Personajes como ya no se escriben: Bonny and Clyde


Una imagen de Faye Dunaway, en Bonny and Clyde (1967), de Arthur Penn con guión de Robert Benton. Me encanta esa época, de gente valiente, con carisma y redaños. De qué sirven las conquistas de la lucha feminista si los personajes femeninos que encontramos en el cine y en la literatura son tanto más reaccionarios, cursis y unidimensionales de lo que nunca fueron los más casposos bodrios estrenados en el franquismo. Las causas que se me ocurren son múltiples –bajo nivel literario de los guionistas y directores de cine modernos que prefieren la intriga al dibujo del personaje; despolitización de los años ochenta y noventa; presión de los lobbies que buscan públicos mayoritarios al que todo le pica y todo le hiere–, pero lo cierto es que no encuentro ningún personaje femenino cinematográfico reciente que oponer a los que ofrecen las grandes películas de los años sesenta y setenta. (No, por favor, ni hablar de esas películas hechas para gustar a las chicas a las que les gustan lan chicas como Thelma & Louise.) Una lista de insuperables: Jeanne Moureau en Jules et Jim; Claudia Cardinale en Il giorno della civetta, Sofía Loren en La ciocciara, Romy Schneider en L’important c’est d’aimer, Jakie Bisset en Bullit, Jane Fonda en Klute,

Continuará…

Sin olvidar a los partenaires masculinos, J.P. Belmondo, A. Delon, S. McQueen, D. Hoffman, R. DeNiro, A. Pacino, M. Bronson, Donald Shuterland, Roy Scheider, Michel Sarrazin.

Continuará…

Miguel Street, de V. S. Naipaul


portada primera edición de Miguel Street Andre Deutsch, London, 1959. Hard Cover.

V. S. Naipaul recibió el Premio Nobel de Literatura en 2001. Originario de la isla de Trinidad, donde nació en 1932 en el seno de una familia de origen hindú, es autor de un buen número de novelas que versan principalmente sobre la vida de las comunidades indias de la isla caribeña. Naipaul, cuya carrera literaria se inició antes de cumplir los 30 años escribiendo para la radio en la sección caribeña de la BBC, estudió en Inglaterra gracias a la beca que recibió para Oxford. De Miguel Street (1959), que ya fuera publicada en España por la editorial Debate, Mondadori nos ofrece una nueva y amena traducción, a cargo de Flora Casas.


Miguel Street es una buena entrada en el mundo de Naipaul pues el argumento y el enfoque despiertan simpatía, alimentando el apetito de conocer más. A través de capítulos independientes y escudado en la voz de un adolescente, trasunto del propio autor, se nos narran las circunstancias y peculiaridades de los habitantes de esa calle de la isla caribeña. Con estilo conciso, de frases cortas y abundante diálogo que recrea el habla de los personajes, Naipaul describe el mundo miserable pero jovial de la colonia, la presencia de los dadivosos norteamericanos, las habitualmente incorrectas relaciones de pareja, y la distancia entre las expectativas que pudiera albergar un muchacho inglés –pues inglés debía de ser el destinatario primero de esta narrativa– sobre su futuro y las de un nativo de Trinidad. Todo parece redimido por la conciencia, compartida por lector y narrador, de que y ese alguien es, naturalmente, el escritor que superó los estrechos márgenes de su grupo social y, a través del idioma y de la cultura del imperio, restituye la memoria de su grupo que, marginada por su condición subordinada al poder de la metrópoli, estaba condenada a perderse, sin acceder nunca al rango de la cultura escrita.

