autores sobre La Habana. El esplendor, el salvajismo, la decadencia, la emoción que inspira la llegada.

Pero lo que le da carácter a Inventario secreto de La Habana es que, en paralelo y de forma apenas subrayada, Estévez hace un inventario de exilios. Desde Barcelona hasta Stuttgart, la condición de trasterrado es la que le hace sensible a todas esas figuras extrañas o perdidas, como el trompetista de Stuttgart o el mimo de Barcelona, a las que dedica las mejores páginas. Y de la misma manera indirecta, este es un libro “disidente”, una represalia desde un determinado tono narrativo y desde la perspectiva gay contra lo que la Cuba socialista ha arrollado. Desde luego, Estévez ofrece una imagen muy edulcorada del ambiente homosexual, tal vez pensando en un público mayoritario y bienpensante, pero ese punto de vista mélo, con su serie de retratos masculinos morosamente dibujados constituye la parte de afirmación de la persona sobre una política que no ha sabido evolucionar. Y en definitiva, al explicar por qué los habaneros de la zona vieja pasan la vida en la calle, o el desconsuelo que provocan los apagones, Estévez ofrece una crítica más acertada que las diatribas contra el castrismo de Eliseo Diego respondiendo a las preguntas que todo viajero en La Habana socialista se hace.

María José Furió. Publicado en Revista Renacimiento (Sevilla)

Tusquets Editores, Barcelona, 2004

La fiesta vigilada – Antonio José Ponte, Muerte de un cubano en La Habana – Teresa Dovalpage y Rex -José Manuel Prieto


Nuestro hombre en La Habana.
Fuente: nandomegadj.spaces.live.com/
Lo más interesante de La fiesta vigilada es el encono con que está escrita. El narrador de A. J. Ponte (Matanzas, 1964) es un autor más al que las autoridades políticas censuran condenándolo al ostracismo, lo que es el pase previo al exilio. La rabia y la crítica política adoptan en su escritura una contención “checoslovaca”, es decir, que prescinde del barroquismo caribeño y se acerca más a Kundera y a la racionalización teórica de la disidencia cultural. No extraña entonces que a Ponte lo avale Rafael Rojas. En una página del libro, un pedante autor “rusólogo” conmina al narrador a abandonar la isla advirtiéndole que, en lo que se refiere a modernidad literaria, Cuba está a décadas de lejanía del orbe occidental. Y tiene razón, porque tanto La fiesta vigilada como Rex, de José Manuel Prieto, se pliegan a estilos y retóricas que estuvieron de moda hace como quince o veinte años. Pero como todas las modas vuelven, estas fórmulas resultan estar en 2007 très à la page.

Ponte ofrece un alegato contra el castrismo en forma de ensayos literarios con cierta plantilla barthesiana, que ha de servirle de paño de lágrimas a ese turista al que los estragos del bloqueo USA y la ineptitud de Castro escandalizan cuando se pasea entre las ruinas de su patrimonio arquitectónico y humano. Viene en tres bloques y un epílogo berlinés no muy interesante. El primero, “Nuestro hombre en La Habana (remix)”, ofrece una lectura de la novela de Graham Green de mucha mayor hondura que la de Pedro Juan Gutiérrez, Nuestro GG en La Habana, que parece escrita por Snoopy en uno de sus días malos. Es también más corrosiva porque piensa el espionaje mezclándolo con Shakespeare, Hemingway o Kipling y el fracaso revolucionario con la tortura, presentándolo como acto íntimo entre torturador y torturado. Muy logrado es el tercer bloque, dedicado a La Habana como ruina viva, una lectura apasionante y melancólica de la ciudad como reliquia, que seguro interesará a amantes de la arquitectura. En “Caja negra de la fiesta” el regreso de la fiesta en los años noventa, del carnaval, trae además la nostalgia de una Cuba que no existió nunca, como plasma la exitosa película de Ray Cooder, Buenavista Social Club.

Al hablar de la fiesta, Ponte se adentra en el tema de las jineteras y la prostitución, pero no acierta a decir que en un país de símbolos puramente masculinos, la única imagen contundente de la mujer es la jinetera, o la chica de Tropicana, así que reducirlo a un problema económico, por el cual la revolución ha dado educación a los cubanos pero no ha logrado “ofrecer destino suficiente a todo ese personal” y añadir: “¿Qué medidas tomar con la más culta prostitución del mundo? ¿Doctorarla?” es una ironía fácil, aunque sea para añadir que las autoridades resuelven el expediente enmarcando la prostitución en una actividad potencialmente peligrosa para la moral socialista. Burlarse de la cultura de jineteros y jineteras es pedantería porque ese “empeño” en prostituirse de los cubanos tiene más que ver con la conciencia de poseer un “capital de placer” genéticamente puro que los turistas sólo pueden obtener pagando.

Por eso, resulta certera la Finalista del último Premio Herralde, Muerte de un murciano en La Habana, Teresa Dovalpage, cuando con ingredientes tan sumamente pedestres como la zarzuela, las rimas de Bécquer y un batiburrillo de ripios hilarantes un grupito de personajes almodovarianos monta un tremendo embolado que sirve para reírse de los turistas en pos de una pasión caribeña. Porque ya lo dice la canción: “el amor verdadero ni se compra ni se vende”.

Rex es otra cosa: la novela de José Manuel Prieto (La Habana, 1962) es un lujo y un alarde literario. Un joven preceptor en Marbella va a dar clases a un niño, hijo de unos mafiosones rusos que se dedican a colar diamantes falsos. En sus clases emplea un solo libro, el de Proust, pero todo esto no es más que pretexto para construir un hermoso cuadro surrealista y deslumbrante, sin concesiones al realismo, erudito y humorístico, a leer sin prisas.

Anagrama, Barcelona, 2007

María José Furió, publicado en Culturas-La Vanguardia