ESA FOTO QUE NO HICE


A vintage Oldsmobile drives down El Malecon

Las primeras imágenes de La Habana estaban impregnadas del olor a gasóleo. Llegué a las tres de la madrugada hora local, el avión de Iberia salió con siete horas de retraso de Madrid; luego me pareció que ese retraso era necesario para preparar esas primeras horas en La Habana.

El aeropuerto, atestado, sucio, tenía un nosequé africano y me recordó, aunque todavía sin saber por qué exactamente, a Argelia. La tensión, los gestos y las miradas duras de los empleados, vestidos de kaki, muy jóvenes, sospechando de todo. A fin de cuentas, Argelia en 1991 cuando yo fui, también salía de un sistema socialista. El mismo derrumbe de todo, y la misma impaciencia en los empleados, la misma desidia. En el baño del aeropuerto habanero, la muchacha sentada encima del mármol del lavabo junto al grifo roto y goteante, preguntaba, ¿llevas revistas de moda? En el exterior me esperaban los amigos de Krystelle y Abel, a los que había llegado a través de Amaya, que llevaba la Prensa en Médicos Sin Fronteras cuando estuve colaborando con ellos, entre 1994 y 1998, hacía ya diez años y una vida. En un coche tipo Fiat recorrimos el trayecto hasta La Habana, recuerdo el calor, la noche, la brisa cargada del olor a gasóleo, las palmeras a los lados de la carretera, la sorpresa de las cabañas destartaladas que iban saliendo a nuestro paso de camino a la ciudad, cañaverales oscilando en la brisa nocturna, un despoblamiento. Estaba a merced de dos desconocidos y sin embargo, sabiendo que podía confiar en ellos mucho más de lo que podía confiar en nadie en Barcelona. El hombre mayor, ingeniero y antiguo compañero de ruta de Fidel –su foto con el Comandante en un día de pesca ocupaba un rincón de la sala en su casa; en un rincón, quizá ya con rencor– se mostraba más extrovertido, deferente, pues la edad le permitía mostrar su exuberancia conmigo sin efectos secundarios. Su yerno, médico, de treinta y largos, anodino, conducía prácticamente en silencio; tras recoger el paquete con medicamentos que Krystelle le enviaba, ya sólo abrió la boca para explayarse con el anuncio del huracán. Pero cómo, no sabes, va a ser tremendo. No sabían dónde caía mi hotel, El Tejadillo, en Habana Vieja, que había contratado obligada a pasar una primera noche registrada, y al entrar en la Avenida Prado se pusieron a preguntar. Ya se habían hecho las cuatro de la mañana y los soportales oscuros, la iluminación raquítica sobre las avenidas, las calles desasfaltadas, los grupos de cuerpos negros en pie o en cuclillas, cuerpos pequeños de las muchachitas acompañadas por mulatos, la tenue sordidez, el furtivo anonimato, todo me recordaba a África, a Ouarzazate en Marruecos, o aquel pueblo del interior en Egipto con un solo hotel, cerca ya de la zona sudanesa. Compañero, sabes dónde está el hotel Tejadillo, preguntaban. Lo sabían, lo indicaban, por la calle san Ignacio, pero igual se perdían. Yo estaba en la incredulidad, en alerta sorbiendo con atención todo, que rompía con el aburrimiento asqueado en Barcelona, esta ñoña Barcelona plagada de diseñadores y de progres de pacotilla y niñas bien, con todo lo que sólo con la perspectiva de una lejanía tan radical como es Cuba podía describir. Tras dar más y más vueltas sin que ninguno de mis dos anfitriones soltara una sola queja por las horas de sueño que estaban perdiendo, por mí y por mi avión retrasado y por mi hotel escondido, dieron con la calle san Ignacio. Socavones, casas destartaladas, tramos de calle ciegos por las farolas sin lámparas, que la luna llena iluminaba con impavidez. Ya tras haber preguntado a cuatro y a cinco compañeros, torcieron una esquina y el médico se asomó otra vez por la ventanilla y preguntó a alguien que no podía yo ver. Y esta es la imagen que nunca olvidaré de mi llegada a La Habana: salió de en medio de un solar rodeado de escombros, un soldado de unos veintipocos años, gordo, la casaca abierta dejando ver la camiseta interior blanca, el cinturón por debajo de la barriga puesto de cualquier manera; llevaba un mendrugo de pan en la mano. Lo aferraba con la mano izquierda. Y es esa imagen que no esperaba, mientras nos indicaba con la misma educación con que le habían preguntado, con esa falta de jerarquías en el trato de calle tan llamativa en Cuba: el desaliño del uniforme, el edificio en escombros a su espalda, la luna llena por encima de su cabeza, y el mendrugo que apretaba con su mano negra y gorda fue el primero y el mejor retrato que tuve del fracaso de la revolución cubana.

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