De Naipaul dijo en su día Cabrera Infante que es el mejor prosista inglés, afirmación hiperbólica donde las haya. Lo que está fuera de duda es que Naipaul extrae aquí una gran comicidad de la concisión y de la elipsis, dos rasgos que en Miguel Street van dedicados a describir la locura de Tam-Tam un tipo que concibe la estupenda y estúpida idea de ser lapidado, sirve para recrear las ínfulas del “Pirotécnico”, acentuar la sorna característica de Hat y el misterioso ir y venir de Bogart. Aunque este panorama puede entenderse como un mundo tópicamente infantil con su inevitable plantel de héroes peligrosos y derrotados, lo cierto es que como obra todavía juvenil transmite una impresión de nostalgia risueña, desprovista de patetismo, y el lector recibe un apunte de la existencia de un mundo de prometedoras riquezas que espera la mirada y el verbo de un artista genial para eclosionar. Serán, como sabemos, varios los novelistas dotados de talento para revivir la mezcla de vitalidad, comicidad, miseria y epopeya de esta zona del Caribe: además de Naipaul, Chamoiseau (en francés), Derek Walcott (en poesía), y otros. Con sus voces distintas han creado una perspectiva que no se mira exclusivamente en Europa y que, sin dejar de reproducir lo que los estudiosos del “discurso colonial” llaman un lenguaje saturado de referencias que no prescinde de la “biblioteca” de lo ya escrito sobre el Caribe, sí consiguen ir desgajando sus señas de identidad más definitorias, a articular antes que una estética y un lenguaje propios, un modo de ser identitario.

María José Furió – MondoCaribe, 2004

Mondadori, Barcelona, 2004, 207 páginas
traducción de Flora Casas


Las raíces del cielo, de Romain Gary


Romain Gary directs his wife, the actress Jean Seberg, in a film (1960)
Fuente: Nextbook Inc.

No cabe duda que África ha sido uno de los <géneros literarios> más frecuentados de este siglo (si entendemos género –tómese el lector con el humor que corresponde la definición que sigue– como la “configuración histórica de constantes semióticas y retóricas coincidente en un cierto número de textos literarios”). Un África de dos caras: luminosa y primitiva, mágica y poderosa, en la obra de Isak Dinesen, Hemingway, Kipling, Reverte, o en la de aquellos etnógrafos de primera hornada fascinados por su descubrimiento de este continente; y un África fantasmática, escenario para un rito de paso a los abismos del alma humana, a la confrontación entre razón y locura resuelta a menudo en una catarsis individual con fondo de catástrofe más o menos colectiva, en Conrad, Céline, Bruce Chatwin, J.M.G. Le Clézio o incluso en E.M. Forster. Y aún podríamos hablar de una tercera línea de síntesis, donde encontramos a Doris Lessing, a Nadine Gordimer, a Coetze y hasta a André Gide, que exploran desde una perspectiva política las posibilidades de convivencia de dos mentalidades enfrentadas, la ancestral y la occidentalizada. El Romain Gary (Rusia, 1914 – París, 1980) de Las raíces del cielo transita entre los dos últimos ámbitos con una novela desbordante y generosa en sus excesos, buen reflejo de la personalidad de su autor, ruso judío enamorado de la cultura francesa, idealista, carismático y seductor como buen diplomático y fabulosamente dotado para cultivar una leyenda personal –que culminaría en la invención de un escritor-fantasma, Émile Ajar–, nutrida de hazañas bélicas, cosmopolitismo irónico, amistades con figuras como Malraux y De Gaulle o sus matrimonios, con la cultísima y rusófila Lesley primero y la joven Jean Seberg de À bout de souffle después.

Las raíces del cielo tiene como protagonista a Morel, ni loco ni misántropo, que desde la selva del África Ecuatorial Francesa se ha propuesto salvar a los elefantes, amenazados por las grandes cacerías y la necesidad de carne de los poblados negros. Su cruzada atrae a personajes tan excéntricos como interesantes que alternativamente nos describen su figura y las reacciones políticas y sociales que la campaña encuentra en Occidente y el desenlace. Entre ellos destacan Peer Quist, el fotógrafo Fields, el paleontólogo y jesuita Tassin, y Minna, una cabaretera procedente de Berlín, confusa, religiosamente enamorada del hombre en quien ha visto al que a través de la defensa del gigantesco animal propone un recordatorio incesante del Holocausto, y una lucha por la preservación de la <dignidad, la fraternidad, la esperanza y la libertad>, es decir por las raíces que el cielo arraigó profundamente en el alma del hombre.


