Una temporada de machetes, de Jean Hatzfeld


Foto: Fernando Moleres. Refugiados ruandeses en el campo de Mugunga.

Madeleine Albright, secretaria de Estado de Bill Clinton en la época en que tuvo lugar el genocidio de Rwanda, cuenta en sus Memorias que la reacción demasiado tardía de Estados Unidos y lo que se ha dado en llamar “la comunidad internacional”, al no haber comprendido a tiempo la gravedad de los hechos, es el punto negro en el balance de su trabajo, un borrón que ha dejado para siempre un regusto amargo. Albright argüía que resultaba muy difícil hacerse una idea cabal de la trascendencia de los acontecimientos en un momento en que serbios, armenios, iraquíes, talibanes, kurdos i tutti quanti constitutían motivo de seria preocupación para Estados Unidos, que se las veía y deseaba para “adivinar” qué conflicto era el más peligroso. Son entonces los protagonistas de los acontecimientos los que dan con las definiciones más exactas e impresionantes: <Los blancos no quieren ver lo que no pueden creer. Y no podían creer en un genocidio>.

Jean Hatzfeld (Madagascar, 1949) publica, cuando se cumple una década del genocidio, Una temporada de machetes (Premio Femina de ensayo de 2003), en la que por primera vez “hablan los asesinos”. Con anterioridad, este veterano reportero especializado en conflictos bélicos, firma reputada del diario Libération, y autor de un ensayo dedicado a la guerra de los Balcanes, había recopilado las declaraciones de los supervivientes, publicado bajo el título Dans le nu de la vie. Récits de marais rwandais. Gran éxito en Francia, fueron los lectores los que instaron a Hatzfeld a buscar las “razones” de los responsables de las matanzas.

El resultado es soberbio. Hatzfeld entrevistó a un grupo de diez hutus que mataban en grupo, durante la que ellos llamaban “la temporada de los pantanos”, y que recluidos en la cárcel de Rilima, no podían temer que sus declaraciones determinasen de forma importante su destino. Como intérprete actuaba un superviviente, Innocent, que sabía que algunos de esos hombres habían dado muerte a sus familiares. Se les entrevistaba por separado, conscientes de que al principio mentían y de que luego encontraban cierta satisfacción en explicarse y de que no existía arrepentimiento, pues sólo lamentaban que la empresa hubiese salido mal y la suerte hubiese sido dura con ellos. La presencia de Innocence es el vector del verdadero sentido del proyecto, como representante de los que piden “una explicación más allá de las palabras”.

Hatzfeld intercala las declaraciones de los verdugos con reflexiones sobre la “gramática” del genocidio pero ese contrapunto, en cierto modo banal por la costumbre de referirse a un Mal absoluto, da más fuerza a las palabras de los reclusos. Dividido en capítulos como “La primera vez”, “Un genocidio de cercanías”, “Los saqueos”, “En busca del justo” o “La muerte en la mirada”, todo el libro refleja una percepción muy lúcida del problema y rápidamente entiende que más que una lógica trascendente lo que existe siempre es una lógica de la codicia y de la imposición de los propios intereses. La borrachera de poder que vivieron en sesenta días los hutus constituirá al final, cuando cesen los golpes en el pecho de falso arrepentimiento, una de esas leyendas que terminan consolidando la identidad de un grupo.

Por eso, no importan los nombres sino cómo la experiencia de matar inviste sus declaraciones, sus silencios: es una experiencia totalizadora que rebasa la comprensión de victimas y verdugos de tal modo que los supervivientes sufren sus secuelas en forma de depresión, mutismo, despersonalización, etc., mientras los verdugos no llegan a abarcar la dimensión de sus hechos y, escudados en el grupo pronuncian palabras de arrepentimiento con las que pretenden reservarse una vuelta a su colina para reanudar su vida de antes de los hechos de 1994. Lo cruel es que el estado de las cárceles y la obligación de pasar página devuelve a los verdugos a sus lugares apenas diez años después y en una aberrante política de reconciliación los diezmados tutsis viven cerca de quienes se han llevando a los suyos en una pesadilla que Josep Conrad ya prefiguraba en El corazón de las tinieblas.


traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Premio Fémina de Ensayo 2003.
Anagrama, Crónicas, 2004, 287 páginas.

María José Furió, La Vanguardia-Culturas, 2004


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