Los encarnan el talante cínico que adoptaba un sector de Occidente y de africanos dispuestos a modernizar a todo trapo sus países, en una fuga hacia adelante esquiva al conflicto moral planteado por las técnicas y mecanismos capaces de acabar con la humanidad: el Apocalipsis, nos recuerda el judío Gary recurriendo a veces a un humor socarrón que pone toda la esperanza en la supuesta locura de una resistencia personal, irreductible y contagiosa. El libro, Premio Goncourt de 1956, acertó a conectar con la actualidad del momento y Gary brindó su galardón a los defensores de <los elefantes húngaros> , a punto de ser aplastados por los tanques rusos. Lo que ha llovido desde entonces.

María José Furió, publicado en Lateral, 1999

traducción de Mercedes Corral,
novela, Mondadori, Barcelona, 1999
407 páginas

Un arma en casa, de Nadine Gordimer


Nadine Gordimer. Fuente: Colonial and Postcolonial Literary Dialogues

<Ha sucedido algo terrible>. Con esta frase empieza la última novela de Nadine Gordimer, premio Nobel de Literatura de 1991 (sin duda, uno de los más merecidos que se hayan concedido nunca). Ha habido un asesinato pasional: Duncan, un prometedor arquitecto, ha asesinado a Jespersen, un día después de sorprenderlo con su novia; Jespersen, homosexual, mantuvo tiempo atrás relaciones con Duncan, que terminaron de manera tan caprichosa como empezaron. Diríamos que se trata de un episodio de la habitual confusión de nuestros tiempos. y sin embargo… el “episodio” corresponde a un trasfondo estremecedor que Harald y Claudia Lingard, los padres de Duncan, van a tener que explorar con detalle y a conciencia. Los Lingard forman una pareja de la clase media blanca de Sudáfrica. Hasta el día 19 de enero de 1996 han vivido confortablemente protegidos por su liberalismo, que los ha mantenido a una media distancia desculpabilizadora de los acontecimientos políticos, ajenos al apartheid pero también a la lucha por abolirlo.

El impacto que produce el hecho imposible se convierte a lo largo de la novela en un esclarecimiento minucioso de lo inevitable: el asalto puro del dolor. Debe celebrarse un juicio y, previamente, se realizará una investigación. El abogado defensor, Motsomai, miembro de la nueva clase negra qe accede a cargos de poder, será el particular Virgilio de la novela, en lo que se constituye como un aprendizaje de la libertad del otro –pues <la violencia profana la libertad> –, no teórico y complaciente como hasta la fecha, sino auténtico, con las insoslayables consecuencias.

Nadine Gordimer nos tiene acostumbrados a un estilo dominado por el análisis y la inteligente disección de acontecimientos y psicologías, aderezado con reflexiones que vertebran narrativamente su compromiso político. En Un arma en casa, estas características están subordinadas a la composición de una sorprendente parábola de perfiles cristianos que deben entenderse como un aviso para navegantes –blancos de su país y occidentales en general– por parte de alguien que conoce profunda y extensamente la realidad política sudafricana. Una María Magadalena rediviva, unos padres asombrads del papel que les tiene asignado el destino, el abogado como evangelista y el Hijo cuyo sacrificio ha de servir a la altísima causa de una reconciliación futura, los principales personajes de este otro-Nuevo Testamento comparecen en la magnífica lección de Gordimer acerca de los peligros de la cotidiana violencia pública que amenazan la transición del país demostrando, una vez más, que la inteligencia extrema, tan propia de las escritoras anglosajonas, encierra una forma de voluptuosidad.

Ediciones B, 1998, 351 páginas,
traducción de C. Francí

María José Furió, publicado en Lateral, 1998

Esperando el voto de las fieras, de Ahmadou Kourouma


Ahmadou Kourouma (1927-2003)

Ahmadou Kourouma (Costa de Marfil, 1927) es uno de los escritores más importantes de África. Autor de Les Soleils des indépendances (1976) y Alá no está obligado, (Premio Renaudot y Premio Goncourt de los estudiantes, 2000), su literatura explora la mentalidad africana y denuncia los abusos políticos y económicos en el continente negro.

Esperando el voto de las fieras, (1998) centrado en el período de la guerra fría, hace un retrato de los dictadores de distintos países de África a través de la figura de Koyaga, dictador de la imaginaria República del Golfo. El cóctel de creencias mágicas y tradiciones ancestrales conforma una realidad casi inasequible para la mente occidental.

. <No creo en la magia. Una de las razones que doy a los africanos que me preguntan por qué no creo, es que si la magia existiera no nos habríamos dejado arrebatar cien millones de personas, de las cuales tal vez cuarenta millones llegaron a las Américas y el resto murió en el camino. Si la magia existiese, los esclavos se habrían transformado en pájaros para regresar a su tierra> Estas pocas frases pronunciadas en una entrevista reflejan muy bien las motivaciones profundas de la literatura de Ahmadou Kourouma.


El autor marfileño forma parte de los escritores de culturas minoritarias casi desconocidas para Occidente –africana, caribeña….– que en la lengua de la antigua metrópolis convenientemente moldeada a la manera “nativa” reproducen cómo está conformado el pensamiento de sus habitantes y esa inevitable media distancia que guarda el escritor con respecto a una y otra (cultura de origen y metrópolis de llegada).

En Esperando el voto de las fieras, Kourouma presenta en siete veladas al presidente-dictador y maestro cazador Koyaga. Lo hace por boca de un sora, el aedo que loa las hazañas de los grandes cazadores y su relato es purificador –un donsomana, en lengua malinké–. El dictador persigue así reconciliarse la fortuna después de haber perdido sus dos amuletos protectores: el Corán y el meteorito que le regaló su madre. Le acompañan el aprendiz respondón, el ministro de Orientación, Macledio, que le considera su hombre de destino, y siete maestros cazadores. Durante esas veladas aparecerán los temas de la traición y la guerra, la forja del héroe, el cambio de poder, la relación con la naturaleza, las conspiraciones, atentados y peligros que corrió Koyaga además de toda una galería de déspotas de repúblicas con nombres imaginarios y perfiles fácilmente reconocibles que le instruyen en su oficio. Hay episodios muy divertidos, como las aventuras de Macledio en busca de su hombre (o mujer) de destino y otros momentos en que la naturaleza y los ritos e iniciaciones tienen el tono de un documental de La 2.


Al compás de los proverbios –<
el fuego que te quemará es aquel con el que te calientas>— y del donsomana la novela revisa los últimos cincuenta años de África, desde el sometimiento colonial, las repercusiones de la guerra fría en estos países, los coqueteos marxistas de algunos líderes y la concepción del poder desde el de los malinke. Es un retrato con destino a Europa, sin sentimentalismos ni servidumbres, de todo un siglo de colonización más o menos enmascarada y a la vez una nana apaciguadora para el “gran elefante no siempre armado con las mejores defensas”. Pero Kourouma no escatima críticas a los opositores a la dictadura y supuestos promotores de la democracia, a los que dibuja como drogados y desescolarizados, y en definitiva peones del juego de Occidente.


Con todo, el aspecto más interesante de la narrativa de Kourouma, y que ha de perderse por fuerza en la traducción, es esa escritura negra, que suena a negro hablando francés desde la primera línea y a partir de ese arranque, frases cortas traidoras a la sintaxis francesa, desata una atmósfera en la que vamos a entrar y a quedarnos y abre todas las distancias que quepa señalar entre el que habla y para quién lo hace. No puede extrañar entonces el éxito y el reconocimiento que obtuvo desde su primera novela en el país vecino porque se hace creíble de punta a cabo. En el ámbito hispano, tal vez la iniciativa ya lejana de varios escritores– García Márquez, Roa Bastos, Vargas Llosa, entre otros– de dedicar sendas novelas a sus dictadores respectivos sea equiparables en intención y logros.

María José Furió – Culturas, 2003

El Aleph Editores, Barcelona, 2002,
traducción de Daniel Alcoba, 334 páginas.

Un día más con vida, de Ryszard Kapuscinski


Foto: Ryszard Kapuscinski en África
Algunas personas tienen la rara capacidad de hacer creer que existe un orden allá donde todo es desorden. Kapuscinski (Polonia, 1932) es una de ellas. Aunque todos sabemos que el mundo no lo dirigen los gobiernos sino los intereses de poderes económicos a menudo ilegales, este antiguo reportero se ha convertido con los años en un referente moral al que se cita como el santo y seña de la probidad en el trabajo periodístico, siendo el periodismo uno de los mayores contribuyentes al espejismo de orden. Se cita Ébano como el libro sobre África; Emperador, como modelo irreprochable de rigor; sin embargo, si no supiéramos quién es Kapuscinski dudo que el mero “trato” con sus libros, sin el apoyo de la reverberación mediática que le acompaña en los últimos años, despertara el fervor que viene despertando.

Porque lo que en realidad caracteriza a Kapuscinski es que sus texto carecen de lo que otros reporteros ponen por delante en todos sus trabajos: el reflejo de un gran ego. Eso hace que ninguno de sus libros sea vibrante (que es lo que se espera de un libro que trate de la guerra, de las revoluciones, de mundos que se desmoronan delante de tus ojos), sino que ejercer su efecto de convicción por resistencia. Kapucinski es el que más tiempo permanece en los lugares de conflicto, quien atiende a las señales imperceptibles que avisan de cambios drásticos, quien decide sus pasos en función no de las exigencias de publicación del periódico sino de los imponderables impuestos por la situación de guerra, es quien da mayor importancia a los detalles prácticos que a los movimientos del frente: cuánto tiempo se puede resistir en la ciudad sin agua, sin recogida de basuras, cómo se produce el traspaso de poder de los blancos a los negros, aunque lo más importante de todo es que son esas condiciones las que determinan y respaldan la veracidad de lo que él cuenta. Por eso, Un día más con vida empieza diciendo: . Podría ser el arranque de una novela, y el periodista se desliza con ganas por el terreno de la narración, con técnicas como las voces confundidas de soldados, gente del pueblo y el propio reportero o una larga parrafada en la que mezcla diferentes acciones, algo que en 1975, cuando Kapuscinski escribía este libro, era de lo más moderno y replanteaba las fronteras rígidas hasta entonces de la escritura periodística. Esas rupturas estaban en el ambiente y lo prueba que Michael Herr, el famoso autor de Despachos de guerra, dedicado a Vietnam, rompiese con la norma del periodista como voz de la razón. Sus despachos presentaban al corresponsal sumido en el delirio de la guerra y personalizaba su experiencia situándola al mismo rango que la de los soldados. Ahora bien, mientras Herr escribe un libro indirectamente generacional, pero su carga de emotividad ha impedido que caducase, Kapuscisnki, al moverse por Angola describiendo y mirando con atención –la elección del país es significativa, pues Angola adonde Portugal solía deportar a sus delincuentes, fue una de las colonias peor tratadas por su metrópolis y su población nativa fue el suministro habitual de esclavos a América–, pero, como casi siempre en él, sin emitir juicios contundentes, lo que ofrece es una crónica histórica que sintetiza en cuatro o cinco movimientos clave los hechos: la guerra, la huida, los nuevos dictadores y la guerra interminable porque el botín también lo es.

Una crónica que se parece a esas fotos-emblema que toda revolución tiene: aquí, el abondono a su suerte y el desmantelamiento de una colonia; la Angola de 1975 es el Argel de 1962, el Congo de 1960.

Un día más con vida, confundido entre tantas novedades editoriales, es una interesante narración, con aires vagamente a lo Graham Greene, de una de tantas guerras eclipsadas por Vietnam donde todos los perfiles remiten no a tipos sino a personas y es un testimonio muy contenido del período de la descolonización africana.


María José Furió.

Anagrama, Crónicas, Barcelona 2003
traducción de Agata Orzeszek, 182 páginas

Una temporada de machetes, de Jean Hatzfeld


Foto: Fernando Moleres. Refugiados ruandeses en el campo de Mugunga.

Madeleine Albright, secretaria de Estado de Bill Clinton en la época en que tuvo lugar el genocidio de Rwanda, cuenta en sus Memorias que la reacción demasiado tardía de Estados Unidos y lo que se ha dado en llamar “la comunidad internacional”, al no haber comprendido a tiempo la gravedad de los hechos, es el punto negro en el balance de su trabajo, un borrón que ha dejado para siempre un regusto amargo. Albright argüía que resultaba muy difícil hacerse una idea cabal de la trascendencia de los acontecimientos en un momento en que serbios, armenios, iraquíes, talibanes, kurdos i tutti quanti constitutían motivo de seria preocupación para Estados Unidos, que se las veía y deseaba para “adivinar” qué conflicto era el más peligroso. Son entonces los protagonistas de los acontecimientos los que dan con las definiciones más exactas e impresionantes: <Los blancos no quieren ver lo que no pueden creer. Y no podían creer en un genocidio>.

Jean Hatzfeld (Madagascar, 1949) publica, cuando se cumple una década del genocidio, Una temporada de machetes (Premio Femina de ensayo de 2003), en la que por primera vez “hablan los asesinos”. Con anterioridad, este veterano reportero especializado en conflictos bélicos, firma reputada del diario Libération, y autor de un ensayo dedicado a la guerra de los Balcanes, había recopilado las declaraciones de los supervivientes, publicado bajo el título Dans le nu de la vie. Récits de marais rwandais. Gran éxito en Francia, fueron los lectores los que instaron a Hatzfeld a buscar las “razones” de los responsables de las matanzas.

El resultado es soberbio. Hatzfeld entrevistó a un grupo de diez hutus que mataban en grupo, durante la que ellos llamaban “la temporada de los pantanos”, y que recluidos en la cárcel de Rilima, no podían temer que sus declaraciones determinasen de forma importante su destino. Como intérprete actuaba un superviviente, Innocent, que sabía que algunos de esos hombres habían dado muerte a sus familiares. Se les entrevistaba por separado, conscientes de que al principio mentían y de que luego encontraban cierta satisfacción en explicarse y de que no existía arrepentimiento, pues sólo lamentaban que la empresa hubiese salido mal y la suerte hubiese sido dura con ellos. La presencia de Innocence es el vector del verdadero sentido del proyecto, como representante de los que piden “una explicación más allá de las palabras”.

Hatzfeld intercala las declaraciones de los verdugos con reflexiones sobre la “gramática” del genocidio pero ese contrapunto, en cierto modo banal por la costumbre de referirse a un Mal absoluto, da más fuerza a las palabras de los reclusos. Dividido en capítulos como “La primera vez”, “Un genocidio de cercanías”, “Los saqueos”, “En busca del justo” o “La muerte en la mirada”, todo el libro refleja una percepción muy lúcida del problema y rápidamente entiende que más que una lógica trascendente lo que existe siempre es una lógica de la codicia y de la imposición de los propios intereses. La borrachera de poder que vivieron en sesenta días los hutus constituirá al final, cuando cesen los golpes en el pecho de falso arrepentimiento, una de esas leyendas que terminan consolidando la identidad de un grupo.

Por eso, no importan los nombres sino cómo la experiencia de matar inviste sus declaraciones, sus silencios: es una experiencia totalizadora que rebasa la comprensión de victimas y verdugos de tal modo que los supervivientes sufren sus secuelas en forma de depresión, mutismo, despersonalización, etc., mientras los verdugos no llegan a abarcar la dimensión de sus hechos y, escudados en el grupo pronuncian palabras de arrepentimiento con las que pretenden reservarse una vuelta a su colina para reanudar su vida de antes de los hechos de 1994. Lo cruel es que el estado de las cárceles y la obligación de pasar página devuelve a los verdugos a sus lugares apenas diez años después y en una aberrante política de reconciliación los diezmados tutsis viven cerca de quienes se han llevando a los suyos en una pesadilla que Josep Conrad ya prefiguraba en El corazón de las tinieblas.

traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Premio Fémina de Ensayo 2003.
Anagrama, Crónicas, 2004, 287 páginas.

María José Furió, La Vanguardia-Culturas, 2004